Trataba de explicarse a sí mismo la razón de sus acciones, pero incluso él permanecería ignorante con respecto a los motivos que habían llevado de una actitud amena y divertida, a un monarca con el corazón latiendo a mil por hora bajo la amenaza de explotar dentro de su pecho conforme, con desesperación, se encaminaba a su propio final. Sabía que verla sería un error, pero no hacerlo también terminaría por ser algo que penetraría tal daga en el pecho del guatemalteco. La echaba de menos, cada vez más, pero la cobardía, el orgullo y esa lógica de su cerebro que aún no estaba corrompida eran lo suficientemente contradictorios ante las teorías y argumentos planteados por el corazón. Un golpe, una simple bofetada, supo dejar aquel órgano vital como el equivocado una vez más, como aquel que debió pensar dos veces antes de actuar, ese mismo que otra vez perdía todo razonamiento en el amor y, no en cualquier caso, pero sí cuando trataba de ella. Ambas manos se deslizaron desde su rostro hasta su oscuro cabello en señal de frustración, un tormento que comenzaba a propagarse desde su cabeza hasta los pies, tensando sus músculos a causa de problemas que, independientemente del tiempo que los dejase por detrás, continuarían tan presentes en la vida cotidiana del masculino. ¿Qué tanto tiempo esperó por aquel encuentro? ¿Cuántas veces lo imaginó? Y aunque la respuesta a ésta segunda interrogante fuese un número de varios dígitos, solo unas cuantas terminarían en el resultado anhelado, pero el resto continuaría por ser un grave error, otra falla más por parte de ambos, un tiro fuera de lugar, la oportunidad de gol perdida, el disparo fuera del blanco, entre muchas otras ejemplificaciones que determinarían aquel encuentro como la peor decisión. Si su propio corazón ilusionado era incapaz de ver la situación de manera positiva, ¿Por qué habría de ser de aquella manera? Un rencor por la morena continuaba tan palpable en su pecho, un desprecio reflejado en la mirada, distancia impuesta entre ambas anatomías que delataban el dolor que algún día supo destruirlo. Todo el tiempo perdido admirando una fotografía de la venezolana debía ser en vano, así era como trataba de verlo, pero esto no quería decir que en realidad la dejara ir. Permaneció en silencio por un momento, pues aquel par se conocía también, que no era necesario desperdiciar palabras para saber lo que sucedía en el interior de cada uno. O, bien, al menos ese era el caso del latino, a sabiendas que él había sido, prácticamente, el único capaz de admitir alguna vez cómo en realidad se sentía. Una cuestión planteada buscó respuesta y en plena indagación, el detector de la verdad supo volverlo vulnerable una vez más. Dejó caer sus párpados y reposó su frente en una de las paredes del corredor, empuñando la mano e impactando ésta contra el muro, queriendo retener esas dos palabras que explicarían de la mejor manera su presencia. ❝ Tú ya lo sabes, Thalya ❞ Chilló aún desde su posición, devolviendo ahora una mirada desamparada y débil en dirección a las orbes ajenas. ❝ Sabes bien la razón por la que estoy aquí, el único motivo que tengo para buscarte en cada lugar al que voy, el impedimento que me prohíbe dejar de pensarte en todo momento, o traerte de vuelta en mis sueños, la fuente de esa necesidad que no me deja vivir sin saber lo que sucede contigo, cómo te trata la vida cada día, si juegan con tu corazón o tú juegas con el de ellos como es costumbre, si tienes pesadillas a media noche y necesitas alguien con quien hablar. Conoces la intranquilidad que nace en mí por no poder ser quien te ayude en todo momento, quien provoque risas durante horas hasta que te duela el estómago con tal de hacerte feliz, tú lo sabes y lo sabes muy bien. Pero, por favor, no me hagas decirlo, no ahora cuando ambos sabemos quién de los dos será el único perdedor que, una vez más, se irá con las manos vacías después de su confesión, porque tú te encargaste de arrebatarle todo lo que alguna vez tuvo y, aún así, de alguna forma…le es imposible odiarte. ❞
Y de nueva cuenta, ahí se encontraban ambos, todo el sistema que la latina llevaba se había quebrado en cuestión de segundos, su cadena de errores no se desvanecería tan fácil y claro que debía seguir pagando por ello, se merecía cada uno de los clavos que laceraban su corazón, los cuales la mayoría, habían sido puestos ahí por su misma mano, resaltando aquel que llegaba casi al núcleo de su órgano, aquella latente y envenedada herida que jamás sanaría, la cual había sido originada aquel mismo día en que había apartado al moreno de su lado. Varios habían sido sus intentos de alejarle, siempre de la misma manera, buscando la respuesta en brazos ajenos, dejando su corazón en casa al lado del guatemalteco, asegurándose de hacer oídos sordos a la razón. Había sido perdona infinidad de veces, la vida le había dado oportunidad de reivindicarse y aceptar aquel regalo que era ese hombre, más ella no correría ningún riesgo, no cuando sabía que este había creado raíces en su corazón y que imaginaba que si en algún momento el destino le volvía a escupir en la cara, arrancaría de tajo aquellos cimientos, no podría soportar aquello, no una vez más y le parecía que lo más lógico sería destruir aquello ella misma, antes de que la vida se encargara de jugarle pesado de nueva cuenta. Vaya error en el que estaba. Esa última vez, aquel último intento para hacer entender al guatemalteco que no era la mujer adecuada, había dado resultado, mejor de lo planeado tal parecía, más las cuentas habían errado y la misión había fallado, pues sí, la vida o una fuerza poderosa aún se encargaba de hacer a la morena su presa favorita y no fue hasta el último momento, aquel en el que el umbral de la puerta con la figura del moreno saliendo por esta se dibujaba frente a sus ojos, provocando que su corazón temblara dolorosamente y empezara a destruirse, pues el arrepentimiento era inmenso y se convertía en el peor dolor de su vida, llenándola de impotencia con aquella penitencia que ella misma se había puesto sobre su cabeza. La mujer estaba llena de ego, pero eso había desaparecido en aquel momento en que al final, se dio cuenta de que el moreno en verdad se estaba yendo, que aquello por lo que había pedido desde hacía tiempo, en verdad estaba pasando y que cuando por fin su cometido se llevaba a cabo, se daba cuenta que no tenía la fuerza que pensaba para soportarlo, rogó, como nunca, imploró a este que se quedara, más claro, no había logrado nada, dejando que aquella fría noche fuera la peor de su vida y otra vez, con su encuentro en aquel instante, la escena se repitiese. Los viejos hábitos nunca se olvidaban. Más entonces, un extraño relámpago le cruzó por el cuerpo entero, llenandole de aquel antaño sentimiento, el se interesaba por ella aún, le pensaba, no le había olvidado ¿podría ser? El hecho era, que aquello era lo mismo para su persona, aunque quizás peor, pues cargaba con su recuerdo, el amargo sabor de la pena y el arrepentimiento. El siempre había sido el único capáz de poner sus sentimientos en palabras estables y es que, en ese momento, podría decirse, que el moreno estuviera leyendo todo aquello desde la mente de la latina, ya que era exactamente lo que ella sentía. ❝ Detente. ❞ No merecía todo aquello, lo sabía y más de alguna manera, ahí estaba de nueva cuenta, recibiendo un milagro de la vida, uno que sin duda alguna no se había ganado. ❝ No hagas esto más difícil, por favor, y-yo... No... Te alejé de mi vida, por algo, no puedes hacer esto, simplemente... No puedo, sabes que no puedo. ❞