¡Cuánto te echo de menos! Ha pasado mucho tiempo desde que te utilicé por última vez, cuando tenía 17 o 18 años, cuando juntos podíamos llegar donde nos propusiéramos, cuando me llevabas rápido a cualquier parte que lo necesitara, cuando aún era libre de ir al pueblo donde pasaba todos los veranos. Allí me esperabas tú.
Es cierto que nuestros inicios no fueron buenos: me costaste un poco al principio. Que si una rueda pequeña por aquí, que si un pie toca el suelo porque no me fío de lo que pueda pasar… y de repente, el día llegó. Ese día que colisionamos contra un camión que estaba aparcado. Desde entonces, no nos íbamos a separar en mucho tiempo. Ya no te tenía miedo.
Con la edad conseguí trabajo y dejé de ir de forma regular donde pasaba todos los veranos. Pero tampoco he notado mucho tu ausencia, ya que te remplacé. Sí, lo reconozco, te remplacé por un sistema urbano de bicicletas ubicado en la ciudad llamado Valenbici. He de reconocer que al principio es fascinante por su precio y multitud de estaciones donde poder coger y dejar una bici. Al principio piensas “¡se acabó coger el deficiente transporte público de Valencia!” (tiempos de espera de diez o quince minutos en hora punta), pero luego te das cuenta de que es peor el remedio que la enfermedad.
Vas tranquilamente por la ciudad y los policías te paran, te riñen y te multan. Y no siempre en ese orden. “Tiene usted que ir por el carril bici”. ¡¿Pero dónde leches está el carril bici?! Ah, ya lo veo, ocho calles más para allí. Entro en el carril en cuestión y ¡pluf! desaparece sin dejar rastro. Y allí vuelve a aparecer el simpático policía que no ha debido de tener un buen día, y te vuelve a multar. No creas que no he intentado ir por bajo de la acera, pero los vehículos conducen a más velocidad de la permitida y casi todos los días aparecen en la prensa noticias de atropellos a ciclistas, y considero mi vida un bien demasiado preciado como para perderlo por la inconsciencia de algunos conductores temerarios.
Y hoy ha salido una señora de tráfico en la televisión que decía que iba a obligar a los ciclistas a llevar casco, ¡como si eso fuera la solución a los atropellos!. Tú y yo fuimos miles de veces sin que yo llevara ningún tipo de protección, y aquí sigo, años después, sin ningún accidente en mi historial (por suerte).
¿No piensas tú, querida bici mía, que el problema es que antes de haber puesto toda esa cantidad de bicis, el ayuntamiento podría haber pensado en acondicionar toda la ciudad con un carril bici en condiciones? ¿No piensas que antes de poner carteles pidiendo que peatones, bicicletas y vehículos respeten su espacio para moverse por la ciudad, debería haberle proporcionado uno como los dioses mandan a los ciclistas?
Parece que sólo se me ocurren a mí estas preguntas. Yo, que soy un periodista recién licenciado y no a todas aquellas personas que trabajan en el ayuntamiento y que cobran cuatro veces más que yo.
El único consuelo que me queda es enviarte esta carta para que sepas todo lo que ocurre a mi alrededor.
Miguel, ciclista frustrado.