Pink Floyd - Money
The Dark Side Of The Moon // 1973
almost home
NASA

No title available
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
Monterey Bay Aquarium

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Sweet Seals For You, Always
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@comrade-targy
Pink Floyd - Money
The Dark Side Of The Moon // 1973
Pink Floyd - Another Brick In The Wall Part 2 // The Wall 1982
The Doctor: *at a party and can't find Missy*
The Doctor: DAVROS IS MY ARCH ENEMY
Missy: D A V R O S ?!?!?!?!
Star Wars: The Force Awakens
by Vincent Rhafael Aseo
Me as a parent
Son: Daddy, I can't sleep.
Me: Don't worry son, I'll sing you a lullaby.
Me: Hush little baby, don't say a word.
Me: And never mind that noise you heard.
Me: It's just the beasts under your bed.
Me: In your closet, and IN YOUR HEEEAAAAD!
Me: EEEEEEXIIIIIT LIGHT! EEEEEENNTEEEEEERRRR NIIIIGHT!...
I LOVE YOU (x)
all of our animals are just next door.
We weren’t allowed to use Star Wars merchandise during the first series because The Phantom Menace was about to come out and they clamped down. When they saw how Star Wars-loving the first series was, they actually came to us and said we could have anything we want. By which time we were like, “We don’t fucking want it.” - Simon Pegg
Parque Gorky, Moscú. Henri Cartier-Bresson, 1954.
Conmemoración del Día de la Victoria en Leningrado. Henri Cartier-Bresson, 9 de mayo de 1973.
Complejo de Ícaro.
Vi una estrella, arriba en el cielo, y decidí que quería alcanzarla. Ponerme a su altura. Durante largo tiempo, estuve esforzándome al máximo, dando lo mejor de mí mismo, para conseguir tal meta.
Todo ese tiempo estuve ocupado en ello. Tanto, que no pude detenerme en las pequeñas bondades que la vida alguna que otra vez nos ofrece. No merecían la pena ante el gran premio que era mi estrella. Al final, logré crear un par de alas a base de plumas caídas y cera. ¡Por fin lograría mi sueño! Sin tiempo que perder, me dirigí a los confines del mundo frío y gris en que vivía. Quería salir de ese condenado lugar y estar con la estrella, vivir a su alrededor y ser feliz por siempre. Logré echar el vuelo. Me alejé cuanto pude de esa deprimente tierra, jurando no volver jamás, e inicié mi ascenso. Mas, justo cuando casi parecía que podía tocar la estrella, que por fin lo había conseguido, la cera empezó a derretirse, y las plumas comenzaron a arder. Estupefacto, comprendí lo que había pasado: El calor de la estrella, ese calor que tanto anhelaba, resultó ser demasiado para mis alas. Y sólo pude contemplar, derrotado, como me dirigía en picado de nuevo a la tierra de la que renegué. Pero no aterricé allí. Seguí, y sigo, bajando hacia el oscuro vacío, donde ninguna luz, natural o artificial, llega, y el fondo, de existir, no se puede ver. Ahora lloro mi fracaso, pero lloro aún más las cosas que me perdí. Incluso echo de menos aquel horrible mundo al cual desprecié, pues mis ojos, ya ciegos de verse rodeados de tanta oscuridad, echan de menos ver su color grisáceo. Ahora ese mundo es mi nueva estrella, inalcanzable. Y la radiante estrella anterior se ha convertido en un recuerdo, a cada vez más borroso y menos real.
Me encontraba fumando mientras observaba detenidamente el elegante movimiento de mis peces. Les cambié el agua ese mismo día y era imposible no ensimismarse ante un espectáculo como tal. A veces nadaban tranquilamente, sin prisa, teniendo claro que de todas formas no llegarían a ningún sitio. Otras veces lo hacían más rápido, coleteando, salpicando, removiéndolo todo y pidiéndome comida (yo les decía que no, pues ya habían comido un rato antes). Cuando comprobaban que no conseguirían nada insistiéndome, se daban un descanso parando entre las piedrecitas de colores artificiales. Todo permanecía quieto, nada se movía, todo se encontraba en su correspondiente lugar.
Entonces empecé a admirar la superficie del agua desde abajo. Reflejaba el cuerpecito de los peces, todo se veía extraño. Me sentía confundida, algo mareada. Parecía que estaba en mitad de un sueño maravilloso.
Sentí envidia de mis amigos. Me frustraba no poder vivir en un acuario, como ellos, en el cual nada ni nadie pudiese molestarme. Un lugar en el que nadar cuando quisiera, dormir cuando me apeteciese y comer cuando lo necesitase.
Hasta que de repente una voz en mi cabeza me susurró “¿y por qué no ibas a poder?”. Miré hacia arriba, las corrientes de humo fluían tranquilamente. Me concentré en ellas por primera vez. Me vi a mí misma; mi reflejo. Eso estaba hecho, no habría ningún problema. Me incorporé, me impulsé con mis manos y ascendí. Con el cigarro en la boca, comencé a bucear entre mi propia mierda, mi humo. Toqué el techo y me tumbé sobre él. Oh, cómo me gustaría poder tumbarme en mi techo y observarme mientras duermo.
Imaginé que era un tiburón, acechando por el océano en busca de alguna pobre presa. Luego me escondí en un rincón, imitando a un pulpo. Aunque nunca había sido tan feliz, no tardé en aburrirme en una pecera tan pequeña como lo era mi habitación.
Decidí entonces arriesgarme. Abrí el balcón. Estaba dispuesta a hacerlo: iría a vivir al mar, es decir, el mundo exterior. Temía perder mis capacidades y estrellarme contra el suelo, pero tenía que intentarlo… ¡y lo conseguí!
Continué buceando por la calle. Los vecinos me observaban atónitos, envidiosos. Yo no decía nada, tan solo buceaba. Subía, bajaba, saltaba como un delfín, cantaba como una ballena. Deseaba vivir así siempre, sin más movidas ni historias absurdas: buceando, y ya está. Todo estaba bien.
De repente comencé a sentir algo extraño. Me toqué el cuello y acto seguido me invadió una sensación de absoluta plenitud, nunca antes experimentada en mi anterior vida terrestre e insulsa. ¡Me habían salido branquias! ¡Ya era un pez de verdad!
Seguí nadando durante toda la tarde, intentando alcanzar al sol hasta que acabó por esconderse. “Mañana no se me escapará”, me dije a mí misma para animarme, aunque no hacía falta. Realmente, todo estaba bien.
Ya por la noche noté que algo fallaba. Supuse que se trataba de falta de alimento; comencé entonces a moverme como mis peces cuando exigían comida, tantas veces había presenciado esa danza que ya me la conocía de memoria.
Pero no sirvió de nada, cada vez me sentía peor. Intenté parar un rato en el suelo, acostarme, pero apenas podía moverme y cuando me quise dar cuenta me encontraba justo encima del río Guadalquivir. Y, curiosamente, aun en mi condición de pez me daba miedo tumbarme sobre el agua, por no hablar de sumergirme en ella. Al fin y al cabo, en mi vida terrestre nunca aprendí a nadar. ¿Y si me había equivocado y me había transformado en pájaro, y no en pez? No, eso era innegociable. Yo quería nadar, no volar.
Se me agotaban las pocas fuerzas que me quedaban, y un terrible dolor invadía todo mi cuerpo. Casi podía sentir cómo se me caían las escamas, aunque todavía no me hubiesen salido. No podía soportarlo más.
Mientras caía en picado, me di cuenta de lo que realmente ocurría: mis branquias no soportaban la polución terrestre, al contrario que mis ya desaparecidos bronquios, acostumbrados a todo tipo de basura. Y yo, al fin y al cabo, estaba buceando entre humo. Mi última esperanza era que mi extraña morfología nueva aguantase la vida en el agua.
Pero no, no lo hizo. Al día siguiente encontraron mi cadáver flotando en el río. Pero al menos tuve una muerte verdaderamente digna: una muerte entre mis camaradas los peces.