Me enamoré de tu sonrisa coqueta, y de los pequeños hoyuelos que se forman como dos comillas de mi cita favorita.
Me enamoré del sonido de tu risa a las 2 de la mañana cuando sentía que el mundo era solo de los dos, y disfrutaba viendo como te reías de esa forma que jamás había escuchado y sentía como si me regalarás un poquito de tu felicidad con cada carcajada.
Me enamoré del pequeño niño que procura disfrutar de la vida a su manera, que no le da pena decir lo que piensa, de ese niño curioso y travieso que vive dentro de ti.
Me enamoré del adulto que trabaja día a día en si mismo y trata de ser mejor, que sabe que cada día es una oportunidad para poner en marcha sus objetivos.
Me enamore del adolescente hormonal que eres, que aún no encuentra el amor y como reemplazo obtiene sexo, que le tiene pavor al compromiso, y no quiere salir lastimado, ni lastimar.
Me enamoré del sobreprotector regañon en el que te convertias cuando me pasaba un poco de copas aunque sin saberlo se debiera a ti.
Me enamoré de nuestras platicas sobre la vida, el amor, sobre nosotros…
Me enamoré de la manera en la que tocaste mi alma y mi piel, sin siquiera notarlo, sin siquiera quererlo.
Me enamoré del sabor de tus besos, la forma de tu espalda, de cada uno de tus lunares, y de tus ojos cafes que jamás me miraron de la forma en la que yo los miraba a ellos.
Me enamoré de eso tan fugaz que fuimos, que jamás tuvo nombre, aunque procurabamos decir que eramos simplemente amigos porque quizás daba miedo admitir que sentiamos mas que solo eso.
Me enamoré de ti y de quién que era yo contigo.
Me enamoré de tu letrero de peligro que advertía lo doloroso que sería quererte de esta manera.
Me enamoré de los versos que inspiraste en mi, de las letras que llevarón tu nombre y de todos los sentimientos desconocidos que despertaste en mi.
Me enamoré hasta los huesos, pero eres de esos amores que uno debe dejar ir, porque ya mi corazón esta muy roto y me cansé de coserme heridas cada dos por tres.