LAVA BLANCA
Se llega al Creto después de kilómetros en los que es difícil cruzarse con otro vehículo y casi imposible descubrir una vivienda habitada. Más de treinta años después del terremoto es posible distinguir, rodeados por un silencio casi total, pavimentos cerámicas que formaron parte de una vivienda en ruinas, vigas de hormigón con las armaduras retorcidas al aire o puertas que se abren al vacío. Si se visita de noche, el Cretto ofrece una presencia inquietante: sus superficies blancas reflejan tenue pero nítidamente la luz de la luna y se recortan contra la oscuridad absoluta de los alrededores.
La propuesta de Alberto Burri para Gibellina estará vinculada a sus series monocromas de Cretti. Expuesto en Bolonia por primera vez en 1973, son en realidad masas acuosas compuestas en dosificaciones variadas por colas vinílicas y blanco de cinc o caolín, que Burri deja secar en horizontal sobre caballetes bajo un constate control de su evolución y que son examinadas y manipuladas cada día en su proceso de secad, hasta que finalmente termina por cuartearse, se resquebraja. La materia adquiere corporeidad y aparece en ella un paisaje craqueado surcado por multitud de fisuras.
No se trata de una materia nostálgica, que activa la memoria asociando su color y textura con recuerdos. Se propone como abstracta, monocromática, privada totalmente de referentes externos y permanece opaca a cualquier universo ajeno al de sus propios procesos, a algo externo a su sistema de transformación.
Por consiguiente, el artista acepta las formas y configuraciones que no puede prever ni anticipar totalmente y se convierte en un factor aparentemente no central en la obra. Su papel estribara ahora en iniciar procesos, ponerlos en marcha y dejarlos a su curso, controlando su desarrollo pero sin modificar o transformar directamente más que aspectos secundarios.
En este grupo de obras se manifiesta, como en tantas obras y autores contemporáneos, la total independencia de la pintura y, por extensión, de los procedimientos y productos artísticos. En lo Cretti, Burri no ofrece, como una primera mirada podría indicarnos, referencia de los suelos resquebrajados por la sequía y el sol. Incluso en trabajo horizontal, bloquea los medios tradicionales de control visual sobre el resultado. Se subraya así su radical autonomía: su finalidad se agota en sí misma, en el acontecimiento de su producción.
Mientras la obra de Alberto Burri iba centrándose obsesiva y paulatinamente en la materia y sus procesos, una noche del mes de enero de 1968 un terremoto sacudió en valle del rio Belice, que atraviesa el extremo oeste de Sicilia de norte a sur. Murieron más de mil personas y cerca de cien mil perdieron su hogar. Doce poblaciones quedaron totalmente destruidas, entre ellas Gibellina. Situada en una zona empobrecida pero de gran densidad cultural, a mitad de camino entre Segesta y Selinunte, contaba entonces con más de seis mil habitantes. Solo el cementerio quedo en pie.
Al contrario que otros núcleos afectados por la sacudida –Salaparuta, Santa Ninfa o Poggioreale – que decidieron reconstruir desde cero las poblaciones sobre las ruinas de sus casas, la nueva Gibellina se construiría según el modelo de ciudad jardín junto a la vía del tren y una autopista, en una llanura alejada 20 kilómetros de los restos del centro destruido por el sismo.
Alberto Burri propondrá, después de su visita a la población en 1981, un gran Cretto blanco, que se extiende adaptándose suavemente a la topografía del terreno sobre la parte de las ruinas de Gibellina Vecchia, como la brusca solidificación de una masa en estado de fluido. Una superficie ondulada, rejada por hendiduras recorribles que reproducen, en buena parte, el trazado de las calles del centro destruido. Se entreteje así un entramado de recorridos entre los 122 bloques en los que se fractura esta gran colada blanca. Las ruinas, los restos de la demolición, no se eliminan sino que se preservan en el interior de los bloques – cajas construidas con muros laterales de hormigón blanco enconfrado con plástico, y selladas con una capa de hormigón- para así conformar un paisaje arqueológico discontinuo, compuesto por superficies blancas y alabeadas que contienen los restos de los muros, las cubiertas, los objetos personales: las posesiones materiales de una población desaparecida o exiliada, que ha visto trasladar sus hogares a kilómetros de distancia.
A la noción objetiva del tiempo, se superpone un tiempo retrospectivo que bucea en el pasado para así poder vincular la memoria y el lugar toda vez que resulta imposible reconocer en él signos, huellas materiales del habitar. Pero ese trabajo sobre el lugar nada tendrá que ver con las concepciones que la disciplina de la arquitectura está desarrollando contemporáneamente. La propuesta de Burri trata un concepto más complejo y abierto de lugar que se nos presenta como un campo de fuerzas marcado por direcciones y puntos de intensidad en el que la obra se inserta y al que esta debe cuestionar, negándolo o afirmándolo, y en todo caso ha de alcanzar a transformar.
El Cretto no pretenderá combatir el olvido acumulando memoria, mediante una operación nostálgica que desafié el paso del tiempo, que evoque y perpetúe imágenes irrecuperables sino, más bien, construir otra ciudad opuesta a la nueva Gibellina, que condense su identidad y que permita a sus habitantes una relación no traumática con su pasado; capaz de manipulando el tiempo, dotar a la memoria y al lugar de una imagen abstracta, no alusiva, y crear con ella un paisaje artificial de máxima intensidad en este paraje desolado del interior de Sicilia.
Fuente: revista Quaderns numero 28















