Dolor. Era lo único que sentía. Un dolor tan inmenso, tan profundo, que sentía como apagaba poco a poco la poca luz que quedaba en su interior. No podía compararse con nada que hubiera experimentado antes. Su respiración se había parado y el pecho le ardía como si estuvieran prendiéndole fuego a su alma. Cada pensamiento, cada movimiento, cada respiración, cada pestañeo hacían que su corazón se encogiera provocando tal agonía que estaba segura de que no había sido creada peor tortura para el hombre. Era como un grito silencioso que se colaba en tu mente y no te dejaba pensar en otra cosa. Un grito que transmitía el sentimiento que una madre expresaba en su llanto cuando su bebé era arrancado de sus brazos. La pérdida de un niño cuando su primera mascota moría. Un grito que llevaba consigo arrastras todo lo que el mismo infierno representaba. Apoyó sus palmas magulladas en el suelo, sintiendo como el frío hormigón provocaba un escalofrío por todo su cuerpo mientras que dejaba que la oscuridad la arrastrara a su lado. Y, entonces, después de tanto tiempo, dejó que una pequeña lágrima cabalgará sobre su rostro, embadurnándola con tanta tristeza que la inmensidad del océano se quedaba pequeña a su lado.
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