Hace mucho tiempo, dormitaba tranquilamente un joven llamado Zipa esperando la llegada de Bochica entre las montañas para saludarle, sin embargo, esa mañana tuvo un sueño profundo, incluso pudo ser una pesadilla profética que lo abrumó, quiso avisar en su aldea que malos aires soplarían.
Pasaron dos días. Zipa siguió angustiado por su sueño y en aquella noche la luna, Chía, se presentó inmaculada y sonriente, se sabía que durante creciente, ella obnubila si no se sabe sentir con el corazón; pese a los designios que se rumoran de Chía, Zipa siente una punzada en su pecho, la angustia se apodera de su cuerpo, sus fuertes movimientos preocupan y alteran a la comunidad. Él no se detuvo a dudar de la fortaleza que le brindo Chía. Su sombra fue agrandándose, mientras la aldea no salía del júbilo asombroso, se escucharon los quiebres de la hojarasca y un fuego que se traga todo a su paso. Una algarabía seguida de unos gritos, sacudieron a Zipa, quien salió de su estado de trance y alertado del peligro que representan los venideros, lideró la guardia baja de su aldea.
Esa extraña gente vestía unas ropas con encajes hermosos, unas rimbombantes herramientas metálicas en sus manos que al usarlas, causan pánico; montaban unas bestias hermosas, que los hacían ver poderosos. El cacique también se alertó de aquella violenta y portentosa presencia. El capitán de aquella caballería, rodeó al cacique y vislumbró todo, hasta el furor de los ojos de Zipa, entre tanta tensión, los güechas esperan su señal para defender. Apenas el capitán ejecutó la orden de ataque, Zipa realizó un grito de batalla y los güechas sacaron sus macanas y lanzas; uno de ellos realizó un disparo hacia el cacique y Zipa no pudo llegar a auxiliarlo.
Zipa furibundo, se abalanzó sobre un jinete y aferrándose de las correas del caballo, le aventó su macana y derribó al caballero, Zipa salta del caballo y esté se va corriendo sin destino más seguro que la soledad en tierras ajenas. Conmocionado, se lanzó al suelo para auxiliar a su padre, su madre lloraba huyendo de aquella batalla, toda la aldea comenzó a arder mientras los güechas también caían. Zipa con su fuerza encomendada, se detuvo un instante para observar el estado de la guerra, al dar cuenta de la superioridad de los colonos, Zipa dio orden de huir a los pocos hombres en lucha.
Zipa corrió hacia su madre, la escondió tras un monte y volvió a la aldea a auxiliar a los güechas aprisionados. En su regreso contó diez de sus hombres que quedaron libres enviándoles a aquel monte. Al regresó, se ocultó tras una gran roca, se acercó sigiloso y observó sus robos y torturas a las mujeres que no se salvaron, a los güechas mal heridos. Un par de esos hombres estaban cuestionando a un guerrero.
-¡Digan! ¿Por dónde está el dorado?
Los naturales no comprendieron lo que ellos preguntaban, pero ello no impedía que se sintiese la tensión. Mientras un español se regodeaba con el oro de la aldea, Zipa analizó impotente las consecuencias de lo evidente, se dio cuenta que el impulso que su corazón siguió por aquel sueño, se volvió real. Zipa regresó a la colina y guio a su madre y ejercito en pie, caminaron hasta el amanecer, sorteando suerte con su comunidad aliada.
Una vez llegaron, Zipa relató airadamente lo acontecido, el poblado reaccionó con preocupación y el cacique accedió a brindar ayuda. Ofreció el cuido de su madre, la recuperación de su ejército y veinte güechas más, además de la siguiente palabra:
-Joven, toma este amuleto, con esté, los animales del bosque sentirán que los necesitas, creando un vínculo íntimo con la tierra, sentirás cuando muere un animal, se quema un árbol o sufre una persona, úsalo para llegar a Bacatá, ve libera nuestra palabra, defiende nuestra dignidad, Llega hasta el templo de los dioses en Tequendama, una vez en el gran salto de agua, escucha la voz de Chía y sueña con la libertad que proclama Bochica, recata el volar muy alto, puede que quedes chamuscado por el poder de la sabiduría cósmica.
Zipa preparó camino, sintiendo que debe organizar a la ampliada tropa. El cacique pidió esperar hasta que Chía este en su fulgor; pasan dos días en los que Zipa despide a su madre, llora a su padre, prepara a su ejército y se une a los ritos de la aldea anfitriona.
Zipa se despidió y salió con sus treinta y cinco hombres. Salió en el ocaso, y Chía llena, le espera en el camino para rebosarlo de energía. Aquel crepúsculo desolado fue motivo de festividad en los guerreros, pero Zipa estaba muy sensible ante los movimientos del bosque. Chía se ocultó tras unas pesadas nubes, las estrellas no están para guiar el camino, Zipa propuso asentarse esa noche en aquel bosque, poniendo a trabajar a los güechas. Siendo de madrugada, Zipa se levantó acercándose al riachuelo cercano, se lavó esperando la salida de Bochica, en eso que observó el caballo extraviado en aquella confrontación. Zipa se acercó al equino, mientras esté bebía agua, agitó su cola y a relinchó, Zipa cauteloso lo tomó por su retaguardia y ganó de a poco su confianza, sintiendo por medio de su talismán, primero el miedo del animal, luego la calma.
De vuelta en el asentamiento montando al caballo, los güechas se preparan para continuar con el camino, la lluvia ha vuelto pesado el terreno, Zipa, ahora dominando la bestia, se convierte en el impulso de los guerreros, ellos acelerando su ritmo, abren la maleza para avanzar hacia el templo de los dioses, que se encuentra a unos tres días de viaje.
Avanzan ese día sin preocupaciones y ya de noche se van acercando a otra aldea. Zipa planea pedir resguardo, pero a medida que se adentran, dan cuenta de la soledad y la destrucción que atañen aquella aldea. Zipa entristecido decide continuar con el camino, haciendo caminar por horas a los güechas. Justo cuando Chía estaba encima suyo, Zipa decidió descansar en ese lugar, también se preocupó por los terrenos que estuvieran siendo devastados por los ajenos, sintió que si no apresuraba el ritmo, más naturales sufrirían lo que ellos.
Al iniciar el otro día, Zipa montó el caballo y levanta su tropa. Las lluvias se han detenido y Bochica arde con templanza. De pronto ven en la distancia un grupo de los extranjeros, realizando guardia por esos terrenos. Zipa se angustia, el caballo se levanta en dos patas arrojando a Zipa al suelo, el caballo corrió hacia los otros caballos, delatando la avanzada Chibcha. Tantas horas de camino, para ahora enfrentarse a una batalla inesperada. Zipa agarró su macana y arrojó su grito de batalla, los españoles los rodean con sus caballos, los treinta y seis hombres armados y acorralados esperan el momento de defenderse.
La caballería comenzó el ataque y los hombres se dispersaron por el terreno, algunos güechas fueron embestidos por los caballos, Zipa se deslizaba por el terreno y luchaba con gran destreza, recibiendo los golpes que los caballeros acertaban en su pecho; Zipa sentía mucho dolor, más por sus tropas, los caballos heridos, hasta por los españoles, debido a que el talismán le brindaba la sensibilidad que todo ser viviente a su alrededor estuviera experimentando, el desespero casi causa que Zipa arrojé el talismán y huya. Se retuvo, pero como pudo escapó del lugar, abandonando su tropa, corrió y corrió por horas, a medida que se alejaba más, el dolor en su pecho mermaba, hasta que el cielo se atenúo rojizo Zipa no detuvo su carrera de unas cuatro horas.
Zipa lloró la pérdida de sus hombres, sintiendo el peso de aquella difícil petición de los dioses, se arropó con lluvia y soledad acompañó su miedo. Las estrellas le pedían caminar, sus fuerzas no eran las mismas que al iniciar la marcha, entonces el hambre también se comenzó a presentar. Zipa analizó las estrellas y dio cuenta que tan lejos estaba del templo de los dioses, dos días más, calculó.
Adentrándose en sus sueños, Zipa divisa el acercamiento a Bacatá, se ve en un gran edificio, ve rostros vacíos, el cielo no tiene astro y su cuerpo no proyecta sombra. Atemorizado, Zipa se levantó y cazó una liebre y continuó su periplo.
Escuchó en las lejanías el tumbar fuerte del agua. Ha llegado al Tequendama, al templo Bachué. Rodeó la gran cascada hasta posarse sobre la corriente del rio, observó a Chía menguando, entonces cierra sus ojos para escuchar sus consejos y saber los pasos a seguir. Zipa despejó su mente y al mismo tiempo cayó una ligera lluvia sobre el rio. Zipa resistió el frio de la sabana, olvidó su misión, se entregó a su corazón y se perdió hasta el amanecer en fugaces visiones de mundos inexplorados. Abrió los ojos y la lluvia siguió su tenue ritmo. Salió del agua y dio la vuelta para quedar de frente a la puerta de Bachué. Mientras se adentra en el rio se aferró contra la corriente, saltando sobre las rocas húmedas, pronto se dio cuenta que la distancia entre rocas se hacía más extensa, por lo cual decide arrojarse a nadar. La lluvia incrementó drásticamente, la cascada comenzó a rugir más fuerte.
La corriente acrecentada hizo retroceder a Zipa, intentó nadar hasta la orilla, pero un remolino de agua lo empujó hacia el fondo del rio. Zipa asustado, intentó subir con brazadas desesperadas, al notar su esfuerzo en vano, ve en el fondo del rio lo que parece ser una rama rígida. Zipa se dejó llevar por la corriente del remolino y cuando está cerca de la rama, saca su brazo y la toma, en ese instante una fuerza descomunal lo lanzó de nuevo hacia la superficie. Zipa sorprendido, apreció lo sostenido en sus brazos, un bastón rudimentario de poco peso, pero gran resistencia. Salió muy cerca a la caída de agua, Había menos nivel de subsuelo entre más se acercará a la zona de impacto del agua. La lluvia mermo y Zipa usó el bastón encontrado para aferrarse al suelo resistiendo el advenimiento de la cascada.
De pronto, Zipa se ha ensordecido estando frente la afluente, después de varios intentos para intentar cruzar la caída, tapa su rostro con su brazo izquierdo y con el derecho, donde tiene el bastón, lo envió al frente para atravesar su cuerpo por el agua. Sin darse cuenta ya ha pasado el muro de agua y volvió a escuchar, abre los ojos y al ver una gran pared de piedra, salta apresurado a ella. Observó desde el otro lado la cascada y su vehemencia, luego detalló la pared y en el centro encontró una ranura, él intentó meter la mano, pero no sucedió nada, más allá de llenarse de lodo el brazo; entonces pensó en el bastón.
Se asustó tras el movimiento de la tierra, la pared se agrieta y las fisuras se unen dibujando un astro dividido en la mitad. Cuando se detuvo el temblor, Zipa se acercó y tocó la pared, un montículo de piedras cayó, abriendo una puerta. Zipa entró asustado, no veía más que negro por todo lado. Zipa avanzó tanteando siempre una pared, pero al cabo de unos doscientos metros, se acabaron las paredes de roca, solo sentía el agua que le llegaba a sus pantorrillas; aún estaba a ciegas y decidió continuar hacia adelante.
Al final del camino, otro muro se antepone, creyó entonces que solo atravesó la montaña y se llegó a desesperanzar. Se tiró al suelo y comienzó a gritar, se desesperó, se calmó y hasta lloró. En medio de su sollozante desconsuelo, el talismán se iluminó con una lucecita roja, Zipa se sorprendió y apreció frente a si, la belleza oculta de la montaña. Zipa revisó el muro, encontrando una figura como la que se formó en la entrada, corrió hacia ella y la empezó a tocar por todas partes, al ver que no sucedió nada, comenzó a dar golpecitos por la figura y se dio pronto cuenta que cuando se acercaba al centro, se escuchaba más fuerte el impacto. Entonces agarró otra roca y comenzó a golpear en el centro con mucho ímpetu. Luego de cinco minutos de estar penetrando, se filtra una luz por la caverna, Zipa se emocionó hasta abrir un espacio suficiente, por cual pudiera salir.
Se vio entonces frente a una ciudad, caminó con las fuerzas que le quedaron y allí lo recibieron los españoles.
-Señor virrey, hemos encontrado este indio merodeando Santa fe. Esperamos sus órdenes para ejecutarlo.
El virrey rodeó a Zipa y lo miró de arriba abajo, Zipa lo observó desconcertado y habló.
-Silencio,- Grita el virrey- ¿Cómo os atrevéis a hablar igual que vosotros?
-Este es un talismán ofrecido por el cacique de una aldea aliada, yo se lo regalo y con él podrá entender a todos los seres vivos, también sentirá el dolor y el placer de todo lo vivo que lo rodea. Ahora es suyo.
El virrey aprueba y un soldado le acerca el talismán.
-Que sientas el dolor de mi pueblo cuando ustedes llegan a matarnos, que si su dios es tan grande, sienta el poder de nuestros dioses. Que si su dios es bueno, sepa entender la razón de mi muerte.
El virrey enfurecido por sus palabras, ordenó la ejecución de Zipa de inmediato. Un soldado tomó un fusil y disparó. Zipa cayó en el suelo y el virrey sintió un vacío y colapso.