Se sintió como un intruso en la escena. Palabras que no debió escuchar, accionares que no debió presenciar; parecía una situación privada de la que tendría que ser ajeno, mas fingir no estar, retirarse, y dejar al príncipe solo, le pareció— aún más incorrecto. Como escolta, sabía que sería partícipe involuntario de cosas por el estilo, más valía acostumbrarse. Carraspeó apenas su ubicación se vio comprometida, mirada enfocándose en automático en las características de Uriah. No quería imaginar siquiera lo que debía estar pensando, sintiendo, viviendo, así que quizá, por ello, agitó la diestra al aire, decidido a no apuntar directamente lo sucedido y, a cambio, tantear terreno con una conversación más superficial. “Estamos en la era tecnológica, el celular puede funcionar como control.” Explicó, balanceándose sobre sus pies. Tras considerarlo, se acercó un poco, sacando el propio del bolsillo. “Mira, algunos tienen la función y todo, sólo debes ingresar algunos datos y ya está. A ver, ¿qué modelo es esto?” Indagó, entrecerrando la mirada e inclinando la cabeza para visualizar el televisor a un par de metros de sí. “Ah pero no, no vengo acá por eso. De hecho, te estaba buscando, ¿quieres té, o jugo? Iba a prepararme algo y— bueno, imaginé que quizá querrías algo también.” Una distracción, fue lo que deseó añadir, no hizo, pero se percibió en la entonación.
Un buen suspiro escapa de los labios, de esos que parecen querer brisa de tranquilidad al interior del caótico laberinto mental, porque lo último que quiere en esos días de encierro es desquitar la tensión acumulada en inocentes de igual mala fortuna, Lancelot como un ejemplar demasiado obvio de aquella posibilidad. “Soy... malo en todo eso, realmente” confesión ligera, palabras algo tardías que buscan sonar lo más naturales posibles, buscando cauce tranquilo de ideas y rasgos. “Creo que ya está, a la antigua está bien, si alguien quiere prenderlo lo enchufa y ya, ¿no?” el cable trasero algo desordenado sólo está a centímetros de la toma de corriente, le quita importancia al momento y al intento ajeno, no por desconfianza ni falta de credibilidad, por supuesto. Con un par de pasos se acerca al mismo largo sofá, toma el aparato móvil ahí lanzado y lo guarda en el bolsillo, sin molestarse en dedicar vistazo a la pantalla ahora en negro. “Eh... un té podría venir bien” coloca un ligero esfuerzo en aceptar la oferta, pues el gesto no le parece merecedor de una negativa rápida, aún cuando hay parte de sí que quizá le daría la más grata bienvenida a la absoluta soledad. “¿Cómo los están tratando por aquí, hm?” indaga de pronto, un cambio de tema, una forma de esconder un poco el foco de atención de él mismo, cuestiona de alguna forma sobre la experiencia y percepciones contrarias sobre las órdenes y mecanismos que hoy reinan en la defensa y seguridad de la vida del palacio transitorio.