George asintió despacio, tragándose el nudo que le subía por la garganta.
— Está bien —dijo con voz baja—. Si quieres ir sola… Irás sola.
No era lo que quería escuchar, pero lo entendió de inmediato. No había manera de convencerla sin romper su confianza. Y la última cosa que quería era que se sintiera obligada a nada, no cuando ella era la que estaba pasando físicamente por todo eso.
Se pasó la mano por el cabello, intentando recomponerse. No podía evitar sentirse pequeño, impotente, pero también se sentía decidido. Aunque no pudiera acompañarla paso a paso, no la dejaría en el abandono.
— Entonces… —susurró, bajando la voz, casi para sí mismo—. Solo quiero que sepas que estaré cerca. A la distancia que tú necesites. Esperando afuera, o donde quieras, listo para lo que necesites después.
La miró un instante, intentando transmitir la determinación que sentía en su pecho. Pero lo único que vió en Sylvie fue una mezcla de miedo, nublando esos ojos perfectos que lo habían enamorado tantas veces.
— No te voy a presionar. No voy a cuestionarte. No voy a interferir. Solo quiero que sepas que no importa lo que pase hoy o mañana. Yo sigo aquí. Y cuando quieras hablar o simplemente verme, ahí estaré.
Guardó silencio un momento, respirando hondo, dejando que sus palabras llenaran el espacio entre ambos. Era su manera de respetarla, y al mismo tiempo de prometerle que no la abandonaría.
— Lo único que quiero es que te sientas segura… Y que sepas que te elijo a ti. Siempre.
No dijo nada más. Tocaba esperar, con el corazón apretado, mientras ella procesaba todo. En silencio, sin siquiera acercarse de nuevo ni tampoco despedirse al dejar la habitación, convencido de que el amor más fuerte también era el que sabe contenerse.
George se despertó antes de lo habitual, aunque no estaba seguro de haber cerrado los ojos durante la noche en primer lugar. El solo hecho de saber lo que ocurriría aquel día, lo mantenía en tensión. Nervioso, expectante, preocupado, pero sobretodo, deseando no arruinarlo.
Se vistió despacio, casi como un ritual, revisando mentalmente todo lo que podría necesitar. Y luego recordó algo que había aprendido de Ben. A veces, no hacer nada más que estar presente, puede ser más importante que cualquier palabra.
Cuando llegó al hospital, se mantuvo a la distancia de Sylvie. Simplemente la acompañó a una distancia en la que probablemente ella no lo notaría.
Dentro de la sala de espera, encontró un asiento cercano, pero no demasiado. Desde allí, podía verla, pero no interferir. Sacó el móvil, no para distraerse, sino para simular ocupación, mientras sus ojos no dejaban de seguirla con cuidado y ternura. Cada vez que Sylvie respiraba hondo o se encogía ligeramente, George sentía un nudo en el estómago. Quiso correr a su lado y decirle algo, cualquier cosa que la hiciera sentir menos sola, pero recordó su promesa, respetarla y darle su espacio.
Respiró profundo y se permitió sentir cada emoción que cruzaba su pecho. Miedo, impotencia, amor, tristeza… Pero no las dejó aflorar frente a esos extraños.
Cuando finalmente una enfermera llamó a Sylvie, George se levantó y cruzó la sala de espera para acompañarla hasta la puerta del consultorio, caminando al mismo ritmo, sin hablar, solo ofreciendo su presencia silenciosa.
— Estaré aquí, esperándote—susurró, tan bajo que casi era un pensamiento
Se sentó afuera, en el banco del pasillo, con las manos entrelazadas sobre las piernas. Cada minuto que pasaba se sentía eterno, pero no se movió, no llamó, no insistió. Solo esperaba, porque sabía que esto era parte de cuidar de ella. Dejarla decidir cómo vivir este momento, mientras él estaba allí, constante, dispuesto a recibirla cuando terminara.
Y cuando por fin Sylvie salió, lo hizo con el mismo aire de decisión que había tenido desde el inicio. George se levantó de inmediato, ofreciendo una sonrisa cálida y tranquila, sin preguntas, sin reproches, solo el abrazo más seguro que podía dar.
— ¿Quieres caminar un poco? No tenemos que ir directo a casa si no quieres.
Él tomó su mano, suavemente, entrelazando los dedos, como siempre que quería comunicarle que no la soltaría.
Mientras caminaban por el pasillo, George pensó que podía soportar cualquier cosa, mientras ella estuviera a su lado. Hoy no había decisiones que él pudiera tomar, solo ese acto de amor silencioso, compañarla, respetarla y elegirla, cada día, aún cuando no todo estuviera bajo su control.
Debía tomar todo lo que decía por lo que era: una forma de tratar de mantenerla tranquila. Pero sabía que todo eso terminaría al día siguiente del hospital. Incluso si prometía que sería lo contrario, no podría pasar el resto de su vida pretendiendo que no estaba molesto por lo que había decidido.
Darle vueltas al tema no la dejó dormir, al menos no de verdad. Dormitaba por algunos minutos y volvía a despertarse. Terminó por levantarse para alistarse apenas amaneció. No tenía sentido quedarse en la cama si no iba a poder dormir.
Apenas estuvo lista subió al auto. Necesitaba llegar sola al hospital y tener esos minutos para sí misma. Al llegar al lugar George ya se encontraba ahí. En la recepción le dieron algunas indicaciones antes de ser enviada a la sala de espera.
Apreciaba que le diera su espacio, porque no sabía qué haría si se acercaba más en ese momento. Esos minutos de espera le parecieron una eternidad, pero cuando al fin la llamaron dio un salto en su asiento. Pudo ver de reojo que George se había puesto de pie también, caminando rápidamente hasta alcanzarla.
Se quedó en el marco de la puerta y solo asintió con la cabeza. Como le había dicho, necesitaba pasar por todo eso por sí misma. No quería más presión sobre ella en un momento tan complicado.
Al entrar al consultorio le hicieron varias preguntas que eran necesarias para llenar su expediente antes de iniciar el procedimiento, pero eso no fue lo más complicado. Parte de la preparación incluía una ecografía para saber con qué trabajarían. Aunque se negó a ver la pantalla, podía escuchar a las Sanadoras hablar. Le dieron una bata azul y la enviaron a cambiarse mientras preparaban el lugar. Ya estaba en la camilla y como dictaba el protocolo para esos casos le preguntaron una última vez si estaba lista para continuar, pero no pudo decir que sí.
Regresó por su ropa y la sentaron para darle algunas indicaciones además de pociones y vitaminas que debía tomar. No podía decir qué la había orillado a tomar esa decisión, pero se sentía correcto.
— Quiero ir a casa.— George ya se encontraba ahí apenas abrió la puerta. Dejó que tomara su mano y la llevara de regreso hasta su auto, pero no dijo nada. No podía hacerlo. Necesitaba estar segura que las cosas no cambiarían como él había dicho, que no la odiaría. Antes de decirle que no pudo hacerlo.




















