Comprendía casi a la perfección a lo que el chico se refería, entendía cómo en algunas ocasiones era justo y necesario el pretender o más bien el aislarse en cualquier situación por el miedo o más bien la necesidad de mantener hasta cierto punto la vida familiar cómo un secreto, la morena lo había hecho durante la mayor parte de su estadía aquí, un par de personas sabían realmente la situación, o al menos pretendían hacerlo, le miró fijamente a los ojos, sin cambiar la expresión del rostro, mordiendo el labio inferior con cuidado, intentando procesar aquellas palabras que en su mente parecían una especie de confesión “Si supiera de ti no me compadecería yo… se que no eres de las personas a las que les gusta la lástima. Y lo entiendo, créeme que lo hago” suspiró de manera pesada mientras se pasaba una mano por la melena castaña la cuál claramente era un desastre “Soy lo que se puede llamar accidente, mi madre me tuvo fuera del matrimonio” comenzó a explicar desviando momentáneamente la vista, quizá de a poco se abría con él, pero no podía darse el lujo de mirarle a los ojos, era demasiado, inclusive con él. “Su esposo, o al que conoces cómo mi padre le perdonó y decidió criarme cómo si fuera suya, al final ella se largó con su amante” finalizó con una risa seca, no le había contado aquello a nadie del instituto, quizá de una manera vaga lo había explicado en sus primeras fiestas, pero jamás había entrado en detalles. Se giró a mirarle de nueva cuenta tirando el cigarrillo para concentrarse completamente en lo que decía el ojiclaro, se acercó de manera cauta cuándo escuchó las palabras del contrario, una sonrisa ligera apareciendo en el rostro, quería apoyarle, en verdad, pero no sabía cómo acercarse sin que su amigo se cerrase completamente de nuevo, le miró a los ojos. “¿Que..que tiene?” se atrevió a preguntar mordiendo el labio inferior de nuevo “Mierda Aday, quiero ayudarte, pero no se cómo” masculló una mano volviendo a la cabellera castaña mientras con la otra daba una ligera palmada en la rodilla contraria “Sabes que puedes pedirme lo que sea somos…somos amigos” finalizó con una sonrisa de las que no solía esbozar con frecuencia, no era algo cínico o burlón, era simplemente sonreír, cómo pocas veces lo hacía. No pudo evitar poner los ojos momentáneamente en blanco ante aquella pregunta acompañado de un asentimiento de cabeza más o menos enérgico dejando que un suspiro se escapase de los labios “Más que bien Allen” masculló. Le sostuvo la mirada sin mover ningún músculo en lo absoluto, ladeando ligeramente la cabeza hacía la derecha, cómo si de alguna manera pudiese verle mejor. “Es un honor entonces” respondió dejando que una risa se escapase de los labios “Y gracias”
Sonrió al oír como la joven, por muy sorprendente que fuera, le conociera. La “lástima” estaba en el tope negativo de las cualidades que su historia solía causar en la gente. Curvando sus labios de nuevo, tomó su cigarro, dándole una suave calada sin dejar de observar a la castaña. Al notar como la muchacha movía su mirada, supo que llegaba el momento deque respondiera a su pregunta. Sin dejar de mirarla, captando cada una de sus palabras que con su dulce voz deleitaba sus oidos con una de las narraciones más horribles jamás oidas -Joder...-. Susurró, en un breve suspiro, pues no esperaba que su compañera hubiera tenido que pasar por todo aquello. Lo cierto es que él se quejaba por la enfermedad de su hermano y que su familia no tuviera dinero para apenas pagar la hipoteca, pero tener que vivir con gente que realemente no era su familia... Al menos, su familia de sangre -Yo, emmm...-. Susurró, de nuevo -Creo que no sé que decirte... Debió de ser jodido, y me asombra que pudieras pasar por todo aquello... Pero ni me voy a compadecer de ti ni puedo darte consejos, lo siento-. Sentenció. La primera parte era debida a la famosa frase “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Y en cuando a la segunda: Simplemente era una situación familiar, y si su madre se había largado, claramente no podía solucionarlo ni darle consejos para hacerlo -Igualmente, los querrás. Quiero decir, son los que te han criado y todo eso...-. Se encogió de hombros, algo dudoso pues él jamás había sentido aquello por sus padres. Nunca le habían ayudado en nada, solo le daban cobijo por tres dias a la semana, o menos. Apenas pagaban la mitad de la quimioterapia para su hermano. Lo cierto ya era sorprendente que pagaran su educación y comida, selectivas veces. Al escuchar la siguiente pregunta, un nudo se formó en la garganta, dejándolo atónito por momentos. Abrió la boca, apunto de pronunciar su primera palabra, la cual nunca salió a la luz pues atrapada en él se encontraba. Suspiró -Perdón-. Sonrió de medio lado -Tiene cáncer-. Rapidamente, dejándole hecho polvo. ealmente, recordar aquello le dolía aunque no lo dijera. “Un Allen no llora” Se recordó -De higado, desde hace dos años ya-. Continuó con su interna tortura, manteniéndola donde se cnontraba. No quería exteriorizar lo que hablar de todo aquello le suponía. No quería ni necesitaba la compasión de nadie. Ni sabía cuantas veces lo había repetido, pero no le importaba. Tan sólo deseba que quedaba claro -Recuerda que no necesito tu compasión-. Añadió, con cierto tiemble en su voz. Se aclaró la garganta -Perdón-. Repitió, en un intento de sonrisa. Negando, miró a sus ojos de nuevo -Me temo que no puedes hacerlo-. Soltó aire, a forma de risa -Lo soy, y tú lo eres para mi. Pero no hay forma que me ayudes en esto ¿Sí? No puedes ¡Nadie puede!-. Y allí mismo, el joven perdió los estribos de aquella increible conversación. Notó sus ojos algo empapados en lo que parecían ser ¿lágrimas?. No... No, él no lloraba ¿cierto? Sin saber como actuar ante su propia reacción, miró al cielo, como si este obtuviera todas las respuestas y curas a lo mal que ahora se sentía -Perdón-. Cuarta, pero no última vez -Perdón, yo...-. Pasó sus manos por los ojos, que cristalizados ahora se veían -Ya está-. Soltó una suave carcajada -Ya está-. Se repitió. Odiaba aquello. Jamás le había pasado, jamás le había contado nada a nadie sobre aquello, pero creyó que podría con ello. Y, como no; se equivocaba. Pasó su tacto por el cabello, saliente de su cabeza. Apoyó sus codos en las respectivas rodillas, mirando al suelo ahora -De nada, supongo... Ha debido de ser esúpido verme así, perdón-. De nuevo, la última disculpa apareció en la conversación. Ni sabía por qué tan repetitivo, tan sólo era un acto reflejo que sabía que incomodaría a Arabella. O al menos la molestaría.















