Era un hombre tan alto, tan esplendorosamente alto, que con solo su presencia me hacia voltear al cielo.
En su cumpleaños número 25 estuve ahí, con él, en donde sea que él estuviera. Vi como la forma de su rostro cambio de tantas maneras (casi todas) en una misma noche; y estuve ahí cuando dijo: "Gracias por todo".
Creo irrefutablemente que ahí debió acabar la historia, basicamente porque todo lo que ocurrió esa ncohe nos fue dado por cortesía del azar, porque de lo contrario él no hubiese sido nunca único en mi vida y yo jamás hubiera aspirado a ser especial en la de él.
Su cuerpo, su bello cuerpo, ¿era eso lo que me hacía enloquecer? ¿era su olor, era su piel?; no, yo sé lo que era.
Fisicamente hablando eran sus manos.
Espiritualmente quizá era que siempre era retado y nada le daba miedoy si, era eso; él no tenía o vencía el miedo. Voto por lo segundo pues era de carne y hueso.
Quizá, a lo mejor, tal vez quería que un poco de su valentía se adhiriera a mi pecho cada vez que lo besaba.
Quizá mi cobardía se rendía ante él.
A lo mejor por él quise ser valiente.
Tal vez con él quise hacer una excepción.
Quizá era él, quizá no; pero lo cierto es que tenía una habilidad especial para perturbarme.
Fue en aquella noche obscura y ríspida del mes de marzo en dónde con él caminando bajo la mirada de la luna, que fingía no ver pero lo veía todo, que ese poder supremo de él hacia mí se reveló.
Andabamos solos, con una sola armadura. Sabiamos lo que había del otro lado del muro y aún no nos atrevíamos a saltar, aunque apoyabamos los codos en el cemento y nuestras manos nos hacian poder escalar, y veíamos... nos retabamos; espiabamos la posibilidad. Y teníamos una brasa de fuego encendida, la pasabamos de mis manos a las suyas cual fuera una pelota; la emboscada sorpresa y el contraataque. Nuestros lastidos bailaban un mismo ritmo y los muy ingratos no nos lo decían, quizá hasta después del final no lo hicieron, para ser sincera creo que para ese punto ya ni siquiera lo recordaban.
Ahí estaban nuestros pies angustiados manteniendo una distancia, los árboles, los troncos, la arena nos veían pasar.
Solo Dios y el mismo cielo sabrán si algo de nosotros sigue ahí desde ese día, si el murmullo del viento pregunta lentamente a quien pone un pie ahí... ¿Qué fue de aquellos dos, que se resistían a creer y aunque no ahí, terminaron creyendo... qué, qué fue?.
Y si algún día quizá nos reconozcan y nos pregunten "¿en dónde esta él, en dónde esta ella?" y lejos, muy lejos yo diré que no lo sé, que ojalá este bien o sin palabras me atreva a sentir un dolor, una punzada nostálgica, de aquello que fue y que no siguió, de lo que se quedó como un recuerdo. Y no sabrá que lloré un 15 de septiembre, que la resaca continuó hasta el 16 y que aún recuerdo todos y cada uno de sus abrazos.
Y su sonrisa, que puedo decir de su sonrisa; producía magia en mí com los pequeños huecos que se le formaban en sus mejillas. Y sus ojos... ese tic nervioso que a mí me fascinaba, la ternura salía de él con ese gesto. Al verlo, tan alto, tan esplendorosamente alto, ese tic me recordaba (para mí bien) que él seguía siendo humano y que pena que haya terminado así.
Quiza la mitad de lo que describo de él en estas líneas no se acerque ni la mitad a la realidad, pero lo hace cuando antepongo algo que no dije al principio pero que se nota al leerme; estaba enamorada, sumamente enamorada de él y eso ni el viento ni el tiempo ni otra mujer podrá superarlo.
Porque de algún modo puse mi sello en él, de algún modo me perteneció y lleva en su memoria, consigo al lado, un breve suspiro que siempre le hará volver el rostro y recordarme.