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Mientras descansaba de la gloriosa actividad que había realizado con Seunghoon hacía algunos minutos atrás, cerró los ojos para dejar que su novio le aplicara crema humectante en las muñecas. Meda soltó un leve sonido cuando la crema fría tocó su piel y en ese instante supo que eso le iba a dejar una marca en sus muñecas, no que le molestada. “Mucho mejor, muchas gracias, Cariño” dijo cerrando los ojos en cuanto el le dió un beso en la frente y sonrió en cuanto el dijo que era un tipo suertudo. Ambos descansaron bastante, mientras bebían agua y terminaban sus snacks antes de querer regresar, un poco obligados porque no podían desaparecer todo el día si no querían tener repercusiones más tarde, así que en cuanto terminaron de ponerse un poco más presentables, Seunghoon levantó el ancla y zarparon hacia el puerto nuevamente. “Comparto tu opinión, deberíamos hacerlo más seguido” dijo con una sonrisa, dándole un beso en la mejilla mientras ambos se metían en la parte de atrás de la limo que los llevaría otra vez al Palacio. La última vez que había revisado la hora eran pasadas las dos de la tarde, ni siquiera sabía cómo se había pasado la hora tan rápido pero la cuestión es que lo había hecho, lo bueno de ser una Princesa es que ella podía hacer lo que se le antojara y no pedir disculpas por ello.
Andrómeda entró al Palacio con Seunghoon tomado del brazo, riéndose mientras hablaban de lo que podría llegar a ser su próxima cita “De acuerdo, pero por favor no hoy, porque estoy muerta… me dejaste muerta” dijo lo último susurrando mientras se acercaba y le daba un beso en los labios y sus manos se iban a sus mejillas… para ser interrumpidos por su madre, que acababa de entrar sin anunciarse “Mamá… que… ¿Qué estás haciendo aquí?” preguntó confundida, y su madre miró a Seunghoon que les hizo una reverencia a ambas y se fue, haciendo que ella cruzara los brazos y rodara los ojos “¿Qué quieres mamá?” le volvió a preguntar y su mamá le respondió que se fuera a arreglar, y que después de eso, la esperaba en la Biblioteca; Meda suspiró y le dijo que estaba bien. Así que tras bañarse, cambiarse con lo primero que encontró y ponerse brazaletes en sus muñecas para tapar las marcas que le había dejado las cuerdas de hoy y fue hacia la Biblioteca, donde encontró a su hermana, que también estaba por entrar “¿Que querrá mamá?” preguntó. Y en cuanto abrió la puerta lo vió ahí, parado como el Dios del Olimpo que era, al lado del ex novio de su hermana. Tez perfecta, alto, musculoso, rostro que parecía una obra de arte y una presencia que irradiaba angelitud, como ella solía referirse a todo lo que Yook Sungjae hacía. “Jae...” murmuró, no entiendo que hacía el aquí. Se habían separado por cuestiones del destino, y Andrómeda había renunciado a él porque pensar que tenían alguna oportunidad de estar juntos era ridículo, pero ahí estaba él, mirándola con los mismos ojos, con el mismo cariño como si el tiempo no hubiera pasado nunca, como si aún ella era aquella niña de 15 años de la que el se había enamorado. “Yo… ¿Xiex?” preguntó en maltés cuanto su mamá le dijo que les presentaba a sus nuevos ‘royal concubines’… según ella los había traído porque no le gustaban los números impares, así que ahora había seis. Andrómeda quería llorar, porque esto era un shock para ella, ahí lo tenía en frente a ella, y podían estar juntos al fin pero ¿Acaso era lo que el quería? ¿Que clase de broma cruel les estaba jugando el destino ahora? “Necesito ir a dormir, tuve una mañana y una media tarde muy movida” murmuró, y tras hacerle una reverencia a todos fue rápidamente a su habitación donde se recostó tras quitarse los vestidos y se tapó con sus mantitas para sentirse protegida, porque no sabía que hacer. Estaba demasiado confundida, aunque quizás era todo el cansancio del día, por lo que Andrómeda cerró los ojos, e intentó descansar.
"Hyung..." Suspiró, hablando muy bajito sabiendo que si volvía a llamar la atención de Jinwoo él iba a volver a darle la misma respuesta alentadora que tantas veces le había repetido, y Sungjae lo apreciaba pero no era lo que necesitaba oír... no que tuviera la más mínima idea de qué era lo que quería escuchar. No podía mentir: sabía que estaba cometiendo una locura grandísima pero en algún momento se había dejado convencer por su amigo de que en realidad por amor todo era posible — y si había algo que motivaba a Yook Sungjae eso era el amor y la adoración que tenía por la dueña de su corazón. “Buenos días.” Saludó al señor que les dio la bienvenida antes de que apareciera un chico de más o menos su edad llamado Taemin diciendo que él iba a ser el responsable de asistir tanto a las princesas como a los integrantes del harem en caso de ser necesario, así como también su consejero si llegaban a necesitarlo. “Muchas gracias.” Asintió haciendo una reverencia y miró a Jinwoo, que parecía encantado con todo y, sobre todas las cosas, que ya parecía uno más de ellos. Pero no era sorpresa para él, porque su amigo siempre había sido el más emocionado por hacer esto y así poder tener una buena oportunidad de recuperar a su ex novia. ¿Y él? Pues suponía que estaba ahí por la misma razón, con la diferencia de que no sabía mucho sobre qué podía esperar.
Siempre recordaba con mucha nostalgia de la buena cómo le había tomado un tiempo récord enamorarse perdidamente de ella, así como su corazón se rompió en pedazos cuando tuvieron que ponerle fin a su relación. Estaba de más decir que Sungjae nunca había dejado de amarla, obviamente. Soñaba con ella todo el tiempo, ya fuera teniendo esas horribles pesadillas donde se veía obligado a volver a enfrentarse al momento de la ruptura una y otra vez, o esos sueños tan hermosos de los que no quería despertar al punto de varias veces haber pasado horas con los ojos voluntariamente cerrados tras recobrar la consciencia, imaginando cómo podían continuar. Era lo único a lo que podía aferrarse, después de todo. Pero tal vez, y sólo tal vez, Jinwoo no se equivocaba — eso ya no tenía por qué volver a suceder. “Hyung, estoy muy nervioso.” Susurró jugando con sus manos e intentando no mirar hacia atrás cada vez que escuchaba el sonido de la puerta que tenían a sus espaldas abriéndose, porque tenía terror de que fuera ella y saliera corriendo espantada. “Intentaré mantener la calma.“ Rió con mucha incomodidad, lo cual sólo aumentó cuando Taemin entró y les dijo que la reina estaba en camino para poder conocerlos. Sólo unos minutos después, la reina Maia se hizo presente y conversó con ellos por un rato, demostrándoles que era una mujer estricta pero muy amable que adoraba a todos sus hijos y que sólo quería lo mejor para ellos.
Sungjae estaba a mitad de oración cuando una puerta se abrió y se hizo el silencio en toda la habitación. No sabía si de verdad o porque lo único para lo que él tenía ojos y oídos, y todo en realidad, era la chica parada a poca distancia de él mirándolo como si no pudiera creerlo. Su Meda, su reina, la chica de la cual le tomó tan sólo nueve días enamorarse, la única que podía hacer que su corazón latiera fuera de control con sólo una mirada en su dirección. La mujer que cuando se fue lo dejó sin nada. Pero no literalmente ni muchísimo menos de una mala manera, claro que no, sino en el sentido de que después de ella nada nunca más volvió a ser suficiente para él. Sungjae estaba convencido hasta el día de la fecha de que podrían haberle dado el mundo entero y aún así no le hubiera bastado porque todo lo que él quería y necesitaba era a ella. Ella, la mujer que amaba con locura no sólo por lo que era, sino también por lo que él era cuando estaba a su lado. ¿Y qué era él estando a su lado? La persona más feliz del universo, alguien que era genuinamente feliz, que tenía todo lo que necesitaba. “Meda.” Susurró dando un paso hacia adelante al verla salir de ahí huyendo, tal como lo había visto tantas veces en sus pesadillas. No podía estar pasando esto. Sungjae no podía dejar que... sí, al diablo. “¡Meda!” Exclamó esta vez, olvidándose de etiqueta y protocolo y todas esas cosas que no tenían ni la más mínima importancia en ese instante. “¡Meda, por favor!” Insistió mientras corría por los pasillos mirando desesperado hacia todos lados esperando tener la suerte de poder encontrarla o que ella decidiera darle una oportunidad de verla.