No había sido el mejor viaje de su vida, de eso estaba segura; por supuesto se encontraba entusiasmada con su destino y aquel entusiasmo incrementaba con la explicación de lo que debían hacer una vez llegados al mismo, pero debía admitir que de haber sabido que irían volando… lejos del suelo… muy lejos… quizá hubiese optado por alguna otra forma, alguna que no la pusiera en contacto directo con una de sus fobias más grandes y que no estuviese a punto de darle un enorme ataque de pánico.
Pero al fin estaba en tierra firme: Grecia. Podía sentir la adrenalina correr por sus venas al encontrarse en uno de los lugares que más le había hecho ilusión desde siempre visitar, desde pequeña fantaseaba con sus libros de mitología y nada le había agradado más que saber que al fin podría vislumbrar con sus propios ojos criaturas nacidas allí y muy poco visibles en cualquier otra parte del mundo. Sería demasiado interesante, de eso no había dudas.
Una vez sus piernas dejaron de temblar, desdobló el mapa que había sido entregado a cada uno para ver su primer destino: Isla Rodas. Allí habían desembarcado por lo que no tenía que temer mucho por perderse, solo debía atravesarla para llegar a su siguiente destino. Pan comido podría decirse.
—Si, como no… —susurró por lo bajo en respuesta a sus propios pensamientos antes de comenzar a caminar, agradeciéndose a sí misma mentalmente el haber ido con un jean cómodo, una blusa ligera y zapatillas deportivas.
Sus manos aseguraron su cabello en una coleta alta luego de varios minutos de caminata puesto que, aún si no hacía mucho calor, el ejercicio lograba elevar la temperatura de su cuerpo y siguió atenta a cada sonido a su alrededor. Sabía que una Mantícora deambulaba por aquella isla y, aunque no había visto nunca en vivo a aquella criatura, era consciente del peligro inminente que corría si llegaba a toparse con ella. Su misión jamás sería lastimar a una criatura, se lo prohibía a sí misma, pero eso no evitaba que necesitara su varita para distraerla o permitirle huir más rápido por lo que la llevaba firmemente sostenida en su diestra, lista para cualquier tipo de situación.
Apenas segundos después, un suave sonido llegó a sus oídos... algún tipo de canción… su piel se erizó al recordar que las mantícoras solían canturrear... mientras se alimentaban. Con toda la suavidad posible, guardó el mapa en la mochila que llevaba consigo y donde había guardado algunos artefactos que podían serle de ayuda con las criaturas y que nunca dudaba en llevar a cada lugar que iba, y continuó caminando procurando no hacer mucho ruido, al fin y al cabo debía atravesar aquella isla para poder dirigirse al segundo destino.
No faltó mucho para que la melodía se hiciera más fuerte y le indicara que aquella bestial criatura andaba cerca y su corazón dio un vuelco al vislumbrar, entre los árboles una silueta enorme. ¿Qué tan mal tenía que estar para querer acercarse en lugar de rodearla y continuar, salvando probablemente su vida en el proceso? No lo sabía, solo tenía en mente que sería casi la única oportunidad de ver una Mantícora en vivo y en directo y ella, Magizoologa de corazón, no quería perderse la oportunidad.
“Estás completamente loca.” Mencionó aquella vocecita que siempre dice lo que debemos hacer y que las personas suelen ignorar, siendo ella un claro ejemplo, teniendo que cubrir sus labios para evitar gritar de asombro al por fin observar por completo a aquella bestia. Mucho más grande y aterradora de lo que un libro podía ilustrar. Quería correr, pero sus piernas estaban paralizadas, la mantícora comía con deleite aquel animal ya muerto y sangrante y sus nauseas se hacían presente cada vez con más fuerza. Para su mala suerte, dio un paso atrás sin mirar lo que pisaba, lo que ocasionó que una pequeña rama se quebrara con el peso de su cuerpo y la criatura elevara su vista, teniendo que recurrir a esconderse tras un árbol rápidamente para evitar ser completo blanco de su futuro verdugo.
Podía sentir su corazón retumbar en sus oídos al escuchar los pasos e incluso el aliento de la mantícora justo del otro lado del árbol; los encantamientos eran inútiles contra su piel y el solo roce de su aguijón podía ser su muerte segura, pero al parecer el destino fue a su favor al escucharse pasos apresurados del lado opuesto a donde se encontraba ella, observando la sombra de su cazador alejarse hacia aquel lado y aprovechando para también deslizarse lejos de allí.
Temía que aquel sonido fuese un compañero y que ahora se encontrara en peligro, pero confiaba en que eran magos experimentados capaces de por lo menos salir ilesos de la primera prueba. Por su parte, debía dejar de dejarse llevar por su instinto y lanzarse al peligro de manera tan abrupta.
ㅤㅤ 𝖯𝖺𝗋𝗍 𝟤 — 𝖲𝖾𝗋𝗉𝗂𝖾𝗇𝗍𝖾 𝗆𝖺𝗋𝗂𝗇𝖺, 𝖲𝗂𝗋𝖾𝗇𝖺𝗌.
Cuando sus apresurados pasos se detuvieron al otro lado de la isla, respiró hondo buscando recuperar la respiración perdida y buscando desesperada a su alrededor para ver algo que la ayudara a transportarse hacia su tercer objetivo. Sabía que debía recorrer el mar de alguna forma y volar era absolutamente algo que no haría a menos que sea extremadamente necesario, ya que no sabía hacerlo con exactitud y la altura no la ayudaría en nada. Podría nadar pero su cuerpo acabaría probablemente exhausto cuando llegara a tierra firme de nuevo y tampoco era recomendable si quería terminar aquella búsqueda con éxito.
En la desesperación por huir de la isla Rodas antes de que la mantícora oliera la carne fresca, sus ojos encontraron un pequeño barco navegando solo por el mar, como si sus marinos lo hubiesen abandonado momentos antes.
—Accio. —murmuró apuntando su varita al mismo para atraerlo hasta ella y subiendo en el momento exacto en el que los arbustos comenzaban a moverse como si los estuviesen cortando.— Vamos, vamos… —se apresuró a sí misma, hechizando las velas para que el barco se moviera con rapidez lejos de allí.
Una vez internada en el mar, respiró con algo de tranquilidad y volvió a tomar el mapa de su mochila; las criaturas que se encontraría ahora no eran tan aterradoras como la anterior o la siguiente, pero eso no quitaba que fuesen igual de interesantes para ella. Tampoco era un tramo muy largo el que debía pasar para atravesar el archipiélago de las Cícladas y llegar a Atenas, pero sí le tomaría unas buenas horas con aquel “diminuto” navío.
Aún no podía creer que había salido ilesa de la primera prueba, y eso le daba más confianza para determinar que quizá pasaría todo aquello sin un rasguño, porque su espíritu soñador no se borraba incluso en aquellas situaciones. Así pasaron segundos… minutos… estaba segura que incluso había pasado una hora, y sus ojos comenzaban a pesarle debido al lento movimiento del barco y a la suave brisa que corría. Sin embargo, cuando estuvo a punto de caer dormida, un sonido no muy lejos de ella, como de algo sacudiendo el agua la sacó de su letargo, quedando atenta a su alrededor.
El profundo silencio volvió a llenar sus oídos hasta sentir como, a apenas algunos metros de su posición, se asomaba la enorme cabeza similar a un caballo de una serpiente marina. Su expresión de asombro no se borró de su rostro al verla, imponente, volver a meterse al agua, generando curvas con su cuerpo que salían y entraban del mar.
Jamás había visto una serpiente marina en vivo y le resultaba alucinante, las preciosas escamas azules que llenaban su cuerpo y que relucían con el reflejo que producía el sol en ellas y para nada le daba miedo, al contrario, quería acariciarla como si fuera su pequeño conejito que ahora descansaba en la seguridad de su hogar transitorio. Su mano se extendió casi por inercia, tratando de acercar el barco con cuidado a la criatura hasta poder alcanzar justo las últimas escamas de su cola, sonriendo ampliamente al lograrlo con esa adrenalina excitante que siempre la llenaba al conocer y acercarse a nuevas criaturas mágicas.
—Wow… —exclamó para sí misma, teniendo la mala suerte de distraerse y no reparar en que la serpiente salía ahora por el otro lado y se abalanzaba contra ella, dándole el tiempo suficiente a reaccionar para no ser aplastada pero destruyendo por completo la embarcación en la que iba, sintiéndose amenazada por ella muy probablemente.
Sabía que la serpiente se alejaría por completo ahora que había cumplido su misión de “destruir” el objeto extraño dentro de su hábitat, así que no temía que volviera a por ella, no eran conocidas por ser agresivas y ella no estaba sangrando como para que oliera aquello y le diera hambre, pero ahora se encontraba con la única opción de nadar hasta la orilla de Atenas.
Con rapidez, envolvió su mochila con un encantamiento protector para que no se mojara lo que se encontraba dentro y continuó avanzando a nado por las cálidas aguas del mar Ego sin desprenderse de la varita en ningún momento.
Era buena y rápida nadando, de pequeña siempre visitaba la casa de sus abuelos, los cuales vivían cerca de la playa y la llevaban constantemente, incluso por eso los niños de allí solían apodarla “sirena”, porque se la veía todo el tiempo nadando o en la orilla jugando con las pequeñas rocas de colores que encontraba (poco después descubriendo que aquellos colores raros eran a causa de un pequeño impulso mágico del cual no estaba enterada); pero ser buena no significaba que su cuerpo no se sintiera exhausto luego de un buen rato ni que sus músculos se entumecieran un poco.
“Un poco más.” Se repitió mentalmente al vislumbrar al fin la orilla a pocos metros de su posición, pero no contó con que algo tirara de su tobillo hacia abajo dándole apenas la oportunidad de tomar algo de aire antes de verse rodeada por numerosas sirenas reales, todas desesperadas por llevarla al fondo del mar y convertirla en un probable alimento. Con su varita, intento alejar a algunas pero eran demasiadas y clavaban sus filosas uñas en la piel de sus piernas, rasgando su pantalón hasta sus rodillas y haciéndola gritar internamente por el ardor que provocaban al herirla.
—¡…! —pataleó con fuerza, apuntando su varita a sus piernas para alejar a las sirenas con un hechizo no verbal de chispas pero se vio detenida antes de poder subir nuevamente a la superficie por otra de esas bellas criaturas, apretando su cuello con fuerzas.
Sin embargo, no supo bien que ocurrió en ese momento, pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los de la sirena, ella soltó el agarre en su cuello y retrocedió, desvaneciéndose luego junto con las demás. Con la poca fuerza que le quedaba, se elevó hasta la superficie, respirando al fin el aire que sus pulmones exigían y aguantando las inmensas ganas de dejarse hundir ante el dolor en sus piernas para poder terminar de acortar la distancia hasta tierra firme casi lagrimeando.
La sangre que brotaba de las heridas de sus piernas manchaba la arena en la que se hallaba sentada y nublaba un poco su vista; las sirenas habían realizado sendos cortes profundos en su piel que ardían y dolían demasiado, haciendo su concentración casi nula para poder realizar algún hechizo de auto curación. Pero no podía rendirse, no ahora que había llegado tan lejos.
Con manos temblorosas y torpes se quitó la mochila y la abrió, buscando entre todo lo que había allí un pequeño frasquito transparente, luchando con su borrosa visión para encontrarlo lo antes posible y poder destaparlo. Aún a pesar de que era mala con las pociones, siempre pedía o buscaba aquel ingrediente, llegando al punto de prepararlo correctamente porque era algo esencial si debía cruzarse con criaturas mágicas quizá no del todo agradables constantemente.
—Vamos, tranquila, estarás bien… —se murmuró a sí misma al extender el frasco hacia sus piernas, observando las heridas que las recorrían y procurando no temblar aún más por eso. Echó algunas gotas de la esencia de díctamo por su piel, mordiendo sus propios labios para evitar lanzar chillidos de dolor ante el ardor que le provocaba pero viendo con alivio como poco a poco las heridas se cerraban, dejando cicatrices como de una herida cerrada hace días.
Soltó un suspiro de alivio al notar que funcionaba y volvió a guardar aquel frasco, recostando su cuerpo por completo sobre la arena; podría seguir adelante pero sus músculos apenas le respondían por todo el esfuerzo que había hecho en el mar y, no obstante, había perdido demasiada sangre, por lo que tenía que tomarse un pequeño descanso si no quería que el grifo se diese un festín con su carne.
No sabía cuánto tiempo había pasado, ni si se había dormido, pero en cuanto sintió sus párpados pesar menos, abrió lentamente los ojos, encontrándose ya con el cielo atardecido y obligándose a sí misma a levantarse. Temblando un poco, retiró las vendas que tenía guardadas en su mochila y cubrió sus piernas para evitar que las heridas volvieran a abrirse si algo sucedía. “Ya es el final, Yerin, vamos.” Se recordó mentalmente colgándose la mochila al hombro y volviendo a caminar, en busca del dichoso grifo y su tesoro.
No era extraño que llevara artefactos medicinales con ella, era más bien un hábito, convivía con criaturas, no podía simplemente no tomar precauciones al respecto, mucho menos cuando tenía seres tan mitológicos aguardándola. La caminata duró unos cuantos minutos hasta que vislumbró algo brillar en la lejanía, en una zona llana rodeada de árboles y grande fue su asombro al vislumbrar que el brillo era producto de un pequeño cofre dejado allí como por casualidad. No podía ser tan fácil, ¿verdad?
Con lentitud, sacó la varita de su bolsillo para pronunciar el encantamiento “Accio”, sin llegar a lograrlo al sentir una presencia nada agradable a su lado. No podía creerlo; tenía al grifo que habían mencionado, a su lado, luciendo gigante e imponente, y con la vista clavada en ella como si fuese una presa en el lugar y momento correctos. En cuanto la criatura alzó sus patas delanteras supo que no podía simplemente quedarse estática mirándolo y retrocedió rápidamente, recibiendo rasguños en sus brazos por las garras que la habían alcanzado. Ahora si estaba perdida, ya no podía curarse, tenía que o huir, o de alguna forma llegar al tesoro… o simplemente asumir su muerte.
—¡Expulso! —exclamó con fuerza apuntando su varita a la bestia y viendo como la misma salía disparada hacia atrás, aunque no demasiado ya que era realmente grande y ella no estaba conjurando un encantamiento demasiado poderoso.
Aunque la criatura ya hubiese notado que buscaba el tesoro y se hallara enfurecida con el ladrón, es decir, ella, no iba a lastimarlo, no podía. Con toda la velocidad posible, corrió hacia el cofre ignorando las punzadas de dolor en sus piernas y brazos y rezando internamente que su plan funcionara.
—¡Bombarda! —disparó el hechizo hacia uno de los árboles, impidiendo que el grifo continuara avanzando al tener que retroceder para que no le cayera encima semejante planta y creando la pantalla de tierra necesaria para que ella pudiese lanzarse al tesoro y cerrar los ojos con fuerza para aparecerse allí donde todo había comenzado y donde probablemente estarían esperando a los estudiantes que volvieran de las pruebas.
Esperaba que hubiese sanadores cerca, o tendría un buen problema evitando desmayarse.