&& dillion
“Todavía no logro creer que hayas comprado un perrito. ¡Siempre quise uno!” Dijo la pelinegra, entusiasmada, sin darse cuenta de las miradas que caían sobre ella como consecuencia de sus gritos de emoción que resonaban en su fraternidad. “Es hermoso. ¿Tiene nombre ya?” El roce con el pelaje de la mascota faldera de algún modo parecía mantener a la joven de buen humor, además reencontrarse con sus padres en realidad la tenía contenta, a diferencia de muchos. Vió de soslayo a una persona cerca de ambos. “Lo siento, los canes son mi debilidad.” Admitió, antes de que el canino empezara a besarla, provocando cosquillas y carcajadas de su parte. “¡Para!” Imploró, mimando a la criatura en sus brazos.
“No lo compré. ¿Recuerdas a tu tía Jessica? Encontró una camada cerca del instituto donde da clases. Los acogieron y tu madre y yo pensamos que sería bueno tener un poco de compañía en casa. Como si con nuestra pequeña revoltosa no fuese suficiente.” Explicó el mayor entre carcajadas. “No le hemos puesto nombre todavía. Tienes los honores de elegirlo.” Le dejó saber el de cabello ámbar, antes de sentirse observado por otras personas y que sus ojos añil se enfocaran en una silueta adversa, adivinando que sería uno de los compañeros de su hija o alguno de los familiares de los mismos. “¿Podemos ayudarte?”
“¡Pero qué ternura!” vociferó la castaña, aproximándose a su amiga para propiciarle apresuradas caricias al can. “Debes amar a tu padre por ésto... Hay ciertos hombres que son incapaces de regalar hasta el más mediocre pez dorado” manifestó, dirigiéndole una mirada furibunda a su padre que pobremente le seguía los pasos. Jadeante, éste se detuvo junto a ellas y miró el escenario con desaprobación, no obstante le tomó un momento recobrar el aliento.
“Cuando tengas suficiente autonomía y responsabilidad como para cuidar a un pez dorado te conseguiré el condenado animal. Aunque me parece absolutamente inadecuado e inhumano” opinó, enarcando ambas cejas e intentando imponer su autoridad. “Además... Los canes ensucian y se vuelven demasiado grandes como para tenerlos dentro de la casa. Y los que no crecen son demasiado histéricos como para soportarlos” arguyó, revolviendo la maraña de cabellos claros de su hija.


















