Enfrentando a la demonio | Privado
Se agachó a la altura del niño, intentando tener así una mayor cercanía con él. Sus palabras la sorprendieron y no para bien. ¿Es que acaso las había visto? Un gesto de algo parecido a la preocupación se tiñó en su rostro. —¿Cuántos años tienes, Aidan?— dijo con voz suave. Pese a que el niño no parecía intuir lo que en verdad habían hecho su madre y ella, quería asegurarse.—Tu madre desfalleció en la calle. Estáis todos aquí porque yo la encontré y pude socorrerla. Aun así, no me parecía conveniente que vosotros tres cenaséis solos, sin noticia alguna de Amma. Creo que os hubieráis preocupado. ¿Qué he hecho mal entonces, pequeño?— continuó con un tono falsamente dulce. Le toqueteó la cabeza para revolverle el pelo. —Tu madre está descansando y recuperándose. No sería recomendable que la molestases. ¿Por qué no juegas con tus hermanos y dejas de fantasear con supuestas brujas y villanas? No soy nada de eso.
Arruga la nariz cuando se le acerca tanto, huele demasiado bien, al igual que el resto del lugar: -Doce. Doce años -responde seco porque sabe que ahora será cuando empiece a tratarlo como a un niño pequeño que no tiene ni idea del mundo. ¡Y para nada! Entonces escucha las palabras de Goldwyn y todo se le cae en redondo-. ¿M-Mamá se desmayó? -preguntó por si había entendido bien la palabra “desfallecer”. Se toquetea uno de los lados de la cabeza con nerviosismo, pensando en cómo su madre podría haber haber acabado así-. ¿Y por qué tenía heridas en la espalda? -dice entonces mientras se intenta arreglar el pelo, aunque lo tiene bastante sucio. Enarca ambas cejas-. No eres una bruja, eres algo peor -susurra.













