Latía, casi en la distancia, la añoranza de una lengua enigmática, de tierras extranjeras y sus carreteras sin explorar. Un hombre que era lentamente consumido por el fuego apaciguado de un recuerdo; la memoria jamás le fallaba para las desdichas. Era obra de las vueltas de la vida, le perseguía el mismo idioma que embelesaba sus oídos tal como lo había hecho una primera vez, en la niñez; tal como lo hacía ahora. —Ah, las de rostro bonito siempre tan superficiales, debería haberlo previsto —falsa decepción, palabras sin peso, el vislumbre de una sonrisa tenue sobre sus labios. Podría ser verdad, en aquel pueblo se encontraba gente extraña en todos los escondites y rincones. —Puede que sí, puede que no —y lo dejó a la deriva, pues la respuesta no era digna de ser oída. Debía acaso decirle que sí lo hacía, que era el mismo desliz de siempre lo que lo llevaba a la desilusión, a ver la misma luz decorativa rojiza y violácea de una habitación mugrienta de motel. Al final del día, siempre la última dosis de intoxicación para acallar, para entumecer. No valía la pena. La oscuridad tenía sus encantos ocultos, su magia; pero aquello que captaban sus ojos no era algo inofensivo, era simplemente todo lo opuesto. Un mal presagio. —Hoy no, señorita desconocida, hoy no —un atisbo de diversión que fue aplacado violentamente por el desconcierto, por la desesperación en su estado más puro de una multitud que gritaba al unísono. Un impulso, fue el simple instinto indómito humano lo que lo forzó a cubrirse los oídos con las palmas de las manos, a aferrarse los cabellos crispados con furia, como si en aquel momento todo fuera a estallar en una fracción de segundo. Era la naturaleza egoísta de protegerse a uno mismo antes que todo y todos, él, y nadie más que él. Y creía que sería eterno, que no acabaría jamás, que aquel ruido que le rasguñaba y se arrastraba perverso lo sepultaría en vida. Era débil, siempre había sido cobarde y débil, escurridizo como una rata que huye por la alcantarilla. Tal vez hubiera preferido ser aniquilado de una vez, antes de permanecer de pie, casi ensordecido, con los nervios destruidos y una confusión nublando totalmente su conocimiento. Maldición, aquello no era una fiesta sorpresa, era una de terror, y esperaba (muy profundamente) que la joven que lo acompañaba no hubiera corrido un destino aún peor que el suyo. —¿Sana y salva? —pregunta áspera dirigida a alguien que perdió de vista, enlazada en un hilo de voz que se apagaba al final y discernía preocupación. Una interrogante expresada sutilmente, casi al tanteo, sólo para no exponerse aún más. Afortunado era quien sabía comprender los silencios entre palabras, el horror en la mirada perdida. —No es seguro aquí —quizá a esas alturas, no era seguro en ninguna parte. La certeza era una mera suposición, una implicación de seguridad completamente vacía que no escudaba a nadie, que se desvanecía de sus propios dedos como humo en el aire.