La alegría, los cambios, la tristeza. Con sólo tres palabras se podía contar parte de la historia de una nación. Lo que quedaba, luego, eran los sentimientos encontrados; los momentos mezclados entre cada risa y amargura. Los seres como ellos entendían que la vida era un fuerte collage de claroscuros y por eso en esas fechas debían pensar. Pensar. Agradecer. Vivir. Enfrentado a quien fue su tutor, Rusia dibujó una media sonrisa. —Joyeux anniversaire, Francis. || Adas, tarde pero llegué ;;
Nada más mirarle a los ojos ya imaginó las ideas y los recuerdos que pasaban como fantasmas por la mente de Rusia. No en vano había aprendido años atrás, durante la existencia del Imperio Ruso, a leer en él como en un libro abierto. Aunque durante el siglo XX sus posturas se habían distanciado bastante, y Rusia había terminado por convertirse en algo que incluso le inspiraba a Francia cierto temor, había momentos como aquel en los que casi le parecía que volvía a tener delante a aquel joven imperio que lo miraba con ojos brillantes de admiración.
Había pasado ya tantos años celebrando el día como cualquier ser humano celebraría su cumpleaños, que a ratos lograba olvidar de dónde había salido aquella fecha. No es que lo olvidara exactamente… no quería ni podía hacerlo de todas formas, pero sí que conseguía abstraerse y ver solo los desfiles, las felicitaciones, los regalos, las caras sonrientes, los fuegos artificiales… y no solo el sangriento camino que los había llevado hasta allí, hasta poder celebrar el 14 de julio en unidad y prosperidad.
La conquista de la libertad demandaba un alto precio, pero él y su pueblo ya lo habían pagado con creces, así que aquel era el momento de celebrar. Era lo que seguramente hubieran querido los que ya no estaban.
Devolvió la sonrisa a Rusia, pensando para sus adentros que su acento al hablar francés era adorable.
—большое спасибо, Россия —respondió, con una inclinación de cabeza. Su ruso estaba algo oxidado por falta de uso, pero por suerte aún era capaz de pronunciar unas cuantas frases básicas como aquella. Hubiera podido añadir muchas cosas (ya en francés, claro); preguntar sobre el presente y sus problemas, recordar juntos el pasado y sus fantasmas, debatir sobre el futuro y sus incógnitas.
Pero durante las últimas décadas, las palabras entre ellos no hacían más que enrevesarlo y complicarlo todo, mientras que en el silencio se comprendían. En el silencio los dos podían volver durante unos instantes a un tiempo en el que todo parecía más sencillo.
El primer fuego de artificio silbó ascendiendo en el oscuro cielo nocturno de París para estallar en mil virutas brillantes de color. Otros muchos lo siguieron.
Francia observó en silencio a Rusia, que miraba a lo alto como un niño ensimismado, con su inquebrantable expresión de inocencia que tantas tragedias escondía iluminada intermitentemente por la luz de los fuegos artificiales, y pensó que se alegraba mucho de que hubiese venido.
thewinteronourskin ; tu rusito me inspira ok? orz