#10
Carnavalia, del álbum Tribalistas (2002).
Vem pra minha ala que hoje a nossa escola vai desfilar. Vem fazer história que hoje é dia de glória nesse lugar.
[Marzo de 2017]
Es sábado y la visión borrosa del Corcovado perdido entre un campo de nubes bajas se transforma en nuestro faro guía mientras sobrevolamos Santos Dumont. Mañana es el cumpleaños de Vanessa, una de mis amigas más nuevas y vamos a pasar este fin de semana en Rio de Janeiro. Anoche nos juntamos en su casa a comer pizza y a brindar con fernet, improvisando un ritual previo a nuestro viaje cual slumber party de chicas que se resisten a abandonar sus camisetas impresas de adolescencia desteñida.
Atravieso la salida del aeropuerto intentando desacelerar mis sentidos del recuerdo del aterrizaje y la luminosidad eléctrica de la mañana.
Entre las dos grandes ciudades brasileñas, Rio suele ser mi jardín de recreo en la rutina cristalizada de São Paulo, ese monumento a la verticalidad de cemento inamovible. Rio tiene el magnetismo que deja el alma leve a quien aún se resista a abandonar los ojos de viajero. Mucho tendrán que ver las caminatas infinitas desde Leme a Leblon, el violento contraste entre el día y la noche bajo los arcos de Lapa o el verde exuberante que se desparrama desde los morros hacialos alrededores del barrio Jardim Botânico.
Es mi sexta vez en la ciudad y llevo una lista de razones que me trajeron aquí en otras oportunidades: ver de cerquita una de las maravillas del mundo moderno mimetizada entre el contingente turístico, asistir a un recital gratuito de Phantogram en Circo Voador, pasar Réveillon y como consecuencia mi propio cumpleaños durante dos años seguidos, cambiar de planes a último momento para escaparme del mundo junto a uno de mis mejores amigos en vez de conocer Santiago de Chile. Los excesos y la espontaneidad combinan tan bien con el espíritu carioca.
Es domingo por la tarde y damos vueltas hasta encontrar una casa de café abierta y así aprovisionarnos para nuestro pic-nic en Ipanema bajo la torre número 9. Finalmente nos sentamos sobre unas mantas coloridas frente al mar otoñal en comunión a un ruidoso Parabéns cumpleañero. Un grupo de argentinos juega al fútbol y canta junto a nosotras a unos metros de distancia. Vanessa pide sus deseos sobre un dulce de maracuyá y una velita con un signo de interrogación.
Por la mañana y con la vista azul del Arpoador pensé en las 4 ciudades diferentes que visitaré en menos de un mes. No tengo tanto tiempo de ocio y vacaciones desde que nací. La expectativa antes de un viaje se siente tan satisfactoriamente real.
Esta es la despedida del verano, la estación en la que mi mente fijó residencia desde hace mucho tiempo. Bajo una llovizna de fines de marzo puedo leer los mejores presagios.

















