Ficcionalización: Cuento de un cuento
En 1980 ambos vivían en Girona, a cien kilómetros de Barcelona. No lo sabían aún pero tenían muchas cosas en común: escribían, estaban exiliados y eran latinoamericanos. Por aquel entonces, Antonio, que hacía unos años había escapado de Argentina, luego de haber sido secuestrado y torturado por la dictadura de Videla y sus secuaces, mantenía una amistad epistolar con varios escritores. Uno de ellos le había contado que un tal chileno o mexicano, no recordaba bien, se mudaba a Girona el próximo mes. La situación le pareció curiosa puesto que, según sus creencias, los latinoamericanos preferían quedarse en Barcelona, rodeados de fiestas y del bullicio. Dos días después recibió en su casa un sobre del correo. Era el tal chileno: Roberto Bolaño. En su carta, le explicaba que un amigo en común le había dado sus datos y le contaba su situación: tenía casi treinta años y era más pobre que una rata. Lo habían echado de su trabajo como vigilante nocturno en un camping de Barcelona y ya no tenía más dinero del que había podido ahorrar el último verano, por lo que decidió mudarse a una ciudad más tranquila, en donde pudiera escribir sin que nada lo distrajera y donde también podría entablar una relación con la muchacha que había conocido hacía un tiempo en Plaza Real, Carolina. Bolaño le explicó a Antonio que quería empezar a participar en los concursos literarios que organizaban los distintos municipios de España y que, según su amigo, Antonio lo podía ayudar. Por su parte, Antonio estaba harto de los concursos literarios, ya había descubierto que eran un fiasco y que los jueces ni siquiera leían todas las obras (esto lo descubrirán tiempo después al enviar juntos la misma novela con diferentes títulos y no recibir ni siquiera una penalidad); aun así, estaba dispuesto a ayudar al joven Bolaño.
Fue de este modo como empezaron a reunirse en el Cafe L’Arc, en Plaza de la Catedral. Al principio, solo hablaron de concursos literarios, después, hablaron de su pasado en América. Mientras se tomaba su café con leche, Roberto hablaba de literatura argentina. Pasaban horas hablando de escritores argentinos, de algunos que eran amigos de Antonio; otros, no.
Bolaño había leído varias novelas y cuentos que Antonio había editado en Argentina o en algunas editoriales españolas desaparecidas. Roberto quería convencer a Antonio que Haroldo Conti era el mejor de su generación, la nacida en los años veinte, después de Cortázar o Bioy, pero él le respondía que eso era porque aún no había terminado de leer su obra. Bolaño, quien era un lector empedernido, había leído todo lo que había podido encontrar en viejas librerías de México y Chile de escritores argentinos; para él, lo mejor de todo eran unas antologías piratas que le compró a un hippie en una plaza del DF.
Con el tiempo comenzaron a intercambiar borradores y a corregirse entre sí. En uno de sus encuentros en el café empezaron, a modo de chiste, a describir una situación que sucedía delante de ellos en el borde blanco del diario que tenían en la mesa. Así, sin proponérselo, comenzaron a escribir un cuento que luego enviaron a cinco concursos de diferentes municipios, pero no ganaron ni fueron mencionados en ninguno. Después se cansaron de hacerlo.
En 1982, Antonio decidió mudarse a Madrid porque le habían ofrecido un trabajo en la universidad. Entonces mantuvieron su amistad a través de cartas por un largo tiempo. Durante ese período, Roberto empezó a ganar premios en concursos literarios y su economía se fue estabilizando.
En 1984, Roberto le envió por correo a Antonio la invitación para su casamiento con Carolina López. Tras dos semanas de espera, Roberto recibió en su casa la respuesta, en la cual Antonio le decía que era una pena pero que no podría asistir ya que volvería a Buenos Aires al mes siguiente. Fue entonces el fin de su amistad epistolar, aunque no lo sabían. Pasado el mes, Antonio subió a un avión y viajó largas horas hasta su tierra natal, a la cual no volvía desde hacía siete años y a la cual regresaba con inmensas ganas de volver a ver a su familia. Una vez instalado en la gran ciudad, Antonio comenzó a trabajar en la Casa de Mendoza y su familia se mudó con él. Muchas veces volvió a pensar en Roberto y a escribirle cartas que nunca enviaba. Sabía, porque alguien le había contado, que le estaba yendo bien con la literatura y que por fin habían dejado de rechazarle originales las editoriales españolas. Un día decidió que durante la hora de almuerzo iría hasta el correo a enviarle una carta a Roberto.
Era 1986. En su nueva casa en Blanes, Carolina recibió una carta para Roberto. Cuando él la abrió leyó:
“Estimado Roberto,
Lamento que tenga que enterarse de esta manera, pero el pasado 10 de octubre, mi padre, Antonio Di Benedetto, ha muerto de derrame cerebral. A continuación está la carta que él le iba a enviar aquel día.
Lo saluda,
Luz Di Benedetto”.
Años más tarde, Roberto Bolaño ganaría el Premio de Narración Ciudad de San Sebastián por su cuento Sensini, que formó parte, más tarde, del libro Llamadas telefónicas.










