La posibilidad de que el cráneo se parta en dos es palpable, cada terminación nerviosa parece tensionada, la ausencia de mínimos minutos de descanso (junto a otros hábitos poco saludables como la falta de apetito) tienen en esa pesada lectura consecuencias finales que van más allá de dos arcos violáceos, para sus ojos se vuelven borrosos los horarios y planificaciones que ocupan los tres días de estadía obligatoria en Carolina, una agenda llena de anotaciones junto a otros documentos, periódicos (donde no hay otra cosa que supuestos detalles verídicos del estado de salud materno, elemento que ignora, que parece no tocarle con tal de no desmoronarse a lo que es una derrota política y humana). “Ya lo decidí, dejamos la conferencia para las seis y le pedimos a los generales que vengan mañana a primera hora para los interrogatorios, ¿hm?” habla, tono neutral y frente apoyada en las frías manos enlazadas, poco a poco enderezando y abriendo párpados, para la sorpresa de error y confusión, no se trata en absoluto del cómplice, empleado y amigo que no se ha separado de él desde los minutos finales de los disturbios. Arruga el ceño, pronunciando dos palabras que ese día ha dicho más de las veces recetadas y esperadas: “¿Necesitas algo?” así como así, dibuja lo más parecido a una tenue sonrisa, casi cálida.













