Celebrar la vida, no llorar la muerte...
Hace mucho que no escribía... Ni la lentitud de 6 meses de cuarentena me habían inspirado a sentarme a escribir, pero los acontecimientos de los últimos días me obligaron a sentarme y las palabras empezaron a fluir...
Mi mamá y mi abuela fueron dos ser tan contradictorios como especiales en mi vida. Con el mismo nivel de obstinación y necedad pero con una visión de la vida totalmente opuestas, nunca lograron entenderse y mucho menos comunicarse.
Irónicamente (o tal vez lógicamente), se fueron casi juntas, demostrando que no podían vivir sin la otra, y dejando un hueco inmenso en mi pecho y un vacío tan grande que no sé si alguna vez voy a poder volver a llenar…
Entre las pocas cosas que tuvieron en común, es que ninguna de las dos quería un velorio, ni gente llorando. Mamá siempre dijo que el día que muriera quería que hagamos una fiesta, que cantemos y contemos historias de anécdotas divertidas. Que la recordemos con alegría, porque “hay que celebrar la vida, no llorar la muerte”…
Creo que una de las mejores maneras que tengo de ilustrarlas y explicarlas, es contado una historia.
Era un 25 de Diciembre y la mesa navideña en la casa de mis abuelos ya estaba puesta. Como era la costumbre de mi abuela, TODO estaba impecable, y pensado al mínimo detalle. Durante mucho tiempo creí que lo hacía simplemente para hinchar las pelotas (porque con ella, SIEMPRE faltaba algo… Si no era la sal, era la pimienta, el platito para el sifón de soda “porque la soda siempre chorrea”, los condimentos para la ensalada, el posafuente para la comida caliente, una cuchara, mondadientes… En su inspección final, “ALGO” siempre faltaba), pero con el correr de los años entendí que, una mesa BIEN PUESTA, es una comida sin interrupciones, y que, anticiparse a las necesidades de los demás y ofrecer soluciones antes de que se transformen en problemas, se llama UX y puede ser una carrera no sólo interesante, pero también muy lucrativa.
Era la primera navidad que íbamos a pasar con mi mamá y mis abuelos juntos, después de muchos, muchos años, y a pesar de los esfuerzos que todos estábamos haciendo por mantener la paz, ya se percibía una cierta tensión en el aire… Yo había viajado de Buenos Aires unos días antes y tenia una resaca horrenda. La salud de mamá ya estaba bastante deteriorada y, para ser sincera, los ánimos en esa casa no eran exactamente “felices” pero estábamos todos juntos y valía la pena hacer el intento de pasar una Navidad Feliz en familia.
Cuando ya estaba casi todo listo para almorzar, mamá me pidió que la lleve a la farmacia, que tenía que comprar unos remedios urgentes, que tenía que tomar ANTES de comer. Teniendo en cuenta que en el pueblo había una sola farmacia de turno, creo que fue naive de mi parte creer que íbamos a “ir y venir”….
Como no podía ser de otro modo, al llegar a la farmacia, vimos una fila de gente esperando. Entré a preguntar si la fila era para todo tipo de atención, o si para prescripciones con receta era más rápido. Me dijeron que saque un número y espere mi turno. Me tocó el 63. Iban por el 22…
El calor del medio día era aplastante, y mi cerebro deshidratado me estaba rogando por compasión y agua.
-“Hay 41 personas antes que nosotras, Ma… Volvemos después de comer, mejor?”
-“Ya estamos acá, Cami… Esperemos…”- dijo ella, mientras se prendía un cigarrillo.
-“Creí que habías dejado de fumar…”-dije con cierta desaprobación en mi voz.
-“Si, no fumo más…”- me contestó con absoluto cinismo, largando una bocanada de humo por la ventanilla.
-“Ma… Sabés que te hace mal… Tenés que intentarlo por lo menos…”
-“Si! No fumo más, Camila!”
Para ese entonces yo ya sabía cuán en vano era discutir con mamá. Respiré hondo y cambié de tema. La fila se movía rápido, así que fui a ver por qué número iban. Para cuando finalmente volví a la camioneta con los medicamentos, mi mamá no estaba ahí…
Ya habían pasado por lo menos 30 minutos desde que habíamos salido de casa, bajo la promesa de “Vamos y Venimos! Volvemos antes de que empiecen a comer!” Y mi abuela me había llamado por teléfono varias veces…
Volví la mirada hacia la farmacia, pensado que tal vez mamá había bajado a ver cuánto me faltaba, y entonces la escuché:-“No, no se preocupe amigo, le vamos a dar una mano, déjeme ver si tengo unos cables en la camioneta…”
Cuando nuestras miradas se encontraron, ella venía caminando hacia mí, decidida. Detrás de su diminuta figura, un auto viejo, dentro del cual, desde la distancia, se veían más cabezas de las que pude contar.
-“Ma, los abuelos nos están esperando… Ya me llamó la abuela dos veces… No está muy contenta…”
-“A ver, ayúdame a buscar unos cables, a esta pobre familia se les quedó el auto… Debe ser la batería…” -me contestó ignorando completamente mi comentario.
-“Claro, porque de repente somos mecánicos… Escuchaste lo que te dije? Llamó la abuela dos veces, los invitados ya están en la casa, nos están esperando para empezar a almorzar…”
-“No les arranca el auto, Camila…”
El calor era insoportable, y mi resaca me estaba matando, pero la imagen y el llanto de uno de los chiquitos, que asomaba su carita de cachetes colorados por afuera de la ventana trasera de ese auto medio destartalado y hacinado de gente, me derritió el corazón.
Miré a mi mamá y ví la determinación en sus ojos…
-“Ma… Nos están esperando hace casi una hora…-dije intentando hacerle ver que NUESTRA FAMILIA estaba esperando y que la paz de nuestro almuerzo navideño dependía de que volvamos inmediatamente y agregué-: Es Navidad, Ma…”
-“EXACTAMENTE Camila. Es Navidad, y hay una familia entera adentro de un auto al rayo del sol, con casi 40 grados de calor… Me vas a decir que te podes ir a sentar a la mesa y disfrutar tu comida bajo el aire acondicionado sin pensar en esta gente?? QUE DECEPCION TAN GRANDE, hija… Yo no te crié para esto…”
-“Bueh… No vamos a discutir a cerca de quién me crió o no me crió… Y no te estoy diciendo que no tengas razón, y que esta pobre gente no merezca ayuda… Pero la abuela ya está enojada, y la verdad es que me gustaría tener una Navidad en paz, por una vez en la vida…”
-“Dame el teléfono que llamo a la abuela, si quieren empezar, que empiecen, pero no podemos dejar a esta familia así…”
Respiré hondo, hice el llamado, me banqué los insultos de mi abuela y que me colgara el teléfono y, sabiendo que nuestro almuerzo navideño en familia estaba arruinado, me acerqué al auto de esta gente a ver cómo podíamos ayudar.
En vano, intentamos empujar el auto a mano, a ver si arrancaba. Bajo ese calor no tuve fuerza para seguir insistiendo. A falta de una soga, bajo la sugerencia de mi mamá, saqué la rueda de auxilio, y acerqué la camioneta lo más que pude a la cola del auto. Medimos que la diferencia de altura de ambos vehículos no fuera muy grande, pusimos la rueda en el medio para minimizar cualquier impacto, y así los empujamos hasta su casa, que quedaba nada más y nada menos en el medio de la toma de tierras ilegal, a la salida del pueblo.
Después de un fuerte apretón de manos y de haber escuchado “Gracias, gracias” unas cincuenta veces, nos despedimos de esta familia y emprendimos el regreso a nuestra casa. Por el espejo retrovisor, la imagen de dos chiquitos corriendo descalzos y saludándonos con las manos, nos acompañó por un par de cuadras, entre callecitas de tierra y humildes moradas.
Llegamos a casa transpiradas, pero con la satisfacción de haber hecho algo bueno, riendo y listas para compartir la anécdota de lo que acabábamos de vivir, y de lo afortunados que éramos de tener una casa cómoda y fresquita en un día de tanto calor…
Pero no hubo tiempo para mas risas.
El recibimiento fue con insultos. En cuestión de minutos, la discusión escaló a pelea. Mi abuelo intentó intervenir, pero terminó siendo el foco del enfrentamiento y empujado a decidir cuál de las dos tenía razón. Ante su negativa y la solicitud de que se dejen de joder y tengamos un almuerzo en paz, mi abuela se levantó de la mesa. Mamá mandó a todos a la mierda y se fue sin comer ni poder apreciar esa mesa perfectamente servida y sin reparar en el esfuerzo de mi abuelo, que a sus 70 y algo, se había re-cagado de calor haciendo un asado para todos y separado carne y chinchulines sin sal, especialmente para ella.
Más tarde ese día, en mi bolso, encontré los remedios tan urgentes que, en primer lugar, salimos a comprar…
Nunca hubo grises entre ellas. Todo era blanco o negro, y si no estabas de acuerdo con una, es porque estabas a favor de la otra, convirtiéndote en aliado o enemigo en cuestión de segundos… Nunca lograron un punto medio…
Lo irónico es que, de alguna manera, las dos tenían razón, pero a la vez, las dos estaban equivocadas. Innegablemente, las dos tuvieron en común, mucho más de lo que pudieron aceptar… Ojalá en la recta final, hayan podido ver esto, y perdonarse, y aceptarse mutuamente y a sí mismas. Ojalá en la recta final, hayan sabido que todos las amamos profundamente y que en realidad nunca tomamos partida por una o por la otra. Ojalá finalmente descansen en paz…
Me van a hacer falta SIEMPRE, pero prometo celebrar y honrar la vida, y no llorar por la muerte. A donde sea que estén: GRACIAS!!!! Prometo tratar de ser la mejor versión que pueda de mí. Prometo esforzarme cada día por ser feliz.
Ciao Abue. Ciao Mamá. Vivirán eternamente en mi corazón!