El tiempo es relativo y va mutando dependiendo de el mundo al que ingresen. Cada universo, a su vez, tienes sus propias leyes mediante las cuales va haciendo o deshaciendo partes de su propia creación. Había quienes lo llamaban creencias, algunos otros ciencia. Todos coincidían en que se trataba de un equilibrio, dar y recibir para poder mantener la paz. Las Animas, a diferencia de muchas otras especies dentro del multiverso, tenían un sistema de supervivencia muy específico: se distinguían por tres categorías principales que eran asignadas al momento de la creación de una nueva anima y a partir de ese momento toda su esencia se modificaba automáticamente para ajustarse a las leyes impuestas.
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Los custos tenían un inicio pero no un final. Al menos materialmente. La razón por la que no había mucha cantidad de animas deambulando por el espacio infinito, invadiendo universos y colonizando sus mundos, era únicamente porque no se contaba con la cantidad suficiente para hacerlo pero tampoco con la demanda que uno creería que tendrían. Para los humanos el concepto de colonización era a menudo asociada a una moral brutalizada. Las historias que relataban sus libros, aquellas páginas marcadas con tintas, aquellas voces exhaustas, solían utilizar el método de colonización para destruir las bases de aquello existente y construir sus propia corrupción sobre el desastre que pocas veces se molestaban en limpiar. Las Animas, contrario a esto, utilizaban el método de colonización como una forma de salvación.
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Pequeños grupos, que nulas veces sobrepasaban la docena, arribaban en el nuevo mundo con el fin de aprender todo lo que hubiera que aprender. Lo primero que las Animas tenían en cuenta era si el planeta era habitable, un planeta rico en recursos que pudieran explotarse para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Si el planeta no era habitable entonces el rastreador que lo había encontrado debía seguir con su misión de explorar el universo en busca de otro mundo que pudiera ofrecer a su raza. Si el planeta era habitable se procedía a enviar a los custos a hacer el trabajo de investigación: que fuera habitable no siempre significaba que fuera habitado. La invasión comenzaba así de forma lenta e imperceptible, uno a la vez, y allí permanecían hasta que la información recolectada fuera suficiente para que los arrasadores llegaran al nuevo mundo a hacer su parte del trabajo.
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Los custos jamás se quedaban en el lugar donde han trabajado.
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Una vez realizado su trabajo volvían a su punto de partida. La Tierra diecinueve se hallaba en el sexto universo y, aunque comparte su nombre con el planeta humano, ambos eran completamente diferentes. La Tierra de las Animas no era más que un punto vacío de oscuridad y tormento. Los custos eran privados de sus sentidos y prácticamente de la existencia en sí misma. A aquellas almas que habían cumplido un determinado porcentaje de éxito en su labor se les otorgaba el poder de recuperar sus recuerdos una vez que volvían a encontrarse en su forma activa —cuando debían visitar un mundo nuevo. Sin embargo, incluso para aquellos que obtenían aquel regalo, eran incapaces de sentir lo que habían hecho con anterioridad. De ésta manera su raza se aseguraba de que ninguno de sus integrantes intentara buscar justicia, cobrar venganza, contagiarse por el modo de vida aprendido o ceder ante el hambre de poder.
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Similar a la reencarnación en la Tierra humana, los custos renacían incontables veces pero a diferencia de los primeros ellos no tenían una meta a la cual llegar o una misión por cumplir. Simplemente formaban parte de una jerarquía, un sistema. Eran la pieza de un rompecabezas cuya imagen final se desdibujaba si llegaba a faltar.