Imaginemos a un arquero con la intención concreta de dirigir su flecha hacia un objeto, hacia un blanco. Si el mundo fuese únicamente matemático, podría decirse que conociendo la distancia, la velocidad con que sopla el viento y ciertas circunstancias materiales de su entorno, podría describir matemáticamente el ángulo requerido para un eficaz lanzamiento de la flecha. Pero en la vida real eso no se da, pues en la urgencia de lanzar su flecha está siempre implícito el riesgo de fallar y morir en manos del enemigo.
¿Por qué? Porque además de la lógica de la matemática, nuestro arquero también cuenta con el conocimiento de la virtud de los materiales con que fueron hechos el arco y la flecha. Es decir, la relación que tuvo el arquero con su arco, el tiempo invertido en la práctica, finalmente le dan la maestría y la experiencia para calcular el ángulo con el cual habrá de lanzar la flecha.
El conocimiento lógico y, por tanto, matemático, puede ser fácilmente expresado a través de un lenguaje numérico ó alfabético. No ocurre lo mismo con el conocimiento que le brinda al arquero su relación con el arco, pues si quisiera expresarlo, tendría que ayudarse de elementos simbólicos, es decir, de un mito, de una metáfora, de un dibujo, del arte, de la poesía, etc. Por esa razón Lacan afirmaba que el lenguaje no sirve para informar sino para evocar, es decir, hablaba de la función poética más que representacional o expresionista del lenguaje. Descombes lo dijo así: no hay primero una situación vivida y una necesidad imperiosa de expresarla, de donde derivaría la invención de una forma de expresión correspondiente a esa vivencia. De ahí ¿Cómo enunciar lo imprevisto?
En fin, con todo esto, lo que quiero decir es que la evidencia no puede "echar a patadas" al mito, o viceversa, si antes no se comprende la relación que uno y otro conocimiento tienen acerca de un hecho. Así mismo, nuestro arquero puede "salvar el pellejo" gracias a que no ignora ni a uno ni a otro.