˛ ⠀ ⠀⋆ ⠀ ⠀𝗧𝗔𝗦𝗞 02: en la penumbra del confesionario, aprendí que el perdón es una mentira con sotana. ( @losavntos )
Los escasos metros que lo separaban de la entrada a la sala de interrogaciones se sintieron como una pasarela diseñada para acrecentar el nerviosismo y la ansiedad acuciante de un momento tan clave. Fue capaz de escuchar las palpitaciones agitadas de su propio corazón tronar contra sus canales auditivos, mas estas se vieron interrumpidas por el sonido de los tacones de Amanda Liao. Centró la atención en aquella mujer tan férrea, tan impoluta y agraciada. Era ella quien dirigía la marcha; estaba unos pasos más adelante que él y todo en su lenguaje corporal gritaba que no había espacio para las equivocaciones, para los malos desempeños. Niall se había relegado a dejarse entrenar tanto como fuese posible, pues, por su cuenta, se sentía como un caso perdido. Incluso si sus cargos no eran igual de graves que los de otros miembros del Círculo, el resquemor por lo que significaba encontrarse envuelto, de nueva cuenta, en una investigación policial se encontraba tan latente que una punzada en el pecho le acortó la respiración.
El detenerse frente a la puerta fue brusco, tan absorto como se hallaba en su cabeza al repasar el papel que interpretaría y cómo repartiría sus cartas. Amanda se volteó para clavar sus ojos oscuros en sus azules. Fue una milésima de segundo que se sintió como una eternidad. Era el preludio de lo que vendría: miradas inquisitivas fijas en su persona. El reflector puesto sobre él y su relato. Sin embargo, en ese instante, se dio cuenta de que la abogada contaba con la capacidad de ver a través de él. Ella lo tomó del mentón, y sus yemas le presionaron las mejillas para que no rehuyera de su mirada.
—No lo arruines —le advirtió, y en sus palabras sintió el peso de las expectativas no solo de la mujer, sino de su propio padre, y hasta de él mismo.
El principio de su respuesta fue un corto asentimiento. Como pudo, alzó la barbilla, haciéndose de una confianza en sí mismo que últimamente le faltaba, pero que era más que necesaria en el estado actual de las cosas. Flaquear no estaba permitido. No podía arriesgarse a dejarse vencer por el par de detectives, más allá de lo implacables que fueran.
—No lo haré —replicó resuelto. La mujer le palmeó la mejilla derecha en un gesto que se pretendía alentador. No obstante, en ese instante se sintió nimio, un mero peón en un tablero mucho más grande del que era capaz de ver.
No tardó en abrir la puerta para demostrarle que estaba listo, y le permitió que ingresara primero para establecer cierta dominancia. Él entró después, encontrándose con Amanda estrechando las manos de Varela y Jesperson. Imitó a la abogada de manera más ligera y simpática, como si no estuviera en una situación de entredicho. Se ganó un vistazo recargado de reticencia por la parte masculina del dúo. Mientras tanto, Varela hizo un ademán hacia la silla vacía frente a ella. La otra ya estaba ocupada por Amanda.
—Tome asiento, por favor —le indicó y él así lo hizo. Se acomodó en la silla con pulcritud; pegó la espalda al respaldo y descansó las manos sobre la superficie de metal. Si bien los nervios lo carcomían por dentro, hizo su mejor intento porque esto no repercutiera en su cuerpo.
La introducción que prosiguió lo mantuvo en una especie de vilo, aun si Liao le había advertido que jugarían con la situación y la moldearían a su favor con el evidente fin de quebrarlo. Que la emocionalidad se colara bajo su piel no estaba en sus planes, mucho menos en los de la mediática representante legal. Sabía que el sosiego sería su arma principal, incluso cuando su temperamento no lo acompañaba ni lo había estado acompañando en el último tiempo. Así que asumió un rol silencioso, les permitió montar su pequeño espectáculo y se limitó a reacciones meramente gestuales. La mirada soslayada, pero penetrante de su abogada era lo que lo tenía atado a una actitud impasible. Cuando al fin concluyó el acto, curvó sus labios en una simple sonrisa con la que quería transmitirles que estaba listo para cooperar.
—Niall —lo llamó Varela, y no pudo evitar arquear las cejas en sorpresa. La detective lo notó y carraspeó—. ¿Te molesta que te llame por tu hombre?
—No —dijo sin rodeos cuando se acompañó de una negación con la cabeza.
—Bien —la mujer demostró su lado más carismático, que se plasmó en el atisbo de gracia sobre sus preciosas facciones—. Entonces, Niall, ¿por qué priorizó ayudar a Ferran Dupont antes que intervenir en favor de Otis Melbourne?
Tardó unos segundos en procesar la interrogante. Segundos que sintió perder y que el choque de la rodilla de Amanda contra la suya trató de hacerle recuperar. Inhaló profundamente, llenándose los pulmones de oxígeno fresco. Empezó por un encogimiento de hombros.
—No lo sé —fue sincero—. No se trató de una acción premeditada. Solo sucedió de esa forma. Asistirlo a él, a Ferran, fue mi primer instinto —en eso tampoco mintió. Nunca supo con exactitud qué lo motivó a desatender la situación en general para poner su atención en el francés. Tal vez fueron sus sentidos alterados por el estado etílico en que se encontraba que solo lo llevaron a enfocarse en una parte y no en el todo—. No quise ignorar lo que pasaba con Otis ni todo lo demás. No fue adrede. Simplemente pasó así. No tengo mucho más que decir al respecto.
Los ojos de Jesperson estaban clavados en él, mientras que Varela se encargaba de escribir en su libreta. Niall hizo el intento de conjeturar qué de lo dicho era lo que terminaba siendo inmortalizado en el papel. La mujer se volvió a él una vez finalizó su tarea y abrió la boca para hablar, mas su compañero le ganó de mano. Con la mirada entornada, denotando suspicacia, Jesperson pronunció: —Señor Byrne, dígame, ¿cuál era su percepción de Otis Melbourne como becado dentro del círculo?
—Bueno —emprendió luego de aclararse la garganta—, la verdad es que no tengo nada en contra de los becados— becados, suena tan… Tendencioso —no pudo evitar el comentario que le ganó otro rodillazo por parte de Liao.
—No se desvíe, señor Byrne —encausó Jesperson con una ceja arqueada—. Responda la pregunta de manera directa. Si gusta, se la repito.
—No, está bien —se atajó, haciendo un ademán con la diestra—. Como dije: no tengo nada en contra de aquellos con una beca. En mi opinión, es una medida justa y que enriquece los ambientes educativos. Sin embargo… En el Círculo es difícil. Esa es una verdad que cualquiera puede corroborar. Por más que existan personas como Clemente Caddel dentro del mismo, la falta de un apellido para respaldarte lo hace todo más complicado. Si de por sí en Pomona los prejuicios prevalecen, dentro del Círculo se vuelven peores. Es… la cuna del clasismo. Jamás tuve nada en contra de Otis, a duras penas lo conocía, pero creo que estaba desprotegido por el mero hecho de no ser un legado. No estoy diciendo que no merecía ser parte del Círculo, sino que se encontraba en desventaja por ser becado, y eso definitivamente no fue bueno.
—Más precisión, por favor —presionó Varela.
—A lo que me refiero es que ser un becado dentro del Círculo es lo que condujo a este desenlace en primer lugar. Otis es el ejemplo de que entrar solo para formar parte de una fachada inclusiva puede ser perjudicial. Así que sí, voy a pecar de clasista y decir que siempre pensé que nunca tuvo que formar parte del Círculo para empezar —admitió al fin y se sintió un tanto contrariado. Decidió no enfocarse en ello. Miró sus manos por un instante. Se volvió al par de detectives—. Repito: no digo que no mereciera ser parte, es solo que… Por más que nuestros líderes lo intentaran y lo intenten, él y el resto de la gente con beca estaban y están a la deriva en el Círculo. Hay una parte que se pierden por no contar con los contactos necesarios, con las conexiones pertinentes. La más importante es la seguridad.
Jesperson soltó una risa aireada mas cargada de socarronería. Varela simplemente se dedicó a continuar anotando. El irlandés se tomó un instante para beber del vaso de agua que estaba frente a él. Sorbió despacio, con cautela, midiendo cada uno de sus movimientos para que estos no demostraran la intranquilidad que fluía por sus venas. No obstante, la interrogante que siguió en la boca de Jesperson provocó que sus manos temblaran: —En ese momento se encontraba en una relación con Albertina Solanas, ¿esta relación resurgió durante el reencuentro previo a su fallecimiento?
Depositó el vaso de nuevo sobre la mesa no sin cierta dificultad. Se lo vio visiblemente consternado y, en un momento de descuido, miró a Amanda.
—No hay ninguna relevancia en la pregunta para los cargos que se le adjudican a mi cliente. Estamos aquí por el caso de Otis Melbourne, no por el de Albertina Solanas —la abogada fue sagaz en su intervención, pero él no fue capaz de apreciarlo porque se encontraba aturdido. No previó la mención a Albertina, la cual suscitó que su estómago se revolviera con malestar. Frunció el ceño y entreabrió los labios.
—Es solo una simple pregunta, abogada. No hay trampas. Solo queremos esclarecer la situación del señor Byrne con respecto a Solanas —habló Jesperson con tranquilidad y sencillez. La mujer amagó con retrucar, mas Niall sacudió la cabeza y llamó su atención con un sutil toque al muslo femenino. Fue cohibido, no quería pasar por atrevido. Amanda posó sus ojos en él.
—Está bien —aseguró después de una exhalación comedida. Enderezó la espalda para no mostrarse compungido—. No, nuestra relación no resurgió porque no tuve oportunidad de acercarme a Albertina en el reencuentro —si su voz sonó firme, fue por un arduo esfuerzo—. Más bien, no me atreví.
—¿Por qué? —indagó Varela.
—Digamos que no fui el mejor novio del mundo. Cometí unos errores con ella y… No me dio la cara para abordarla —se encogió de hombros—. Pero me hubiera gustado. La quise mucho y no pude decírselo con la honestidad que merecía.
Los detectives parecieron satisfechos con la respuesta, incluso si él mismo creyó que era algo escueta. No obstante, adentrarse en ese terreno no era lo que tenía que hacer. Así que se mantuvo al límite con su franqueza.
Oyó cómo Jesperson se aclaraba la garganta. Esta vez, quien procedió a preguntar fue Varela.
—Niall, ¿qué sucedió exactamente entre Otis Melbourne y el grupo de Alfred Buchanan durante la pelea?
Apretó los párpados y arrugó apenas la frente en un gesto que buscaba evidenciar lo trabajoso que era traer a la mente las memorias de aquella noche.
—No poseo recuerdos muy… claros de lo que sucedió porque para ese punto de la velada estaba muy alcoholizado. No me enorgullezco, pero tenía ¿qué? ¿Veinte, veintiún años? Beber seguía siendo una novedad y la fiesta… Bueno, no estaba exactamente en contra de las indulgencias —subió y bajó los hombros. Una mueca le torció las comisuras—. Puedo decir que me acerqué cuando escuché vociferaciones. Me entró curiosidad saber qué pasaba, aunque estaba completamente ido. Cuando llegué, y esto sí lo tengo grabado en la mente, Otis estaba colérico. Contrastaba enormemente con la imagen que tenía de él. No sabía que podía enojarse así. Y Alfred no se quedaba atrás con sus provocaciones. Nunca entendí muy bien las razones tras lo ocurrido. No sé si fue Amelia, el maltrato, o un rejunte de cosas. No sé por qué Otis lo enfrentó. Sin embargo, las cosas estaban muy agitadas. No logro traer al presente nada preciso de ese momento. Los eventos se sucedieron con demasiada rapidez para mí. Vi a Ferran intentando intervenir y luego la piedra pegándole en el rostro.
—Entonces, ¿quién lanzó la piedra que hirió a Ferran Dupont?
—No podría señalar a alguien sin que fuera una especulación, porque lo cierto es que no vi al perpetrador —implacable, pronunció las últimas palabras con marcado detenimiento—. Por todo lo que sé, podría haber sido el mismo Alfred —era más fácil arriesgarse a mencionar a quien ya no estaba que acusar a quienes seguían presentes y que, en el último giro de eventos, habían ganado renovada relevancia en su vida. De sus labios no saldría ningún tipo de condena hacia su viejo grupo de amigos—. De nuevo: solo especulo. No tengo idea porque fue todo muy fugaz. De un momento a otro, la piedra estaba impactando contra el rostro de Ferran. Solo ahí me percaté de que la rencilla iba en serio. No estaba prestando demasiada atención a lo que hacía cada uno de los presentes.
—Piense bien. Y recuerde que está bajo juramento —Jesperson golpeteó la punta de la lapicera que no estaba utilizando contra la mesa, haciendo reverberar el sonido contra las paredes estériles. Niall tuvo ganas de poner las pupilas en blanco, pero se contuvo. No había espacio para demostraciones de emocionalidad. Las respuestas más impulsivas a las inquisiciones no eran bienvenidas.
—Lo sé, y por eso le digo que no vi quién lo hizo —en cualquier otro punto, no hubiera dudado en señalar de manera indiscriminada, pero ahora no podía ni quería hacerlo. Aguardó callado unos instantes como mecanismo de aserción. Permitió que sus dichos se asentaran entre los cuatro—. No voy a caer en el falso testimonio. Afirmar una falsedad es un delito también, ¿no?
—Lo es —la voz de Amanda resonó en la sala—. Además, detective Jesperson, no puede coercionar a mi cliente para que le diga lo que quiere escuchar. Si está diciendo que no sabe quién lo hizo, debe aceptarlo como parte de su declaración. ¿Tienen más preguntas o solo va a seguir ejerciendo presión?
El hombre juntó los labios y forzó una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Acto seguido, negó con la cabeza. Resopló y se reacomodó en su asiento. Fingió mirar el archivo, regurgitar su siguiente interrogante. Posó la vista en Niall.
—¿Se arrepiente de no haber intervenido para evitar el ahogamiento? —el tono utilizado fue afable, y contrastó enormemente con el tenor de la pregunta. El joven tragó en seco. Tensó la mandíbula. Pestañeó un par de veces para enfocarse en ambas personas de la ley.
—Por supuesto —firme, contundente. No había un ápice de duda en sus palabras y es porque eran certeras. La culpa que arrastraba consigo no era biunívoca, no tenía que ver solo con materias del corazón, sino con todas aquellas faltas que había cometido en sus años más mozos. Una de ellas era no haber actuado consecuentemente frente a la desgracia que se desenvolvió en su presencia con una celeridad casi imposible de procesar. Era inevitable torturarse con su falta de acción, con la cobardía de no interceder en el momento preciso. Aun si no planeó que se diera de aquella forma, la responsabilidad que recaía sobre sus hombros era sofocante—. Una vida es una vida. No importa que no lo conociera personalmente, que pensara que no tenía que estar en el Círculo; eso no significa que quisiera un destino trágico para él —bajó la mirada por un instante. Unió las cejas, se mordisqueó el labio inferior. Negó y se volvió a Varela y Jesperson—. No creo que nadie quisiera que sucediera nada de lo que pasó aquella noche —dejó salir un suspiro breve. El pecho le dolía y apoyó la zurda sobre el mismo. Masajeó la zona ligeramente—. Siempre pienso en que… Si hubiera estado más alerta, menos ebrio, si hubiese visto que lo de Ferran fue solo un golpe… Si me hubiese detenido por un segundo para procesar la situación y lo mucho que esta había escalado… Otis seguiría aquí.
Varela fue asintiendo a medida que anotaba. Pronto se dirigió a él y su timbre se materializó en el aire: —Niall, ¿fue usted testigo del golpe fatal?
—Creo… Creo que no. Yo– yo no estoy seguro —titubeó a consciencia. Se rascó la frente con la uña del pulgar; ademán de turbación que era real mas utilizó a su favor. Crispó los puños como si estuviera haciendo un esfuerzo garrafal en rememorar. Las miradas de los detectives calaron profundo, las sentía en los huesos. El corazón le latió con virulencia. Abrió y cerró la boca un par de veces antes de resolver cómo seguiría:—. Solo me encontré con el cuerpo de Otis en el lago. Después… No… No me acuerdo —la frustración eclosionó en los últimos tres vocablos—. Pasaron tantos años y, como les comenté, no estaba sobrio. No puedo saber a ciencia cierta. Los recuerdos son muy difusos. A duras penas podía estar de pie, a duras penas pude socorrer a Ferran. Eso todo lo que atiné a hacer.
El sonido de la punta de la lapicera contra el papel lo distrajo por un momento. Desconocía si había procedido bien en aquella réplica; los nervios lo tomaron por completo. Temió haber dado un paso en falso. De reojo, echó un vistazo a Liao. Su rostro no le comunicó absolutamente nada, ni una pista. Se resignó a haberla cagado, así que solo esperó por más.
—¿Por qué tomar la decisión de alejarse de su grupo de amigos anterior al incidente de Alfred Buchanan? —una vez más, la voz de Varela llegó a sus oídos. La pregunta le supo amarga.
—Diferencias —contestó de inmediato. Era la respuesta que más clara tenía. Ni siquiera precisó de un instante para pensarla; la palabra brotó de él con facilidad—. Lejos estoy de querer pintarme como una víctima, pero a veces las personas con las que nos juntamos pueden influir en nuestros comportamientos —explicó con una calma meticulosa. El tema era uno que creyó zanjado, mas le generó un escozor en el pecho, pues le resultaba arduo no divagar por su mente y recordar lo que en su momento perdió con aquella decisión. Se hizo con el vaso de agua y bebió un poco. Lo descansó sobre la superficie casi de manera imperceptible—. Yo fui un idiota, Alfred fue un idiota. Éramos chicos. A veces uno no se da cuenta de que ya no encaja con una amistad hasta que algo le hace ganar perspectiva —pensó en Malena, en todas las veces que le había dicho que Alfred no era bueno, que tenía que alejarse. No iba a traerla a colación, no iba a usarla de salvavidas aun si ella se había posicionado como uno por tanto tiempo, aun si le había abierto los ojos.
—¿A qué se refiere? —quiso saber Jesperson.
—A que algunas de las actitudes de Alfred empezaron a hacerme ruido. Actitudes hacia la gente becada, hacia cualquiera que no fuera parte de los suyos. No es como si yo hubiese sido un santo, porque también tuve comportamientos desafortunados, pero llegó un punto en que la forma en que Alfred se manejaba dejó de agradarme. Pude ver que su complejo de Dios estaba engullendo todo a su paso y no quise ser parte de ello. Nunca tuvo que ver con los demás —a su mente llegaron los rostros de Carmine, Theseus, Dylan, Herae y Gideon. El cariño que les había profesado nunca se había esfumado por completo, sin importar cómo terminaron por desenvolverse las cosas entre ellos. Después de todo, fueron sus amigos y si había algo que Niall era incapaz de dejar ir, además de la culpa, era el pasado. Y no iba a negar que, en la actualidad, ese querer prevalecía, quizás más de lo esperado, quizás de manera diferente con uno de ellos, pero seguía ahí. Apretó los labios para acallar un suspiro apesadumbrado—. Solo fue Alfred.
El agotamiento se prendió a sus músculos. Las memorias resquebrajadas se repitieron en su mente como una cinta tan desgastada que dejaba lagunas. Se sustrajo de la situación por un par de segundos. No veía la hora de abandonar aquel lugar, de poder respirar con libertad y no tener que calcular cada uno de sus movimientos. No obstante, se ciñó a mantener la compostura y parpadeó para regresar a la realidad que le tocaba.
—¿Por qué decidió guardar silencio ante la investigación oficial? —Jesperson se inclinó sobre la mesa para ganarse su reacción, pero Niall solo prensó los labios en una fina línea.
—Porque no entendía lo que estaba sucediendo —la ceja arqueada de la detective le indicó que no era suficiente, que precisaba más información—. Porque no recordaba nada. Porque demasiadas cosas pasaron en un lapso de unas horas… Dos muertes y una desaparición. Una de esas muertes fue de alguien que en un momento fue mi amigo. No sabía qué decir. Estaba intoxicado. Tenía miedo —en aquello no mintió. La sensación que lo había embargado en ese entonces fue una que solo se replicó con el fallecimiento de Albertina, aunque de esta última ocasión sí poseía más recuerdos, mas no así mayor entendimiento—. De verdad no puedo comenzar a explicarles lo confusa y distante que me resulta esa noche —insistió dentro de toda la calma que le fue posible recolectar. Era una noche tan ajena, como si no hubiese sido él quien habitó su cuerpo durante el transcurso de la misma. Los recuerdos parecían pertenecerles a alguien más, alguien que no le daba el permiso necesario para acceder a ellos.
—¿Recibió algún tipo de protección o beneficio a cambio de no hablar? —interrogó Varela.
—¿Cómo podría…? —interrumpió la frase para dejarla suspendida en el aire. Frunció el entrecejo y sacudió la cabeza en negación—. No, para nada. Ninguna de las dos cosas.
Los dos detectives se miraron entre sí, hablando un lenguaje propio. Jesperson se acercó al oído de su compañera y murmuró algo allí que ninguno pudo captar. En el ínterin, Niall mordió el interior de su mejilla y le echó un vistazo rápido a Amanda, quien no le devolvió la mirada. Se veía enfrascada en intentar descifrar cuál sería la siguiente movida. El cierre del archivo resultó un alivio.
—Eso sería todo por ahora, señor Byrne —concluyó Jesperson—. Abogada, ya pueden retirarse, pero tenga por seguro que será contactado nuevamente —la mujer se puso de pie luego de haber recogido sus cosas. Niall esperó que ellos hicieran lo mismo antes de levantarse de su asiento.
—Lamento no ser de mayor ayuda —hizo una mueca en tanto estrechaba la mano de Varela. Ella solo le sonrió brevemente—. Espero haber aportado algo para que el caso se resuelva.
Amanda lo esperó con la puerta abierta y, con un corto asentimiento, terminó de despedirse de los detectives. Salió de la habitación, cerró la puerta tras él y echó la cabeza hacia atrás, soltando un resoplido.
—Decente —deliberó Liao y le palmeó el antebrazo antes de comenzar a andar por el pasillo.
Él solo se mantuvo allí, parado, por un minuto en el que la vio caminar hasta que decidió seguirla con los grilletes de la incertidumbre aletargando sus pasos.