Claro que Jaime está entre los presentes. Alma lo vio desde lejos hace rato pero, aprovechando el hecho de que llevaba puesta la capucha y él estaba riéndose con alguien más (cosa que es… normal, más allá de todo eso es lo que la gente hace cuando se acerca a estos lugares: estar con amigos, conversar, tomar una cerveza, no así emborracharse y meterse en sitios de mierda y exponerse a, bueno, ésto) decidió ahorrarle la vergûenza.
Hace rato iba distraída y bañó a un tipo en cerveza. Si bien su primer pensamiento fue algo entre las líneas de si seré hija de puta pues acababa de comprarla, el desenlace se dio rápido porque Michiels pidió disculpas una docena de veces en el transitar de un par de segundos y salió de ahí echando chispas, cortando camino entre la gente y dirigiéndose a ningún lado en particular. Hoy, en particular, si otro hombre la llegara a tocar podría explotar en millones de pedazos… como una medida desesperada, ¿verdad?, no puede no meterse en esas situaciones, pero por lo menos puede apretar el botón de auto-destrucción y contemplar el estallido ya sin pánico. No es hasta noches como esta que se da cuenta el miedo que les tiene y, en su contraparte, la incapacidad de alejarse de ellos.
No sucede lo mismo ahora, de ésto no se puede escapar.
Disculpa, ¿te jode…? oye y reza que no, que no, por favor que no, pero sí, sí, sí. Alma se da vuelta, las mejillas encendidas bajo la capucha, y la mira porque no encuentra nada más que hacer. Por un momento piensa que es Isabela, que viene a hacer irá uno a saber qué, tal vez reprenderla, pero presta un instante más de atención a la redondez de las mejillas y el gesto y se da cuenta que no. Parpadea con algo de dificultad. Es…
— Clari.
La cabeza sigue dando vueltas, vueltas y vueltas, como un carrusel en llamas con la música desenfrenada, y Alma presiona los labios entre sí, muerde el interior de la mejilla con fuerza (siente la carne crujir entre los caninos) y palpa los bolsillos con movimientos torpes de las manos hasta encontrar el encendedor anaranjado. A éste se lo pasa extendiendo el brazo, la muñeca que todavía duele y comienza a hincharse— Lo siento —¿lo siento por qué? ¿Porque contigo siempre lo mismo? Pasa una mano por la cara, un par de mechones de pelo que mete detrás de las orejas y traga saliva despacio. Las palabras intenta que salgan lo más claras posibles, no está segura de lograrlo—. No sabía que estabas acá.
—Yo tampoco sabía que estabas tú—contesta, una vez que se enciende el cigarrillo, dejando primero la botella en el suelo. Y sigue: —. No iba a venir —porque, digamos, amante de la velocidad no es. De más chica sí le gustaba, sobretodo porque a veces iba con el hermano mayor y absolutamente nadie podía meterse con ella, ni si quiera mirarla. Sola era otra historia. —, pero me convencieron. —Cosa no muy difícil.
Sam ya debe estar, seguro, viendo la carrera lo más cerca que se pueda, ahí con sus amigos. —No me gusta mucho acá. —Y menos que los demás Michiels estén también. Rezará que sean lo suficientemente conscientes como para no meterse en problemas. — ¿Tú viniste sola? —Pregunta que le resulta más importante que cualquier otro pensamiento. Se imagina que sí, aunque también podría ser que no, y duda que la diferencia de su estado llegaría a ser algo real dependiendo de una o la otra. Ojalá tuviera otras juntas, aunque el problema tampoco se iría con eso. —Creo que vi a Jaime —sigue —. Más bien, estoy segura de que lo vi.
Eso no le gusta nada. En realidad, si acaso pudiera, o si acaso no reconociera que no estaría bien, los tendría a todos marcados con un GPS.
—Quédate conmigo —pide, y llleva una mano a su brazo, mete con cuidado el suyo en el hueco que se arma, para que no se tambalee. Ahora la va a cuidar. Bueno, amagará, al menos. Le da otra calada al cigarrillo—, ¿llegaste hace mucho?














