El dolor se fue pasando, y en mis dedos, dejĂ© de sentir la sangre fluyendo desde mi costado, empapándome la ropa. El gesto de dolor del monje se convirtiĂł en un gesto de miedo, al verme de pie. Me apartĂ© la capa, arrancándome Ă©sta para tirarla al suelo. Bajo esta, llevaba una inmaculada tĂşnica blanca, que ahora estaba manchada de sangre. Delante de aquĂ©l monje, me bajĂ© el vestido para descubrir mi cuerpo, y al dejarlo caer a mis pies, me pasĂ© la mano por la abundante sangre que habĂa en mi piel… Pero cuando la apartĂ©, vi con asombro como esa sangre habĂa brotado de ninguna parte, porque no habĂa ninguna herida. SentĂ una oleada de satisfacciĂłn, me sentĂ poderosa, me sentĂ inmensa, invencible… Inmortal.   —¡In Hoc Signo Vincis…!   Le gritĂ©, y con mi mano extendida hacia la capa, hice un venite que trajo mi varita hacia mi mano. Él me miraba como si fuera un monstruo, un monstruo desnudo en una santa capilla, con las manos y la piel manchadas de sangre… Me miraba como si me tuviera miedo, y es que me tenĂa miedo.   —¡Avada Kedavra!    Dije, y una luz verde saliĂł de mi varita, deteniendo para siempre el corazĂłn del monje que habĂa querido matarme, y que en un patĂ©tico intento por conservar su inutil vida, alzĂł sus manos cuando me vio blandir aquella varita, la cual dejĂ© caer mientras vi como el monje, con los ojos vueltos hacia arriba y tendido en los escalones, parecĂa mirar a su ĂŤdolo, al cual mirĂ©. Casi me parecĂa que ese Cristo Crucificado tambiĂ©n habĂa girado sus ojos hacia mĂ, como si me estuviera mirando. Y con una sonrisa, desnuda y ensangrentada en aquella capilla, sentĂ mi fuerza más que nunca… Pero en el fondo, lo que me habĂa dicho esa vela, era verdad. La muerte no existe para mĂ. Pero la llevarĂ© allá donde vaya. Por eso es la palabra que más definirá y marcará mi destino.
(Imagen sin censura)












