No sé muy bien por dónde empezar, me tiemblan las manos y el corazón, aunque me encanta decir que no duele hoy por hoy me aprieta el pecho, porque lo que siento contigo no es sencillo ni pequeño. Tal vez por eso duele tanto. Desde hace tiempo he tenido que aprender a vivir contigo en un lugar distinto: no en mi vida diaria, no en mi presente y sabiendo que no serás parte de mi futuro, sino en esa parte suave del corazón donde se guardan las cosas que no se pueden cerrar del todo.
Yo estaba —o intentaba estar— resignada a que ya no existía un “nosotros”. Había aceptado que tu historia y la mía ya no caminaban juntas, aunque mi amor por ti siguiera ahí, silencioso, constante, doliente. Había aprendido a vivir con esa ausencia tuya, a extrañarte sin buscarte, a quererte sin tocarte. Y aunque me pesaba, ya lo llevaba como quien carga algo que no se puede soltar, pero que aprende a acomodar.
Por eso tu mensaje… me movió todo. Me calmó un dolor que había estado conteniendo por tanto tiempo. Hablar contigo esos días, con delicadeza, sin rencores, sin exigir explicaciones ni regresos, me hizo sentir que al menos estábamos en paz. Que todavía éramos importantes, aunque fuera desde lejos. Que, si la vida se ponía dura, tú y yo podíamos reconocernos sin lastimarnos.
Y aun así… la verdad es que no sé quién eres hoy. No sé si tienes a alguien, si tu mundo cambió, si tu corazón está habitado por otra persona. Y desde ese no saber, yo me detuve. No escribí, no insistí, porque no quiero invadir un espacio que quizás ya no me corresponde. Y porque amarte, como te amo yo, también implica soltarte si eso te hace bien.
Me dueles, Jean. Me duele demasiado. A veces parece que la falta de ti se siente como un vacío en el pecho que no se llena con nada. Y aunque camino con una sonrisa, aunque parezca que estoy bien, hay momentos en los que algo se oprime por dentro, como si me faltara una parte que nunca recuperare.
He llorado por ti tantas veces que podría decir que ya veía como parte de mi vida. Pero también es cierto que no sé si amo al Jean que conocí o a un Jean que ya no existe. Lo único que sé es que lo que siento no se apaga. Y que ese amor, aunque me duela, me enseñó que amar también es dejar ir, incluso cuando el corazón quiere quedarse y juro por Dios que el mío quiere quedarse, pero no es lo correcto y eso hace que duela aún más.
Yo no quiero que nos lastimemos más. Mis sentimientos por ti son tan intensos que a veces me asustan. A veces preferiría no sentirlos, pero ahí están: tercos, profundos, vivos. No sé qué tienes que siempre logras remover algo en mí, pero lo cierto es que prefiero saberte bien, aunque sea lejos, antes que tenerte cerca y vernos mal.
Siempre he pensado que no supe amarte como merecías, y eso es una herida que llevo conmigo. No por culpa, sino porque sé que hicimos lo que pudimos con lo que éramos en ese momento.
Hoy, lo único que quiero es paz. Quiero poder respirar sin que el pecho se me cierre. Quiero poder recordarte sin sentir que me falta aire. Quiero poder seguir adelante sabiendo que lo que viví contigo fue real, profundo y valioso… aunque haya terminado.
Y quiero, sobre todo, aprender a sanar este amor que fue tan grande, que todavía ocupa más espacio del que digo y confieso en voz alta.
Ojalá estés bien, de verdad.
Ojalá la vida te esté tratando con cariño porque lo mereces.
Y ojalá puedas recordar todo lo que fuimos sin dolor, porque si eres, aunque sea una parte del Jean que conocí se que debes sentirte igual que yo, aunque tienes un mascara que parece un tempano de hielo.
Yo, por mi parte, sigo aprendiendo a amarte de otra manera: una en la que ya no te abrazo, pero igual te guardo, porque mi verdad es que te amo y aunque ahora duele no me arrepiento de amarte ni un solo instante.
Te dedico esto con cariño, con un proceso de duelo que no comprendo, pero del que espero salir, y con una paz en construcción.
Una amante de las letras y las mariposas que te amara en silencio el resto de su vida.