respondiendo al anon que hizo esta pregunta. Se me había pasado los días y había olvidado que debía la segunda parte!!
Mikel en efecto, al nunca ser un país independiente como tal, tenía mucho más tiempo libre que digamos, Antonio, que era el jefe de todo(s). La cultura vasca es casi enteramente rural — osea, sus élites eran por lo regular más pro-castellanas que otra cosa y el corazón e identidad de su existencia residía más en el pueblo — Era una zona pobre entre comillas, por lo que Mikel no tenía grandes responsabilidades que lo mantuvieran entre su élite en todo momento.
La personalidad de Mikel también ayudaba a que mantuviese este tipo de relaciones: Es un muchacho bastante callado, no suele hablar mucho de sí mismo o lo que piensa, o siente. No teme en decir que no te metas en lo que no te importa tampoco, así que no era porque fuese tímido, simplemente, es alguien bastante privado y ensimismado en su propia existencia y sus problemas de identidad que ya hemos tocado también. Recordemos además, que Mikel tiene un problema grave con separar su identidad personal de la de su padre y la idea de que es un “tipo especial” dentro de los mismos aeterni, donde su sangre y su deber a su "raza" a veces sobrepasa cualquier deseo egoísta o anhelo personal que llegue a tener (por eso nunca se deja llevar por más que sienta atracción por Fátima).
Pero seamos sincerxs; sigue siendo un VARÓN. Un hombre. Quizás no sea el más cachondo de la península para qué nos engañamos, pero tampoco es que esté muerto por dentro. En algún punto debió 'desquitarse' o sacarse las ganas como cualquier otro, pero a diferencia de digamos, su hermano Aizo/Navarra que tiene una vida social mucho más rica y muchísimos menos prejuicios sobre qué significa ser "el último aeterni vasco"; Mikel no tenía forma de simplemente relacionarse con otra aeternus de igual a igual, lo más cercano que tuvo canónicamente fue con Naiara/La Rioja, y aún eso estaba muy fokin raro porque era la ex de su hermano y ya había problemillas familiares por ahí de que Aizo creía que el problema de identidad de Mikel lo llevaba a extremos de querer tener o ser todo lo que él tenía/era.... *chaps lips*
Pero no nos desviemos. Resumiendo, Mikel no tenía otras 'salidas' a sus necesidades querendonas con otras aeterni porque era un elitista de mierda y encima medio asocial. Así que la única opción que nos queda es pensar que Mikel mantendría relaciones con mujeres vascas humanas, así mataba dos pájaros de un tiro: Se sacaba las ganas, y no traicionaba 'su deber' como aeternus vasco.
Pero pese a ser lo que es (un prejuicioso que se cree mejor que todos, pero vamos... Como media España), Mikel es y siempre será un hombre extremadamente emocional, hogareño y familiar. Y sobre todo, un buen hombre de sentimientos nobles y que respeta a las mujeres por sobre todo (excepto ese lapsus que le dió en los 70s contra Fátima lmfao LET'S PRETEND WE DON'T SEE IT) — Así que no se buscaba mujerzuelas ni nada de eso. Y tampoco arruinaría la reputación de buenas doncellas llevándolas a la cama a sabiendas que jamás podría ofrecerles más que su atención erótica/sexual esporádica. Jamás podría casarse con ellas ni tampoco darles hijos o formar un hogar juntos.
Así que, siendo el hombre recto que es, se iba por la opción que menos dolor creara a los involucrados. En España, y en Europa en general, las madres solteras eran mujeres 'desechadas', no eran bien vistas y siempre se les descartó del mercado marital. Independientemente de las razones que las hayan llevado a serlo: 'Darse' por amor antes de casarse, abandono marital, incluso la v-palabra, estas mujeres eran constantemente señaladas y excluidas socialmente, repudiadas y vilipendiadas. No tendrían muchas salidas laborales para mantener a sus hijos y tanto ella como ellos estaban condenados a una vida llena de dificultades económicas y materiales.
Si Mikel, sabiendo que las iba a 'utilizar' hasta cierto punto, se iba a meter con alguna mujer, lo mínimo que podía hacer era no intentar arruinarles la vida, y si se podía, incluso mejorarla. Las madres solteras eran pues, el prototipo perfecto de mujer para un aeternus que sólo busca una relación carnal o sentimental pasajera. Cualquier cosa que él hiciera por ella, salvo el matrimonio, sería infinitamente mejor de lo que esa mujer podía aspirar de no hacerlo. Y aunque suene medio manipulador, en realidad todas las mujeres sabían a lo que se metían, porque Mikel antes que vasco es sincero y muy bruto al hablar, así que no esperes grandes gestos románticos en un comienzo para enamorarlas. Las relaciones antes solían ser muchísimo más transaccionales de lo que nosotros podemos entender; una madre soltera no vería con malos ojos que un joven, que no nos mintamos, encima es guapo, de buen estatus económico y socialmente acomodado les diera la atención y el cariño que la sociedad les negará por el resto de sus vidas — Y sobre todo, ¡Que les diera un futuro mejor que el suyo a sus hijos!
Y es que encima, de todos los aeterni posibles, Mikel pudiera ser el mejorcito al respecto, porque muchos aeterni simplemente duermen con mujeres y listo; algunos pudieran mantener algún tipo de relación, pero inevitablemente cuando el tiempo hiciera de las suyas, pudiera ser muy común que el aeterni se retirara y buscara una nueva más 'acorde a su edad' por decirlo de manera bonita. Seguro habría algunos que mantenían más de una relación al mismo tiempo.
No así Mikel, él se encargaba personalmente de cuidar y proveer económicamente de la mujer con la que él había decidido empezar una relación. Seguro hubo alguna mujer que sintió extraña la relación ya que no eran pareja oficial; y no duraba, y otras simplemente aceptaban lo que había y listo y durarían décadas juntos — No creo sinceramente que alguien tan emocional como Mikel le diese por importar si sus amantes empezaban a tener arrugas o algo, no te mentiré LOL, probablemente decidía marcharse sólo cuando la mujer ya no podía o no quería seguir o si el peso de una relación con un ser como él empezaba a pesarle (debieron haber muchas que eran las que terminaban con él por simple pudor o vergüenza, de ellas envejecer y él seguir igual que el día que se conocieron).
Como era un hombre bastante honrado, su apoyo económico no acabaría con la relación física o sexual; es decir, mantenía a las mujeres con las que tuvo una relación hasta el final de sus días. Incluso si ya tenía otra, asegurando una vida digna hasta que la efímera expirara — Les devolvía el favor que ellas le habían hecho por tanto tiempo, y lo más gracioso es que ¡Era fiel! Si tenía una pareja, no solía buscarse una nueva o algo, cosa impensable para la mayoría de varones pero que para él era lo correcto. Su padre era un hombre extremadamente fiel también, y su esposa (la madre de Mikel pues) era también mayor que él. Así que era un partidazo, vamos.
Y lo mejor es que si bien no daba el apellido por obvias razones, Mikel se encargaba de sacar adelante a los hijos de la mujer, dándoles los medios económicos o sociales para hacerse de algún oficio que los ayudaría a mantenerse el resto de su vida por ejemplo. Pero evitaría a toda costa mantener una relación cercana más allá de la relación Madre-Hijo inmediata, osea, no se metería más en la vida del hijo adulto después de la muerte de su madre por ejemplo. No le interesaba y sabía que era lo mejor no entablar relación familiar con los descendientes, y evitarse así enredos y cuestiones raras variopintas...
De hecho he escrito también un fragmento al respecto! porque es un tema que me apasiona bastante. Esta cara de Mikel es una forma muy particular y única de entender las relaciones humano-aeterni ya que no creo que sea algo que suceda del todo con ningún otro aeternus! Es algo largo, pero bueno 😙 las TRES personas que siempre me leen se que les encantará porque Mikel es de sus personajes favoritos.
Abril, 1859
Palacete de Mikel Zaitegui.
Ha pasado más del medio día. El señor de la casa se encuentra enterrado en su infinito papeleo hacinado en su despacho personal. Mikel Zaitegui lee desinteresadamente los diversos reportes que su amiga y asistente Garaine, la aeternus de Álava, suele mandar cada viernes sin excepción.
En los últimos días ha retrasado la lectura de sendos papeles para darse un paseo por las callezuelas de la tranquila ciudad donde reside, paseos que lo alejen del estrés y lo haga descansar de su pseudo-retiro al cual la última guerra que asoló al país lo ha obligado a tomar. A España le va mal, eso no es poco común; pero a él, a él la suerte le empieza a sonreír con cada nueva zona que se desarrolla industrialmente en su país.
Sí, ahora entiende a Fátima. Ser cada día más rico trae consigo también cada vez más papeleo y más responsabilidades que debe atender. Pero nada, ni siquiera los largos paseos, le puede sacar de encima el estrés como ver los ojos verdes de su amante, Clara.
No es amor. Mikel sabe lo que el amor se siente, ese dolor como una punzada en el pecho que no te deja respirar. El famoso maiteminduta: Estar herido de amor. Pero no, Clara no levanta en él esos sentimientos tan desgarradores en él, porque esos ya estaban reservados para otra persona en sus pensamientos que le generan un rechazo automático, el dolor es insoportable. Pero no así Clara, ella le hace sentir bien. La belleza clásica de la mujer le levanta los ánimos y lo hace sonreír cuando las tardes de trabajo lo asfixian. En el rostro de Clara, Mikel puede cada noche encontrar una nueva razón para admirarla. Pareciera tener un patrón, que a veces le gusta añadir o quitar nuevas cosas que le encantan de cada nueva amante, aunque siempre parece buscar inconscientemente una base, un molde del cual partir, y que sólo se deja hechizar de manera inconsciente. Ojos radiantes, sonrisas amplias con hoyuelos y el cabello largo y oscuro, lunares, o pecas; Mikel siempre encuentra preferencia en ese tipo de chicas por algún motivo. Clara llena ese molde e incluso lo rebasa, para él la joven es digna de muchos cuadros costumbristas de pintores con exquisitos gustos donde se enaltece la nobleza y sencillez del pueblo vasco; cuadros de esos que se llevan tanto hoy. Clara es lo mejor que podía ofrecer su pueblo.
La muchacha es de clase baja, hija de un labrador con la hija de un pescador de los pueblos allende al mar. En sus comienzos en la ciudad, había llegado además siendo iletrada. Joven e ingenua, la joven había yacido con el señorito de una de las casonas de Getxo localidad donde también Mikel tenía propiedades. El señorito la había puesto en cinta de un hijo fuera del matrimonio, y la madre del mismo había tirado a Clara a la calle con sus pocas ropas y su nieto dentro del vientre sin importarle nada — Pero nada de este triste pasado borra a ojos de Mikel, la belleza, y la nobleza de la mujer; que la conoció justamente por ayudarla a ponerse en pie por la calle ese día. Destrozada y avergonzada, Clara le agradeció su apoyo en esa ocasión. Y él la acogió en su casa y le dio trabajo en su casona. Con el tiempo, y como era lo común con la mayoría de su servicio; Mikel incluso le había ayudado a aprender a leer en castellano y así tener mejores oportunidades para ella y el niño. Hasta que, con el tiempo, indudablemente las atenciones de Mikel hacia ella empezaron a hacerle ruido a la joven futura madre. Un tiempo prudente alejados, él en Bilbao y ella en Getxo; físicamente ausentes pero comunicados a través de emotivas cartas personales llenas de buenos deseos y conversaciones interesantes escritas en una letra insegura, fueron suficiente para que un día Mikel decidiera buscarla de nuevo, allí en su pueblo, esta vez no con una oferta de empleo de nuevo, sino con algo mucho más personal. Una invitación que escandalizó a la joven y sus padres en ese momento pero que, la belleza del muchacho frente a ella y la oportunidad de darle un mejor futuro a su hijo convirtieron las dudas en contemplación, y la contemplación en decisión.
Clara sabe perfectamente lo que Mikel busca cuando la visita, él se encargó de hacérselo saber desde el comienzo. No había sido la única en su vida, normal para Clara si se lo planteaba desde el punto de vista de él; un hombre con tantos años de vida no podría jamás pertenecerle a una mujer que sólo duraría lo que para él era un suspiro. Todas sus mujeres anteriores habían seguido una línea de pensamiento similar. Pero las ventajas siempre rebasaban los contras. Sabe que todas han sido hermosas, lo que la hace sentirse especial. Sabe que esto sólo es un pie de página en la vida del inmortal, y aún así cada vez que está cerca de él, puede sentir cómo su corazón se acelera ante la presencia de la encarnación de su nación. Un arbaso como se dice en Euskera. Mikel es un arbaso para todos los vascos; y aun así, Clara puede decir que es sólo suyo a la noche, cuando el mundo se limitaba a la habitación del aeternus.
Clara también puede decir, que quiere a su país más que cualquier patriota. No hay en su aclamación patriotismo alguno, sólo dos seres que se entienden más como amantes entre sábanas y velones,que cómo un inmortal nacional y una humano podrían.
Pero esa tarde, ahí mientras Mikel piensa y planea la siguiente visita que debe hacer a Clara y a su hijo; un viejo rostro familiar decidió tocar la campanilla del palacete y recordarle la fina pero impenetrable línea entre él y los de su gens, y los humanos.
— Pase usted, don Miguel — Saludó José, el leal mayordomo de Mikel; al joven al otro lado de la puerta y que aún tenía su mano sobre el dintel grabado. Miguel era un joven de unos veintiséis años, aunque su rostro lo hacía lucir más joven.
La puerta se abre. Miguel avanza por el largo pasillo lleno de cuadros y reliquias históricas que le recuerdan a quién va a visitar. El joven se encuentra encogido, abrumado por el patrimonio que Mikel ha construido a lo largo de tantos siglos. El paciente José lo guía hasta la puerta de madera gruesa al final del pasillo. Toca dos veces para hacerle notar su presencia al señor de la casa mientras Miguel se peina un poco sus cabellos rebeldes de la frente y se abraza al portafolio que carga en sus manos con nervios.
— Tranquilo — le dice José — El señor Zaitegui está de buen humor, y seguramente estará muy feliz de verle, joven.
Miguel sonríe ligeramente, y siente su cuerpo desentumecerse, al otro lado de la puerta, la voz de Mikel le trae recuerdos de un pasado lejano. "Adelante" ordena el aeternus y José abre la puerta, dándole el pase al joven al cual anuncia con grata felicidad escondida bajo el bigote.
— Mi señor, el joven Miguel Ibarra.
Si Mikel se encontraba educadamente distraído, el anuncio de su mayordomo le toma por entera sorpresa. Al levantar el rostro, Mikel cree que se encontraría con el rostro prepubescente del joven que recordaba, pero en su lugar un joven alto y fibroso de cabellos pajizos lo saluda con el mismo asombro que él.
— ¡Miguel!
— ¡Señor... Miguel! — Ambos se saludan como viejos amigos. Mikel se pone de pie y camina hacia el joven con los brazos extendidos, el mayordomo se siente feliz de ver el reencuentro y los deja solos cerrando la puerta detrás de Miguel. Un abrazo fraternal entre ambos es suficiente, aunque el más joven prefiere un cordial saludo de manos que Mikel no le niega.
— Qué bueno es verte, ¿Cómo has estado? Mírate. Estás enorme. — La sonrisa en el rostro de Mikel es innegable. Frente a él estaba el último de sus ahijados antes de Gabriel, el hijo de Clara.
— Se siente que han pasado muchos años, y usted sigue igual.
— Ya sabes, es lo que hay... Siempre me veré así, hasta el día que mueras — Mikel descarta de manera jocosa y algo mordaz, el asombro típico de humano de su hijastro, y le muestra la silla frente a su escritorio para que tome asiento. El joven asiente, conociendo el humor seco que siempre cargaba consigo el perenne.
— ¿A qué se debe la visita, pues? Ya debes tener unos.... Veintiocho años?
— Veintiseis — corrige Miguel.
— Todo un adulto ya, tienes prácticamente casi mi edad. Debes tener esposa e hijos ya ¿Me equivoco?
— Tengo una esposa, y estamos esperando nuestro primer hijo. Sí.
Mikel asiente, grato. Con una sonrisa orgullosa en su rostro cual padre. Pero ésta pronto se desdibuja y desbarata tras las siguientes palabras que escucha de su antiguo hijastro.
— Se que no es lo común pero… Me gustaría… Bueno, qué está invitado al bautizo del pequeño, yo mismo le entregaría su invitación cuando el mismo suceda. Pensamos llamarle Miguel, claro. Como mi madre me ha bautizado a mí en su honor, y ahora yo con mi primer hijo pues...
Mikel hace una mueca indefinida y niega ligeramente. Habla con la suavidad de un padre a su hijo.
— Sabes que no puedo hacer eso. Yo no puedo entablar una relación de ninguna forma con los hijos, o cualquier descendencia, de mis antiguos hijastros. Sin excepción.
— Sí, lo sé... — Miguel no puede ocultar la desilusión un poco, ¿Esperaba una respuesta distinta, quizás? No siempre se siente bien ser recordado como uno más del montón, por más especial que Miguel sintiera el vínculo, lo suficiente como para obtener ese beneplácito del arbaso, Mikel parecía no compartirlo de la misma manera que él.
— Pero bueno, no te preocupes más por eso ¡Veo que te está yendo bien!
— Gracias a su apoyo, Don Miguel. Todo gracias a su apoyo y atención a mi madre, he podido salir adelante. Ahora soy un contable, y tengo un empleo en una tienda de telas y retazos de unos catalanes, me va muy bien, la verdad. Pero me temo que no he venido ni a lo del bautizo, ni a hablar de mi trabajo.
Mikel ladea su cabeza ligeramente.
— Es mi madre.
— ¿María?
— Ha pasado a mejor vida, señor Miguel.
El silencio se apodera del despacho. Mikel se desembaraza de la pluma que llevaba en la mano y hace a un lado la agenda donde había anotado esta mañana la cita que tenía con Clara. Tacha incluso de manera nerviosa la anotación; y sin dejar que Miguel viese lo escrito en el cuaderno. Sus brazos caen como pesas a cada lado de la silla, y el aeternus se deja caer sobre el respaldo de cuero. La noticia le sienta como una losa a la cabeza. El joven contable mira al suelo, al portafolio que dejó junto a la suya y recuerda por lo que ha venido. Hay tristeza, la feliz noticia de la familia creciendo es pronto puesta a un lado para dar paso a la melancolía compartida.
— ¿Qué le ha pasado?
— Una infección pulmonar. Fue un invierno duro en el pueblo, y bueno... Ya tenía cierta edad.
— Sesenta y cuatro, si no me equivoco.
— Sí — se jacta Miguel al verlo recordar la edad de su madre tan perfectamente.
— Hacía tiempo no la visitaba en persona, creo que la vi por última vez en 1845, pocos años después que terminara la guerra foral...
— Yo tenía doce años entonces, su última visita dejó muy triste a mi madre, se arrepintió mucho de pedirle que se fuera… Pero cada mes cuando el mayordomo suyo, don José; traía la pensión a casa, mi madre se desvivía en halagos a su persona y siempre me dijo que aspirara a ser un hombre de palabra como usted. Y años después, cuando mandé esa carta para que usted me ayudara con los gastos de mi educación universitaria... Yo esperaba que fuera rechazada ¿Sabe? habían pasado tantos años y usted... Yo creía que ya había conseguido alguna nueva concubina y se había olvidado de nosotros. Mi madre no era la más joven cuando me tuvo, y ella siempre pensó que por eso mismo, usted nos dejaría de dar atenciones por alguien más joven eventualmente.Nunca eran buenas noticias saber cuando un ser querido moría, pero para Mikel, que aquello debía ser cosa de otro jueves más; en realidad había algo más íntimo que pesaba en su alma cuando perdía a una mujer con la que había compartido tanto.
— Usted fue el gran amor de su vida — recalca Miguel. Mikel solo observa hacia la cita que había tachado en su agenda. Se había permitido demasiado soñar con Clara y debe ahora bajar a la realidad de sus amantes una vez más. El rostro acongojado de Miguel le recuerda la triste realidad de sus relaciones con estas mujeres.
— Incluso en sus últimos meses, no paraba de halagarlo. Cada comida que me hacía a mí o a mi esposa nos decía que era posible gracias a la pensión que le llegaba religiosamente cada mes. sorpresivamente, incluso cuando usted estaba fuera de Vizcaya seguía teniendo un ingreso, Gracias. Don Miguel — Si bien el hijo parece calmado al recordar a su amada madre, hay un poco de reproche infantil escondido entre sus palabras y la forma de narrar que Mikel puede descifrar.
— Fue una gran mujer, sin duda. María Ibarra, siempre la recordaré.
Pero Miguel siente que Mikel miente. Así que no duda en preguntarle por qué, esperando ver en el arbaso un rastro de esa melancolía de los menos poderosos, esos que conocen a la muerte eventualmente, esos como él y su madre María.
Mikel simplemente asiente..
— La recordaré. Lo creas… O no. Siento si no es lo que esperabas escuchar.
— No crea que estoy molesto con usted, todo lo contrario Don Miguel. Estoy agradecido, al final, ella me contó lo que sucedió cuando vosotros dos os conocisteis. El cómo usted la salvó de la vergüenza después de la relación no consensuada con ese hombre, y cómo fue que gracias a que usted la paró de hacer lo innombrable de ahogarse en el mar ese día, yo pude llegar a este mundo. La historia de cómo llevo su nombre y no el de mi padre. Estoy en deuda con usted.
— Hay cosas que nunca se olvidan, por más que miles de otras cosas más sucedan. María fue una amante más, pero llevaré conmigo su cariño por cuanto Dios me preste vida.
— Gracias.
— Pero mi relación fue con ella, olvida cualquier tipo de deuda que sientas hacia mí. Vive tu vida en paz, y olvídame.
Sabiendo que era posiblemente, lo máximo que obtendría de Mikel. El joven asiente, aceptando de manera madura la reacción del hombre frente a él.
— Es por eso que he venido. Mi madre me enseñó a ser honrado y buscar siempre ser como usted, Don Miguel. Por eso mismo... Me gustaría que recibiera esto.
Del maletín de cuero oscuro, Miguel saca un papel alargado y un trozo de tela. Con parsimonia, lo pone sobre el escritorio de Mikel, que los coge con cuidado. Reconoce el paño a la perfección, hay un bordado en hilo rojo con su nombre escrito. Un pequeño recordatorio de un pasado lejano, donde María había grabado un pañuelo con su nombre y el de ella antes de la partida de Mikel al frente de la lucha por la foralidad. No obstante, el papel, es algo que no esperaba. En realidad, no era una carta de despedida ni ninguna cosa sentimentaloide de esas, al verlo con más detenimiento se da cuenta que lo que Miguel había puesto en su mano era un cheque firmado a puño por la letra del joven.
Mikel, consternado, levanta la vista del mismo y se lo devuelve.
— Acéptelo — le pide el mortal.
— ¿De qué es?
— El total que usted ha pagado por mi educación. Íntegro. Le devuelvo la inversión que ha realizado por mí y mi futuro. He ahorrado todos estos años para poder devolver esto y... Quizás un poco como excusa para verlo una última vez.
Mikel duda. La insistencia del joven es un poco desesperante.
— Se que usted y yo no volveremos a vernos nunca más por su rectitud. Pero no quisiera vivir sintiendo que le debo algo a alguien. Recuerde, ya no soy ese niño en el baserri, soy un hombre de palabra y honrado como usted, y es mi responsabilidad devolver lo que se me ha prestado.
Mikel mira al techo, las palabras del joven le golpean como pequeñas navajas en su corazón lleno de una melancolía incurable donde tantos fantasmas habitan. Lo que no sabe el humano frente a él, es cuan sentimental podía ser en realidad el arbaso. Cada despedida de sus amantes, de los niños que por un breve momento sentía suyos, le desprendían un trozo de él. Amar para Mikel siempre ha dolido.
— ¿Qué tan importante es esto para tí? — cuestiona el aeternus, volviendo a su rostro serio que utiliza cuando se debe sentar a negociar.
— Bastante, me temo.
Mikel lo cavila un segundo. Pero al final, el cheque termina siendo deslizado de nuevo hacia su emisor.
— Lo acepto — dice el perenne, el rostro de Miguel está desconcertado que sus labios digan una cosa y sus manos apunten hacia otra —. Pero te lo doy de vuelta, guárdalo. Sé lo difícil que está la situación económica en el país, y mi experiencia como inmortal me dice, que no va a ir a mejor en mucho tiempo. Guárdalo para la educación del pequeño Miguel.
Los ojos marrones del joven se abren sorprendido.
— Pero...
— Haz caso, tómalo como un último regalo de mi parte. Y los regalos no se pagan ¿O sí? Me gustaría no obstante, atesorar el paño con cariño, si me lo permites.
— Todo suyo, mi madre hubiese querido que así fuera.
Conmovido, Miguel se guarda el cheque de nuevo en su humilde pero aspiracional portafolio y con una promesa de asistir algún día a visitar la tumba de su madre en el pueblo, Mikel cierra el tema triste con joven profesionista y ambos se toman un tiempo para charlar y reírse un rato de las travesuras infantiles a las cuales Miguel solía someter a la pareja de su madre en los tiempos antes de ser separados; un trago de miel antes de la inminente despedida.
Decir adiós a su padrastro por última vez es desgarrador: Un abrazo en la puerta frontal que se extiende por más de lo protocolariamente requerido, y unas lágrimas disimuladas en los ojos del viejo José presenciando el último encuentro con el pequeño que vio crecer en nombre de su señor es todo lo que aquellos dos vascos pueden permitirse. Y Antes de separarse para siempre, y cruzar la puerta del palacete del señor Zaitegui, aeternus y arbaso de todos los vascos; Miguel susurra en su oído:
— Gracias por todo, aita.
Al abandonar la propiedad, José toma valor de mirar a su jefe, que está observando cómo el niño que había visto crecer era ahora un hombre de ley, yéndose para siempre, caminando por la larga avenida, con su pequeño portafolio en mano y un futuro prometedor, justo como María siempre soñó verlo. Mikel se despide de su hijastro con la mirada, y Miguel sólo puede regalarle un último vistazo rápido antes de dar la vuelta y perderse por la siguiente calle. Va altivo, con la frente en alto.
Mikel se da cuenta de que es observado, y sonríe a su leal empleado, poniendo una mano sobre su hombro.
— Cree que es un niño más de tantos, pero es el único que ha llevado mi nombre alguna vez — dice con evidente orgullo el vasco.
— Todos tenemos algo de especial para usted ¿No?
— Aún me acuerdo de tu tatarabuelo de vez en cuando. Trabajó incansable para mí igual que tú.
— Con eso me dice todo, señor. — sonríe José — Por cierto, ¿Irá esta noche a visitar a Doña Clara?
Mikel se detiene un segundo a pensar. Con la otra mano en su bolsillo sintiendo el pañuelo bordado por María entre sus dedos, niega una vez a su mayordomo.
— No, prefiero quedarme en casa hoy a recordar viejos tiempos.... De hecho, manda a una de las criadas por unas flores y que me disculpe con ella.
— Como ordene, Don Miguel.
Espero haber atendido tu pregunta con total éxito, siempre puedes preguntar más si algo no quedó claro, perdona por utilizarte para divagar y flexear mis escritos JASJA pero bueno, este blog lo utilizo también como mi dumping personal de escritos y de screenshots de cosas que estudio (aunque esos se quedan en privado para mi :P)