Partes: (1), (2) (3) (4) (5)...
Género: Romance, tragedia
Personajes: Sinbad, Judal, Gyokuen, Hakuryuu, Hakuyuu, Hakuren, Kougyoku, Kouen, Koumei, Ja'far, Masrur, Drakon, etc.
Serie: Magi (Labyrinth / Kingdom of Magic: Magi)
Pareja: Sinju (SinbadJudal)
La historia de Judal desde que es un pequeño infante hasta convertirse en un adulto corrupto; en el Magi oscuro. Gira alrededor de su relación con Sinbad, esa intensa y enigmática relación de más de catorce años.
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Un niño había correteado por la habitación a toda prisa perseguido por una figura cubierta por un velo. Su estatura no debía sobrepasar si quiera la cintura de un adulto de complexión corriente.
— Oye, oye, ¿qué es esto? — preguntó palpando los pequeños deditos sobre una superficie plana y brillante. Sus orbes carmesíes grandes y rasgados habían brillado con emoción al verse reflejado en ella. Era él. De sus comisuras se escapó una infantil sonrisita mientras palpaba con más fuerza en el vidrio jugando a que se tocaba el azabache cabello en el reflejo. Esos desordenados mechones de su melena que finalmente se recogían en una larga trenza. Después, tocó su “propio” atuendo, aquél que lo definía como un Oráculo. Bordes dorados y de un estampado en la que unas finas manos de diferentes sastres reales habrían estado por meses realizando.
La risa juguetona del niño se hizo más patente y justo cuando el perseguidor iba a atraparlo, sus brazitos empujaron con más fuerza el espejo, haciéndolo caer al suelo. Miles de pedazos salieron por los aires desperdigándose por gran parte de la habitación. Por mucho que Judal lo hubiera hecho aposta, de sus ojos comenzaron a barbotar lágrimas y en un llanto empezó a culpar al hombre de que lo había asustado.
La energía curiosa del pequeño se debía a que no hacía mucho había salido por primera vez del Imperio en el que se crió. Le emocionaba la idea de ver lugares nuevos, así que iba de un lado a otro sin obedecer lo que sus “cuidadores” pudieran decirle. Ya se había escapado dos veces.
El pequeño Judal en aquellos tiempos era aún un fruto por nacer. Un huevo que apenas había resquebrejado su cascarón y que tenía una larga vida por delante. Una vida que, por más que no lo pareciera, se desarrollaría a lo largo de muchos sucesos desagradables. La Organización ya había visto en él su gran prodigioso poder. Tan sólo teniendo cinco años, el infante ya podía realizar pequeñas magias. Canalizaba tanto rukh que incluso era visible para el resto de humanos. Al-Thamen ni siquiera había comenzado a mover sus hilos y él ya tenía mezclado el rukh blanco con el negro.
Y es que, aquella mente joven e ingenua sin siquiera aún saberlo había nacido ante la sanguinaria aniquiliación de más de cien aldeanos; siendo él la principal causa de que ese lugar dejara ya de existir. Unos ojos grandes y acuosos habían presenciado, inconscientes, las muertes de seres humanos y se había cobijado en el lugar de dos seres que habían yacido ante él de la más trágica manera. Ni más ni menos, fue hacia un años cuando, el pequeño recién Oráculo había comenzado a ver rostros humanos y ser consciente de que no era el único ser con ojos y boca. Fue así pues, en aquella temporada cuando la Organización lo presentó ante el futuro Imperio al que él serviría como Magi. Y allí, a diferencia de los tres años en los que él se crió, habían más personas a parte de los hombres encubiertos. Si es verdad que el pequeño alguna vez vio los rostros de algunos seres queridos nunca los recordó. Adquirir la inteligencia capaz de tal comprensión fue más tardía y para el pequeño Judal fue allí, en aquella gran sala sentado en ese trono que le correspondía, expuesto ante mil miradas confusas, intimidantes, desconfiadas, el día en que comprendió que existían los humanos.
Ese pequeño miedoso que lloraba constantemente por cualquier susurro, en aquel mismo instante en el que se le coronó como el gran Magi y Oráculo, una concepción empezó a tomar forma en su cabeza. Un sentido giraba alrededor de unas ideas que iban exponiéndole, como un puzzle al cuál él tenía que ir cogiendo las piezas.
" ¿Ves, Judal? Tú siempre serás mejor que ellos. Tú siempre estarás en lo alto". El susurro viperino de la mujer que tenía a su lado parecía describir la realidad.
El miedo desaparecía, ese miedo que día a día le había hecho temblar en aquellas salas oscuras y frías. Nadie de los de allí tuvo un rostro para ofrecerle una sonrisa. Nadie de los de allí le rodeó en sus brazos o le acarició cuando, aunque él no supiera, así su cuerpo lo pedía. El pequeño Judal por más que trató de mirar y pedir atención, siluetas encapuchadas se acercaban a él sólo para sustentar sus necesidades básicas. Comía, dormía. Veía al cielo en el que observaba con mucha fijación a los pájaros volar, imaginando que era uno de ellos. Perdía la noción del tiempo. Y así era como transcurría un día más.
Pero allí en aquel trono se percató de que, aquellos días pasarían a la historia. Porque ahora entendía todo. Era mejor que ellos. Por eso había crecido así. Iba a ser un pájaro negro alzándose en el cielo. Y por eso no necesitaría de ningún apego de nadie. Ahora tenía aquel trono: ese Imperio le había ofrecido el sentido de su existencia.
De un niño retraído y con continúo pavor había evolucionado, cuidadosamente con lentitud, a lo que ahora podía verse.
— ¡Ja, ja, ja! — reía en brazos de aquella persona que le había atrapado y jugaba con el velo que ocultaba sus facciones. Sin miramientos le había levantado la tela para meter su cabeza dentro. Eso alarmó al sujeto hasta el punto de hacerlo tropezar y casi caer. Tenían prohibido enseñar su identidad, pero hacía unos meses el pequeño niño había cogido una obsesión en levantarles los mantos.
Y es que, ser Oráculo de Kou había sido un significante cambio. La curiosidad por las personas en Judal era algo abrumante. Pero nunca era un contacto equitativo, el niño parecía ver todo a través de una bola de cristal donde él era quién tenía el poder sobre todo. Era en ese aspecto, algo aterrador. Además, poco a poco y al ser nombrado con aquel título en un Imperio, él había ido acrecentando su autoestima que se sustentaba alrededor de algo: el poder. Y es así como el pánico del día a día había desaparecido a cambio de aquella confianza. Una confianza a primera vista, extrema. Y especialmente y lo más problemático, sólo le corcenía a él. Como si no existiera preocupación alguna por los demás. Era como si, por mucho que el niño se hubiera abierto al mundo al fin, aún en su mente, el resto de personas siguieran siendo aquellas mismas que, antes de descubrir que bajo ese manto había alguien con cara, eran inanimadas, carecientes de sentimientos y a lo que, al no tener contacto directo alguno con él, no tenían ni una miseria importancia. De ahí su egoísmo. Sus primeros años fueron alrededor de dudas y de incomprensión, pero ahora que entendía su significado era como si el exterior, todo el exterior, lo viera de la misma manera.
¿Y no era así como Al-Thamen lo deseaba?
Quizá el problema, era lo revoltoso que se había vuelto. Demasiado energético y vivaz. De nuevo, Judal se había escapado del que estaba en su cuidado. Riendo entre dientes se había escondido bajo una mesa tan pequeña que quién iba a imaginar que estaría allí.
— Oooh…— exclamó por lo bajo, al asomar su carita traviesa y ver que el individuo se había ido por el lado contrario donde él y había desaparecido del plano.
Ensanchó las comisuras para mostrar esos pequeñitos dientes de leche y correteó en dirección a la salida para aprovechar aquella oportunidad.
Su destino lo había hecho crecer de esa manera. Como un pequeño muñeco de trapo atado a unos hilos invisibles.
Mirando hacia atrás mientras corría, no se percató en que algo se puso por delante de su camino. Cayó, quedando sentado de golpe sobre el suelo sucio.
— Auch, auch…— se quejó, cerrando los párpados y frotándose el trasero.
— ¿Estás bien? -- preguntó, enseguida, una voz.
Había salido del interior del edificio y ahora estaba sobre uno de los callejones que rodeaban el lugar donde se alojaban. Las calles de al lado eran bulliciosas y abarrotadas de gente. Vendedores hacían sus ofertas, pueblerinos pasaban de un lado a otro hablando entre sí, carros cruzaban intercediendo el camino y creando aún más aglomeración… Estaban cerca del puerto, y de ahí que hubiera tanto bullicio. Podía olerse la sal marina, pero también los pescados frescos de la esquina o el olor a harina y pan recién hecho de la panadería.
El niño entreabrió los ojos y entonces vio a la persona que tenía delante y ahora le ofrecía la mano. Vestía con una torera negra y debajo camisa morada que con una faja gruesa se la ajustaba. Con unos pantalones blancos de anchos camales. El sol justo ahora se posicionaba en su misma dirección y el pequeño tuvo que entrecerrar los ojos para que los rayos no lo dejaran ciego. A contraluz, el sujeto era com ouna sombra, con una aureola a su alrededor como si fuera un ser divino.
Lo parecía. Y fue lo primero que pensó el pequeño Judal. No por el sol sino porque, el rukh que manaba a su alrededor vibraba energético, llamando directamente su atención. Simplemente, comprendió que aquel individuo era diferente. No era como aquellos humanos que hasta ahora había visto. Estaba frente a alguien muy especial, y sus rukhs se lo decían como suaves cánticos. Rodeándole, inflándolo de una pureza mezclada con dominio y poderío. Tan agradable que era hechizante. Era luz blanca, pero no importaba. Ni siquiera los rukhs blancos que aún él tenía eran tan vigorosos.
Estaba en babia. Quizá eso fue lo que hizo que el ángel terminara alargando los brazos para tomar de sus axilas, alzándolo del suelo. En un pestañeo ahora estaba en los brazos de aquel desconocido pero ni gritaba, ni se quejaba. Judal no estaba siendo el mismo de siempre.
Sólo quería mirarlo. Y cuando unos ojos ámbares llenos de astucia y muchos misterios le miraron con complicidad acompañados de una sonrisa enigmática y poderosa, su corazón bombeó con fuerza. Estaba latiendo tan fuerte como nunca antes le había sucedido. Ni siquiera cuando se ponía a correr, cuando desastraba la habitación; ni siquiera cuando por primera vez vio la cara de alguien.
— ¿Cómo te llamas, pequeño? ¿Estás perdido? — le preguntó haciéndole despertar de aquel sueño.
Fijó la mirada en sus cabellos violáceos. Largos, recogidos en una baja cola que llegaba hasta su cintura. Aquel color quedó grabado en su retina; tan hermoso. Había visto tantos colores. El rojo y el dorado donde allí en el Imperio predominaba, el negro e incluso el marrón de la madera vieja. También había visto colores tan extravagantes como el rosado o el rojo de algunos príncipes o el azul oscuro como el fondo del océano. Pero no, ninguno tenía aquel color tan suave, cálido como el carmín pero frío como el cielo. Era una mezcla perfecta.
— Judal. — dijo al fin, aunque con seguridad. Entrompaba los labios con gracia.- Y no estoy perdido, sólo estoy jugando.
— ¿Jugando? — repitió el chico, abriendo un poco sus ojos y permitiéndose mirar de arriba abajo sus prendas.— Yo no diría lo mismo, no pareces de por aquí. ¿Eres un monje, Judal?
— ¡Soy un Oráculo! ¡súper poderoso, además!— respondió él levantando sus bracitos y después llevó su manita hasta la nariz de éste con intención de meterle los dedos por los orificios pero se quedó boquiabierto cuando ni le dio tiempo a procesar y el otro ya le había atrapado la muñeca, evitándolo.— ¿Eres un guerrero? ¿O eres un monstruo con súper fuerza? — preguntó, dejado llevar por la curiosidad y ahora llevando las manos hasta las mejillas ajenas y acercando su rostro.
Chafando su pequeña nariz contra la predominante del joven, tenían los ojos tan cerca uno del otro que Judal se estaba poniendo bizco. Le miró intensamente, como si las pupilas fueran a decirle el secreto. No era por aquellos reflejos, sino por los rukhs blancos que ahora les rodeaba a ambos como pequeños pájaros alrededor de un árbol.
Todas aquellas disparatadas que había dicho el niño causaron mucha gracia al desconocido.
— ¡Ja, ja, ja, no!— contestó, no pudiendo dejar de carcajear. Judal ahora se frotaba su nariz por el cosquilleo que se había provocado en la fricción— Sólo soy Sinbad, un comerciante corriente.— pero ante esa respuesta podía ver que sus ojos mentían. En eso, Judal era muy listo. Quizá porque, él con cinco años ya sabía mentir mejor que cualquier adulto. Pero nada podía contradecir eso, él era de unas tierras muy lejanas allá donde aún aquel nombre no se había dado a conocer. Así como tampoco el presente sabía sobre el famoso Magi que estaba en manos de la potencia.
— Sinbad-comerciante-corriente, ¿puedo jugar contigo? — propuso el infante, con tono atrevido. Un tono que un niño no usaría ante un desconocido y dato al que Sinbad le sorprendió.— Estoy aburrido y nadie de aquí quiere jugar.
El pelimorado había entrecerrado sus ojos como si intentara adivinar sus intenciones.
— ¿Seguro que no estás perdido? Yo te podría ayudar a buscar tu alojamiento. Algo me dice que tus padres deben estar preocupados. Y no es Sinbad-comerciante-corriente. Es sólo Sinbad.— le corrigió para que no usara los adjetivos como sus nuevos apellidos. No era que algo le dijera, más bien tan sólo debía ver su túnica. El niño venía de una familia adinerada, o eso pensó. No le importaba ayudarlo, además que quizá pudieran obsequiarle por aquella voluntad. Ni quería ver a un niño perdido ni tampoco quería desechar la oportunidad.
— Yo no tengo padres. — aclaró el pequeño Oráculo y sus labios temblaron. Quizá de adulto podría superarlo, pero aún de niño, no llegaba a entender porque ninguno de los del Imperio era familiar suyo. Aunque algunos no tenían padres, u otros habían perdido a su madre o padre, algo les quedaba. Aunque fuera un simple hermano. Pero Judal no tenía nada de eso, y le parecía aún incomprensible. Nadie le explicaba nunca el por qué. Él se convencía de que era especial, de que era así porque era más importante y los demás niños no eran un Magi como él. Pensar así le quitaba la tristeza temporalmente.
"No te hacen falta, señor Oráculo. Usted es tan poderoso que no necesita de padres. Usted nació con un don y con ese don podrá cuidarse solo sin necesidad de nadie"
Eso, o palabras diferentes pero significando lo mismo, era lo que siempre le decían ellos. Esos encapuchados. ¿pero por qué cuándo veía a algún niño de sangre real jugar con su hermano mayor o familiar, se le encogía de esa manera el corazón y debía salir corriendo hacía su dormitorio para que nadie lo viera llorar? Los celos podían ser terribles.
— ¡Yo me cuido solo, porque soy muy fuerte! -- concluyó, finalmente.
Se había enfadado, no sabía por qué pero él se había enfadado y sus ojos comenzaron a lagrimear. Pero él no tenía que llorar. Ahora no. Cuando era más pequeño lloraba y lloraba, hasta que se quedaba dormido de tanto hacerlo, pero poco a poco había dejado la costumbre. Ahora se había dado cuenta para que servía de verdad derramar esas gotas. Cuando lo hacía, iban siempre a preguntar si necesitaba algo. Si lo hacia, podía escaquearse de las reuniones tan aburridas. Si lo hacía, podía dejarse en el plato esa asquerosa comida verde. Llorar era un completo engaño.
Se frotó los ojos y evitó, entonces, llorar.
— ¡ey, ey! — se alarmó, Sinbad. Armando un gesto afable, pronunció con suave calma: — no te preocupes.
“No te preocupes”. ¿De que tenía que preocuparse? ¿De no tener padres? ¿O de qué? Era raro, pero, nunca había escuchado aquella expresión.
Hasta ahora, todos aceptaban sus lágrimas o le daban lo que él quería. Pero nadie trataba de calmar los lloros, y menos con unas palabras tan incomprensibles como aquellas. No era la usual inquietud que vislumbraba al día a día, materialista, vacía y sobre todo, fría. Esas palabras sonaban tiernas. Tan simples pero a la vez tan acogedoras.
— Buscaremos tu casa, y mientras tanto si quieres puedes jugar conmigo. — le explicó poco después Sinbad, llevando una mano al cogote del pequeño y haciendo que su cabeza reposara en su pecho.
No le gustaba estar en brazos de los adultos. Siempre era para llevarle a sitios; sitios que él mismo podía ir sin ninguna ayuda, o para prohibirle hacer alguna gamberrada.
Pero esos brazos estaban cálidos y lo estaban adormeciendo después de haber tenido una mañana tan agitada en la que había madrugado emocionado por la idea de viajar por primera vez. Con sus cortos brazitos rodeó el cuello del joven adolescente, y apoyó la cabeza sobre un hombro. Vio como el callejón se iba alejando de él con los pasos del mayor.
Pensó que le agradaba estar así, que desde que tenía uso de consciencia siempre quiso estar así. Pero quién iba a decir que eso poco duraría, que lo que en realidad le faltaba, la desgracia y el destino no se lo daría. Y que el camino que el vivaz “comerciante” tomaría y él terminarían siendo distintos.