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«Bueno, ahí está la cosa. Nadie sabe nada de ella… ni dónde nació, ni dónde se crio, ni de quién pueda ser hija o hermana… nada. ¿La obtuvo Tamawaki como aval de un préstamo? ¿La compró? Hubo quienes dijeron que era hija de un aristócrata tronado. Otros que provenía de una casa adinerada que se desbarató. Algunos estaban convencidos de que era una geisha de alto rango o una ramera muy subida. Los chismes que circulaban eran el cuento de no acabar; hasta se dijo que era el espíritu guardián de un lago sin fondo. El caso es que nadie sabía quién era en realidad.
»Yo desde luego no pude sacar muchas conclusiones cuando la vi. Claro, no se puede esperar que un sacerdote tenga ojo para esas cosas: el perfil de las cejas de una mujer, sus ojos, y demás. A mí no me pareció tan arrebatadora; pero su boca era noble, no la que uno imaginaría profiriendo un falso halago. Y lucía inteligente, como si tuviera conciencia de la vanidad de las cosas y la auténtica naturaleza del amor.
»Su cuerpo y su rostro expresaban compasión. No era mujer capaz de rechazar a un hombre, fuera barquero, caballerizo o incluso bonzo. Aunque no hubiera tolerado trato amoroso, al menos habría respondido a su galanteador con un poema acertado. Con el más leve roce del nudo de su faja o el vuelo de su manga, los huesos de un hombre se fundirían con el rocío del deseo.
»Era sofisticada. Pero hay que decir que su rostro resultaba más fascinador que etéreo. Su prestancia movía a imaginarla como una mujer que lee a la luz de una bujía en un sombrío torreón, vestida con unos zaragüelles grana; el rocío destilando de sus mangas, pues su cabello es demasiado fino para ser lavado con agua corriente. O bañándose a solas en un manantial, muy alejada del mundanal ruido, torciendo la negra melena que contrasta con su nívea piel. Más que afán, me inspiraba la impresión de poseer un poder ilimitado, capaz de hechizar a un hombre con sólo mirarlo. En ella se contenían el cielo, el infierno y este mundo de cenizas, lo que me inducía a pensar que tanto sus pecados como sus expiaciones eran insondables.»
Izumi Kyōka
"For sophisticated times". Bogotá, dic. 26, 2017. #microcomic #minicomic #noregna #bogotá #comics #noquierenovio #noquierenovioquierevacilarnamas #sofisticada #sofisticación #sophisticadedbitch #sophistication #sophisticatedlady (en Torre Colpatria)
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«Bueno, ahí está la cosa. Nadie sabe nada de ella... ni dónde nació, ni dónde se crio, ni de quién pueda ser hija o hermana... nada. ¿La obtuvo Tamawaki como aval de un préstamo? ¿La compró? Hubo quienes dijeron que era hija de un aristócrata tronado. Otros que provenía de una casa adinerada que se desbarató. Algunos estaban convencidos de que era una geisha de alto rango o una ramera muy subida. Los chismes que circulaban eran el cuento de no acabar; hasta se dijo que era el espíritu guardián de un lago sin fondo. El caso es que nadie sabía quién era en realidad.
»Yo desde luego no pude sacar muchas conclusiones cuando la vi. Claro no se puede esperar que un sacerdote tenga ojo para esas cosas: el perfil de las cejas de una mujer, sus ojos, y demás. A mí no me pareció tan arrebatadora; pero su boca era noble, no la que uno imaginaría profiriendo un falso halago. Y lucía inteligente, como si tuviera conciencia de la vanidad de las cosas y la auténtica naturaleza del amor.
»Su cuerpo y su rostro expresaban compasión. No era mujer capaz de rechazar a un hombre, fuera barquero, caballerizo o incluso bonzo. Aunque no hubiera tolerado trato amoroso, al menos habría respondido a su galanteador con un poema acertado. Con el más leve roce del nudo de su faja o el vuelo de su manga, los huesos de un hombre se fundirían con el rocío del deseo.
»Era sofisticada. Pero hay que decir que su rostro resultaba más fascinador que etéreo. Su prestancia movía a imaginarla como una mujer que lee a la luz de una bujía en un sombrío torreón, vestida con unos zaragüelles grana; el rocío destilando de sus mangas, pues su cabello es demasiado fino para ser lavado con agua corriente. O bañándose a solas en un manantial, muy alejada del mundanal ruido, torciendo la negra melena que contrasta con su nívea piel. Más que afán, me inspiraba la impresión de poseer un poder ilimitado, capaz de hechizar a un hombre con sólo mirarlo. En ella se contenían el cielo, el infierno y este mundo de cenizas, lo que me inducía a pensar que tanto sus pecados como sus expiaciones eran insondables.»
Izumi Kyōka