Cerró sus párpados con exagerada fuerza, llenando su caja toráxica con el aire que le faltaba en los pulmones y haciendo una cuenta regresiva mental, sabiendo que en cualquier momento terminaría explotando la bomba que en su cerebro amenazaba con terminar. -Tic, toc, tic, toc, tic, toc- incluso cuando deseaba apagar su sistema nervioso y dormir por un año entero, despertándose cuando su mente fuera un lugar más pacífico donde vivir, sabía que no podía sumirse en tal tranquilidad ni exiliándose, porque su estrés y su nerviosismo no eran más clara señal de un silencio reprimido. No había llorado lo que debía haber sufrido, no expresaba jamás lo que sentía y se escondía en aquella carcaza buscando librarse de la tristeza, trayendo más dolor consigo. Volvió a respirar hondo, intentando concentrarse en el tacto ajeno que pareció relajarle unos instantes, pero cuando quiso comprender no estaba calmándole, si no que estaba animándola a desahogarse. Poco a poco sintió sus ojos pesados, y se fueron empañando con un calor agobiante que la obligó a abrirlos, batiendo sus pestañas e intentando contener las lágrimas en su lugar. “Aquí..” indicó, llevándose la palma hacia su costado, justo debajo de las costillas tirando hacia la zona de su espalda, estaba segura que bajo el abrigo tendría algún hematoma, pero no importaba. No iba a explicarle que el dolor físico no era su razón de estar así, porque sí por ello fuera tenía un montón de cicatrices que exponer que dolían al rojo vivo y aun así, seguía de pie. Lo que le pesaba era todo lo que había visto aquellos años, y lo que no veía hace tanto tiempo. Apartó la mano de la zona perjudicada y se las llevó al rostro, frotando sus palmas contra sus facciones como si deseara apartar la creciente necesidad de huír, o de llorar, de gritar y patalear, no entendía como diablos había perdido el control de sí misma, pero quería culpar al masculino que tenía en frente y su extraña preocupación con la boricua, nadie se preocupaba por ella, nadie insistía por su bienestar. Elevó sus perlas negras hacia las contrarias y le analizó unos instantes, tenía varias imágenes mentales de Aitor y aún no podía decidir cual de todas ellas era la faceta real, no podía comprender como no lo había apartado aún; pero sus palabras y la paciencia que parecía tener con la latina le dejaban una sensación de confianza que le asustaba. Focalizó sobre las manos propias y ajenas huyendo de la mirada expectante del contrario. “Nadie me hizo daño, ni nadie lo arruinó, simplemente me sentía un poco sola, Aitor. Me siento sola, estoy sola.”
Orbes oscuros posados sobre los rasgos femeninos, la más sincera y pura desesperación tatuada sobre sus facciones y una pregunta, una interrogante presionando en cada recoveco de su cráneo. Entes fantasmagóricos revoloteando a su alrededor, gritándole por algo, por pronunciar alguna palabra que pudiese sacarla de su miseria. Sus músculos permanecían rígidos bajo su piel, tensos, como si repentinamente no tuviese el coraje para acercarse un centímetro más. El nudo en su garganta no demoró mucho en presentarse en las profundidades de su garganta, las ansias de hacer algo al respecto creciendo desde sus entrañas, trazando un camino ascendente que pareció detenerse entre sus costillas, alojando al órgano más vital de su cuerpo. Su mirada capturó la humedad de los ocelos ajenos, el arrepentimiento, el dolor y el sufrimiento que la morena era capaz de transmitir con una simple mirada. Supo que los ojos eran las ventanas al alma al verla tan vulnerable, tan destruida, tan frágil como si fuese el pétalo de una rosa que florece en primavera, brotando en la intemperie, desprovista de cualquier cuidado que prometa su crecimiento, su protección. Dedos encontrándose con los ajenos, la mirada caída y luego ascendiendo, intentando encontrar algún deje de luminosidad en la oscuridad de su rostro. Apagado, opaco, como si cualquier llamarada se hubiese extinguido con ella, un simple suspiro exhalado que no era certificado por nadie. Un grito no escuchado, una petición hacia un dios inexistente, una promesa quebrantada y las alas recortadas. Sabía perfectamente el significado en aquella mirada, la había visto en su hermana menor. El miedo a errar, la ausencia de siquiera querer intentarlo. Su pulgar había comenzado a trazar líneas aleatorias contra el dorso de las manos femeninas, temblorosas ante su tacto y sus caricias. Por una fracción de segundo se preguntó si estaba cruzando el límite, si podía cerciorarse de la existencia de aquella fina línea que separaba una amistad convencional de una confidencialidad secreta, una promesa certera que mantendría escondida en su pecho, siento protegida bajo la seguridad de siete llaves. La voz ajena impactó con fuerzas contra sus oídos. La soledad, maníaca amiga de muchos, el miedo inminente de otros. Sus labios se entreabrieron, mas ninguna palabra salió expulsada de los mismos, viéndose incapaz en soltar alguna palabra de aliento. Se quedó observándola por un momento, como si las miradas furtivas anteriores no hubiesen sido del todo suficientes, y la atrajo a su cuerpo. Dejó que sus brazos rodeasen su menuda figura, que enterrase su rostro en su pecho y que sus cabellos se viesen acariciados por sus propios dedos, desesperados en busca de una salida. “No estás sola, Rae. Me tienes a mí.” No sabía de dónde habían salido esas palabras, pero si bien antes sonaban ridículas y carentes de sentido en lo más profundo de su mente, ahora se exhibían como sinceras, puras y llenas de una preocupación que juró no sentir por nadie más.