Y tengo, tengo constipado el cuerpo,
como las almas que se funden en lamento,
en el paraíso de sus miedos.
Y tengo, crujiendo el corazón,
como un abismo del lamento,
donde burbujean flores en cemento
y madrigales en el desierto.
Y tengo un fuego que quema y arde,
tan volátil como hojas de eucalipto,
y sin embargo sabe
que solo hay un lugar al que pertenece y nace.
Sabes, cuando vi tus labios sobre los míos,
sentí que querían pronunciar un limpio “te amo”,
mientras me embriagaba de mi olor a ti.
Sabes, cuando vi tus manos, supe
que quería agarrarlas con fuerza
para sostener tus miedos y los míos.
Sabes, cuando vi tu cuerpo,
sentí que quería fundirme en un abrazo
donde no existieran los lamentos.
Llámame posesiva,
pero quería que esos labios pronunciaran mi nombre,
que ese corazón latiera con mi existencia,
que tus manos sudaran con mi presencia,
que en tu mente se dibujara mi rostro cada mañana,
y que tu piel ardiera en deseo sobre mi piel.
Pero ahora, lo que arde eres tú,
buscando arte de otro artista,
mirando páginas de un cuaderno pasado.
Ya sé que ardieron con locura,
que te consumaste y te fugaste.
No hace falta mentir:
ella sigue danzando en tu mente.
No hace falta mentir:
aún deseas tocar su vientre,
jalar su cabello de artista,
y escuchar ese lenguaje secreto
que solo te daba ella.
Porque, por desgracia,
mi amor no es suficiente chispa
para quemar los recuerdos
que aún parasitan en tu cabeza.
Deberías dejar de ocultar
cuánto deseas que ella te vea,
tenerla en tus brazos,
aunque tu ego se retuerza.
Y a mí
me miras con una oleada de ternura y culpa
que te calcina,
porque tu corazón decide
soltar el libro que tiene en las manos
por releer antiguos libros del perchero.
Fui poesía viva,
fui el cielo vibrando en la noche,
fui estrellas con reproche.
Sentí alegría…