―Diría que mi hermosa figura no sería más perfecta de lo que ya es―Afirmó con toda la seguridad que siempre lo caracterizaba, mientras que con su diestra se arreglaba el cabello hacia atrás, en una manía muy común en su persona. Le dedicó una extraña sonrisa desde el sillón en que se encontraba, otra vez con las piernas sobre la mesa del frente―. Debería considerarse pecado ser tan hermoso…―Se lamentó con falsedad, para luego soltar una sonora carcajada.
“Estoy de acuerdo, debería ser un completo pecado que existan seres tan hermosos como tú. Y como yo también.” Se encogió de hombros en un gesto de clara humildad fingida, mientras reía con el contrario. Erick tenía una alta autoestima, además de confianza en sí mismo, que le era complicado de ocultar. Especialmente si había alguien más que tuviese la misma manera de pensar. “Sé que somos los más atractivos del lugar, pero no podemos gritarlo a los cuatro vientos para no promover la envidia.” Explicó, con una sonrisa en el rostro.

















