Pudo prever que se acercaba.
Pero no se quitó. Dejó que lo tomara. Los labios de la chica eran suaves, carnosos. Su perfume inundó sus pulmones y cerró los ojos. Ésta vez volvió a morder su labio inferior, pero con cuidado, justo antes de separarse de ella y mirarla directo a sus ojos castaños. Había olvidado lo que era sentir el cuerpo de alguien más junto al suyo.
Se levantó con un movimiento preciso, dejando clara la diferencia de alturas con la morena. Tentado a volverla a besar y bajar hasta su cuello.
Dio una vuelta y se fue de la cafetería, atravesando los cristales y perdiéndose de vista entre las personas, haciéndose invisible. Esa noche no pudo dormir. Se encontró en su cama pensando en lo que estaba a punto de dejar ir. El techo blanco actuaba como un lienzo para la anatomía de la chica, y el recuerdo de que la gente que amaba acababa muerta.
Aún así decidió ir por ella.
Sabía en dónde era su apartamento. Entró sólo para ver el lugar desierto, con una libreta de itinerarios que decía la hora de vuelo.
Se iría de verdad y ésta vez para siempre. Entró a un Lincoln y lo encendió sin necesidad de llaves.
Lo primero que paso por la mente de la morena era que quizás, el chico la empujaría y solo quizás si de verdad no sentía nada por ella empezaría una segunda pelea como la primera que habían tenido hace meses atrás cuando lo conoció, era realmente tonto pensar que de esa forma se había fijado en el oji-azul. Sí su hermana se enterara de su historia con el ruso, seguramente enloquecería, hasta pensaba que podría activar su gen mutante, con el tremendo coraje que esa historia le haría pasar, pues sus consejos eran siempre alejarse de ese tipo de chicos problemáticos, Agnes era una chica con poca autoestima, que aunque siempre tenía una sonrisa en el rostro por dentro no se sentía muy segura de si misma. Y la única razón era por que a pesar de conocer gente increíblemente buena y hermosa, ninguna se había llegado a fijar en ella. La primera persona que le había hecho sentir bien fue Filipa, quien desapareció y tiempo después le dijeron había muerto, y podría seguir pensando en la lista de personas que simplemente habían pasado de ella pero esta vez parecía haber acertado a una y era el chico a quien probaba esos labios carnosos, su piel de seda y sus cabellos suaves. Con un poco más de atención podía sentir los pequeños vellitos de la barba que le comenzaban a crecer y que le llegaron a picar, también con un poco más de atención podía sentir la calidez que este desprendía, algo que alguna otra persona no creería que el chico podía tener... calidez. Pero todos esos bellos sueños terminaron derrumbados, mientras ella sonreía después de alejarse del chico y viendo los ojos azules a centímetros de los suyos. Esa misma sonrisa se desvaneció cuando solo lo vio alejarse, sin decir nada, sin siquiera decir nada. En un momento el hombre parecía un borrón en su pasado. Agnes apretó sus puños y sus ojos se llenaron de lágrimas que pronto comenzaron a mojar sus sonrojadas mejillas. Habían muchos curiosos viéndola, y ella solo quería desaparecer. Su respiración se volvió pesada y sin más, se giro para salir del local dejando que las lágrimas siguieran cayendo sin cesar de sus chocolatosos ojos. En un momento comenzó a correr, lo más rápido que sus piernas le permitían, mientras que con su ante brazo izquierdo tapaba un poco su rostro deseando no encontrarse a nadie conocido.
Cuando llegó a su departamento, paso directamente a su habitación, tumbándose a su cama solo para seguir llorando toda la tarde y toda la noche. Cuando sentía que ya no podía soltar más lagrimas, decidió llamar a la aerolínea para adelantar su vuelo a Suecia. Si ya no había nada para quedarse en Nueva York, entonces se marcharía pero esta vez para siempre. El sueño desapareció y toda la madrugada se encargo de acomodar su maleta. El sol entró por la ventana cayendo unos cuantos rayos de sol en los ojos rojizos de la morena que aun no dejaban que la tristeza se alejará de ella. Se arregló y pidió un uber saliendo de aquel lugar el cual no volvería a ver.
Las llantas de su maleta hacían ruido por el gran aeropuerto, una parte de ella le hacía ver cada 5 minutos hacía las grandes puertas del lugar, con la gran ilusión de verlo llegar. Pero él simplemente no aparecía. Cada vez que su mirada no se encontraba con la azul era un nudo más grande en su garganta, casi no podía pensar, la señorita que necesitaba su boleto para poder pasar a la sala de abordaje le hablo más de 3 veces para que la sueca pudiera reaccionar. Pero ella se debía de rendir, las historias de amor solo le pasaban a las lindas chicas... ella era una chica normal ,nada espectacular ¿como había creído que un chico tan atractivo como Niko le podría hacer caso?. Soltó una amarga risa que le hizo soltar un par de lágrimas más. Se levanto de su asiento cuando la voz femenina le indicaba que era hora de tomar su avión. Apretó la manija de su maleta, tratando de ignorar las ganas de voltear hacía atrás, su corazón ya no resistiría una decepción más.