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Segundos después de haber hablado, se había sentido como una basura. Había dejado que la rabia y la impotencia hablaran por ella, pero es que por sus venas recorrían tantas palabras bañadas en la furia que nunca había dejado salir para mantenerse al margen, que se le hacía casi imposible estallar con la más mínima cosita. No quería hablarle de esa manera al pelinegro, pues él se había abierto un espacio en su corazón muy grande como para tratarlo mal, pero él lo había iniciado. Quería gritar y dejar salir todos esos años de impotencia reflejados en solo lágrimas, reprocharle incluso las cosas por las que se había marchado y con las que él no tenía nada que ver, pero no haría aquello. Sólo se enderezó y se dijo que ya era muy mayorcita como para andar haciendo pataleta por la primera persona que la provocara. Lo miró que dureza reflejada en su mirada, porque no le gustaba cómo la estaba tratando, pero de igual manera, muy en el fondo, ella sabía que se lo merecía. Si hubiera sido un poco menos imbécil y hubiera dejado una nota excusándose o un vídeo conmovedor para que la cogieran tanto contra ella, tal vez se hubiera ahorrado que el corazón le latiera desbocado por su ataque de impotencia, que al final y al cabo había termino por detonar Raymond. Sus palabras le cayeron como un balde de agua fría, porque no tenía idea de que así era como el chico se sentía en realidad. Le conocía lo suficiente para predecir sus palabras y sus acciones, pero eso le había acabado por demostrar que no se debía fiar por sus predicciones iniciales “Yo no te he sacado de mi vida, Raymond. Si te hubiera sacado de mi vida, no te estuviera hablando en primer lugar ¿Qué mierda te hace pensar que te quiero sacar de mi vida?” Y ahí estaba, dejando que la rabia se apoderara de ella una vez más y la hiciera decir malas palabras, por ejemplo. Elle no era de esas que iba maldiciendo todo el tiempo, por lo que se sorprendió hasta ella misma. A pesar de eso, continuó “Y, lo siento mucho, pero yo no estoy en control de hacerte sentir nada. Las cosas que tu sientes con respecto a mi son únicamente tu culpa, porque yo no hago más que ser yo misma cada vez que estoy contigo” Esta vez habló un poco más suave, tratando de relajarse “Te pido disculpas porque es lo menos que puedo hacer por irme sin dar explicaciones ¿O te crees que no me siento mal al respecto?”Continuó, cruzándose de brazos con fastidio “Y ¿sabes otra cosa? Yo…” Pero ahí se tuvo que cortar, porque el pelinegro la estaba abrazando. Frunció el ceño un tanto confundida, tardando en comprender lo que estaba pasando. Reaccionó a los segundos, devolviéndole el abrazo con fuerza. Con sus palabras, se quedó atónita. Aquello le volvía a confirmar que Ray era un ser impredecible y que no lo conocía al final para nada. Era inlegible y no lo comprendía, pero le quería de esa manera “Cállate y abrázame más fuerte ¿quieres?” Casi musitó, dejando que esa faceta molesta cayera por el gesto.
Fuego. Todo lo que percibió en sus ojos fue el fuego, que se inhalaba por ambos cuerpos enfrentados en la batalla más tonta de todas... El cariño que se tenían el uno por el otro. “Eres una tonta”. Explicó sin rodeos, llenándose de su propia rabia que bajaba lentamente por su garganta, como si de veneno se tratase. Ella no lo entendía. No estaba enojado con Elle, estaba enojado consigo mismo por los propios sentimientos, que como ella había recalcado, se habían originado por su culpa y solamente su culpa. Ray, el mujeriego todas mías. El eterno enamorado de Corinne, se sentía distinto. Besó su coronilla con ternura, bajando todas aquellas máscaras que lo convertían en alguien imponente, cuando en realidad no lo era. Esa persona completamente obtusa y llena de contradicciones era solo la fachada del verdadero hombre que se encontraba en sus entrañas. “Eres toda esa distancia que no aleja; la herida que sana; la llamarada que enfría; el recuerdo que no se cansa; el instante que nunca pasa”. Recitó vagamente, ahora acercándose a su oído y dejando que su aliento endulzante la envolviera. Ya ni siquiera le importaba salir herido, que le rechazaran, que se pensara que estaba loco. Que era impredecible. Quiso, por una vez, ser aquel que se arriesgara, y entonces sostuvo la quijada de la castaña entre sus manos, suave, y jamás se había asomado sobre sus zafiros una mirada tan sincera, y dulce. “Hay personas, como tú, que traen el cielo en la mirada, que no saben ni pueden ocultarlo. Y hay idiotas, como yo, que de eso se enamoran”.
Giselle pegó un brinco al escucharlo gritar, pero no estaba sorprendida. Sabía como era él y justamente había estado esperando esta clase de reacción por su parte. No tenía excusa válida que darle, porque él no sabía muchas cosas de ella y no quería entrar en tanto detalle personal, pero aún así, valoraba sus palabras a pesar de que cada te odio le doliese. Le latió rápido el corazón al escuchar que la había extrañado y entreabrió los labios para soltar un ‘yo también’, pero este continuaba hablando. Alzó la mirada y lo encaró, tratando que no se notara lo afectada que estaba con la situación. Si bien la presencia del chico la intimidaba, este no tendría que saberlo. Ya no era el manojo de nervios que antes era cuando estaba a sus alrededores, había crecido de aquello y ahora sabía cómo comportarse frente a él, lo que sí no sabía, era cómo calmarle la rabia que se notaba que estaba teniendo en aquellos momentos “Este programa me estaba volviendo una mala persona, Ray. Contigo no lo era, porque… Pues no lo sé, simplemente no podía serlo, pero con los demás sí. Me estaba perdiendo a mi misma incluso más” Comenzó en un susurro, apretando los labios y con lágrimas acumulándose en sus ojos “No espero nada de ti, si soy honesta, yo…” Suspiró, pasándose los dedos por el pelo de manera desesperada, porque las excusas no le salían en esos momentos “No espero que me perdones ni que me abraces de bienvenida, no espero nada de ti, Ray. Ya no espero nada de nadie hace mucho tiempo” Reanudó, sonando más firme ahora, porque se le había contagiado la rabia “Solamente lo siento ¿vale?”
A pesar de que la voz de la rubia normalmente le tranquilizaba, el azotamiento que recibió por su parte sólo hizo que el pelinegro continuara con sus agresiones, y no precisamente hacia la chica, sino contra sí mismo, empujando a la comprensión y dándole paso a su egoísmo, el cuál le clamaba echarle en cara todos los momentos en que ella no había estado para él. Aunque por el contrario, su conciencia no estaba tranquila por el gran error de no haber salido tras ella, por no haber sabido los sentimientos que él sospechaba la carcomían viva. A pesar de que parecía poca su interacción, o la relación con sus sentimientos, el ojiazul había recibido señales anteriormente de lo que pasaba, intuía como una madre cuando las cosas estaban mal, y por supuesto que sabía que Elle se había hecho daño desde hace tiempo. Eso era lo que se reprochaba a sí mismo. No haber interferido. Quería decirle lo hermosa que era, lo mucho que había querido que no sufriera, pero cayó en cuenta que no era su voz la que esperaba. No pudo abrir los labios después de esa explosión de adrenalina, tenía sentimientos encontrados, sentimientos de los que no podía hablar en ese momento. Decidió que los analizaría después, pues no era momento de declaraciones. “Pues haces mal, porque yo... Lo hubiera dado todo Giselle, pero no tenías derecho de hacerme sentir así. No tenías derecho alguno de mantenerme a raya, de sacarme tan fácilmente de tu vida. Porque yo no he tenido los huevos para sacarte de la mía. ¿Crees que eso es justo?” Negó al mismo nivel que la chica, a quien miraba tan fijamente como los parpadeos que debía mantener le dejaban. “Si el mundo se arreglara con disculpas, los policias no existirían.” Respondió secamente, al tiempo en que la tomaba por los hombros con tanta fuerza, que probablemente dejaría marcas de sus dedos, pero no le importó pues la manera en que la estrujó en sus brazos era precisamente la forma en que se sentía su cariño hacia ella. Torpe, y lleno de trabas, pero sincero y aplastante. “Déjate de estupideces. Eres demasiado hermosa como para aceptarlo, es tu estúpida mente la que no lo procesa, por eso eres incapaz de verte con otros ojos. Yo lo sé todo, no me expliques nada más”.
Aquella voz. Esa que le sería imposible de olvidar, porque el pelinegro había hecho un espacio en su corazón y se había instalado allí para nunca irse. Él era una de esas personas que Elle se temía encontrar sin que estuviera lista para dar explicaciones, no solo porque la intimidaba sino porque él significaba demasiado para ella y, de no dar las explicaciones necesarias, podría hacer enfadar. Los canes se escaparon de sus brazos y comenzaron a juguetear entre ellos de nuevo. Ella se puso en pie y entreabrió los labios para decir algo, pero nada salió. Agachó su mirada a sus pies, nerviosa “¿E-estás molesto conmigo, Ray?” Preguntó antes que nada, porque a él nunca lo descifraba.
“Por supuesto que estoy molesto. ¿Qué clase de pregunta es esa?” Añadió en casi un grito mientras daba el último salto hasta estar frente a frente con la rubia, aunque se podría haber descrito más bien como si a propósito la hubiese acorralado. “Te odio, porque me has hecho extrañarte. Te odio porque te has hecho alguien indispensable en mi vida, y porque me molesta no verte merodeando a mi alrededor con esa estúpida e indescriptiblemente hermosa sonrisa que tienes. Porque me siento impotente cuando no puedo hacer que vuelvas, pero mucho más porque en realidad no te odio en lo absoluto, Giselle Bennet. Y todavía después de eso... Te molestas en regresar, como si yo fuera a llorarte como todos los demás y a alabarte el regreso. ¿Eso es lo que esperas de mí?” Preguntó con los ojos enrojecidos, la espalda tensa y la mandíbula en un punto en el que no querría moverla o colapsaría. Porque eso era justo lo que él moría por hacer. Moría por abrazarla y decirle lo mucho que le había hecho falta, porque lo había mantenido preocupado, porque había tenido ganas todo el tiempo de ir a golpear a alguien, a ella misma por haberlo apartado. “¿Qué tienes que decir en tu defensa?”
Las manos de Giselle estaban temblando, pero estaban bien aferradas a su mochila y la otra a su maleta de ruedas: Volvía estar allí. Y, aunque el corazón le latía con emoción, estaba nerviosa. Se había ido sin dejar explicaciones, pero había otra cosa que le tenía rondando con la cabeza: Aquel sueño que juraba que había tenido, aunque no sabía cuándo, si en el avión ni había dormido. La maleta de ruedas cayó al ver a dos peludos frente a ella “Oh Dios mío, a ustedes fue a los que más extrañé” Dijo ella, corriendo hacía los dos cachorros: Dexter y Conchobar, que jugaban sin sus padres entre ellos. Ya no eran tan cachorros, se dijo ella, pero así los seguía viendo y los vería toda la vida. Ellos serían buena distracción, porque quería apartar el ir a buscar a su hermano y explicarle… Bueno, a él y a todas las personas a las que no les dijo adiós.
El pelinegro rondaba por las afueras del lugar, aburrido de la rutina. Puesto que habían pasado semanas desde que había salido a divertirse. Puso extender su mirada hasta donde una rubia jugueteaba, por supuesto que esa no podría ser otra más que la rubia que iluminaba al mundo. “Ciertamente, estoy muuuy, pero muy ofendido”. Musitó al estar lo suficientemente cerca de ella, con una mueca de irritación, pues ya se sabía que el ojiazul no era bueno para expresar sus sentimientos. “Ellos tienen el lugar que por derecho me corresponder en éste mundo”. Alegó enarcando una ceja hacia los ya no tan cachorros. “¿Quién te crees que eres, Elle Bennet?”
Qué guapo eras eh... @queenbxllamy
Una amplia sonrisa se extendió por los labios de la rubia al momento en que las palabras de la morena llegaron hasta sus oídos. Alzó ambas cejas y apartó la mirada del motor, encarando finalmente a su nueva acompañante. “¿Hay alguien así por aquí? Al principio creí que hablabas de ti, pero con lo de dulce y humilde me confundí un poco.” bromeó apoyando su peso sobre uno de los costados del coche, analizando a la ojiverde de pies a cabeza con esa mirada coqueta y llamativa tan propia de la irlandesa.
“Es sólo para despistar, nadie más maravillosa que yo podría venir a salvarte”. Aludió con un guiño y despojándose de su liga de cabello. Un ademan que solía utilizar para dar a entender que estaba lista para divertirse, por lo que se pasó a un lado de la rubia, cerrando el capo de un tirón y tomando de la mano a la chica. “Mandaremos a alguien para que regrese por él. ¿Quién quieres ser hoy? Podríamos cambiarnos los nombres de nuevo, es divertido cuando los chicos piensan que pueden volver a encontrarnos pero no es así. Incluso podríamos hablar en francés. ¿Recuerdas la vez en que tuvimos que fingir ser lesbianas para que nos dejaran en paz?”. Comentó apresurándola para que se subiera al Ferrari rápidamente, como pasaba con regularidad mientras ahogaba una carcajada.
“¡Maldición! Sabía que no tenía que comprar este inútil pedazo de chatarra.” Un chasqueo con la lengua, acompañado de un fuerte golpe al capó, fueron sus primeras reacciones al percatarse de que, en efecto, no sabía nada de carros ni había sido mecánica en su vida pasada como para poder ahora reparar ese auto inservible. Se giró con desesperación, tratando de idear la manera de poder arreglar el problema. Bastó divisar una silueta no muy lejos de ella, para que se viese en la necesidad de dramatizar un poco más la situación y tratar de salirse con la suya. Se colocó en una pose bastante llamativa sobre el motor y suspiró. “Si tan solo hubiera alguien que pudiera ayudarme.”
“Si tan sólo hubiera alguien...” Masculló imitando el tono de voz de la rubia con una sonrisa burlona, aunque extendió sus brazos de inmediato. “Alguien hermosa, dulce, humilde...” Continuó a medida que sus pasos se acercaban al coche de la chica, dejando atrás su Ferrari por unos momento. “Alguien que sea tu mejor amiga y te lleve de noche de putas. No sé, tú y yo toda la noche, rompiendo algunos corazones. Piénsalo.”
Rachel Montheith.
Kat and Ian on Set (HQ) | October 16, 2014 | x
@corinne-bordeaux
Lo que inicio siendo una rutina que se limitaba sin llamar la atención ni atraer miradas, gracias a la falta de interés que se presentaba en los movimientos de la castaña, terminó siendo suficiente para atraer a la muy curiosa pelirosa. Al ser las únicas en el estudio de baile, terminó enseñándole todos y cada uno de los movimientos a la japonesa para que los copiara, claro, en la mayoría fracaso estrepitosamente al dejarse llevar por su vergüenza. La escocesa negó y arrastró ambas sillas hacia ambas, indicándole que se centrase en su reflejo y la música nada más. En cuanto el éxito fue innegable por parte de las féminas, un chillido que escapó de Juno fue suficiente como para que captase a la persona que se unió a la estancia, arrancándole una carcajada a Aleska. “¿Deberíamos preocuparnos ahora?” Cuestionó con un inusual buen humor acompañado de cierto tono divertido que no le pertenecía. “Porque a la señorita presente, al parecer, está a nada de sufrir un ataque.”
El ojiazul había estado observando todo el espectáculo por detrás de las persianas, pues a ciencia cierta no sabía si la castaña en cuestión en vez de bailar sobre la silla, se la lanzaría como había escuchado que había echo en otra vida o algo por el estilo. Más en cuanto visualizó a la pelirosa extasiada, se colocó en el marco de la puerta, listo para correr si era necesario seguido de unas estruendosas palmadas que ocasionó al aplaudirles a ambas. “No te preocupes Juno, el alumno supera al maestro ocasionalmente”. Contestó ofreciéndole una botella de agua a la susodicha que parecía algo cansada. “¿Qué cuentan, señoritas?”
le dedicarías una canción a Brook?
¿Qué? Yo a esa ni siquiera le compongo un villancico.
“Es justo lo que iba a decir.” Admitió en un leve encogimiento de hombros. “Ya la tenías perdida desde hace bastante, no había forma de recuperarla.” Agregó inclinándose para recoger aquel objeto que a lo lejos había visto caer. “Oh, mira, era un billete de cien dólares, qué bueno que no era tuyo.” Comentó asegurándolo dentro de su puño para que no se lo pudiese arrebatar, llevándolo al interior de su bolsillo trasero a continuación. “Bajo la única que no buscaste.” Contestó sin más. “¿Qué demonios hacías en el bosque, por cierto?”
“Guárdalo para las propinas”. Contestó con simpleza, ladeando su rostro hacia sus alrededores, pues el bosque a éstas horas, no lucía del todo amigable. “Paseaba, a veces me encuentro con ninfas del bosque. ¿Y tú? ¿Qué hacías?”
“¿Y yo soy tu entretenimiento?” Sonó un poco divertida “Cantaré algo si tú cantas conmigo y dejas de estar de flojo ahí”
“Pues si me bailas, podrías llegar a hacerlo”. Contestó con simpleza esbozando un pequeña sonrisa al escuchar su propuesta. “¿Crees poder con el reto?” Preguntó bromeando, aunque también alzándose un poco al ponerse de pie justo enfrente de la castaña. “¿Qué canción se te ocurre?”
“No… ¡No! Vamos, no discutan, ustedes se aman… Aunque ella se vaya a casar con otro y la cosa, vamos” Desde el sofá de su cabaña, la rubia se dedicaba a ver aquella película que a todo el mundo ponía tan sentimental: El diario de Noah. Se había ido a vagar un tiempo al centro comercial y terminó comprándose como cinco películas en dvd’s, así que allí estaba, haciendo maratón de todas ellas. Escuchó la puerta de su cabaña y le puso pausa a la película, a pesar de que fuera una buena parte de la misma “¿Te unes al maratón?” Le preguntó a la persona, a la cual no se había volteado a ver.
“¿QUÉ DICES? NO ELLE, NO ENTRARÉ A TU CUARTO Y ME QUITARÉ LA CAMISA” El pelinegro entró al cuarto, claramente gritando a sus alrededores, buscando como siempre avergonzar a la rubia, con una sonrisa de suficiencia, mientras se sentaba a su lado a un espacio considerable a la par que robaba sus golosinas. “Oh por Dios Elle, no puedes seducirme, no aquí. ¿Qué dirán las personas? ¿Qué dices? ¿QUE TE BESE?” Mintió para que cualquiera que estuviera a un radio de 5 metros creyera que aquello se estaba convirtiendo en una escena llena de pasión.