ADVERTENCIA: ESTE CUENTO ES ASQUEROSO
José Daigo, mexicano, de ascendencia japonesa, tenía 34 años, estaba casado y tenía dos hijos. Su familia había sido propietaria de un gran negocio que a principios de los noventa se vio en aprietos financieros y tuvo que cerrar sus puertas. Fue un duro golpe para la familia Daigo, pero con todo salieron bien parados, y a base de seguir trabajando lograron recuperar algo de lo perdido y mantuvieron su nivel de vida más o menos estable.
El Sr. Daigo se encontraba en ese entonces de viaje en una convención en Las Vegas, Nevada. Se hospedaba con su esposa y otros compañeros de trabajo en el hotel Wynn. Isabel, su esposa, estaba dormida y él había decidido jugar unos dólares más en la ruleta. Pidió un poco más de whisky con refresco de manzana, nunca le habían gustado los licores en las rocas o simplemente rebajados con agua mineral. Aunque era su tercera copa, le faltaba mucho para estar ebrio.
Eran cerca de las tres de la mañana, o por lo menos esa impresión tenía el Sr. Daigo, ya que en los hoteles de Las Vegas si algo es dificil es saber la hora, a menos que lleves reloj, pero no era el caso y no le importaba tanto como para revisar su teléfono celular. Estaba por terminar su último juego de la noche, no porque no quisiera jugar más, si no porque el dinero que había destinado para jugar ese día, se había terminado.
Sintió ganas de ir al baño, no eran apremiantes, pero pensó que le sentaría bien caminar un poco antes de regresar a su habitación. Decidió usar los baños más lejanos y empezó a dar un pequeño recorrido por el casino, mientras caminaba con tranquilidad, observaba a la gente y pensaba en lo diferente que debían de lucir todos ellos a la luz del día, realizando actividades normales.
Fuera de lo interesantes que pudieran ser sus pensamiento, no vió nada más que valiera mucho la pena. Alfombras de mal gusto, candelabros ostentosos, meseras guapas, pero con cara triste. Viejos y viejas jugando en las máquinas de jackpot electrónicas y un latino de mediana edad limpiando la alfombra donde algún borrachín descuidado había derramado su bebida.
Casi sin darse cuenta, llegó al baño. Entró. La luz le pareció un poco extraña, tenía un tono verdoso y se veía falsa, aunque suene difícil de explicar esa era la sensación que daba. Además de la luz, todas las demás cosas parecían estar en su lugar, o eso pensaba el Sr. Daigo hasta que se extrañó por la cantidad de hombres que había dentro. El baño estaba abarrotado, había algunas personas haciendo fila para usar los mingitorios. Decidió no darle importancia y pensar que sería sólo una casualidad,
Su teléfono vibró en su bolsillo, con insistencia, y no dejaba de vibrar,Daigo se preguntó quién podría ser a esa hora. Lo sacó de su bolsillo y vio cuatro llamadas perdidas de su mujer y un mensaje “José sube rápido, algo se metió al cuarto, pensé que eras tu pero cuando prendí la luz no había nadie, por favor apurate, tengo miedo.” De pronto sus ganas de orinar se volvieron insoportables como siempre sucede en el peor de los momentos, quería regresar de inmediato a su habitación a comprobar que su esposa estuviera bien, pero sabía que si no usaba el baño en ese instante iba a tener un accidente a medio camino. Ningún mingitorio estaba libre, buscó en las cabinas de excusados y todas estaban cerradas excepto una, la última.
Entró, cerró la puerta tras de sí desesperado y observó rapidamente el mueble que se postraba ante el. Estaba repleto hasta el top de heces fecales, despedía un olor nauseabundo. Sintió una arcada que surgía de su caja torácica, pero la necesidad era apremiante y tuvo que obligarse a hacer lo que tenía que hacer. Mientras se liberaba del exceso de líquidos, se dió cuenta de que se estaba salpicando con ese lodo humano y pestilente que se encontraba ante el. Otra arcada empujo remolinos de comida a medio masticar hasta su garganta, acompañada de un sonido gutural. Se contuvo en el último instante. Lo último que quería era vomitar encima de esa pila de porquería.
Se abrochó el pantalón decidido a salir de ahí lo antes posible y poner una queja en la administración del hotel, pero no se pudo mover. Se quedó parado, como en trance, no tenía control sobre sí. Trataba de pensar pero le era imposible, trataba de no pensar y le era también imposible. Veía todo, pero no entendía nada. Con lentitud comenzó a mover una pierna, y sin chistar, como si fuera lo más natural del mundo, la metió al inodoro. Sintió esa succión que todos sentimos de niños al jugar en los charcos de lodo.
Los sólidos y los líquidos que se mezclaban alrededor de su pierna y lo salpicaban todo, el suelo se encharcaba y los jugos vomitivos escurrían hacia afuera de la cabina. El Sr. Daigo, con sus manos en forma de cuenco, comenzó a tomar la porquería para después untarla en todo su cuerpo. Podría sentir como el potaje tibio escurría entre sus dedos. Sintió venir otra arcada.
Esta vez vomitó. Su vómito se mezclaba con el lodo pestilente, el olor del whisky, el refresco de manzana y los nachos que había comido antes se desaparecía en instantes, engullido por los vapores invisibles llenos de gases corporales. Sus manos parecían no darse cuenta de esto y seguían untando todo lo que podían en su cara, dentro de las orejas, en la nariz. Sentía como esa sustancia resbalaba del cuello al interior de su camisa. Otra arcada, más vómito, esta vez sintió como le escocía el interior de su nariz.
Durante cerca de cinco minutos esto continuó. Las demás personas que estaban dentro del baño parecían no darse cuenta de nada. Nadie se acercaba a brindar ayuda, ni preguntar si estaba todo bien. No debía de ser muy raro que alguien vomitara en el baño de un casino, aún así no habían reacciones de los demás.
De pronto el Sr. Daigo estaba parado frente al espejo de los lavamanos. El baño estaba vacío, oscuro y solo. La única luz que iluminaba ese espacio venía de una lámpara de emergencia, era tenue y rojiza pero dejaba al Sr. Daigo ver su ropa manchada, su cara escurriendo de porquería, su pelo despeinado y el contorno de su boca con restos de comida y de desecho.
A lo lejos escuchó una risa, una risa de niño. Provenía del fondo del baño, volteó la mirada asustado pero sus ojos no alcanzaban a ver nada. Escuchó la risa de nuevo, esta vez mezclada con unos pasos diminutos muy rápidos, y de nuevo la risa, un poco más cerca. Daigo estaba paralizado.
Una figura se comenzó a dibujar, bañándose con la luz de emergencia. El cuerpo era el de un niño vestido con un trajecito, como de primera comunión, pero su rostro no era el de un niño, ni siquiera se podría decir que fuera un rostro, no tenía forma, y si la tenía era imposible de describir. Era como si el rostro fuera sólo una mirada, perversa y oscura, burlona y paralizante.
Armándose de valor el Sr. Daigo decidió no quedarse a averiguar quién o qué era lo que se reía de su cuerpo sucio y hediondo. Hizo amago de toda su fuerza de voluntad y echó a correr despavorido, gritando como nunca había gritado en su vida. Empujó la puerta del baño y salió despedido al pasillo del casino, donde tropezó y cayó golpeándose la cara con el suelo.
Un empleado del hotel se apresuró a ayudarlo, lo puso de pie y preguntó si se encontraba bien, el Sr. Daigo dijo que no sabía mientras se alejaba desconcertado de la amable persona que acababa de ayudarlo. Se miró la ropa, no estaba sucia, no olía mal, su peinado seguía intacto y su rostro no tenía ni rastro de vómito ni nada más. Con la cara dolorida y sin saber qué hacer, decidió regresar a su habitación con su esposa y dormir al calor de su cuerpo. Sentía que algo no andaba bien, pero no sabía que era. No recordaba las llamadas ni el mensaje de Isabel.
Subió a su habitación, deslizó la llave pero no funcionaba. Tocó la puerta con los nudillos, primero de manera suave, no tuvo respuesta. Tocó con un poco mas de fuerza. Nada. Insistió una tercera vez. ”Who is it?” escuchó que preguntaban desde adentro, al instante entreabrió la puerta una mujer rubia, confundida, despeinada, sus ojos llenos de lagañas y el maquillaje que seguramente usó correctamente durante la noche, ahora estaba en lugares de su rostro donde no tenía porqué estar. Esa mujer no era su esposa.
El Sr. Daigo confundido balbuceó una disculpa y bajo apresurado a la recepción a preguntar qué era lo que estaba pasando con su habitación y por qué había una mujer extraña dentro de ella. La mujer que lo atendía parecía escandalizada y empezó a teclear rápidamente en su computadora al escuchar el nombre Daigo. Después levantó el auricular de su teléfono y susurró unas palabras en inglés que el Sr. Daigo no comprendió.
Al poco tiempo se acercaron dos guardias de seguridad que le pidieron al Sr. Daigo que los acompañara. Él sin saber qué hacer ni que pasaba, comenzó a seguirlos. Pasaron a una oficina pequeña a la que se llegaba por un pasillo angosto escondido de la vista del público en general. Dentro, los esperaba un hombre de unos cuarenta años que saludó cordialmente al Sr. Daigo y le pidió que se sentara, no parecía tener tiempo para perderlo hablando de cosas sin importancia.
“Sr. Daigo” dijo el hombre con un tono de voz muy serio en un inglés impecable. “Necesitamos saber qué fue lo que sucedió con usted y con su esposa. La administración del hotel está muy preocupada y no le puedo decir que no hemos tenido problemas con la policía y los medios.” Daigo le contestó que no sabía de qué hablaba, le explicó que hace sólo unos minutos había estado jugando en el casino y que su esposa debería de estar dormida en la habitación, le contó también acerca de la mujer que usurpaba su cuarto y volvió a insistir en su desconocimiento de todo lo que el hombre le estaba diciendo.
“Sr. Daigo, el grupo con el que venía tuvo que regresar a México hace casi dos semanas, la organizadora se quedó todavía unos días más tratando de averiguar qué había pasado con ustedes pero no logró encontrar nada. El hotel está metido en aprietos por su desaparición. Necesito que me diga la verdad antes de contactar con la policía, créame que tenemos la mejor disposición de arreglar las cosas de manera discreta.”
Daigo no sabía qué decir, no entendía nada, todo daba vueltas en su cabeza. Se apretó la sien con una mano y cerró los ojos tratando de aclarar sus pensamientos. Respiro hondo y exhaló por la boca, un aroma nauseabundo entró por su nariz, llenó sus pulmones y dejó un regusto a descomposición pegado a su lengua. Cuando abrió los ojos,el baño estaba vacío, a oscuras, la única luz que apenas bañaba el cuerpo empapado en porquería del Sr. Daigo no le permitía ver más allá de unos cuantos metros y justo del punto más olvidado por la luz, salió un sonido. Una risita, seguida de unos pasos diminutos. Esta vez no podía escapar.