CAPÍTULO I
Pablo
Koi no yokan (恋の予感) La sensación de que algo está a punto de nacer, aunque aún no es amor.
Comencemos con Pablo.
Mi primera experiencia amorosa empezó en el jardín de niños, en esa edad en la que el corazón todavía no entiende lo que siente, pero ya empieza a latir distinto por alguien.
Pablo era mi compañero de clase y, sin duda, el niño más simpático del jardín. Siempre he tenido facilidad para hacer amigos hombres; recuerdo que tenía uno con quien compartía mucho, aunque su nombre se me ha borrado con el tiempo. Sin embargo, mis ojos siempre terminaban buscándolo a él. A Pablo.
Me impresionaba que fuera tan alegre, tan seguro, que me hablara con naturalidad. Tenía una hermana llamada Sara, quien terminó siendo la única amiga cercana que tuve en esa etapa. Con ella compartía juegos y confidencias pequeñas, pero aunque hablaba mucho con Sara porque teníamos muchas cosas en común, había algo —o alguien— que capturaba mi atención de una forma distinta.
Recuerdo que mi mamá me llevaba muy temprano al jardín, arropada en una cobija de Elmo, regalo de mi abuelita cuando nací. Como mi madrina me cuidaba, me quedaba más tiempo que los demás niños. Cuando terminaban las clases y todos se iban, yo esperaba a que mi mamá saliera del trabajo, y en esas horas extra seguíamos jugando Pablo, Sara y yo. Con el tiempo también se unió mi hermanito.
Fue en esas tardes largas donde algo cambió dentro de mí. Empecé a sentirme más feliz de lo normal cuando Pablo me hablaba. Una felicidad distinta, que no sentía con los otros niños. Comencé a verlo guapo. Le preguntaba a Sara cosas sobre él, cualquier detalle me parecía importante. Poco a poco empezamos a jugar más juntos, y Sara fue la primera en darse cuenta de que lo mío ya no era solo amistad.
Un día me preguntó directamente qué me parecía su hermano. Terminé confesándole que me gustaba. Lejos de burlarse, se emocionó. Se convirtió en mi cómplice, en mi consejera improvisada. Me contaba cosas de él y yo me sentía la niña más feliz del mundo.
Cuando crecimos un poco más, llegó la curiosidad. Queríamos saber qué era un primer beso —al menos yo quería saberlo—. El jardín quedaba justo al lado de su casa, separado apenas por una puerta verde oscura que todavía vive en mi memoria.
Una tarde, cuando todos se habían ido, entramos los tres: Pablo, Sara y yo. Nos aseguramos de que no hubiera adultos cerca. La idea, más planeada por Sara y por mí que por él, era que nos daríamos un pico mientras ella observaba emocionada.
Cuando cerramos la puerta, mi corazón parecía salirse del pecho. Pablo estaba tranquilo; yo era puro nervio. Después de unos minutos me acerqué y le di un pico.
Sentí cómo mi cara se encendía. Él parecía normal, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Nos reímos nerviosos mientras Sara aplaudía emocionada. Para mí fue un momento inmenso. Aunque solo fue un pico, sentí un calor extraño en el estómago, una mezcla de vergüenza y felicidad que nunca había experimentado.
Tiempo después, detrás de esa misma puerta verde, mientras jugábamos con unos muñecos de Elmo que siempre quise tener y nunca pude, nos dimos otro pico. Fue espontáneo, breve, pero igual de significativo para mí.
Ese mismo día, cuando subieron a ponerse las chaquetas porque iban a salir, Sara bajó y me dijo que Pablo le había pedido que me preguntara si quería ser su novia. Mi alegría no tuvo límites. Dije que sí sin pensarlo. Al poco rato él bajó, me sonrió y se fue. Yo me quedé sintiéndome la niña más feliz del mundo.
Hubo otro momento que guardo como un tesoro. Una tarde, después del colegio, Pablo me dijo que quería mostrarme algo. Sacó su cuaderno y me enseñó un dibujo de Winnie Pooh. Yo amaba ese personaje. Al ver mi cara de sorpresa, arrancó la hoja y me la dio. Para mí, ese gesto fue enorme. Fue la primera vez que sentí que alguien hacía algo especial solo para mí.
Como él entró al colegio antes que yo, siempre lo esperaba con ansias. Solo quería verlo, jugar con él, escuchar su voz. Incluso hicimos un viaje juntos: su familia, la mía y unos conocidos. Jugábamos todos mientras los adultos parecían niños también. Fueron recuerdos felices.
Un día pedí que me dejaran quedarme a dormir en su casa. Jugamos a “papá y mamá”, como muchos niños de nuestra generación. Cuando llegó la hora de dormir, Pablo dijo que los esposos dormían juntos. Yo fingí enojo, pero me acosté a su lado. Empezamos a besarnos. Para mí esos besos fueron larguísimos; incluso me dio sueño. Después, para no levantar sospechas, me cambié de cama y me quedé dormida. Al día siguiente todo siguió como si nada, pero algo ya se había instalado en mi pecho.
También jugábamos a pico botella, siempre intentando que la suerte nos eligiera a los dos. Nuestros hermanos eran cómplices silenciosos de esas pequeñas aventuras.
Le contaba todo a mi prima, que siempre fue como mi hermana. Con el tiempo, lo que sentía por Pablo se convirtió en una obsesión infantil: pensaba en él todos los días, lo tenía en mi mente a toda hora. Cuando alguien me gusta, siempre me pasa así.
Pero un día algo cambió. Empezamos a distanciarnos. A veces iba a su casa, pero él ya no me hablaba igual. Yo buscaba en sus ojos alguna señal, alguna respuesta que confirmara que todavía le importaba, pero no encontraba nada. Nos convertimos en dos desconocidos.
Hubo una situación que terminó de romper algo dentro de mí. Un amigo suyo, jugando, me pidió un beso. Me negué. Entonces me respondió: “¿Y por qué a Pablo sí y a mí no?”. Fue en ese momento cuando entendí que lo que para mí había sido íntimo y especial no había sido tan secreto. Me dolió. Sentí que no había cuidado ese recuerdo como yo lo había hecho.
Me alejé, aunque él seguía en mi mente. Me gustaba, pero comprendí que ya no sería para mí.
Con el tiempo seguí mi vida. Pero cada vez que lo veía, era como abrir una puerta vieja y verde en mi memoria. Volvían los nervios, los besos, el dibujo de Winnie Pooh, la niña que fui.
Hoy, ya adulta, lo recuerdo con ternura. Fue el primer niño que me gustó. Con él aprendí qué era enamorarse. Con él aprendí a besar.
Y aunque no fue un gran amor, fue el primero. Y eso, en la historia de cualquier corazón, nunca se olvida.








