tragedyxz
Nadie le quitaba la media sonrisa del rostro, siquiera la más hormonal de sus muchachas a punto de estallar por no conseguir la autorización de su padre para viajar fuera del país. Maeve tenía que lidiar a menudo con escenas que originaban sus temibles jaquecas; los berrinches de una chiquilla a punto de cursar la universidad, la indecisión de un muchacho adicto a la marihuana y el juicio eterno que involucraba el maldito fideicomiso al cual su ex marido le estaba echando el ojo con la saliva a cuestas. Afortunadamente los consejos femeninos hicieron cabida en su razonamiento, abandonando la postura de amante empedernida para separar los bienes con la excusa y la carcajada entre los labios para no levantar sospechas, ¿Quién hubiese creído que el nido de amor se destruiría con la fragilidad de la masculinidad de un hombre? Nadie, siquiera la mujer de las cuatro décadas que había ascendido de puesto en la clínica asociada a su vieja universidad. Cirujana de tomo y lomo que zanjaba con dureza en anotar calificaciones dentro de las asignaturas más complicadas. Si su resentimiento se reflejaba en algún lugar de la faz de la tierra por supuesto que era sobre los errores de sus alumnos, nadie más merecía la amargura que emanaban sus pupilas fulminantes, excepto el desgraciado que no dudó en ponerle los cuernos con una veinteañera. Ahí recaía el porqué de su secreta obsesión con los jovencitos en busca de una oportunidad bizarra y morbosa que los sacara de una miseria notable. Fue como en los dichos de boca en boca; ‘la amiga de una amiga me explicó’, introducción que bastaba y sobraba para darse a conocer entre sus pares, vejestorios con cuerpos majestuosos y otros no tanto que despilfarraban o invertían su dinero en un tercero porque los retoños ya discernían entre el bien y el mal.
Tenía previa experiencia con estudiantes de educación superior, necesitaban pagar las cuentas básicas y un poco para la adicción, punto clave cuando Maeve no encontraba satisfacción sexual en los vejestorios, además de tener dinero de sobra que no deseaba poner en una libreta de ahorro, ¿Para qué? Darse gustos no es de pecador. Su última presa databa de un ejemplar bastante curioso, exótico si era capaz de etiquetarlo con algún adjetivo. Vestido negro ceñido a las curvas de una experimentada madre dos veces por parto normal y cesaría, en definitiva mantener la línea no había sido fácil. Tomó asiento en la mesa reservada horas antes mediante conexión telefónica y revisó las pertenencias en su cartera mientras chequeaba las notificaciones de su móvil. Un AS con la tecnología a pesar de no comprender al cien por ciento la jerga juvenil. “No gracias, aún no voy a ordenar, estoy esperando a alguien”, negó con sus delicadas manos ofreciéndole una sonrisa al camarero. Y como quien se bate entre el sentimentalismo y los negocios, la divorciada entrelazó sus manos libres de un diamante pulido que brillaba como el sol durante los primeros cinco años de unión. Una farsa, todos eran iguales, con el mismo discurso bien ensayado.










