Su lengua recorrió, una vez más, toda carne que perteneciese a los propios labios: acción bastante común que se daba generalmente en situaciones donde la desesperación conseguía apoderarse de gran parte de su ser, ahora mismo arrepintiéndose de no guiarse por las palabras que su querida hermana le había dado, informándole que salir solo por las noches era peligroso y terminaría perdido. Siempre tuvo la razón, pero jamás mencionaría ese “incidente” en nombre de su orgullo. Para mejorar las cosas, ella ni le había llamado desde que se fue, lo que daba ciertos puntos positivos a su favor. Por mucho que no le agradase el momento actual.
—Bien; genial. Esto es totalmente increíble. —de tanto refunfuñar cosas sin sentido alguno había terminado en un callejón con rastro ninguno de luz, que si bien conducía directamente a la calle, no le daba ni daría buena impresión aún si fuese de día. Comenzando, para mencionar detalles, en que el sitio era malditamente estrecho y, diablos, ¿a qué genio de la arquitectura se le ocurriría dejar un espacio así entre dos edificios…?
Si se ponía a analizar mejor podría haber formulado otras cientos y miles de quejas, similares en referencia al aspecto, pero algo más interfirió con sus planes en aquella acallada noche que ya no lo fue tanto, dejando sus cabellos de punta apenas percibió eso.
Sí, joder; alguien le seguía ahora mismo y no era paranoia, porque esos pasos ajenos a los suyos rebotaban directamente por las paredes y suelo hasta sus oídos, dándole a entender que se acercaban cada vez más y conforme los segundos corrían, de manera acelerada… Y no quería ser violado. De todas las cosas que podía perder, su virginidad anal no se encontraba en la lista de ninguna manera; así que cual alma que lleva el diablo, no dudó ni por un segundo más el correr hacia las afueras de una vez además de importarle una mierda los vehículos que pudiesen pasar. De ser así, se detendrían y hasta podrían salvarle la vida. O matarle, porque tenía muy mala suerte, cosa que confirmaba entonces.
Quizás fue por los segundos que se volvió buen discípulo del Señor al rezar mentalmente un padre nuestro, que este tuvo consideración y con su poder divino consiguió que no le arrollaran. Por poco. Cabía destacar su exagerado grito de niña al encontrarse tan cerca del vehículo, dirigiendo las manos hasta su pecho (justo en el corazón), y tirándose al piso sin razón aparente además de la impresión.
No podía captar correctamente en los primeros momentos lo que el otro tipo, de apariencia gigante y al salir del puesto como piloto, estaba diciendo a su persona. Nada bueno habría de ser, por lo que se puso a la defensiva apenas su cuerpo le permitió dejar el estado de shock. —Mierda, imbécil, ¡casi me pasas por encima! ¡Ibas a toda velocidad sin razón! ¡Me querían violar y debía huir! ¡¿Quién te crees?! —y, sí, a pesar de sus malos presentimientos, aquella persona dueña del medio de transporte por contrario a este no le daba miedo alguno, teniendo él la capacidad en el momento de dedicarle una mirada que podría considerarse “molesta” a la vez que fruncía sus labios.