Una vez, cuando tenía 4 años, me quedé mirando un cascarudo negro. Le daba el sol y se veía como mitad rinoceronte-mitad tanque de la segunda guerra alemán y/o ruso. En ese momento, me parece que mi mamá estornudó, y el contraste entre el estornudo y el tanque-cascarudo me hizo poeta como por generación espontánea, creo. Todavía me faltaban casi todas las palabras, y hasta algunos dientes, pero tenía tanta música de platillos y maracas metafóricas en la cabeza que no podía hacer otra cosa que silbar. Mi mamá me preguntó qué me pasaba, y yo le pregunté cómo se llamaba esa cosa con patas, y ella me dijo: “eso es un cascarudo”, y me pareció que esa era la mejor palabra del mundo. Creo que en portugués se dice escaravelho o besouro, y sigue siendo una palabra magnífica. Además, a mi mamá le encantaban los beatles y después supe que beetle era parte de ese nombre mágico, y ya no pude parar. Y me pusieron Pablo por Neruda, así que estaba condenado desde el vientre, si se quiere.