Ni las aves son libres. Parece que vuelan por donde desean, pero en ŕealidad van del nido a buscar comida, y al encontrar, vuelven al nido. Y así sucesivamente.
Tener alas no garantiza libertad.
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@tiempos-ajenos
Ni las aves son libres. Parece que vuelan por donde desean, pero en ŕealidad van del nido a buscar comida, y al encontrar, vuelven al nido. Y así sucesivamente.
Tener alas no garantiza libertad.
El tiempo pasa barriendo la sangre del suelo, pero la piel nunca olvida dónde se rompió.
—Dariann.
La vida es abstracta, pues somos nosotros quienes le damos sentido.
«Te pueden disparar y fallar, pero una palabra cruel o sin tacto te entra en el cuerpo y te destruye como el cáncer».
— Gkiss💋
Tinta negra, espacio y humo, atmósfera cruel y sin dolor alguno, persigue el sueño cuando despierta y vive la realidad mientras duerme.
N. P.
A veces damos por sentado verdades absolutas que nos impusieron culturalmente, pero la vida te las muestra tal cual son.
"Dos hermanos deberían amarse porque son hermanos". Está escrito que es así, ¿no? Sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario.
¿Por qué deberían amarse? ¿Por ser hijos de los mismos padres? Quizá esa sea la misma razón para que se peleen: disputarse a sus padres como algo propio. La verdadera competencia, el primer síntoma de celos... parte de ahí.
¿Quién dijo que dos hermanos siempre se deben amar? ¿O que un padre siempre debe amar a su hijo? Hay verdades impuestas que no son tan verdaderas.
Admiro el cielo y solo veo la oscuridad de un mundo ostil y cruel lo que me hace suspirar de una forma larga y pausada abro mis labios para contarte las razones de porque no quiero permanecer un minuto más en este coructo y negro planta pero no me salen las palabras pues no existe ninguna razón para marcharme
Como dijo un sabio un vez no puede existir el blanco sin el negro e igual en caso contrario palabras que me hacen decir cómo puedo yo darte una sola razón si este mundo está tan podrido que el no llega a existir un solo color
Que debo hacer yo quedarme en medio está lucha de poder o marcharme a lo que la gente llama un lugar mejor
en la oscuridad descubrí mi luz
en el dolor acepté mi destino
en la injusticia encontré mi verdad
en la soledad hallé mi paz
- Lessandra
Sí, en casa reprimo. Pero afuera, exploto.
Sí, aquí guardo compostura. Pero allá fuera rompo reglas.
Sí, en mi “lugar seguro” me señalan y callo. Pero en la soledad, ardo.
Porque aquí “soy” obediente, tranquila, madura y disciplinada.
Pero cuando nadie mira, mi rebeldía me silba al oído, curiosa de lo prohibido, apasionada, intensa, emocional… y peligrosamente viva.
No hay cimiento más firme para el espíritu que un dolor que ha sido transformado en luz.
©AlejandroVelasco
2026
Confiar es incluso más que confiar, es ponerse en las manos de alguien: manos correctas, no manos al azar. Manos que piensan. Piensan en hacerte sentir bien y no se mueven para lastimarte. Afinan como un instrumento en tu mente y piel, armonizando incluso la erótica oscuridad.
Adicto a pequeños fragmentos de melancolía, nací con licencia poética para vivir con rebeldía.
Julsen Bastian
Hasta que la dignidad se haga costumbre
Manifiesto de una resistencia silenciosa
Vivimos en una sociedad profundamente corrupta.
No lo digo solo por las guerras ni los escándalos políticos —aunque bastarían.
Lo veo en lo cotidiano, en los gestos mínimos.
Cuando alguien recibe vuelto de más y lo guarda con una sonrisa agradeciendo su suerte en lugar de devolverlo.
Cuando una tarjeta olvidada en un cajero se vuelve una oportunidad y no una responsabilidad.
Cuando el que “aprovecha” es admirado, y el que actúa con honestidad es tratado como tonto.
Ahí, en lo diario, se revela la enfermedad social que nos aqueja:
La corrupción se volvió norma,
y la honradez, una excentricidad.
Y lo mismo ha pasado con el respeto.
Ya no se ofrece por convicción,
ni se practica como base del vínculo
con otros seres humanos,
con la naturaleza,
con uno mismo.
Hoy el respeto se da solo si se gana algo a cambio.
Lo han convertido en una moneda de transacción.
Una mercancía.
Lo han prostituido.
No vengo a hablar desde un pedestal.
No estoy libre de errores.
Sé que puedo mentir.
Sé que puedo manipular, sacar ventaja, traicionar.
Lo he hecho.
Y por eso lo que digo no es una cátedra moral,
sino una confesión.
He aprendido, con los años, que cuando cedo a esa parte mía, algo en mí se marchita.
No es culpa religiosa.
Es decepción personal.
Una pérdida de coherencia.
Un paso más lejos de quien quiero ser.
Por eso, decido resistir.
No porque sea buena por naturaleza, sino porque no quiero sumarme al aplauso de la trampa. No quiero negociar mi integridad por una palmada o una ventaja.
No quiero usar el respeto como trueque. Quiero que sea mi punto de partida.
Pero también sé que fallar es humano. Y que hay algo aún más humano: asumirlo.
¿Por qué nos cuesta tanto decir: "La cagué. Perdón."
¿Por qué esa frase —tan corta, tan humana—
parece ser más difícil que una mentira bien elaborada?
Veo a personas defenderse con uñas, dientes y excusas, incluso cuando está claro que se equivocaron.
Y no por proteger a alguien, sino por no enfrentar la culpa.
Como si aceptarla los volviera menos valiosos.
Como si decir "me equivoqué" los hiciera inferiores.
Y me pregunto: ¿en qué momento admitir un error se volvió una vergüenza, y no un acto de coraje?
Yo también he cometido errores. Muchos. Y aprendí —con lágrimas, a veces— que asumirlos de frente no me debilita.
Me humaniza.
Me alinea con quien quiero ser.
Me limpia por dentro.
Prefiero mil veces decir "la cagué" que arrastrar una culpa encubierta en excusas.
Prefiero pedir perdón que justificar lo injustificable.
Porque mentir para salvar el ego es otra forma de corrupción.
Quizás sea infantil este intento de esconderse del error. Quizás sea cobardía.
O quizás sea el síntoma más íntimo y corrosivo del cáncer social que padecemos: esa idea de que solo valemos si somos “impecables” aunque sea solo en apariencia.
Pero yo elijo otra cosa.
Elijo fallar y reconocerlo.
Caer y levantarme sin teatro.
Decir “lo siento”, de corazón, cuando corresponda.
Y aprender.
Porque solo quien reconoce su sombra puede caminar hacia la luz.
Quiero dejar este mundo mejor de como lo encontré.
Aunque sea en una huerta.
En un hijo que aprende a ser íntegro.
En una historia que cura una herida.
En un gesto que no se vende.
En una ética que no se explica, se practica.
Mi moral no es herencia, es rebeldía.
Mi respeto no es moneda de cambio, es lo que soy.
Trato de ser integra, no por miedo, sino porque así elijo existir.
Porque aunque el mundo esté al revés, yo quiero caminar erguida, sin negociar mi conciencia.
Y a quienes hacen lo mismo —aunque nadie los vea— les digo: somos la resistencia silenciosa.
Los que aún creemos que vale más un acto correcto que una ventaja injusta.
Los que devolvemos la tarjeta.
Los que decimos la verdad aunque no convenga.
Los que no usamos el respeto para obtener, sino para sostener.
Porque aunque podamos mentir, decidimos no hacerlo.
Y aunque podamos robar, no lo hacemos.
Y aunque nadie lo note, eso también es revolución.
Si aceptamos el respeto, la valentía y la justicia como una ley, entonces esta es una ley más exigente que cualquier Constitución.
Porque no necesita policías ni jueces.
No se firma en papel, se graba en el alma.
Y quien decide obedecerla, no lo hace por miedo a una sanción, sino por amor a sí mismo y a las vidas que toca.
“Our greates weakness lies in giving up. The most certain way to succeed alway to try just one more time.”
— Thomas A Edison
“Nuestra mayor debilidad reside en rendirnos. La forma más segura de triunfar es intentarlo una vez más.”