Un Buen DĂa Para Morir
Hoy es un buen dĂa para morir. El año está en Ă©pocas lluviosas, la tarde está tranquila y todos son felices. Todos tienen una ilusiĂłn por la cual vivir, todos respiran, todos viven. En los asientos de enfrente una pareja de ancianos se sentĂł, el autobĂşs va casi lleno. La lluvia cae sobre la ventana y las gotas recorren la superficie del vidrio dejando una muy distintiva huella a su paso. Mi trabajo está casi completo, mi compañero podrĂa terminarlo sin problemas.
Mi dĂa ha sido casi perfecto. He salido a medio dĂa con rumbo hacia la biblioteca, he parado a comprar una torta y he, en el sentido más coherente y cuerdo de la palabra, apreciado la belleza de la ciudad y la vida que en ella habita. Los autobuses y automĂłviles van y vienen, se detienen ante las luces de tráfico. El sol brilla y calienta un poco Ă©ste clima lluvioso pero es mejor asĂ. En las calles se conglomeran las personas a esperar el autobĂşs, a charlar, a caminar o a hacerse compañĂa. Unos viajan del trabajo al hogar, otros del hogar al trabajo y otros más sin rumbo fijo. Los que van solos piensan, los que van acompañados sueñan.
En la biblioteca he cumplido gran parte de mi objetivo y he casi terminado mi trabajo. DespuĂ©s de un par de cafĂ©s, un cigarrillo y una mirada exhaustiva al viejo edificio he determinado lo bueno de ese dĂa o al menos de ese momento. He quedado para ir comer con unos amigos y lo he hecho. DespuĂ©s de cierta concentraciĂłn de un justo esfuerzo me rendĂ, a brazos del dĂa: limpiĂ© la pipa, la rellenĂ©, me sentĂ© e inhalĂ©. Pronto sentĂ esa extraña pero deliciosa sensaciĂłn de tranquilidad, todo estaba bien.
EsperĂ© y esperĂ© y al final me levantĂ©. Nos levantamos y anduvimos hacia la calle. La calle estaba mojada, vaya tormenta que se habĂa desatado. PretendĂamos ir al cine y llegar a la funciĂłn, sanos y salvos y sobre todo secos. El dĂa habĂa sido casi perfecto. De vuelta en casa mi habitaciĂłn estaba limpia y ordenada, no habĂa más hierba sobre el escritorio, no habĂa más colillas en el cenicero y todo lo demás estaba en orden. Todo estaba bien en cierta medida, me sentĂa bien.
Dentro de mĂ no pasaban muchas cosas. En mi mente tenĂa un futuro inhĂłspito que estaba destinado para mĂ, una ilusiĂłn desmedida sobre el amor y la imagen de una chica hermosa, pero sĂłlo una de esas cosas era cierta. No habĂa tal chica y ni tal amor, era una ilusiĂłn y podĂa mantenerse asĂ de irreal todo eso. Por otra parte tenĂa cruzando por mi mente mi extraña preocupaciĂłn por mi economĂa y por mi bienestar personal. Ambas cosas eran un desastre, una más que la otra pero un desastre al fin. Y la gente no lo veĂa y yo no lo querĂa ver. Pero era un buen dĂa, era, como ya he dicho un montĂłn de veces, casi perfecto. No habĂa tanto en mi mente.
El autobĂşs casi llegaba a su destino. La pareja de ancianos se tomaban de la mano, Ă©l agarraba con su mano izquierda la mano de su mujer y la mantenĂa asĂ con firmeza. Detrás de ellos una madre cargaba a su hijo en su regazo mientras el niño miraba por la ventana y en el asiento de junto otra mujer mayor sostenĂa dentro de su bolso un espejo mientras se pintaba los labios, quizá se encontrarĂa con alguien, quizá alguien la encontrarĂa a ella o tal vez sĂłlo era vanidad. Como piloto iba un señor con la mirada cansada, pero se notaba satisfecho con su dĂa. Más atrás iba un hombre de aspecto de barrio, con facha de delincuente, pero no delinquĂa sĂłlo escuchaba mĂşsica en sus audĂfonos y miraba a su alrededor, Quizá escogĂa a su prĂłxima vĂctima, quizá apreciaba el panorama como yo lo hacĂa.
Por la ventana se apreciaba el caos de la ciudad y el orden de la vida, se apreciaba un cielo grisáceo y nublado del que apenas se podĂa inferir que la noche ya habĂa caĂdo, las lámparas de las avenidas comenzaban a encenderse, las luces de los automĂłviles se notaban y formaban una irregular danza de luces que aparecĂa y desaparecĂan al compás de los puentes. Era de cierta forma bello, pero no lo serĂa siempre. Lo apreciaba porque mi mente estaba suelta, no habĂa traĂdo mis audĂfonos conmigo. Eso fue bueno tambiĂ©n, me puso a pensar y me hizo inferir.
Sobre estas ponderaciones y las experiencias de este dĂa decidĂ que hoy es un buen dĂa para morir. Todo marcha bien, no dejarĂa cabos sueltos, no habrĂa preguntas innecesarias. PodrĂa morir en un accidente de tránsito, atropellado, por un infarto, por un derrame, por causa de rayo, si me cayera un poste encima, si me apuñalaran, si me dispararan, si cerrara mis ojos y no volviera a abrirlos. PodrĂan pasar todas, o algunas o sĂłlo una de estas cosas y no me molestarĂa estarĂa bien. Pero en fin es un buen dĂa para morir, pero no el perfecto dĂa para morir. ÂżPor quĂ© no es perfecto? Porque no morirĂ©, no habrá accidente ni infarto ni bala ni suerte que me mate. Por mĂ estarĂa bien, pero no sucederá. Es un buen dĂa, pero no es mi dĂa.
- J.W.











