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“Pensé que yo era lo mejor que tenías” Murmuró con coquetería, soltando una pequeña risita. Él y sus calzones de Star Wars le encantaban. Su corazón y su alma no soportaban cuando Aaron se ponía tan tierno, tan afectivo y tan honesto con ella. Cuando le soltaba todas esas cosas de frente, a pesar de que no quisiera exteriorizarlas de verdad. Con uno de sus dedos recorrió desde su mejilla hasta el pecho, en una caricia, hasta que se ubicó sobre el nuevo corazón del muchacho. Estaba tan agradecida por él, agradecida con todos los dioses en los que no estaba por completo segura que creía, pero agradecida a fin de cuentas, porque una persona como él merecía quedarse en el mundo. Estaba sano y feliz, y de eso no le quedaba duda alguna “Gracias” Musitó “No te lo digo a menudo, rey, pero gracias. Gracias por todo lo bueno que has hecho por mi” Y allí seguía, soltando meloserías sin quererlo realmente, pero era uno de los efectos colaterales de enamorarse de él “Eres muchísimo más de lo que yo hubiera pedido, sobretodo porque nunca pensé encontrar a alguien para mi… Eres… E-eres… No lo sé” Se rió de sus propios divagues, mirando los ojos azules que tanto la traían loca “Solo… Gracias por estar conmigo”
“Meh.” Balbuceó como si dijera –No puedo quejarme. –pero todo el mundo sabía, ya fuera por él o con solo mirarlo, que Evangeline era la mejor cosa que tenía en la vida, junto a la pequeña con quien compartía adn. Ahora que pensaba en su corazón, en cómo este se aceleraba rápidamente cuando la fémina lo tocaba o sonreía en su dirección, en verdad agradecía que la terquedad de su madre junto a la de su novia le habían hecho recapacitar para entrar al quirófano cuando la oportunidad tocó a sus puertas y, aunque una persona había dado su vida para que él viviera, éste estaba completamente agradecido con el mundo. No se imaginaba lo que hubiese pasado de no aceptar el corazón, no se imaginaba como era morir e ir a un lugar donde la sonrisa de su rubia no lo despertara. “Yo sé, mi amor.” Respondió a su agradecimiento porque él sabía que ella, aunque no lo dijera todos los días, estaba agradecida por los pequeños esfuerzos que éste hacía, y viceversa. Aaron en verdad quería darle un premio a su esposa por soportarlo todos los días, era un record. “Eres hermosa y te amo. Por siempre.”
”Estoy construyendo una casita, Aaron, déjame…” Musitó, divertida mientras se dejaba hacer y deshacer del chico. Le sorprendió la influencia que aún tenía sobre ella, a pesar de los años, a pesar de conocerse cada rinconcito de la mente de su esposo, ella todavía sentía como la primera vez que había hablado, como cuando supo que él iba a llegar a ser alguien en su vida: El instante en el que lo vio a los ojos por primera vez. Como llegaba a sorprenderla aún con las cosas que le decía. La respiración se le cortó y el corazón comenzó a latirle a sobremanera: Él no se estaba dando cuenta. Lo sabía, porque tenía la mirada fija en sus ojos y no estaba haciendo nada más. Sólo hablándole como si su mente se lo hubiera dictado y él le hubiera hecho caso aunque no quisiera en realidad “Aaron, yo también te amo” Musitó, como la primera vez que se lo dije “Te amo y te amo mucho, te amo con todo lo que soy” Continuó, tomando el rostro del castaño dueño de su corazón entre sus manos “Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida, tú y todo lo que trajiste contigo. Jamie, las tonterías y los calzones de star wars” Bromeó, sintiendo los ojos aguados por las emociones que le había abatido el cuerpo en esos momentos “Amo todo de ti, tus ojos y la manera en la que me miras con ellos, tus berrinches, tus besos, las peleas que tenemos, la manera en la que miras a la niña cuando se está quedando dormida y lo tonto que te ves intentando armar casitas de juguete para ella” Rió “Amo todo de ti y amo que me ames. Amo que me hagas sentir como la mujer más hermosa del planeta. Amo que me hagas tan feliz” Concluyó, antes de atrapar sus labios en un beso. Uno de esos que no se daban hace tiempo.
De nuevo lo estaba haciendo ¿cierto? Eso de comenzar a pensar cosas vergonzosas o demasiado cursis y, sin querer, decirlas en voz alta porque mirar a su esposa lo dejaba así de hipnotizado. Las manos de su novia lo bajaron bruscamente de la nube donde se encontraba, a la cual se subía más veces en un día de las que debería pero no le importaba, aquel lugar era el mejor donde podía perderse. Ese y los ojos de Angel. “Los calzones de Star Wars son lo mejor que tengo y lo sabes.” Las palabras llegaban directo a su corazón, al nuevo porque el anterior estaba en peor estado que el de un anciano de ochenta años pero, lo bueno, es que sus sentimientos seguían siendo igual de fuertes que antes de la operación y las cosas que decía su persona favorita solo lograban que este creciera de talla. “Te amo. Dios, te amo tanto, no tienes idea de cuánto.” Habló contra sus labios, sonriendo tanto que sus mejillas dolían. “Amo tu cabello, amo tus bailes tontos cuando estás cocinando. Amo lo maravillosa que eres con Jamie y lo mucho que nos cuidas a ambos aunque seamos un dolor de cabeza cuando estamos juntos y cuando. Yo, solo, no sé Angel, te amo como a nada en el mundo.” Terminó, juntando sus labios una vez más. “Es un placer pasar otra navidad contigo, angelita.”
“So don’t waste it living someone else’s life,make yours count for something.Fight for what matters to you.”
Cuando seas madre, repitió las palabras de su propia madre en su mente, te darás cuenta que la vida, en realidad, es una locura. No sabrás qué hacer en muchos casos y está bien, porque es tropiezo, tras tropiezo, tras… “Tropiezo” Completó ella en un murmuro y ahora estaba consciente de que todo era verdad. Ya era adulta. Ya estaba haciendo lo que siempre había querido. Ya era feliz. Una sonrisita de idiota se le posó en los labios ¿Cuántas personas lograban ser felices a tan corta edad? Muy pocas. Quiso saltar y hacer backflips de los que no hacía desde la escuela. Era feliz. Su familia era feliz, pero nada de eso lo había conseguido sin unos tropiezos. Era en esos momentos, cuando estaba armando cosas para su niña o cuando la observaba dormir, que se ponía a recordar el pasado. Lo mucho que una simple plataforma había transformado su vida, el hecho de un reality le había presentado al amor de su vida. El momento cuando lo conoció, cuando fueron amigos y su primer beso, el día en el que todo cambió, su primera vez, todo le estaba pasando por la mente en esos momentos. Y también en otros días, todo le iba y le venía por sorpresa.
Soltó una carcajada “Cállate, sabes lo torpe que soy a veces” Le replicó, negando con suavidad “Le prometí un vídeo ¿sabes? Pero por tu salud mental, creo que es mejor no hacer nada. Así es lo mucho que te amo” Bromeó. Una sonrisa juguetona se plantó en sus labios de inmediato y se estiró un poquito para darle un suave beso en los labios. Quería jugar con él y provocarlo, así que después de unos segundos, se alejó y fue junto a la casita a medio armar de nuevo “Tienes razón, soy una sucia y mereces descansar” Provocó, lanzándole una miradita y volviendo a encajar piezas como si nada hubiera pasado.
La idea de construir una casa de juguete para su hija pasó a otro plano, lo que quería hacer ahora era besar a su esposa como no había hecho en, quizás, unas cinco horas. Pero, bueno, conociendo a Aaron, cinco horas sin tocar a su mujer eran como tres días enteros. ¿Exagerado? Sí, siempre. “¿A dónde crees que vas, angelita?” Preguntó apresuradamente, sus dedos automáticamente aferrándose a la muñeca de la rubia para así tirar de esta, con delicadeza obvio, hasta que se encontró lo suficientemente cerca del castaño. Dejó un beso en su hombro y se colocó encima de ella, ambas manos manteniendo la distancia entre ellos y siendo el único soporte para que el chico no la aplastara. Y eran momentos como esos, donde su novia se encontraba apaciblemente debajo de su persona, que se ponía a agradecer a todos los cielos por haberla puesto en su camino. Era tan hermosa sin intentarlo, su piel tenía ese esplendor que solo se obtenía cuando se convertía en madre y sus mejillas siempre con ese tono rosado que tanto volvía loco al canadiense. No podía dejar de mirarla, de apreciarla, de amarla. ¡Por dios, la amaba! Amaba a esa rubia terca con cada milímetro de su cuerpo, amaba todo de ella, desde sus pecas hasta los colores extravagantes que normalmente portaba en las uñas de sus pies. Y sin querer, todos sus pensamientos, los había dicho en voz alta.
Alzó un dedo e hizo una seña de negación con el “Estás soñando” Le aseguró, aunque sabía que su hija amaba más a sus juguetes que a alguno de ellos dos. Tenía un año y probablemente no sabía por qué ellos dos la molestaban tanto durante el día. Ella, sobretodo, porque se la pasaba pegada a su hija como si alguien quisiera quitársela, ni mencionar cuando salían. Por fin comprendía por qué su madre no la dejaba salir con sus amigas a un centro comercial. Oh, demonios, no. Ese día le llegaría a ella, el día en el que su hija quisiera valerse por si misma cuando claramente no iba a tener ni la madurez ni la edad suficiente para hacerlo. Todo por lo que había pasado ella con su madre, su hija lo iba a pasar también. Se cubrió la boca con su mano y trató de calmarse, se estaba poniendo ansiosa por cosas que no pasarían en otros diez u once años, pero no podía evitar pensarlo. Rió ante el chiste de su esposo, pero no comentó nada más, solamente se dedicó a juntar unas piezas con otras hasta que dos paredes de la casa de muñecas estaban ensambladas juntas “No es taaan difícil, amor” Replicó, volteando a verlo. Sonrió al darse cuenta cómo se había volteado y gateó hasta donde estaba, tirándose sobre él, aplastándolo con su cuerpo “Tu padre piensa en ti y te mandó esto para que pudieras aprender a amar una casa de muñecas” Lo molestó “Y no te vas a ningún lado porque es la primera vez que estamos sin Jamie en el día y me merezco una sesión de besos”
Todo ese año había pasado por alto su repentina madurez, como si hubiera estado tan cegado por el cansancio de cuidar a una nueva vida, y sinceramente, lo estaba. Jamás pensó exactamente lo difícil que era tener un bebé, especialmente un bebé como Jamie. Dios mío, esa niña parecía que había comido chocolate dentro de su madre por todos los nueve meses que estuvo ahí adentro, y peor, parecía que con cada comida que aceptaba, ésta la daba energía doble o algo parecido. Jamie era un huracán, y ahora entendía porque los desastres naturales tenían nombres de personas. Sin embargo, cansado o no cansado, amaba con locura a la dueña de aquellos enormes ojos azules (y esta vez no solo hablaba de su pequeña hija). Se dedicó unos minutos de su tiempo –porque era un hombre ocupado, claramente – para mirar al angel que tenía como esposa. Creía que ese era su regalo de navidad y no pensaba devolverlo como el feo suéter que le regalo su abuela. “Tú lo dices porque puedes hacer todo, está en tu sangre. No puedo creer que una casa de plástico me esté ganando.” Se quejó, escondiendo su rostro con falsa vergüenza entre sus antebrazos. Gruñó, no porque la rubia la estuviese aplastando, sino por el comentario. “Mi padre solo la envió porque quiere hacerme sufrir y luego reír al ver que no pude armar eso.” Era mentira, su padre había enviado ese regalo, y muchos más, porque estaba completamente ensimismado con la primera nieta de los Campbell. “Eres una sucia, déjame descansar.” Molestó, pero seguido volteó ligeramente su rostro y frunció sus labios en espera de su beso. “No hay muérdago, pero finjamos que tenemos como diez encima de nuestras cabezas, ¿vale?”
Quería echarse a reír. Su experiencia con los niños (sus hermanos, los que antes cuidaba) le había enseñado que los comerciales e instrucciones en los juguetes no servían realmente para armarlos. Por eso, el intento de su castaño favorito por intentar hacerlo le divertía. Se lo había dejado a él porque ella quería ver cómo se le daba armar casitas de juguetes y, como no, ver la mueca que él hacía cada vez que se concentraba. Un poco egoísta, pero a ella le encantaba. Como todo de él “¿Estás diciendo que nuestra hija no me ama, Aaron Campbell?” Preguntó, haciéndose la indignada. Ya se había acostumbrado de sobra a los juegos de él y a seguirlo en los mismos como un par de chicos de dieciséis, a lo que no se había acostumbrado era a tener una hija. Bueno, sí a tenerla, pero no lo aceptaba. No le cabía en la mente que se había casado con el amor de su vida y habían tenido una hija, algo que, más allá de su amor, los unía para siempre. Se estremeció ante el pensamiento porque, después de lo habían pasado allí estaban: Con su hija, en su casa. De los dos “No me has ganado en nada, es igual a ti, no a mi” Frunció el ceño, sacándole la lengua al chico. Suspiró y miró a la pequeña por milésima vez en el día: Se había dormido y se estaba chupando el dedo “Cuando vuelva de dejar a la niña en la cama, vamos lo seguimos discutiendo” Avisó, poniéndose en pie con cuidado “Oh y no finjas que no sabes lo que estás haciendo, amor” Y después de guiñarle el ojo, se dirigió al dormitorio de la pequeña y la dejó en su, ahora más grande, cuna. La arropó y asegurándose de que estuviera bien envuelta y sin ningún percance, salió rumbo a la sala de nuevo. Esta vez, se tiró en el piso junto a su esposo, mirando el juguete sin armar. Lo analizó un par de segundos y asintió “Vale, lo estabas haciendo mal” Le reprochó, con una sonrisa divertida en el rostro “Esta pieza va con esta, no con esta…”
Hizo a un lado todas las piezas de la casa, junto al instructivo y las herramientas que, según él, harían todo más sencillo para unir las piezas. ¡Pura basura! Con desespero, se dejó caer sobre la alfombra que cubría enteramente la sala principal de su hogar, donde anteriormente había abierto los regalos de navidad que “Santa Claus” dejó para Jamie. Insistía, ¿Por qué UNA NIÑA necesitaba tantos juguetes más grandes que ella? mejor deberían regalarle videojuegos a él, o un auto nuevo, tal vez una ida a ver Star Wars. “No digo que no te ame, solo digo que ama más a mi. No es como que tú la hubieras traído al mundo.” Respondió, sonriendo con falsa inocencia desde su cómodo lugar sobre el alfombrado piso de madera. Era extraño hablar de eso, era extraño tener un bebé en general. Aaron, personalmente, seguía sintiéndose como el chico de dieciocho años que solo quería jugar juegos en línea y mostrar su desempeño al mundo del internet. Sin embargo, hacía un tiempo que ese chico había sido encerrado en una caja y ahora daba lugar al “adulto”, ese que pagaba cuentas, mantenía una casa y tenía una familia. Por dios, Aaron Cambell, idiota profesional y amante de los videojuegos de terror tenía una familia, un hogar y una minivan. Era todo un señor. “No empezaremos con eso, porque pierdes.” Replicó, permitiéndose sacar la lengua infantilmente. “¿A dónde crees que llevas a mi hija? Ladrona.” Acusó, pero la sonrisa que tenía en sus labios era malditamente enorme. Cruzó sus brazos debajo de su cabeza y volvió a hablar. “En serio, no sé de que hablas.” Cerró los ojos, disfrutando del silencio que se creó cuando su esposa corrió a acostar a Jamie, aunque disfrutara el silencio, amaba mucho más el ruido de las risas de sus rubias. La voz de Angel ocasionó que éste abriera los ojos de golpe, mirándole de inmediato. “Perdóname experta en armar casas de muñecas, policía de las piezas ensambladas.” Molestó, dándose la vuelta sobre su estómago. “Ya no quiero nada, quiero dormirme como Jamie. Mi padre debió comprar la casa que se armaba sola….”
Dio un par de pasos, intentando no pisar o tropezarse con algo como era tan típico de ella: Sí, era una bailarina y se movía con destreza, pero solo cuando bailaba. El resto del tiempo era más o igual que torpe que su marido. Se sentó en uno de los muebles en frente de él y miró a su niña “Está cansada” Comentó en voz alta, alzando las cejas mientras la miraba “Creo que tanto bullying a su mamá la dejó así. A ti nunca te hace nada” Se quejó ella “¿Cómo que de qué manera es igualita a ti? ¡En todo! Hasta camina como tú, tiene tus ojos y tu misma manera de mirar…” Comenzó ella, enumerar con los dedos, haciendo que Jamie se removiera adormilada en sus brazos “No me parece que se burlen de mi… ¡Yo doy mucho miedo cuando me lo propongo!” Dijo ella, medio susurrando medio gritando. Jamie le echó los brazos al cuello y se recostó en su pecho. Ella la contempló por unos segundos, maravillada “También es hermosa como tú” Añadió, volviéndose a mirar al castaño, que se notaba que estaba teniendo problemas en armar el juguete nuevo de su hija “Cuando ella se duerma, te ayudo a armar la casita” Le dijo y posó su mirada esta vez bien en él. Estaba sudando. Oh Dios mío, estaba sudando. Se ve jodidamente lindo así “Aaron… No me hagas estas cosas” Pidió y lo señaló, esperando a que comprendiera a lo que se refería.
El joven padre se rindió con aquella casa de muñecas, no sin antes blasfemar a su padrastro por pensar que aquello era el regalo perfecto para su nieta. Padres y sus cosas. Pero entonces, cuando estaba quejándose internamente de lo horrible que era armas juguetes (se compadecía de los duendes de Santa Claus, en serio lo hacía) su celestina mirada cayó sobre la pequeña rubia, quien era la imagen de su madre, que bostezaba con cansancio sobre los brazos de su esposa, y sintió de pronto una ola de emoción golpearlo de la nada. Padres y sus cosas, repitió en su mente. “Porque me ama, como todo el mundo, es obvio.” Respondió, claramente bromeando. Guardó silencio, como siempre hacía cada que el amor de su vida comenzaba a parlotear y pelear por cosas que ambos ya sabían eran irrelevantes pero que tenía que decir, y sonrió como idiota. “Das tanto miedo como un cachorro, ya te he dicho.” La molestó, apuntándole con el desarmador que tenía en su diestra. “Te equivocas en todo porque Jamie es una copia chiquita de ti. Una vez más, yo gané.” No venía al caso, pero era algo típico de Aaron hacer todo una competencia cuando de su novia se trataba. Murmuró una aceptación, volviendo a clavar su atención en el maldito juguete del demonio, y luego, sonrió coquetamente a la rubia cuando comentó aquello. “No estoy haciendo nada, mi amor.” Y bueno, si batió sus pestañas con inocencia mientras hacía notar más sus brazos al subir las mangas de su camisa, nadie tenía que quejarse ni hacerlo notar.
“Jamie, eres la niña más llorona que conozco y tienes un año” La rubia posó los brazos en su cintura, mirándola con falsa indignación. Aquella pequeña era una de las mejores que le había pasado y aquel año en el que había aprendido a ser madre había sido el mejor año de su vida. Se agachó y miró al fruto de su amor con su esposo de manera intimidante, antes de que la pequeña se echara a reír de ella por aquello. De ella. En su cara. Ahora si estaba indignada. La tomó en brazos echándose a reír ella también al final y se volteó hacía su esposo “¿Te das cuenta que es, literalmente, igualita a ti pero con el cabello rubio, verdad? Se acaba de reír de mi cuando le di mi cara de guerra” Suspiró “No sé por qué me recuerda a ti”
Aaron estaba ocupado con sus propios asuntos. Mira que armar una maldita casa de muñecas no era cosa fácil como lo pintaban en los comerciales, además, ¿para que carajo utilizaría eso una NIÑA DE UN AÑO DE EDAD? Jamie apenas y podía decir mamá y papá, no necesitaba una casa de muñecas así de enorme. Resopló, pasando una mano para quitar el sudor de su frente, ¿por qué estaba sudando? Sólo estaba peleando con una puta casa de plástico, no era para que sudara. El castaño alzó la mirada cuando la voz de su rubia llegó a sus oídos. “¿De qué manera es igualita a mí?” Cuestionó, mirando ciertamente entretenido a su par de personas favoritas. “Bueno angelita, tu cara de guerra no es exactamente para temer. Pareces un cachorrito enojado y sabes que los Campbell tienen que hacerte burla.”
“¡Me estaba ahogando con una cortina!” Exclamó, como si fuera el fin del mundo y se pasó las dedos por debajo de los ojos, porque había estado sudando “Estabas dormido ¿no?” Preguntó con las dos cejas encarnadas a su esposo… Esposo. Tenía un esposo y era más de lo que había esperado. Sonrió casi que por inercia y luego bajó la mirada, recordando que se suponía que debía estar enojada “No le puedes quitar puntos a Hufflepuff por eso” Replicó, frunciendo el ceño “Ven, ayúdame a colgar esto que sabes que no se me da bien trepar en espacios pequeños” Pidió, alzando las cortinas con una mano y dándose por vencida.
“¡Ni siquiera tenemos cortinas!” Exclamó, obviando el hecho que en la habitación, y probablemente en otras, no había ni una cortina colgada. “¿Yo? ¿dormido a estas horas? Para nada…” Mentía y era obvio, la rubia podía notarlo en la manera que sus ojos se movían rápidamente de una cosa a otra, cuyo gesto lo delataba siempre que usaba el sarcasmo o las mentiras. “Claro que puedo y si sigues replicando, le quito más.” Sacó su lengua, estirando una mano para ayudarla a levantarse. “Pudiste esperar a que llegara mi hermano y mi papá a ayudarnos, pero bueno, si me caigo y muero será tu culpa, y nunca podremos tener hijos ni regañar a los niños que pisan nuestro jardín…” Podía seguir divagando con aquella molesta sonrisa, la cual usaba cuando quería contentarla, normalmente funcionaba. Optó por callarse, tomó las cortinas en mano y depositó un besito en sus labios.
“¡Aaron!” Exclamó la rubia, un tanto frustrada. No lo veía por ningún lado y estaba atrapada entre cajas y cortinas hacía ya unos cinco minutos. Se encontraba en una situación lamentable así que, esperando no romper o tirar nada, se dejó caer en el suelo y esperó a que el castaño apareciera y la salvara del pequeño enredo en que el se había metido “¡Me estoy muriendo y no apareces!” theaaronland
Aaron, definitivamente, no estaba durmiendo y aquel que dijera lo contrario era un notorio envidioso de cuán se veía el castaño acurrucado en el sofá principal. Sintió al perro de su hermana, que estaba de visita mientras la pequeña iba a la escuela, lamer su rostro y despertarle justo para escuchar a su esposa (era tan extraño llamarla así, sinceramente) intentando llamar su atención, a lo cual se levantó rápidamente, mareándose al instante, y yendo a pasos dormidos a donde estaba la rubia. “¡Si estuvieras muriendo te habrías despedido!” Gritó de vuelta, riendo adormilado mientras llegaba a la habitación donde estaba. “Cincuenta puntos menos a tu casa por hacer puchero, señorita.” Dicho esto, la ubicó en el suelo y se arrodilló frente a ella, sonriendo. “Ya llegué, ¿Qué pasó?”
Apple Music Festival ‘15
The best things in life come free to us.| {Loey}
Cada movimiento y palabra de la chica le hacía más y más feliz; le hacía creer que podía hacer lo que quisiera, pues se sentía así de lleno y realizado. Sonrió con ternura ante el puchero de ella, seguramente como sabía que iba a pasar. Tras escuchar sus palabras, arqueó una ceja divertido y negó.— Creo que tenemos un problema entonces.— Bromeó, pensando en el pequeño. Justo cuando este pensamiento cruzó su mente, se escucharon los pasos y lloros del rubio y pronto lo tenían a su lado. Notó como su pequeña mano le daba golpecitos en su pierna descubierta; bajó la mirada hasta él y no pudo evitar sonreirle, aunque estuviese llorando y aparentemente no se encontrase muy bien (cosas de niños). Era la magia de ese momento: tenía a la mujer que más quería entre sus brazos, y al pequeño fruto de ese amor a sus pies, tratando de captar su atención de forma adorable. Levantó su mirada por unos segundos hacia su novia, y después hacia el pequeño de nuevo, y con un suspiró pronunció aquellas palabras que no se cansaba de repetir.— Eres igualito que tu madre. — Le dijo al pequeño; éste, por supuesto, no entendió, y se puso a llorar aún más al ver que ninguno de sus padres le cogía en brazos. Finalmente, el moreno cedió, y mirando de forma divertida a su novia la soltó y se agachó hasta estar a la misma altura que su hijo.— Oye, aquí tu madre y yo estabámos teniendo un momento muy bonito, ¿qué se te ofrece? — De nuevo, el rubio no comprendió nada y se quedó mirando sus ojos azulados los marrones de su padre, y su pequeña mano se posó en la rodilla de éste, como si fuese a perder el equilibrio. Logan no pudo evitar sonreir, casi llorar por lo mucho que quería a aquella criatura. Entonces pasó sus manos por debajo de las axilas del pequeño, y lo levantó sobre su cabeza con tanta agilidad que el infante se puso a reir de inmediato.— ¿Ves? Eres un exagerado. — Dejó de hacer el avión con el pequeño y se lo puso en el pecho, notando como susp equeños brazos le rodeaban el cuello y miraban a su madre. Le dio un pequeño beso en la cabeza al rubio, mientras daba saltitos para que se tranquilizase, aunque parecía que el mero hecho de estar con sus papás le tranquilizaba.
Sonrió ampliamente al notar que, en efecto, su puchero había causado una sonrisa en los labios de su novio, cosa que le hacía sentir invencible pues si lograba hacer que es morocho sonriese, podía hacer lo que fuera. Estaba tan embobada con la persona que tenía frente a ella, como siempre le pasaba cuando Logan entraba en escena, que casi pasó por desapercibido como su pequeño rubio aclamaba por su atención.—Eres un celoso, Aiden.—Murmuró como una queja para su bebé, pero la sonrisa en rostro decía todo lo contrario. Sus verdes orbes no dudaron en dar una vuelta ante el comentario tan característico del castaño, le asombraba cuantas veces podía decir esa frase en diferente ocasiones, sin embargo, no sabría que sería de ella sin esas palabras que le encantaban. Ver a Logan con su hijo era de los sentimientos más maravillosos e indescriptibles para ella, cada que éstos interactuaban, el corazón de la joven se llenaba de tanto amor y adoración que llegó a pensar que explotaría en cualquier momento. Jamás se cansaría de ver a su novio con su hijo, nunca. – Se parece a ti en lo exagerado, siempre lo he dicho.—Molestó al par como solo ella sabía mientras pinchaba ligeramente la nariz de su pequeño y seguida la de su novio, sin perder la enorme expresión de felicidad y amor sobre sus labios. Amaba todo lo que sucedía, desde ver a Logan calmar a su pequeña creación, hasta la manera que Aiden se aferraba a los brazos de su padre como si su vida dependiese de ello; amaba a sus chicos y cada vez que los veía, se enamoraba de nuevo. Se acercó a ambos, sumándose al abrazo porque si ellos pasaban un lindo rato, ella también tenía que arruinarlo como lo había “hecho” el bonito rubio.—No quiero arruinar las cosas pero, tenemos que irnos o el cumpleañero llegará tarde y el disfraz habrá sido en vano.
A wedding...|| Evaaron.
Supo que tenía que tener sus labios en los de Aaron al momento en el que notó lo involuntarios que salían sus gemidos, algo que no hizo, porque fue incapaz de controlar los de ella cuando los dedos de su chico llegaron más abajo de los limites permitidos, por lo menos por ella, en bases normales del día. Me puede tocar ahí cuando quiera, siempre y cuando lo haga como lo está haciendo ahora, pensó mientras un gruñido se escapa de sus labios y sus caderas comenzaban a moverse con más rapidez aún. El limitado espacio no le daba para mucho, por eso disminuyó un poco el ritmo cuando su cabeza rozó el techo del auto –Lo siento por… Eso, no quiero quedar con una contusión –Murmuró en el oído del castaño, hundiendo el rostro en el hueco que había entre su cuello y su hombro, a punto de llegar a su orgasmo.
Le importó poco mientras su manos apretaban la cintura de su novia con tanta fuerza como para dejar marcas en su pálida piel y su garganta dejaba escapar un ronco gemido que tenía rato reprimiéndolo de una forma casi dolorosa para el ojiazul. Rió casi sin aire, asintiendo difícilmente ante lo que su prometida explicaba sobre aquel cambio de ritmo. Sus dedos se movían frenéticamente en su sexo, buscando que su novia llegase a ese punto de excitación, donde no podía ni hablar, lo más rápido posible. No es que no estuviese disfrutando aquello, pero tenían máximo unos diez minutos para volver a hablar de flores y vinos con sus madres.
A wedding...|| Evaaron.
Sonrió, amando la manera en que podía llenarla de ternura en tan solo un momento, ternura que se le fue del cuerpo en cuanto sintió el control de su prometido sobre sus caderas. Un suspiro entrecortado se le escapó de los labios: No podía gemir como quería, porque de seguro ya había personas mirando la camioneta extraños al ver que se movía sin que nadie estuviera dentro o alrededor de ésta. Apretó una mano al asiento del auto y otra en el hombro de su chico, mientras se concentraba en aguantar lo suficiente para que ambos llegaran juntos. Miró sus ojos, regalándole inconscientemente una sonrisa de tonta enamorada que era –Yo también te amo… Aaron –Dijo con dificultad, buscando los labios de su prometido.
Le era imposible ahogar sus gemidos, estos salían involuntarios con cada movimiento que su novia daba encima de su miembro. Agregando el hecho que no se habían visto por dos días y que ambos eran esa clase de pareja que les gusta provocar al otro enviando textos y fotografías no aptas para alguien más que no sea el otro. Sonrió difícilmente, logrando atrapar los labios de su chica con los propios, mordiendo ligeramente el inferior de ésta. Decidió hacer las cosas más rápido, así que movió su mano a la feminidad de la rubia para estimularla al mismo tiempo.