Género: Romance, Angst. YAOI + 18
Serie: Shingeki No Kyojin (Attack On Titan)
Pareja: EreMin (Eren x Armin)
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Al notar como ligeramente se removían las mantas, entreabrió los ojos. Se había quedado dormido; no debía haber pasado menos de diez minutos pues las vela que había dejado sobre la mesita aún hacía centellear la llama anaranjada que había derretido casi toda la cera, esparcida por el pequeño cuenco de metal en la que se sostenía. No era la única luz aún así, en las paredes de piedra habían antorchas a cada esquina que dejaban tras de si un mundo de sombras.
Aún podía notar la cálida respiración muy cerca, como iba acelerándose a medida que su cuerpo iba despertando. Los orbes color índigo de Armin veían como a dos palmos su amigo por fin despertaba.
— Eren, por fin has despertado. — le susurró, intentando mostrar cierto ánimo en su voz. Se sentía tan cansado que le costó mover su posición.
Los antebrazos los había dejado cruzados sobre el extremo de la cama. Lo había hecho sólo para observar al joven durmiente, pero al final había terminado usando el tumulto de mantas que había cerca como una almohada.
Los ojos de Eren no se abrían del todo, y pronto demostraron, al removerse, cierto dolor que no pudo ocultar.
— No te muevas mucho, has terminado muy herido.
No era extraña la situación para ninguno de los dos. No entendía cómo, siempre su amigo terminaba más herido que nadie. Siempre al borde de la muerte. Y aunque todos padecían y sufrían allá fuera con los titanes, Eren siempre era el que peor acababa. Se lamentaba, sabía que él era más débil pero nunca se arriesgaba hasta tal punto. Y era la valentía impulsiva del otro lo que siempre le hacía terminar en aquel estado. La vida era injusta hasta en eso.
— Dónde… — carraspeó Eren, tratando de levantar la cabeza.
— Mikasa está fuera. — le contestó, no sabiendo si se refería a ella o no. A lo mejor preguntaba en dónde estaban, debía sentirse desorientado. Empezaría explicando a poco a poco: — Estuviste tres días durmiendo y Mikasa y yo estuvimos cuidándote. Ahora ella lleva unas horas fuera porque el Capitán tenía que hablar con ella.
Finalmente, se incorporó para quedar medio erguido sobre la silla en la que estaba sentado. A fuera se presentaba el atardecer en su cuasi terminación. El cielo ya se había vuelto oscuro, sólo quedaban pequeñas pinceladas de los anaranjados y violáceos rayos del sol del que ahora no se veía. El pequeño ventanal de madera con cuatro vidrieras vibraba por cada sacudida del fuerte viento.
Hacía frío, por eso Eren había sido tapado cuidadosamente. También por la fiebre que lo había atacado durante todas las noches y que tanto él como Mikasa habían tenido que mediar. No era suficiente el uniforme de explorador aún a pesar de la chaqueta y la capa para no a veces sentirse como aquella ventana; pero la ropa en aquellos tiempos escaseaba como todas las mercancías y había poca también que abrigara suficiente.
La madera vieja de la silla chirrió cuando dejó el peso en el respaldo. Las correas de cuero del equipo de maniobras que apretaban su torso, cintura y especialmente piernas, se tensaron.
— No te preocupes, todo se ha calmado un poco desde entonces.— terminó diciendo, oscilando entre la verdad y la mentira.
Después de la "tormenta" siempre quedaba el desastre, la incertidumbre, el miedo y la impotencia. Había que poner un orden, planificar nuevos programas y estrategias, renumerar las perdidas humanas y materiales y balancear y hasta posiblemente recrear, diferentes sistemas para que la estructura no se deshiciera en pedazos. Todo aquello estaba en manos de los humanos; de los poderosos, pero también de los aldeanos. Y también de los soldados.
Armin aprovechó que Eren había dejado en descubierto su mano, atrapándola entre las suyas. Le agradaba hacerlo. Era una estupidez y sabía que era mayor para eso, pero al tener su mano cerca se sentía protegido, calmado. De piel áspera y con yemas endurecidas (después de arduas batallas y entrenamientos), las manos de Eren siempre, daba igual la edad, superaban el tamaño las suyas. Era un detalle que no podía ignorar; ambos se habían cogido de la mano en muchas ocasiones. De pequeños por cada pelea en los barrio, de grandes por todas las traumáticas situaciones por las que habían tenido que pasar. Solía ceder a Mikasa la posición más cercana hacia el chico. Sabía que la morena, a pesar de la apariencia, no era estable si Eren no estaba. También la apreciaba mucho y la entendía, por eso eran pocas las veces que Armin se daba el honor de permanecer más cerca. Así que, por qué no aprovechar entonces de los pequeños momentos en los que Eren era suyo como ahora.
Cuántas veces había creído que estaría muerto. Cuántos fueron los momentos que había dado todo por perdido. Él y Mikasa eran su familia; no podía imaginarse una vida sin ellos. Y a la vez que no podía sabía que eso podía suceder cualquier día. Las pesadillas por las noches a veces eran tan reales y vivas que despertaba con todo el cuerpo impregnado en sudor frío con convulsiones y un corazón a punto de salírsele por la boca. Eran sueños que mezclaban recuerdos auténticos y hechos ficticios. No sabiendo si la mentira era peor que la misma verdad.
El ojiverde lo miró por unos segundos, como si el contacto de su mano le hiciera meditar y entrar en un pequeño trance. Pero no duró mucho, pronto volvió a moverse. Parecía tener intención de apoyar los codos sobre el colchón. No serviría de nada decirle que las cosas iban bien. Eren era de los que no podía quedarse por mucho tiempo quieto y menos después de una masacre.
— Está bien, ¿Quieres ir a algún lado…?— cedió el rubio, inclinándose para que Eren finalmente pudiera incorporarse. Temblaba y a duras penas soportaba el peso de su cuerpo, pero lo consiguió.— ¿Quieres comer? Hemos podido darte un poco de pan y leche estos días; supongo que debes tener hambre.
— No, ha sido suficiente. — comentó al fin. Seguía molesto por verse así, pero en su entonación se apreciaba el agradecimiento. Mantenía la mirada baja y su ceño se fruncía: — ¿Dónde estamos? ¿Están todos bien?… ¿Cómo ha terminado todo?
Avasallado en preguntas no sabía por dónde empezar ni cómo terminar. Jean o el Sargento Levi podrían ser mejores para explicar todo eso. Él no sabía cómo decirlo sin que se sintiera mal. Ladeó la mirada y abrió los labios, pero sólo para exhalar aire. Los cerró para luego relamerlos.
— Estamos en uno de los cuarteles. En una habitación que es para los heridos. — informó. Eso era bastante obvio. Los muebles sencillos, la escasez de decoración y cómo estaba estructurado el espacio. — Jean y Mikasa… están hablando ahora con el Capitán para dar un informe de la situación. —se le formó un nudo en la garganta y armó una expresión de desosiego.— El General Levi ha venido en una ocasión.
La información parecía compleja de entender para el chico titán. Con la mano se refregó la frente, inclinándose hacia un lado para quedar tumbado de costado.
Físicamente podía apreciarse que no estaba bien. No tenía heridas, más que rasguños y moretones. Aquellas que desmembraron algunos de sus miembros o las que tenía en su mano cada vez que se mordía eran ahora inexistentes. Sólo quedaban de ellas unas suaves marcas cicatrizadas, haciendo que pudiera predecirse dónde las tuvo. Y aún así, la coloración amoratada alrededor de sus párpados inferiores y el blanquecino color de su rostro decían mucho. Estaba también más delgado, más de lo que ya era de por sí, había perdido peso en aquellos días y en los anteriores a ellos.
Eren era frágil a su manera. Ni prescindía de una fuerza tan descomunal como la de Mikasa o el Sargento Levi, ni su complexión podía soportar en verdad el peso que adquiría ser un titán. Estaba anémico y ahora con la simple fuerza de en empujón caería como un fino papel. Sabía de sus límites, y como continuamente excedía de ellos. Y todo y aún así; no podía evitar pensar que en cualquier estado, Eren era único y especial.
— Maldita sea, yo…— farfulló. En un impulso estaba tratando de salir de la cama. Lo habría conseguido, aunque directo hacia el suelo, sino fuera porque Armin se interpuso. Con la frente apoyada sobre su hombro, sólo podía alcanzar a ver aquellas hebras castañas despeinadas. En un medio susurro, escuchó: — Debería hablar con el Sargento Levi.
— Ahora él está en la otra punta de la ciudad. Sólo se puede ir en carruaje. — Le comentó sin vacilar, tensando sus brazos que se habían deslizado bajo las axilas de Eren y soportaban el peso. — Hay que hacer muchas cosas, pero por el momento, ¿por qué no te das un simple baño, Eren? también tienes que comer. Ahora que eres consciente, en pocas horas habrás recuperado las fuerzas.
Convincente, el chico no se rehusó. Entre ambos, consiguieron que Eren se levantara de la cama y pudieran ir hacia los baños. Hubiera dejado que él se bañara, pero cuando retrocedió y vio que iba a resbalarse y caer al suelo, fue incapaz de dejarlo solo. No iba a poder mantenerse por mucho rato en pie. Eren lo regañó diciendo que no era ningún tullido y podría él solo, pero Armin se excusó en que él tampoco se había dado ningún baño así que se lo darían juntos.
— ¿¡Qué?!… — respondió bastante alterado aún a pesar de su delicado estado.— No des ese tipo de excusas; no somos ningunos críos ya.
— Ya lo sé, pero no es ninguna excusa. Mi habitación no tiene baño y sabes bien que no me gustan mucho los públicos. Ya tenía pensado darme un baño hoy. No somos niños pero somos dos hombres. Supongo que prefieres que lo haga yo a que lo haga Mikasa. — parecía que sólo había sido lo último lo que hizo hacerle comprender. Armin bajó la mirada y negó leve con la cabeza junto con una pequeña sonrisa y un resoplido.
No iba a ser el único que tuviera vergüenza de eso, sino le gustaban los baños públicos era por la razón de no exponer su cuerpo. No era seguro de su físico, ya no por fuerza sino por cómo estaba compuesto. Aún así, si eso evadía que Eren terminara desnucado contra los guijarros de la ducha, iba a hacerlo.
La sala del baño era aún más pequeña, cuadricular y careciente de ventana. Estaba muy oscura, sólo había dos antorchas. Pero al menos, como formaba parte de los hospedajes de los heridos, tenía de lo necesario. Un pilón, un inodoro y hasta tenía de un espejo. El problema era que, ya que esa habitación era para pacientes con "leves" heridas, se había prescindido de una bañera. Lo que había era una ducha de piedra, y eso para alguien que apenas podía moverse era bastante incómodo. Aunque tampoco podían quejarse, las compartidas estaban construidas mucho peor.
Al ser de interior, el sitio parecía engullido por el frío de las piedras. Fue un suplicio desnudarse. Lo único de lo que era un alivio fue liberarse de los ceñidos cinturones. La piel de esas zonas desnudas y libres de roces era todo un desahogo. Se descalzó; se atrevió a mirar a Eren el cual se le había quitado mucho antes de tumbarlo las prendas u objetos incómodos, así que ya se estaba descamisando. Estaba sentado en una de las peanas de madera que había y apoyado sobre la pared. Cuando dejó las botas oscuras a una esquina, el castaño que ni había tenido chaqueta ni un calzado, se quitaba el pantalón.
No era difícil sentirse inquietado a dirigir la mirada hacia las marcas tan uniformes y rectilíneas de su cuerpo. El torso por la zona del pectoral, la cintura, los muslos un poco debajo de las ingles y también por encima de las rodillas. Aunque ya no se veía, también había en las dos suelas de los pies. Llevar equipos tridimensionales por un tiempo implicaba ese tipo de consecuencias, el cuero se desgastaba, era resistente pero también su dureza dañaba la piel aún por encima de la ropa. Así que Armin también las tenía, y así las mostró cuando también se desnudó.
El agua caliente corría por las viejas tuberías del edificio. No hubo que esperar mucho a que de la válvula que había, empezara a derramar agua ardiendo, creando vapor a su alrededor. El cercano contacto ya resultaba agradable.
— y-ya está lista. — le notificó. Le dirigió una mirada nerviosa. Eren no le quería mirar, y tenía un sonrojo en sus mejillas. Llevaba un rato que no le dirigía la palabra. —… yo también me siento avergonzado. — confesó. El sonido del agua derramándose por el suelo, chocando contra la piedra, amainaba el silencio. Ahora el líquido debía estar ardiendo, pero no importaba. Si se llenaba la habitación de vapor, estarían mejor. — Soy yo quién tiene un cuerpo escuálido y sin ningún músculo.
Eren parecía haber tenido intención de quejarse, pero cuando dijo eso último, refunfuñó y corroboró:
— No deberías avergonzarte de tu cuerpo. Así está bien.
Ya debía estar sonrojado, pero si hacía frío, por unos segundos lo olvidó. Sentía que le ardían las mejillas, y no pudo ser incapaz de levantar la mirada del desagüe, en el que los dedos de agua se deslizaban, desapareciendo. ¿Por qué siempre Eren le veía con tan buenos ojos? Pero él sólo debía decir esas cosas para hacerle sentir bien.
— Tenemos una musculatura parecida. Además, mira el Sargento Levi; es fuerte y sin embargo, no es tan grande como Erwin.
— Tienes razón. — respondió él, con una sonrisa leve. Colocó la cubeta que comenzó a llenarse de agua.
En realidad, no era la altura y la complexión. Él tenía otros complejos, pero no importaban ahora. No quería molestar a Eren con ese tipo de problemas tan banales. Debía perder las vergüenza, estaba haciendo eso por su amigo. Su vida era mucho más importante.
El fluido acumulado en el recipiente evaporaba. Se levantó y arrastró la peana para quedar al lado de Eren. Totalmente desnudos, veían sus rasgos e imperfecciones tal como les trajo al mundo. Los titanes carecían de reproductor sexual, pero así era como se mostraban, sin ningún miedo, ¿no? Después de todo, eran humanos también.
— Bueno, yo ya puedo…— empezó a decir el castaño cuando Armin levantó la esponja inflada de agua y le acarició con ella el brazo. Las miradas se cruzaron y no continuó con la frase. En realidad, podía hacerlo Eren y no sabía por qué lo estaba haciendo.
— No me importa hacerlo, debe costarte mucho moverte.— fue la primera excusa que se le ocurrió.
Tragó saliva aún con el nudo en su garganta. Cuando Eren estuviera mal, cuando Eren estuviera de verdad enfermo, él quería cuidarlo y mantenerlo. Como cuando un anciano quedaba indispuesto y necesitaba depender de alguien. Pero sabía que cuando llegara ese día, él no tomaría ese lugar. Tampoco creía que ambos pudieran llegar a la vejez. Era una consideración que se había perdido hacia mucho entre soldados. Pasó la esponja por su brazo, y luego por el otro, pero una vez lo hizo, no quedó otra que comenzar por el torso.
Era inevitable pasar la mirada allá por donde pasaba el objeto. Tenía cuidado al frotarla por donde el cuero había lastimado su piel. En silencio, veía la forma de sus músculos. Unos hombros anchos, con unas clavículas destacables. Los pectorales firmes con aquellos botones ligeramente rosados y el abdomen delgado y algo ejercitado con un vaibén acelerado; seguramente nervioso por lo que Armin estaba haciendo.
Pasaba la esponja por el ombligo, llegando hasta los muslos y con un corazón bombeando demasiado fuerte al no saber muy bien cómo debía limpiar a partir de ahí, cuando dio un pequeño brinco del susto al notar un contacto.
Había estado tan embelesado que fue una sorpresa ver que la frente de Eren había chocado contra la suya. Frente con frente, los ojos de Eren permanecían cerrados. Las narices rozaban con suavidad. Aunque respiraba fuerte, parecía calmado.
— Gracias por todo. —murmuró el castaño, apacible.— Siempre tenéis que cuidar de mí.
Se dibujó una pequeña sonrisa en sus labios. Así era cómo pensaba él; pero al final eran todos quiénes cuidaban de todos. Bajó también sus párpados para percibir aquel agradecimiento mejor.
A Eren no le gustaba ser cuidado, ni depender de nadie, ni tampoco parecer débil. Era esa la principal razón por la que no le gustaba estar en compañía continua de Mikasa, la cual enseguida tomaba la figura sobreprotectora. Pero y todo aún a pesar de que Armin había intentado que no pareciera que lo atendía y el chico era autosuficiente, no podía engañar a nadie. Ahora necesitaba de una mano amiga y eso, le frustraba.
— tú siempre cuidas de mí. — fue su respuesta. Deslizó la mano hasta la suya para estrecharla, otra vez. Eren fue quien entrelazó los dedos con los suyos. Al hacerlo también ladeó el rostro, sólo lo suficiente para depositar un suave beso en su mejilla.
— Eren…— le llamó, con un toque de sorpresa.
Una chispa centelleó sus ojos mientras se abrían cuando vio el color esmeralda tan cerca. Se trataba de una demostración de afecto; no pensaba ahora si la forma era la correcta u la ideal. Sólo quería que Eren viera que lo apreciaba. Así que le devolvió el beso que, inconscientemente terminó muy cerca de los labios. Como un camino en el que paso a paso se tenía intención de llegar a más, el próximo beso fue en las comisuras.
En el momento que los ojos de ambos se cerraron por segunda vez, ninguno de los dos supo quién había avanzado para darlo. Estaba bien, ellos sólo se estaban dejando llevar por el aprecio mutuo. Los tiempos eran tan difíciles y complicados que era cuasi imposible dar un pequeño espacio para algo tan importante como el amor. No había tiempo para algo así; se agradecía que floreciera espontáneamente. Un beso podía significar un tesoro. Y quién sabía si el día de mañana ya no podía darse. Todo podía acabar tan rápido que no existía el momento para las dudas.
El contacto era cálido. Su primer beso. Entendía ahora porque en los libros, a los personajes les gustaba tanto. La sensación cálida y tan agradable, era mucho mejor que darse de las manos. Porque aunque sólo estaban conectados desde una pequeña parte de su cuerpo, tenía algo que le hacía especial. Provocando que una pequeña chispa relampagueara su espina dorsal y se le erizara el vello de la nuca.
No quería que el momento terminara, y fue Eren quien llevó la mano hacia su mejilla y se separó. Acariciándola con suavidad. Se miraron con recelo, como si a ambos les diera miedo ver la reacción ajena. Pero ninguno de los dos mostraba desagrado; aunque sí cierta sorpresa.
— menuda forma de darse un baño. —bromeó Eren, riendo con inquietud. Armin acompañó su risa.— Ahora serás tú el que caerá enfermo. — le regañó, por haber estado tanto tiempo desnudo y no haberse echado agua encima aún.
Le quitó la esponja, para acto seguido repetir los mismos gestos anteriores pero ahora en el cuerpo de Armin. Aunque por supuesto, no con el mismo cuidado y calma.
El beso parecía haber roto con la timidez. El resto del baño se hizo más liviano y pudieron actuar como siempre. Incluso cuando Eren le provocó sin querer unas cosquillas no dudó en seguir frotando para provocarle las lagrimillas entre las carcajadas.