Que el hombre tenga que ser moral y que tenga que hacerse cargo de actuar moralmente es una presuposición que se apoya en la idea de que él es capaz de ser moral y de hacerse cargo de actuar moralmente. Según este pensamiento, el hombre tiene en su haber, como algo propio y dependiente únicamente de él –incluso si esto depende también de algo como el inconsciente, se asume que el hombre es responsable por permitir a su inconsciente intervenir donde su conciencia debería ser el único factor–, algo como un poder (potentia) de ser bueno (bonum). Este poder no es la simple libertad, posibilidad de ser bueno pero también de ser malo; este poder presupone la libertad pero es algo más determinadamente orientado hacia una de las posibilidades de la libertad: orientación hacia el bien pero no hacia el mal. Llamemos a esto bonipotencia.
Pero la idea de un hombre bonipotente no puede sino ser una ilusión de un ego soberbio que se tiene en gran estima. Ello traiciona la evidencia, es una ilusión metafísica. El hombre no posee bonipotencia, es impotente a este respecto: no es capaz de siempre tender al bien y ni siquiera de hacerlo las más de las veces. Tampoco sería preciso decir que es malipotente, aún si es cierto que la mayoría de las veces tiende hacia el mal. El hombre es, en cambio, tibio, miserable y mezquino: es moralmente mediocre. “¡No vuestro pecado –vuestra moderación es lo que clama al cielo, vuestra mezquindad hasta en vuestro pecado es lo que clama al cielo!”, dice Zaratustra.
El ego que no se percata de su mediocridad moral y que, en cambio, cree participar de la bonipotencia, de la cual sólo participan los santos, el hombre que considera que puede actuar bien, estar a la altura y poder hacerse responsable de sus acciones es víctima de su ego: como un titán que pretende rebasar sus límites, será abatido por una centella divina, centella divina que está airada porque un mortal ha querido ostentar la gloria divina.
El hombre es incapaz de realizar por sus fuerzas el bien y, en su mediocridad, se precipita en el mal, aun sin tener poder para hacer el mal. Esto, y no otra cosa, es consecuencia del pecado. Que el hombre sea pecador simplemente significa que está lisiado para hacer el bien y devenir santo. La naturaleza humana, pues, está corrompida: no porque sea malipotente sino porque es débil, impotente, incapaz de hacer el bien…su inhabilidad lo lleva a hacer el mal, sus intentos de hacer el bien siempre devienen en mal. Todo lo que hace el hombre es un bien degenerado o flor que degenera en fruto del mal.
Pero, bajo el rigor de la más estricta ley moral, mal es, sí, por ejemplo, matar pero es también no llevar a grado de santidad y caridad toda acción de la vida. Mal es conformarse con el mínimo, en vez de abrazar la radicalidad del bien y la caridad. Mal es todo aquello que no es perfección del bien. No basta con no realizar el mal ni con hacer algún bien: el bien es radical y exige radicalidad hasta en lo más mínimo. Hacer el bien es realizar perfectamente el bien.
Realizar perfectamente el bien sería aquello que el hombre haría si fuera bonipotente. Adviértase, nuevamente, que ser bonipotente no es ser libre para optar hacer el bien sino no ser capaz de no hacer bien, es ser capaz de no hacer sino bien al usar su libertad.
Como dice san Buenaventura: “No podemos elevarnos sobre nosotros mismos sin una fuerza superior”; y así, si el hombre no puede ser bonipotente por sí mismo, sólo Dios puede hacerlo capaz de hacer más bien o, al menos, de reducir el porcentaje de mal que resulta como un epifenómeno de sus intentos de actuar bien.
Mas cuando Dios lo ayudad, no lo hace bonipotente porque el hombre siempre es pecador e incapaz, aun cuando es perdonado por Dios. Dios es el único Santo porque sólo el bonipotente es santo y Dios es el único bonipotente. Decimos que el hombre es santo sólo porque Dios, sin hacerlo bonipotente, lo ha hecho capaz de mayor bien y de producir menor mal con sus buenas acciones. “Santo” no se predica unívocamente de Dios y del hombre.
El hombre voltea a inspeccionar su vida: tras él no hay bien encadenado con mal sino únicamente caos creado por la maldad, por su mediocridad moral. Al ver la suciedad de sus acciones morales, si el hombre tiene puesto su corazón en el deseo del bien, si el hombre quiere ser santo, no puede sino ver que hasta la más noble de sus acciones es inmundicia que no satisface ni aspira a satisfacer la exigencia del bien que ansía su corazón.
Y entonces sólo le queda volverse a Dios rogándole misericordia: “¡Señor, cura mi pecado, cura mi inmundicia! Tú que eres bonipotente, hazme participar, en la medida de lo humanamente posible, de tu bonipotencia; haz que pueda hacer un tanto más de bien, porque yo, por mis propias fuerzas, no puedo hacer nada digno sino que sólo produzco vileza”.
¡Sola gratia, sola gratia, sola gratia!, clama en la desesperación y el asco por su mediocridad. ¡Sólo tu gracia puede salvarme de mi pecado y hacerme santo! Así clama el que sabe que Dios es el Santo y él únicamente miseria de pecado, con voz quebrada y experimentándose como desecho de inmundicia: Misserere mei, Deus. Dele iniquitatem meam. Tibi soli pecavvi et malo coram te feci. Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea. Asperges me hysopo, et mundabor: lavabis me, et super nivem dealbabor.