En ese momento podía decirle que no iba a odiarla y que todo estaría bien, pero sabía que no había forma de saberlo a ciencia cierta. No hasta que realmente lo hiciera y no les quedara otra opción mas que afrontar su realidad. Entonces, sabía, que lo que realmente pensaba terminaría surgiendo.
— Quiero ir sola.— Negó con la cabeza tan pronto lo sugirió. Si era lo mejor o no, no importaba. Lo único que sabía era que necesitaba hacerlo sola.— ¡No! No, no. Ellos no pueden saberlo.— Decirle a sus padres sería un desastre, no podía ni pensar en ello. Y si todo salía bien ni siquiera sería necesario. Se encargaría de todo y jamás tendrían que saberlo. Era lo mejor para todos.
No quería seguir discutiendo, al menos no en ese momento, así que no hizo nada por tratar de debatir con él. Estaba diciendo lo que él creía que quería escuchar y nada más. Después de que lo hiciera seguramente terminaría odiándola y no querría tenerla cerca.
George asintió despacio, tragándose el nudo que le subía por la garganta.
— Está bien —dijo con voz baja—. Si quieres ir sola… Irás sola.
No era lo que quería escuchar, pero lo entendió de inmediato. No había manera de convencerla sin romper su confianza. Y la última cosa que quería era que se sintiera obligada a nada, no cuando ella era la que estaba pasando físicamente por todo eso.
Se pasó la mano por el cabello, intentando recomponerse. No podía evitar sentirse pequeño, impotente, pero también se sentía decidido. Aunque no pudiera acompañarla paso a paso, no la dejaría en el abandono.
— Entonces… —susurró, bajando la voz, casi para sí mismo—. Solo quiero que sepas que estaré cerca. A la distancia que tú necesites. Esperando afuera, o donde quieras, listo para lo que necesites después.
La miró un instante, intentando transmitir la determinación que sentía en su pecho. Pero lo único que vió en Sylvie fue una mezcla de miedo, nublando esos ojos perfectos que lo habían enamorado tantas veces.
— No te voy a presionar. No voy a cuestionarte. No voy a interferir. Solo quiero que sepas que no importa lo que pase hoy o mañana. Yo sigo aquí. Y cuando quieras hablar o simplemente verme, ahí estaré.
Guardó silencio un momento, respirando hondo, dejando que sus palabras llenaran el espacio entre ambos. Era su manera de respetarla, y al mismo tiempo de prometerle que no la abandonaría.
— Lo único que quiero es que te sientas segura… Y que sepas que te elijo a ti. Siempre.
No dijo nada más. Tocaba esperar, con el corazón apretado, mientras ella procesaba todo. En silencio, sin siquiera acercarse de nuevo ni tampoco despedirse al dejar la habitación, convencido de que el amor más fuerte también era el que sabe contenerse.
George se despertó antes de lo habitual, aunque no estaba seguro de haber cerrado los ojos durante la noche en primer lugar. El solo hecho de saber lo que ocurriría aquel día, lo mantenía en tensión. Nervioso, expectante, preocupado, pero sobretodo, deseando no arruinarlo.
Se vistió despacio, casi como un ritual, revisando mentalmente todo lo que podría necesitar. Y luego recordó algo que había aprendido de Ben. A veces, no hacer nada más que estar presente, puede ser más importante que cualquier palabra.
Cuando llegó al hospital, se mantuvo a la distancia de Sylvie. Simplemente la acompañó a una distancia en la que probablemente ella no lo notaría.
Dentro de la sala de espera, encontró un asiento cercano, pero no demasiado. Desde allí, podía verla, pero no interferir. Sacó el móvil, no para distraerse, sino para simular ocupación, mientras sus ojos no dejaban de seguirla con cuidado y ternura. Cada vez que Sylvie respiraba hondo o se encogía ligeramente, George sentía un nudo en el estómago. Quiso correr a su lado y decirle algo, cualquier cosa que la hiciera sentir menos sola, pero recordó su promesa, respetarla y darle su espacio.
Respiró profundo y se permitió sentir cada emoción que cruzaba su pecho. Miedo, impotencia, amor, tristeza… Pero no las dejó aflorar frente a esos extraños.
Cuando finalmente una enfermera llamó a Sylvie, George se levantó y cruzó la sala de espera para acompañarla hasta la puerta del consultorio, caminando al mismo ritmo, sin hablar, solo ofreciendo su presencia silenciosa.
— Estaré aquí, esperándote—susurró, tan bajo que casi era un pensamiento
Se sentó afuera, en el banco del pasillo, con las manos entrelazadas sobre las piernas. Cada minuto que pasaba se sentía eterno, pero no se movió, no llamó, no insistió. Solo esperaba, porque sabía que esto era parte de cuidar de ella. Dejarla decidir cómo vivir este momento, mientras él estaba allí, constante, dispuesto a recibirla cuando terminara.
Y cuando por fin Sylvie salió, lo hizo con el mismo aire de decisión que había tenido desde el inicio. George se levantó de inmediato, ofreciendo una sonrisa cálida y tranquila, sin preguntas, sin reproches, solo el abrazo más seguro que podía dar.
— ¿Quieres caminar un poco? No tenemos que ir directo a casa si no quieres.
Él tomó su mano, suavemente, entrelazando los dedos, como siempre que quería comunicarle que no la soltaría.
Mientras caminaban por el pasillo, George pensó que podía soportar cualquier cosa, mientras ella estuviera a su lado. Hoy no había decisiones que él pudiera tomar, solo ese acto de amor silencioso, compañarla, respetarla y elegirla, cada día, aún cuando no todo estuviera bajo su control.
















