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@yoymialterego
La Grazia
Paolo Sorrentino ha acertado por completo de la manera más elemental: se ha sobrepuesto a sí mismo, y en su más reciente film "La Grazia", ha dado un salto mortal en el trapecio conteniéndose de todo aquello que con brío desbocado trató de plasmar en su anterior "Parthenope", y que ahora atempera para abandonar aquella especie de "resolución coral", y se concentra en la contemplación, en la reflexión vital, común, mundana, aquella que pertenece a cualquier ser humano.
Esta reflexión la ejerce aquí especialmente un Presidente de la República Italiana falso (Tony Servillo en plan fenomenal, como siempre) que entre la nostalgia por su viudez y la responsabilidad de su cargo, no parece tener otra ambición que lucubrar, con manida insistencia y pesadumbre algo impostada… hasta que los hechos le enfrentan a una auténtica crisis existencial: su hija y principal asesora le insiste en firmar una ley para permitir la eutanasia, mientras que un colega político y amigo de muchos años le presiona para que otorgue indulto a una mujer que ha matado a su abusivo marido. Además su mejor amiga se niega constantemente a revelar la identidad de la persona con la que su esposa le fue infiel hace más de 40 años.
Así, Servillo es un presidente que más que un dignatario con plenos poderes, parece un recluso en su castillo, con todas las ganas de huir ya de esa prisión. Pero Sorrentino mantiene hasta el final su "condena", llevándolo de lo material a lo espiritual y viceversa, ya sea husmeando chismes ordinarios entre la ralea o bien deliberando profundas ideas con el mismísimo Papa.
Este cambio de tono que el director italiano ofrece en su nueva cinta (comparada con la mayor parte de su exuberante, sensual y socarrón currículum formal) está acompañado como es costumbre en Paolo, por una fotografía impresionante, que es como una elegante envoltura de regalo, sobria pero finalmente espectacular, para un obsequio que se entrega desde el alma, y que como tal llega hasta el alma misma, ya sea produciendo momentos de emoción elevada, lo mismo que eventuales transgresiones chocarreras, y un humor sutil que lo permea todo, y que es sostenido por la maestría interpretativa de los protagonistas (la escena de la "confesión" que le hace su amiga es un auténtico portento de sensibilidad silencioso. La del canto junto a los guardias veteranos de los Alpes la iguala, a todo pulmón).
El falso Presidente de la República Italiana se debate en la duda durante prácticamente toda la historia, poniendo de manifiesto que aún con todo el poder en sus manos (o quizá también debido a ello) las decisiones fundamentales, las que involucran nuestros principios y procederes, nunca llegan con comodidad, ni son completamente asequibles. Sorrentino nos lo muestra de la manera más sensible (y dados sus antecedentes, con una formalidad que raya en lo austero), pero lo logra con solidez. Con la solidez de un sobresaliente autor del cine contemporáneo, nada menos.
Lo que nos entrega "Father Mother Sister Brother", la más reciente de Jim Jarmusch, es una exquisita y contemplativa invitación a la emoción. No es la emoción que emana de sus personajes, que en todo caso en ellos parece algo flaca y raquítica, o incluso de alguna manera, estropeada. Es más bien una emoción que viene directamente de la mano sensible del director, que nos mueve desde dentro, conjuntando la aparente serenidad con la tensión soterrada en el desarrollo de sus historias.
Es por lo tanto una emoción que no necesita de extravagancias para hacerse notar. Es decir, no se ve pero se palpa, allí bajo la superficie donde todo sucede, y donde el talento de Jarmusch la agazapa para mostrarla en su momento.
Armada como un tríptico, aborda en su primera parte ("Father") el retrato de un hombre mayor que es visitado por sus dos hijos. Es una visita "de cortesía", evidentemente. Una de esas "inevitables" reuniones familiares que son más como un compromiso ético, una especie de vía para el alivio moral de cumplir con los lazos familiares, lo que sea que eso signifique.
Tom Waits está monumental como el decrépito padre, mientras Adam Driver y Mayim Bialik hacen unos estupendos hijos "desapegados", tan cercanos en lo material (ella no tanto), como lejanos en el plano humano de su progenitor. La sutileza en el dibujo que hace Waits de este viejo astuto y finalmente cínico, es antológica.
La parte de la madre ("Mother") tiene básicamente la misma premisa, pero en esta ocasión son dos hermanas (las luminosas Cate Blanchett y Vicky Krieps) las que hacen visita a su anciana madre (una Charlotte Rampling que jamás falla) para tomar el té en la ciudad de Dublín. La escena podría simplemente terminar a la hora en que Jarmusch nos muestra el ceño de Rampling, un gesto de celadora, de institutriz inflexible, de matriarca férrea. Pero desde luego que la escena no termina allí, porque la reunión es un cúmulo de sentimientos encubiertos, de declaraciones contenidas, de intenciones acalladas, de medias verdades o de verdades nimias, y más que otra cosa, de silencios, de esos silencios incómodos, cansados, perturbadores que de manera ineludible infectan el ambiente (en ese sentido, el cierre de la escena, donde las tres mujeres esperan el taxi para el personaje de Krieps tiene un tono demoledor).
El tríptico cierra con la parte de "Sister Brother", en la que un par de hermanos (Indya Moore y Luka Sabbat, unos chicos muy hip) se encuentran en París para darle un último vistazo el departamento de sus padres recién fallecidos en un accidente. Su reunión es la más cálida y más cercana de las tres, y quizá por eso también la más reconocible como obra dramática. "Brother Sister" diluye un tanto el cinismo de los dos segmentos previos para acercaros a algo que parece ser una luz de esperanza y madurez filantrópica marca Jarmusch.
Por cierto en esa última pieza, algunas tomas de cámara cenital en el restaurante nos remiten directamente a "Coffee and Cigarettes". Y ya entrados al plano formal, debo decir que además de la distinguida fotografía, el score es sobresaliente. La música original de "FMSB" está a cargo del mismísimo Jim junto a Anika Henderson, redondeada por los covers de las geniales "Spooky" (Classic IV) y "These Days" (Jackson Browne), que remarcan el carácter de frugalidad minimalista de la obra, que sin embargo ofrece mucho más de lo que su apariencia muestra, sin dejar de lado cierta filiación simbólica, como las escenas de los skaters, una especie de representación del presagio con esos entes casi etéreos que parecen flotar sobre los hechos que van ocurriendo. O el Rolex, aglutinador de las historias y los sentimientos, un objeto con evidente valor mercantil que se convierte en símbolo de algo perdurable pero también falaz, sólido y distinguido, o finalmente entrañable.
Es cierto que no hay determinaciones o conclusiones fáciles en las historias que nos presenta "Father Mother Sister Brother", porque los dilemas familiares del pasado se traen al presente como ideas inacabadas, como intentos de acercamiento sin real convicción, más como un nexo comercial utilitario que como un proyecto para ahondar en lo entrañable (sobre todo en las dos primeras partes). Y ese aspecto se ve amplificado por la falta de recursos emocionales de los involucrados para afrontar la situación (los padres sí parecen tenerlos, aunque quizá no están interesados en utilizarlos) por lo que no hay aparatosas epifanías que deparen reconciliaciones dramáticas.
En ese sentido, la nueva de Jim Jarmusch no es una obra en que los personajes logren (y ni siquiera busquen) la catarsis ejemplar. Es más bien un repaso a algunas de las múltiples posibilidades en la brega de las relaciones familiares, donde es notorio un sentimiento de acompañamiento a través de todas esas dudas, de todos esos intentos de los individuos movidos por la mano maestra de Jarmusch, aunque éste nos remarque la "inarmonía" familiar prevaleciente, que en todo caso es una armonía familiar disfrazada, espuria, y que se materializa con elocuencia en esos momentos de caras estiradas, de miradas desviadas, de cuerpos rígidos, en los que nadie tiene nada qué decirse, pero que en términos de la capacidad y la inteligencia de su realizador, lo dicen todo.
In The Summers
La sensible manera de acercarse a los personajes y sus circunstancias que muestra Alessandra Lacorizza en su cinta "In The Summers", cristaliza en una meditación cálida y cercana a propósito de esa afinidad íntima que se da en la relación de un padre con sus dos hijas a través del tiempo. Sin embargo con mano inteligente y perceptiva, la directora muestra de la misma forma los sinuosos caminos que pueden tomar esos vínculos, sobre todo cuando el padre va alternando desdeñosamente su enorme cariño con una supina insensatez.
Brillante es el debut de Alessandra Lacorazza como directora en este filme de modesto presupuesto, pero de profundo sentido. Dividido en cuatro partes, "In The Summers" narra justamente algunos de los veranos que Violeta y Eva, las dos hijas de Vicente que viven con su madre en California, pasan con él en el pequeño poblado de Las Cruces, Nuevo Mexico, a través de los años.
El cantante y actor Residente desarrolla su papel de manera muy sobresaliente, descollante en verdad, como el padre algo caótico que no alcanza a cuadrar un balance en su comportamiento, sobre todo en esas conductas intermitentes que muestra ante sus hijas, mientras que Violeta y Eva son representadas por dos actrices diferentes en cada una de los cuatro capítulos de la cinta, y todas ellas hacen un trabajo notable.
La historia de "In The Summers" es algo que conmueve por su doméstica proximidad, por su actitud de obra sencilla y humilde que sin embargo trasciende, otorgándole un sentido plenamente humano a lo que dice, y construye una atmósfera que brilla acercándolos con sensibilidad a los hechos comunes y terrenales de esta parte de la familia, desde los entrañables, como esos paseos nocturnos al desierto para ver las estrellas, hasta los repulsivos, como la conducta detestable del padre en las "reuniones sociales" de los amigos en su casa.
Humano, palpitante, emotivo, este relato de Alessandra Lacorazza a propósito del intercambio de valores, cariños, afectos de un padre y sus dos hijas en circunstancias de separación a través del tiempo, irradia sentimientos, reales sentimientos, y eso no es un mérito menor.
All We Imagine as Light
Con el rumor de la sensualidad merodeando toda su faena, la cinta de la directora india Payal Kapadia "All We Imagine as Light" es sin embargo un hondo y a la vez sutil llamamiento a la fraternidad, a la genuina solidaridad entre mujeres, lo mismo que una convocatoria a ponderar por igual las desdichas y las venturas, ya que como lo plantea la autora, el nervio femenino es el que finalmente aporta el sosiego ante todas las tormentas.
Kapadia muestra en su tratamiento formal una inclinación hacia el estilo documental. Se trata de una obra de ficción, desde luego, pero ya desde el inicio por ejemplo, la ciudad de Bombay es retratada con manifestaciones de realidad tangibles, como si la autora nos estuviera insinuando que las multitudes en los trenes, el hervidero de luces callejeras como galaxias lejanas, los murmullos y las pláticas de los transeúntes y pasajeros anónimos, no son parte de esta ficción sino de otra cosa, de verdades, de presencias, de existencias aparte, que nos toca descubrir guiados por su mano.
Como dije, la historia se desarrolla en la ciudad de Bombay (en su primera parte) y en ella las enfermeras Prabha y Anu trabajan en el mismo hospital y comparten un apartamento. El marido de Prabha vive en Alemania, y no sabe nada de él desde hace un año. Además su matrimonio es uno de esos arreglados según la tradición. La enfermera es cortejada por un médico, pero ella nunca le da esperanzas. Por su parte Anu mantiene una relación secreta con un chico musulmán. Finalmente Parvaty es la cocinera del hospital, y pasa por problemas legales con su arrendador, ya que quieren sacarla de su apartamento para construir un edificio. Prabha trata de ayudarla.
Hay una densidad voluptuosa en el desarrollo de toda esa trama, una especie de cercanía tibia y abrigadora que recorre la historia a través de lo que dicen y hacen sus personajes, y eso se va acentuando en la segunda parte de la cinta, cuando las tres mujeres van al pueblo de Parvaty, quien luego de no resolver su problema de vivienda decide dejar Bombay, y Prabha y Anu le acompañan para ayudarle en su mudanza.
Allí todo se vuelve duelo y reconciliación al mismo tiempo, se vuelve pasado y presente barajados con la misma mano, sobre todo para Prabha, quien ha sufrido durante prácticamente toda su vida adulta el duelo del amor no conciliado. El reflejo de su desconsuelo se cristaliza con el encuentro de un extraño que se ahogaba en el mar, y que ella salva reanimándolo. Prabha se hunde en una ensoñación que de alguna manera le libera de todo ese lastre ancestral que le oprimía.
Y así, a la orilla del mar y a punto de morir el día, la convivencia cálida y suave de estos seres furtivos que platican dentro de una cabaña a la tenue luz de las lámparas, son el testimonio de que la mano de Payal Kapadia ha hecho realmente brillar la pantalla mostrándonos algunos gajos de sus existencias, y de paso ha iluminado un poco también las nuestras.
Nickel Boys
Un manto de elusividad y arrojo recubre la estructura narrativa de "Nickel Boys", el debut en largometraje de ficción del director RaMell Ross, quien encuentra por la vía formal un filón lleno de emotividades, de astucias y sutilezas que explota con la precisión y solvencia de un neurocirujano, y con la bravura de un partisano.
Y es que "Nickel Boys" es una película tan sorprendente como robusta, donde la fotografía -es decir, la representación visual de la narración- es soberbia, brillantísima, y se encarga de llevar sobre sí prácticamente todo el peso del estilo que Ross construye y exhibe con elegancia, audacia, algo de malabarismo y mucha sustancia.
La historia presenta a Elwood, un adolescente afro-americano que es acusado de un delito que no cometió y por lo mismo es enviado a la Academia Nickel, un oscuro reformatorio para muchachos ubicado en la Florida de los años 60 del siglo pasado. Allí conoce a Turner, otro joven afro-americano, con quien establece una firme amistad, a pesar del entorno podrido y abyecto.
RaMell Ross enmarca su relato con unos planos espectaculares, donde destaca la composición de los mismos, la colocación de la cámara, el ángulo de la toma, y el trabajo que tiene todo eso detrás, con una planeación al milímetro, y eso aparte de la grandiosa edición. Pero sobre todo se destaca porque más allá de la novedad o el exotismo que desplieguen esos planos, la cinta está narrada totalmente en "primera persona", es decir con planos subjetivos, que desde la cámara nos dan el punto de vista del personaje. Además esta primera persona en "Nickel Boys" permuta entre Elwood y Turner, así que lo que vemos es justo lo que ellos ven, cada uno en su oportunidad.
Una apuesta arriesgada, seguro, pero Ross la gana de calle, y además resplandece, porque lo que podría parecer un simple artificio de "efectos especiales" el director lo convierte en un recurso impecable y completo para hacer su relato más genuino, más orgánico. Vaya, lo auténtico rezuma desde esas poderosas imágenes, y nunca nos sentimos -dadas las maneras- como si estuviéramos viendo dibujos animados, ni mucho menos como si tuviésemos frente a nosotros la pantalla del Play Station.
Todo podría parecer un extravío en el inicio (bueno, a mí me lo pareció), pero no tardamos mucho en deslindar las acciones que lleva a cabo esa nerviosa cámara en mano que está viva, y por la que observamos lo que Elwood observa. Así pasan muchos minutos sin ver un plano con su rostro, pero con otro bello recurso la cinta lo muestra justo cuando ojea las fotos instantáneas que se ha tomado junto a su novia en la máquina de fotos.
Además en la película son sumamente expresivas las escenas fuera de campo, especialmente en los momentos más atroces, en los que se escucha un ruido ensordecedor como de máquinas de fábricas, como de motores y zumbidos, mezclado con el sonido de golpes y azotes, y miramos unas fotografías parcialmente visibles y nebulosas, fotos fijas que resultan más elocuentes que lo "real", lo que que sabemos que está sucediendo en ese momento. También el tiempo narrativo de la cinta juega a transportarse de pronto hacia el futuro (1976, cuando Elwood tiene una novia o esposa, y un coche) y nos preguntamos con arrobada intriga si se trata de una simple fantasía o de una percepción temporal anticipada, una especie de epifanía de los personajes… o del autor mismo.
El hecho es que "Nickel Boys" es una cinta monumental que alcanza cotas épicas con una propuesta audaz y formalmente arrojada, pero que con un vehemente sentido del ritmo y la osadía se enfoca en lo humano (es decir, en lo inhumano) de ese tipo de "instituciones" que quedan en la sombra, en el flanco oscuro de la humanidad, pero que son tan ciertas como sus monstruosos abusos y su inmensa impunidad. RaMell Ross en todo caso nos prodiga hacia el final con un collage de emoción desbordada, de coraje, de rabia, de certeza aceptada, de ires y venires en el tiempo, de oprobio y de afrenta, y todo acompañado musicalmente con un jazz que está entre el lamento y el regocijo de la bella "Tezeta", de Mutatu Astatke, que le acomoda, por si le faltara, un halo dorado al colofón.
Dâne-ye anjîr-e ma'âbed (La Semilla de la Higuera Sagrada)
Mohammad Rasoulof afianza la mano y afila el entendimiento al elaborar una estampa alegórica vigorosa sobre el poder omnívoro y perverso en su nueva cinta que en español sería algo así como "La Semilla de la Higuera Sagrada", y que potencia más todavía porque lo hace a través de un drama-thriller ejemplar, aunque eso sí, algo subrayado (especialmente la parte del thriller).
Para encuadrar su historia, el director iraní parte de hechos reales ocurridos en su país recientemente, y son referenciados al inicio de la cinta, aunque no son mencionados por su nombre. Se trata del "asesinato oficial" de una mujer en el Irán actual como consecuencia de no usar el hiyab correctamente, nada menos.
Con ese fondo ilustrativo, la narración de "La Semilla de la Higuera Sagrada" se ocupa de Iman -un abogado con integridad pero partidario de la tradición- y de su familia formada por Najmeh su esposa y sus dos hijas, Rezvan y Sana. A Iman lo han nombrado recién juez de instrucción en el Tribunal Revolucionario de Teherán, lo que le ofrece mejores perspectivas económicas y sociales, pero también un nivel de compromiso con el régimen que empieza a rebasarle moralmente cuando le ordenan aprobar sentencias prácticamente a ciegas. A manera de protección, el estado le proporciona una pistola.
Con estos elementos Rasoulof hace crecer la cinta, y lo que inicia como un drama familiar tradicional en el que justamente la familia de Iman poco a poco se desgaja debido en especial al pensamiento progresista de las hijas Rezvan y Sana, quienes se solidarizan con amigas y conocidas que son buscadas o reprendidas por el estado en medio de las protestas generales que se intensifican, se va transformando en un thriller político denso, asfixiante, -y algo recargado, como dije antes- que llega a un clímax digamos que desorbitado.
Las actuaciones en "La Semilla de la Higuera Sagrada" son sobresalientes, y las elecciones formales del director son muy acertadas. Maneja con tino el ritmo de la narración elevando el pulso a cada paso, y dando relieve a la inaceptable situación de las mujeres -y de la población en general- bajo la dictadura de la fe cuando ésta combina el fanatismo con el fascismo.
Las conclusiones a las que llega Mohammad Rasoulof en su metáfora son, aunque terribles, bastante previsibles, no así su desarrollo, que en la última parte además de apelar al thriller, se empantana con una especie de "terapia familiar" pero estilo policía secreta, después de que la pistola de Iman desaparece (terrible situación para el juez por lo que eso significa ante sus superiores, y por el simbolismo que encierra: se pierde la pistola y se pierde el poder, o más bien se pierde la seguridad de ejercer el poder, una aguzada referencia al estado en general). Imán entonces debe recuperar el arma a cualquier precio. Ese precio incluye fustigar a su propia familia, acción en la que el padre llega a los extremos.
Y a los extremos llega también Rasoulof por su parte, un poco para seguir acelerando el pulso del relato y otro poco para terminar y salir ya del hoyo en el que metió su historia, emborroneando su carácter inicial más natural y aterrizado, y difuminando un tanto la fuerza de su propuesta llenándola de sordidez gratuita, simbolismo algo tosco y revoloteos de fantasía. No obstante la obra no pierde su brío esencial, y termina efectivamente sacudiendo la conciencia. Las imágenes reales de mujeres protestando por las calles de Teherán con las que cierra la cinta, completan si no de la manera más optimista, al menos sí de una forma promisoria a propósito de ese impulso necesario para acceder a la emancipación, aunque se vea muy cuesta arriba, de la humanidad ante mandatos retrógrados.
Los Pequeños Amores
Como música de cámara, delicada, sutil, íntima, con cierto hálito teatral pero poderosa y sustancial es "Los Pequeños Amores", la nueva cinta de Celia Rico Clavellino, que retrata con profundidad y ventura unas relaciones madre-hija que son como muchas, pero que en su dibujo fino y vivo le distingue como pocas.
El hilo argumental de la película es sumamente sencillo: una mujer mayor queda temporalmente en silla de ruedas debido a un accidente casero, por lo que su hija va a cuidarla unos días. De esa reunión parte la trama, donde las sinuosidades del vínculo se van exteriorizando poco a poco desde la inicial costumbre más o menos afable, habitual y rutinaria entre madre e hija hasta los extremos más afilados y espinosos de la convivencia forzada.
Lo trascendente de la propuesta de Rico Clavellino es que su historia diáfana apuesta por las actuaciones como pilar de la obra. Y créanme que el trámite es tomado con el compromiso total y el talento enorme del par de actrices principales, unas formidables Adriana Azores (la madre) y María Vázquez (la hija). Su trabajo ejemplar es secundado con mucha solvencia por el pequeño grupo de actores que les acompañan.
Vemos entonces cómo la mansa coexistencia va reverberando alrededor de las mujeres como una luz de intensidades cambiantes que empujan a la tirantez en la conexión materno filial, pero sin demostraciones aparatosas ni estridencias excesivas sino como una maravilla de performance de aparente liviandad que no obstante mantiene la profundidad en los puntos neurálgicos, y que va recorriendo los lugares incidentales ordinarios de todos los días con la misma carga templada y eminente de su actuación.
Y entre una edición potente y una fotografía admirable, la cinta termina con un apunte de optimismo que de alguna manera absorbe la melancolía general que prevalece haciéndonos ver como estos seres afrontan la soledad bien llevada o en todo caso la "mala soledad" bien capoteada (porque dos soledades juntas ya no es soledad, ¿no es cierto?) y que The Kinks adornan desde el pasado con la bella "I Go to Sleep". Preciosura de película.
Grand Tour
Lo que logra Miguel Gomes en "Grand Tour", su más reciente propuesta, es algo que sólo cabría considerar como superior. En principio, conjuga con fluidez insólita la ficción y el documental, difuminando la frontera entre los géneros y formulando de paso una nueva realidad cinematográfica tan magnética como subyugante.
Cierto que eso no es algo realmente nuevo ni para el cine ni para el autor mismo, quien viene cultivando esa intención desde sus mismos inicios ("A cara que mereces" ya lo bosquejaba, y se veía más concreto en "Aquele Querido Mês de Agosto", para desembocar pleno en "Tabú", y cómo no, en los tres volúmenes de "As Mil e Uma Noites", con "Diários de Otsoga" una rayita abajo). Pero en "Grand Tour" Gomes se sublima, jugando con las épocas (es decir, conjugando las épocas presentes y pretéritas), alternando el blanco y negro con el color, de la misma manera en que permuta la historia inventada con el testimonio documental.
En cuando a la trama, la de "Grand Tour" es tan simple como juguetona: A principios del Siglo XX, en Birmania, Edward (Gonçalo Waddington) va a casarse con Molly (Crista Alfaiate), pero el día de su boda Edward simplemente huye sin rumbo y dando tumbos por diferentes países de Asia. Su ansia de huida primera es reemplazada poco a poco por la tristeza, por un sentimiento de arrepentimiento y ausencia. Molly por su parte al verse abandonada, simplemente decide tomarlo con calma y bajo su inquebrantable voluntad inicia el rastreo y seguimiento de Edward por el mundo asiático. La historia de Molly que colma la pantalla en la segunda parte de la cinta, es desgarradora, trágica de hecho, pero Gomes prefiere pasarse por alto su final y aplomar su personaje de una manera jubilosa, o al menos no aciaga.
Y sí, lo que encierra el argumento es sencillo y un tanto pueril, pero la mano de Gomes lo transforma en un delirio desbocado, excéntrico, que alude a la inocencia y al arrebato al mismo tiempo, y que puede parecer de un exagerado exotismo, aunque se nota que el director no hace una explotación "exótica" ni un abuso rancio del folklorismo, sino que los utiliza para darle densidad a su propuesta lúdica que se alimenta formalmente de esos aspectos.
Además la fotografía es espléndida. El blanco y negro le da a la cinta un aire de narcosis esencial, sustancioso, mientras que el color aporta el contraste, desde luego, pero agrega algo de misterio de la mano de esas imágenes espectrales que en un principio no lo son (los juegos de la rueda de la fortuna o los títeres de sombras, por ejemplo), mientras que la musicalización es digamos que acertadamente heterodoxa: los valses, las marchas militares o el folk nativo de Birmania se van salteando para las diferentes secuencias, y vistas en frío parecerían las mezclas piradas de un DJ en hongos, pero al final forman un todo completamente armonioso.
El hecho es que Gomes se brinca las trancas entre géneros cinematográficos de forma alevosa (y claro, muy sabrosamente), y el viaje de Edward con Molly pisándole los talones se convierte en una perpleja, azorada, impetuosa, embrolladísima y gozosa travesía en la dimensión del ensueño, donde de pronto captamos escenas de Edward en alta mar rumbo a Japón combinadas con un presente mundanal de calles atestadas de motocicletas, todo a ritmo de valse. O sesiones de karaoke en Manila con el personal totalmente borracho y una voz en off describiendo la escena. O un accidente de tren donde Edward se pone a dibujar unos pajaritos en su cuaderno en pleno shock del descarrilamiento. O las prohibidas (e inalcanzables) "tentaciones" que le proporcionan las tres esposas del guía que ha contratado. Y hasta la policía secreta del Japón se involucra aquí creyendo que Edward es un espía, deportándolo a Shangai. En fin, delirios narrativos que tienen ilustraciones admirables, aunque como se ve, no correspondan exactamente a lo que la voz en off está describiendo.
Alguna vez durante el visionado de "Grand Tour" me pregunté si Gomes gozaba o no de un presupuesto holgado que le permitiera por ejemplo seguir siempre con su hilo narrativo "de época" sin recurrir a pietaje actual de todos esos lugares que Edward y Molly recorren en su historia de principios del Siglo XX. Luego me di cuenta que era la pregunta equivocada: ningún presupuesto, por más grande que fuera, evitaría que Gomes encontrara la simbiosis virtuosa entre su ficción y lo que va filmando y rescatando en imágenes de la actualidad, porque al final lo importante es que todo esto tome la forma de un maravilloso sueño… aunque sea el sueño de mezcalina de un espíritu desdichado como el de estos personajes, envuelto en un concepto narrativo tan asombroso como insólito y travieso, y que como auténtico mago el director va sacándose de la manga, edificando la historia prácticamente de la nada.
Así "Grand Tour" no es sólo el arco narrativo de una historia cautivadora, sino de una epopeya. Y más todavía, de una epopeya llena de creatividad, que destila una enorme vitalidad, una desbordante imaginación, siempre respaldadas por su sólido planteamiento formal. Miguel Gomes se ha inventado a sí mismo con un mensaje de profundo amor por sus personajes, y de un irrefutable, un colosal amor por el cine.