La heredera del Infierno
Delay y Laziness
Las murallas de la Fortaleza de Ying se imponían en la violenta tormenta de nieve. El viento soplaba con tanta ferocidad que Adelina retrocedía algunas veces, el cabello le tapaba parte de la visión, castañeaba los dientes y avanzaba poco. Los banderines de las murallas se deshilachaban perdiéndose en las fuertes ventiscas, los escombros caían al oscuro vacío, las decoraciones acumulaban polvo y nieve y los esqueletos de soldados muertos se desgarraban entre las telarañas. Desde la entrada de la fortaleza, todo estaba teñido de verde por los tornados de almas y sus gritos inundaban los oídos de Adelina.
“Ayúdanos, Majestad” “Es una pesadilla” “Estamos sufriendo” “Queremos paz” “Nos quitaron de nuestro bosque” “Es una agonía”
A medida que avanzaba, el dolor de cabeza aumentaba y Adelina juraba que el cerebro se le iba a partir en dos. Los susurros y gritos se entremezclaban, culpaban a las aberraciones de los hechiceros. No importaba que hayan destruido dos de esas cosas, tanto Adelina como las almas que sufrían sabían que el trabajo no estaba completo ni tampoco estaba cerca de su fin. El orden que Hela había construido debía volver.
Los tornados creaban el rostro de Hela, su mirada afligida se convertía en un grito desgarrador. Peor que los aullidos lastimeros de las almas. Adelina se tapaba los oídos, aún así el grito de la diosa buscaba que todos sufrieran como ella. Un tirón la hacía retroceder y caía entre la nieve y rocas puntiagudas. El aire desaparecía de los pulmones de la muchacha, el dolor en la espalda estallaba y ahogaba un quejido. Shang Tsung, Quan Chi y Mateo le sonreían de forma macabra.
Miles y miles de almas gritaban detrás de los tres y extendían sus manos suplicando ayuda... Una ayuda que Adelina no podía dar. Sentía el dolor de esas almas y su ira se dirigía a ella. Una ira que amenazaba con ser un incendio. Shang Tsung señalaba a la chica, las almas se abalanzaban consumiéndola y Adelina trataba de alejarlos y gritar… lo que sea… Las manos la despedazaban, la sangre brotaba de las heridas y emanaba de su boca.
–Nos pertenecen –decía Shang Tsung.
Mateo se aproximaba a ella alzando la espada y se la incrustaba en el abdomen. Poco a poco, se desvanecía consumiéndose por la oscuridad.
Adelina abrió los ojos sintiendo el dolor detrás de ellos. El sudor empapó su cuerpo y la cabeza le estalló. Cada parpadeo le hizo soltar una mueca de dolor, apartó con cuidado el enorme y musculoso brazo de Tomas y tomó una pastilla para el dolor. La habitación le dio vueltas, incluso cuando Adelina miraba un punto fijo todo daba vueltas. El sabor amargo del medicamento se quedó en su paladar a pesar de beber hasta la última gota de agua de la botella y Adelina se tocó el abdomen. No recordaba la última vez que tuvo un tiempo tan vívido.
–¿Estás bien? –cuestionó Tomas con voz rasposa frotándose los ojos.
–Solo es dolor de cabeza –respondió Adelina con una leve sonrisa.
–¿Desde cuándo lo tienes?
–Después de la misión, siento que la cabeza se me parte a la mitad –contestó recostándose–. Parece que hubiera estado toda la noche en el boliche.
Tomas emitió una pequeña risa.
–Solo hay que ponerle un fin a este desastre –continuó Adelina.
–Mi hermano habló de hacer un nuevo clan –soltó Tomas acomodando a la chica en su pecho. El dolor de cabeza dejó de ser una molestia y su voz rasposa le trajo paz–. Para poder enfrentarnos a Bi Han y las amenazas venideras, pero…
–Pero ¿qué? –preguntó la joven volteando la cabeza, mirándolo.
–Es algo… no sé.
–¿Abrumante? ¿Desconocido?
–Perdido –contestó Tomas acariciándole el hombro pecoso–. No sé qué debo hacer.
Adelina asintió entre risas.
–Entiendo ese sentimiento…
–Es mucho que hacer y poco tiempo… más con los Lin Kuei y… Shang Tsung –susurró Tomas.
–Me dijeron hace poco que empezara con lo más simple –aconsejó la chica colocándose encima del muchacho. Sus ojos grises la estudiaron. Admirándola y contemplándola. Su mano fue hacia la mejilla de ella acariciándola–. Conseguir un clan es lo último. Primero deben pensar cómo salir del radar de Bi Han.
Tomas le acomodó varios mechones de cabello, esbozó una sonrisa y Adelina se derritió en su pecho.
–Volviste el problema en algo un poco más sencillo –murmuró–. Eres… maravillosa.
La acercó chocando sus labios con los de ella y Adelina le correspondió. Tomas enredó sus dedos en el negro cabello de la joven tirando con suavidad, le ahuecó las mejillas profundizando más el beso y Adelina soltó un pequeño jadeo. Los labios de Tomas bajaron al mentón de la chica y luego, al cuello. Un cosquilleo recorrió en su columna vertebral, una electricidad que amenazaba con consumirla. El aire se volvió pesado y se separaron juntando sus frentes. Compartieron la calidez perdiéndose en el los minutos, los alientos se entremezclaron y Adelina sonrió.
Se volvió a recostar en el pecho de Tomas y la estrechó en sus fuertes brazos. Le acomodó un bretel caído del pijama, le depositó un beso en la frente y le acarició el hombro mientras entrelazaban las manos. Por varios minutos, observaron esa pequeña unión. El calor que compartían, la diferencia de tamaño, las cicatrices escondidas, las familiares texturas. El aroma de Tomas invadió a Adelina antes de cerrar los ojos, la esencia de té chino y el humo, era reconfortante. Traían los recuerdos de los besos a escondidas.
La muchacha despertó las campanadas. Soltó un quejido mientras el muchacho intentaba acomodarla al futón, Adelina actuó como un peso soltando una risita, Tomas la besó por todo el rostro abrazándola y susurró:
–Debemos levantarnos.
–Unos minutos de vagancia no arruinan a nadie –argumentó Adelina sonriente–. Solo un ratito.
Le dio un casto beso en la mejilla y compartieron caricias. Las cicatrices pequeñas, las marcas ocultas, los pequeños detalles de la piel del uno y del otro. Volvieron a sonar las campanadas, la pareja se levantó, Tomas tomó su muda de ropa mientras Adelina buscaba algo que ponerse y la tomó por la cintura haciendo que la muchacha soltara un chillido. Los labios de Tomas se posaron en el cuello de ella, subieron hasta su rostro y le estrujó más las caderas. Adelina se separó con un ademán para alejarlo entre risitas y se cambió.
Al salir, notó la mirada curiosa de Kuai Liang y se fue a desayunar. Entre los bocados, Adelina se tomó otra pastilla para el dolor de cabeza y se fue con las sirvientas de Hela mientras sus amigos iban con los monjes. Las hermanas le reverenciaron, le permitieron sentarse en la hierba y se concentró. Sus memorias fueron y vinieron en un mar de caos generando resultados extraños. Nunca la voluntad de Adelina. Un toque sobre sobre su hombro la hizo brincar y las miradas de Delay y Laziness la recibieron con delicadeza.
–Vas por un buen camino, Majestad. Pero necesita algo para controlar tu poder –dijo la hermana de rojo.
–Me da cansancio –soltó Laziness en un bostezo.
–Pero no sé –dijo Adelina quitándose el sudor de la frente–. Busco en cada recuerdo y no sé qué otra forma hacer que mi poder me obedezca.
A veces, convertía pocas plantas de hierro y creaba pocas púas y enredaderas de hielo, pero se rompían con un leve viento. Las gemelas se quedaron en silencio y Delay dijo:
–Quizás es cómo lo proyectas… Intenta usar otro método.
Los dolores de cabeza la azotaron y Adelina cerró los ojos. Su mente proyectó un cuadro con el recuerdo de los besos de Tomas, imaginó los marcos cubiertos de enredaderas de hierro extendiéndose y rodeándola. Un toque frío se instaló en el brazo de la joven y abrió los ojos sonriendo.
Las mismas rosas y enredaderas de su mente se encontraban frente a ella. Adelina no pudo evitar reír y olvidó el dolor de cabeza.
–Lo…
–Lo lograste –dijo Delay aplaudiendo–. Es hermoso, Majestad.
–Es lindo –elogió su hermana–. Pero me da flojera cuidar el jardín.
Delay le dio una patada con una sonrisa y Laziness le asestó manotazo soltando un gruñido.
–Sigue practicando –aconsejó la hermana de rojo–. No hay que perder los avances.
Adelina asintió y cerró los ojos. Imaginó otro alegre recuerdo usando el mismo método con el hielo. Proyectó hojas haciéndoles crecer y, al abrir otra vez los ojos, lo que había pensado se volvió realidad. El pecho se le hinchó, pero la cabeza le estalló y ocultó una mueca.
–Mi señora, logrará avanzar en sus habilidades –dijo Ravinder–. Debe continuar puliéndolos e incluso empezar emplear a los muertos.
–No quiero usar a los fallecidos de la Academia Wu Shi –espetó la joven poniéndose de pie.
Un pinchazo se clavó en la mitad de su cráneo y se tambaleó. Las hermanas la sostuvieron, la recostaron y la revisaron buscando cualquier herida. Adelina intentó ponerse de pie una vez más, pero un mareo la invadió y quedó acostada en el tronco.
–Solo… necesito descansar. Me duele la cabeza, nada más.
–¿Desde cuándo le duele la cabeza, Majestad? –cuestionó Laziness.
–Luego de la misión de la Fortaleza de Ying –respondió la chica.
Las gemelas la cargaron por los hombros, la dejaron en las escaleras del complejo y se fueron a preparar brebajes. Cada mísero ruido era como plomo en el cerebro de la chica, las campanadas fueron tambores golpeando una y otra vez. Vislumbró a sus amigos acercarse, un grito le generó una mueca y los toques la trajeron a la realidad.
–¡Adelina! –llamó Tomas ahuecándole las mejillas–. ¿Estás bien? Mirame.
–Es dolor de cabeza, mortal –respondió Delay sosteniendo un cuenco–. Los ladrones de almas lo ocasionan.
Le entregó el brebaje. El amargo sabor de la medicina se quedó atascado en el paladar de la chica, soltó un quejido seguido de una tos y lo dejó a un costado. Lentamente, el dolor de cabeza se fue desvaneciendo.
–Estoy bien –dijo Adelina tratando de levantarse, pero un mareo la hizo tambalear.
Los brazos de Tomas la sostuvieron antes de caer y se sumergió en el calor de su cuerpo.
–Mejor, tomate el día –dijo Mariano–. O espera hasta la tarde a ver cómo te sentís para hacer algo pequeño.
Adelina asintió, sus amigos se marcharon y los ojos grises de Tomas la estudiaron. La joven le hizo un par de ademanes para que se fuera, las sirvientas de Hela se quedaron detrás de ella mientras uno de los lobos de Armenia le lamía la mano y le acarició detrás de las orejas. Los demás le exigieron cariño, la chica rio y cerró los ojos percibiendo a los animales pegarse a ella.
Al atardecer, se encontró mejor y continuó con el entrenamiento. Se sumergió en los jardines del complejo, se sentó cerca de un árbol y escarbó entre sus memorias. El secuestro, los golpes, los experimentos, el miedo y los momentos con Dimitri. Los sentimientos no tardaron en burbujear y proyectó en su mente el marco de un cuadro del que salían púas de hierro y fuego verde. Las imaginó posarse en su palma y rodearla de forma irregular.
Adelina abrió los ojos. Las llamaradas verdes tenían los mismos patrones que había fantaseado y sonrió quitándose el sudor de la frente. Las llamas desaparecieron dejando que el aire fresco pasara y un revoloteo se escuchó encima de su cabeza.
–El fuego infernal es una habilidad única, mi señora –dijo Ravinder aterrizando en la hierba.
Sus alas se extendieron hacia el cielo de colores anaranjados, rosados y amarillentos. Algunas de las heridas sin sanar de las alas le empezaron a salir pus y los rayos de sol pasaron a través de estas. La criatura las bajó y se inclinó ante Adelina.
–Siempre lo veo en mis sueños y visiones.
–Es un don inusual a mis ojos. Quemaduras por fuera y por dentro, el frío carcomiendo las venas. Me pareció, desde mi creación, algo extraño y siempre quise encontrarle una respuesta… Pero en el Infierno es mejor que queden más dudas que respuestas.
–¿Por qué lo decís, Ravinder?
–Porque a veces las respuestas son más aterradoras y asquerosas que bonitas… Incluso son más confusas que los laberínticos pasillos del antiguo palacio de nuestra diosa y señora.
Adelina soltó una pequeña risita.
–¿Cómo era el palacio?
–Imponente y maravilloso –respondió Ravinder.
–Hecho por arquitectos de elite y almas castigadas, obligadas a pagar por sus crímenes en vida –continuó Delay–. Muchos de ellos volvieron a la Playa de Cadáveres.
–Daba flojera tener que mantenerlos a raya –dijo Laziness entregándole el cuenco con más brebaje a Adelina–. Hice muchos muñecos para controlarlos, tuve que destruir algunas almas. Nuestra diosa y señora, también lo hizo o les mostró sus miedos.
Esas últimas palabras hicieron que Adelina girara la cabeza hacia las hermanas.
–¿Cómo lo hacía?
–Era una habilidad peculiar de nuestra diosa y señora –respondió la hermana de rojo–. Muestra los peores temores… No se lo deseo ni al maldito de Nyagust.
–Debe tener cuidado con ese poder, Majestad –dijo Ravinder–. Es dañino.
Las hermanas le insistieron a Adelina que continuara entrenando sus habilidades. Practicó con las llamas verdes creando patrones irregulares y se elevaron a la voluntad de Adelina. Proyectó pequeñas figuras danzarinas y luego, un par de siluetas con la apariencia de Tomas y Adelina tomándose las manos y compartiendo un beso. Las llamas desaparecieron con lentitud y la muchacha sonrió, pero no la sintió genuina. No con la palabras que había dicho la criatura.
–Es un gran avance, Majestad –elogió Ravinder–. Logrará usarlos en el combate.
–Debe recuperar sus fuerzas, mi señora. Descanse y prepárese para mañana, será un día largo –dijo Delay mientras su hermana soltaba un quejido lastimero.
–Dentro de poco tiempo iré al Mundo Exterior –anunció Liu Kang a los combatientes.
Adelina observó a Tomas y luego a sus compañeros. Todos escucharon lo mismo. Mariano abrió más los ojos y Daniela enderezó su postura mientras se acomodaba los rulos rojizos. Delay y Laziness se miraron entre ellas como si hablaran telepáticamente. El dios se mantuvo imperturbable y continuó:
–Necesito aclarar con la emperatriz Sindel, la amenaza de los hechiceros no la podremos detener solos ni con las fuerzas del Infierno.
–Liu Kang –llamó Mariano–. ¡Estás en pedo!
Adelina y Daniela lo miraron boquiabiertas por el lenguaje que empleó. Aunque, tenía razón la joven escuchó algunas palabras aquí y allá de los monjes. Decían que los soldados de la emperatriz no habían llegado a poblados notorios ni ciudades y, con la ayuda de Reptile y Ashrah, se habían logrado contenerlos, pero que esa ayuda no bastaba. Las fuerzas enemigas querían arremeter con más fuerza y los monjes heridos o muertos se acumulaban con rapidez. El tiempo no estaba de su lado.
Aunque las palabras del dios, fueron una locura. Era un plan suicida entrar a la capital del Mundo Exterior con los problemas que cargaban, la emperatriz Sindel lo mataría en cuanto pusiera un pie en su imperio y aplastaría a la Academia Wu Shi seguido de la Tierra. Ni sabría si querría escuchar las amenazas que son Shang Tsung y Quan Chi tampoco lo que serían Mateo y Nyagust.
Todos empezaron a protestar en un coro inentendible. Incluso las sirvientas de Hela se murmuraron entre ellas, Ravinder soltó un chillido desplegando sus alas, los lobos de Armenia parecieron entender lo que ocurría y cabecearon buscando cariño de la Adelina. Sintió que la cabeza se le partió en dos, volvió a tomar del cuenco que le habían dado las hermanas sintiendo el tacto reconfortante de Tomas y notó su mirada seria.
–Es mucho peor que en mis películas –dijo Johnny.
–Es una locura, Lord Liu Kang –agregó Raiden.
Todos volvieron a hablar entre ellos, el dios hizo un ademán con la mano y guardaron silencio.
–Es vital aclarar las cosas con Sindel. Además, los hechiceros no están solos.
–Sí, lo sabemos –soltó la pelirroja–. El General Shao y todos los que quieren que el Mundo Exterior esté en guerra con nosotros.
–No solo ellos, Daniela Ramoter –argumentó el dios tranquilidad–. Una amenaza mucho antes de que existiera esta línea de tiempo.
–¿Qué? –soltaron todos al mismo tiempo.
Las sirvientas de Hela se acercaron más. Adelina abrió más los ojos y miró a Tomas esperando que no hubiera escuchado esas mismas palabras ¿a qué se refería con una línea anterior pasada? ¿Estos acontecimientos se repitieron antes de la existencia de todos? ¿Hela conocía esta información?
Al lado de Liu Kang, un remolino de arena emergió junto a un resplandor blanco revelando un hombre calvo y de piel chocolate. Sus ojos eran celestes como el cielo, llevaba una hombrera de color dorado y debajo de este había un tatuaje del mismo color. Cargaba pantalones holgados de color rojo y sus manos estaban cubiertas hasta el codo con vendajes. Por varias partes de su cuerpo tenía líneas como si dividieran el cuerpo del hombre y en el medio de su pecho, residía artefacto metálico destilando un resplandor celeste.
El hombre calvo descruzó los brazos y se inclinó ante el grupo. Su mirada fue penetrante, sus ojos se dirigieron a cada uno de los presentes y volvió a quedar en una postura firme.
–Es un gusto conocerlos, habitantes de la Tierra.
–Y… –extendió Mariano–. ¿Este pelado quién es?
–Él es Geras, Mariano Baldor –presentó Liu Kang–. Protector del Reloj de Arena.
–¿Qué? –soltaron todos al mismo tiempo.
La deidad relató la antigua línea temporal. La locura que había consumido a la titán Kronika por su preciado equilibrio, la batalla entre Liu Kang contra Shang Tsung por el control del Reloj de Arena y los destinos que debía cumplir la nueva versión. También, les reveló las atrocidades que habían cometido las antiguas versiones de Shang Tsung, Quan Chi y el General Shao y los destinos que Liu Kang intentó mejorar.
Adelina se quedó sentada y mirando un punto fijo. Era imposible asimilarlo. Toda su vida no fue azar sino una fabricación. La pérdida de sus padres, no saber de su linaje, ser criada por el Viejo Mario y estar con Daniela y Mariano… conocer a Tomas. Cada una de sus acciones fue planificada, nada fue real… una ilusión. No solo su existencia, los vínculos que creó ¿Habría sido amiga de Daniela y Mariano? ¿Sería enemiga a muerte de ellos o de Tomas? ¿Habría unido su corazón a él o uno estaría sufriendo por no corresponder los sentimientos? ¿Qué hubiera sido de su vida sin lo que tenía?
Observó a Tomas, sus ojos tormentosos mezclaron miles de emociones peleando porque una dominara y apretó su mano. Quizás muchas de las desgracias que vivieron, hubieran sido el intento del dios por querer cambiar los hechos pasados. La mirada de Tomas se endureció y se enfocó en el dios.
–Y ¿Hela? –cuestionó Adelina–. ¿Lo sabía?
–No –respondió Geras manteniendo los brazos cruzados–. Ella desconocía la antigua línea temporal y como se quedaba absorta en el Infierno, hablarle era muy complicado.
–Sé que todos tienen preguntas y recriminaciones sobre mis acciones –dijo el dios extendiendo los brazos–. Pero para tejer la nueva tela del tiempo, debí cortar algunos hilos. Además, no poseo actualmente los poderes de un titán, solo fue una cosa del momento. Vi la locura que consumió a Kronika por completo y no quiero repetir esos mismos pasos.
Tanta información… una verdad. Quedó el silencio, incluso Mariano mantuvo la boca cerrada y le sorprendió a Adelina que no soltara algún comentario ingenioso. Era mucho que similar… que aceptar.
–Seguiremos siendo fieles, Lord Liu Kang –dijo Raiden.
–Bueno, sí –agregó Daniela–. Nos ayudaste mucho y si no nos enfrentamos a esto, todo se va a la mierda.
–Cuenten con mi apoyo –soltó Johnny ajustándose las gafas.
–Y el mío –dijo Kung Lao.
–Mi hermano y yo le seremos fiel, Lord Liu Kang –afirmó Kuai Liang inclinándose y Tomas le siguió con una mirada seria.
–Estoy con ustedes –dijo Adelina con un hilo de voz.
El dios esbozó una pequeña sonrisa, la joven notó que sus hombros se relajaban y les hizo a todos una reverencia con Geras imitándolo. El silencio persistió, pero Delay se adelantó. Laziness abrió más los ojos, su mirada fue amenazadora hacia su hermana.
–Lord Liu Kang –llamó–. Iremos con usted al Mundo Exterior.
–No quiero ir –soltó Laziness–. Que se encargue Liu Kang.
–Tu hermana tiene razón, Ganglate –argumentó el dios–. Es un asunto que debo resolver por mi cuenta.
–Necesitará mi ayuda y la de mi hermana…
–No la necesita, Delay. Solo déjalo en paz y déjame dormir.
–Me refiero a que queremos empezar nuestras labores como las voceras ante el surgimiento del linaje de nuestra diosa y señora –argumentó la hermana de rojo–. Además, mostrarle a la emperatriz que las fuerzas de Hela se encuentran con usted, Lord Liu Kang.
–Pero ¿y mis entrenamientos? –cuestionó Adelina–. ¿Cómo voy a seguir?
–Ravinder te ayudará –respondió Delay sonriente.
El dios quedó en silencio pensativo.
–Está bien, partiremos al anochecer.
Laziness gruñó seguido de un grito de dolor por los tirones de Delay. Mientras Adelina y el resto observó al dios irse dando una disculpa con Geras detrás suyo.
–Me dicen que si lo que escuchamos ¿es una falopada o no? –cuestionó Mariano girando la cabeza a los demás–. Por favor díganmelo.
–Es una realidad… –empezó Kenshi.
–Muy fuerte –terminó el actor.
–O sea que la razón por la que soy un metalero ¿fue por él? –soltó Mariano señalando a la salida–. Todas nuestras decisiones ¿son gracias a él?
–Parece que sí –dijo Adelina suspirando.
–Cuando la amenaza de los hechiceros termine, podremos preguntarle más a Lord Liu Kang sobre nuestro pasado –intervino Kuai Liang–. Debemos priorizar nuestros objetivos.
–Pero ¿no te da curiosidad? –cuestionó Daniela–. ¿Saber por qué te dio la vida que tenés? ¿Si los vínculos que formaste son genuinos o más que una mentira?
Kuai Liang endureció la mirada y la pelirroja no se inmutó a sus gestos amenazantes.
–Son preguntas que no nos ayudarán con lo que enfrentamos ahora.
Daniela se guardó cualquier comentario que se le pasaba por la mente. Las hermanas alentaron a Adelina a que entrenara con Ravinder mientras veía a Tomas y su hermano a hablar separados del grupo.
Adelina se sentó en los jardines del complejo de estudiantes, bebió de la medicina que le dejaron y usó su técnica para practicar el fuego infernal. Las llamas verdes surgieron, proyectó el hielo y ambos elementos estuvieron en la palma de Adelina. De la tierra, crecieron enredaderas de hierro hasta llegar a la espeluznante cabeza de Ravinder y las manipuló creándoles espinas.
–Es un gran avance lo que ha hecho, Majestad –dijo la criatura–. Continue con ese ritmo y llegará a implementarlos para el combate.
Las practicas continuaron hasta que el sol comenzaba a ocultarse dejando colores anaranjados y oscuros azules en el cielo. Adelina se dejó caer en las escaleras del complejo con el sudor corriendo por su cuerpo, vislumbró a Mariano y Daniela compartir mates en silencio mientras Tomas se acercaba a ella y disfrutaron la silenciosa compañía.
–¿Cómo va tus entrenamientos? –preguntó Tomas–. ¿Pudiste avanzar?
–La verdad no quiero hablar de eso.
–Yo tampoco –afirmó.
–Es una locura –soltó la joven.
–Yo estoy enojado –Los ojos de Tomas se volvieron tormentosos–. No puedo creer que parte de mi vida es así por él. Mi madre y hermana… Nuestras vidas pudieron ser diferentes… pudieron ser…
–¿Crees que nos hubiéramos conocido? ¿Crees que estaríamos juntos si sus decisiones hubieran sido diferentes? –cuestionó la joven.
Tomas guardó silencio y sus ojos mostraron tantas emociones en pocos segundos. Ira, dolor, angustia, rabia, confusión. Bajó la cabeza.
–No lo sé –susurró.
–Tampoco me gusta que haya tomado decisiones para nuestras vidas –dijo Adelina tomándole las manos–. Pero no…
Tomas la estrechó entre sus brazos y el calor de su cuerpo la invadió.
–No sé cómo mi hermano puede aceptarlo como si nada. No sé por qué no cuestiona todo esto.
–Tarde o temprano lo va hacer, Tomas –dijo la joven ahuecándole las mejillas y acariciándolo con delicadeza–. Quizás lo quiera procesar en silencio. Debe ser su forma de afrontar las cosas.
Se quedaron sentados pensando. Las campanadas los hicieron reincorporarse, salieron del complejo y vieron a los monjes dirigirse al portal. Raiden y Kung Lao estuvieron en la delantera preguntándole a Liu Kang si necesitaba más refuerzos además de las sirvientas de Hela. El dios se dio la vuelta mientras Delay y Laziness acomodaban sus ropas acercándose a Adelina.
–Espero que en algún momento puedan entender mis acciones pasadas –dijo Liu Kang haciendo una pequeña reverencia.
Caminó hacia el portal y desapareció. Delay le sonrió a la muchacha y Laziness emitió un bostezo.
–Volveremos, Majestad y traeremos más de lo que piensa.
Le hicieron una inclinación y se desvanecieron en el portal.
–Regresa a tu hogar, Lord Liu Kang –ordenó una familiar voz femenina–. No permitiré que nadie pase.
Habían pasado años, incluso siglos desde que Delay pisó el Mundo Exterior. Las cosas habían cambiado, desconocía si era para mejor o no. Pero le alegró ver los familiares paisajes ensoñadores de Sun Do, la capital del Mundo Exterior. Los banderines violetas flameando ante el movimiento del viento, las refinadas flores desplegando exquisitos aromas, las impolutas columnas blancas imponiéndose, el pequeño arroyo susurrando ante los movimientos y el abrasador calor del sol.
Lo que no le alegró ver, era la forma en que los recibía la guardia de la capital. Afirmaron sus armas en una pose combativa, una mujer mantuvo la mirada alzada ante Liu Kang y Delay se sorprendió del cambio de Li Mei. Aun así, conservaba su semblante duro y aguerrido a pesar de los siglos.
–Qué forma tan hostil de recibir a los invitados, Li Mei –dijo Delay sonriente–. Te olvidaste de la buena educación.
Los ojos marrones de la mujer se abrieron como platos y cualquier atisbo de expresión se desvaneció en una capa de indiferencia. Seguramente la noticia de las mismísimas sirvientas de Hela volvieron a caminar por el Mundo Exterior, se correría como la pólvora y, eso, le encantaba a Delay. Incluso a Hela le hubiera gustado. Era un mensaje para los enemigos, las cosas habían cambiado y buscarían las cabezas de los culpables. Sería una aplastante victoria y un placer carnal cumplido para Delay… quizás no para la tonta de su hermana.
–Es un honor verlas devuelta, Ganglate y Gangleura –declaró Li Mei–. Pero es una pena que la diosa Hela haya decido estar del lado de Liu Kang.
–Las apariencias suelen ser engañosas –dijo Delay–. Y es Delay y Laziness.
–Yo ni quería venir –se quejó su hermana–. Es mucho trabajo y me da flojera.
Delay le dio un golpe en la nuca, su hermana se volteó lanzándole una mirada de odio con sus ojos azules, le sacó la lengua y Delay le hizo una mueca. Enderezó su postura mientras sonreía, se acomodó el peinado permitiendo que algunos mechones teñidos de rojo se cayeron y se alisó el traje blanco y rojo.
–Debemos ver a Su Majestad –intervino el dios–. Tiene que cesar el ataque contra la Tierra.
–Su decisión fue desacertada, pero ya no quiere mis consejos –espetó Li Mei–. Y dudo que esté interesa en los tuyos.
Laziness soltó una risita.
–Engañaron a la emperatriz –afirmó Liu Kang dando un paso y Delay lo imitó junto a su hermana–. Shang Tsung y el General Shao fomentaron esta crisis a fin de quedarse con el trono.
–¡¿El General Shao?! –cuestionó Li Mei abandonando la indiferencia en su rostro–. Sabía que ocultaba otras intenciones. Pero unirse a Shang Tsung… Sabía que él no era de fiar. Si aún perteneciera a las Umbgadi, no habría respirado el mismo aire que la emperatriz. Mis fuentes me contaron que llegó de la nada y de inmediato influenció a la emperatriz.
–Además, estuvo trazando planes contra el Infierno –dijo Laziness en un bostezo.
–Se ganó su confianza porque trató la enfermedad de la princesa Mileena –afirmó Liu Kang–. Por desgracia, padece de tarkat.
Antes de que fueran al Mundo Exterior mientras Delay y Lazinees se preparaban, el dios les explicó la misión que habían hecho los amigos de Adelina… Además de la enfermedad de la heredera del Mundo Exterior.
–Para ocultar semejante enfermedad saben resguardarlos muy bien –dijo Laziness–. Ni siquiera se nos pasó por la cabeza la última vez que vinimos y deberíamos colocarla en los bosques para el nuevo palacio.
Las preguntas se quedaron infestadas en el rostro de Li Mei. Luego se las responderían, pero esa tarea le pertenecía al dios.
–La emperatriz debe estar fuera de sí –susurró pensativa–. Si Shang Tsung encontró un tratamiento, no hay duda de por qué lo acogió.
–No le conté a nadie sobre esto –aseguró Liu Kang dando otro paso y los soldados afirmaron sus armas–. Confío en que tú, más que nadie, guardarás el secreto.
–Por supuesto –sostuvo la mujer–. Si se hiciera público, sería el fin de la familia real.
–Li Mei, la emperatriz Sindel necesita nuestra ayuda ¿Vienes con nosotros?
La mujer guardó el silencio dudando, un brillo se instaló en sus ojos marrones y dijo:
–La muerte del emperador Jerrod, junto con el dolor que le causó a Sindel, siempre me atormentó. Le fallé a la familia real una vez. No volveré a hacerlo.
–Me encanta ese entusiasmo –declaró Delay con júbilo–. Ahora, sigamos con esta bonita reunión porque ya quiero resquebrajar huesos.
–Maldita loca –susurró Laziness.
En solo minutos, Li Mei consiguió un carruaje rumbo a palacio. La bulliciosa Sun Do no tardó en inundar los oídos de Delay. Los comerciantes vociferando sus productos, las risas de las familias y las pisadas de los soldados de Li Mei. Delay se examinó las uñas pintadas de rojo y blanco mientras Laziness posaba su mentón en la palma de su mano, parpadeó reiteradas veces y el cabello blanco con mechones bordó le cubrió parte del rostro.
–El pisar de los soldados ¿no te trae recuerdos, hermana? –cuestionó Delay.
Laziness se enderezó y soltó un bostezo.
–Me recuerda cuando las almas malditas hacían los trabajos forzados o la servidumbre era… –revoloteó los brazos recostándose contra los almohadones–. Tedioso y horrible.
–Excitante y placentero –contradijo Delay limándose las uñas. Liu Kang y Li Mei las miraron extrañados–. Más si era con…
–No termines esa frase –cortó su hermana.
–Ahora todo tiene sentido –cortó Li Mei observando al dios–. Mis contactos dentro de las Umbgadi habían dicho que los soldados del general han avanzado. Sin embargo, no puedo comprenderlo ¿El General Shao cometiendo traición?
–Es el fruto de una semilla venenosa plantada por Shang Tsung –detalló Liu Kang–. Se aprovechó de la vanidad del general y exacerbó sus prejuicios para convencerlo de que solo él podría salvar al Mundo Exterior.
–Podría ser imparable –teorizó Li Mei–. Las Umbgadi son pocas y mis oficiales no tienen preparación para la guerra.
–Debes saber que yo también ayudaré a defender la emperatriz –aclaró el dios.
En ese instante, el carruaje se detuvo haciendo que Delay y su hermana tambalearan y Liu Kang mantuvo la postura rígida.
–Conductor –llamó Li Mei volteándose–. ¿Qué sucede?
Delay miró a su hermana que hizo una mueca como una niña caprichosa y su mirada fue a Liu Kang. Li Mei salió del carruaje, los rayos del sol hicieron que Delay entrecerrara los ojos, el aroma de la comida de la capital invadió sus fosas nasales, las estatuas decoradas se impusieron en cada rincón y Delay logró vislumbrar soldados aproximarse. Los hombres de Li Mei se ponían a la defensiva y Delay abrió los ojos al ver un centauro en las filas del general.
–Me vendría bien esa ayuda ahora –dijo Li Mei y se giró a ver a las hermanas–. Escuché muchas cosas de sus combates, Ganglate y Gangleura… Espero que sean ciertas.
Delay miró a su hermana y le sonrieron.
–En el Infierno, se dice que las respuestas son más aterradoras que bonitas –dijo Delay con picardía.
Li Mei volvió abrir la puerta. El hombre y el centauro avanzaron hasta quedarse frente a la antigua Umbgadi y Delay quedó maravillada por la belleza del extraño. Su mirada desprendió guerra y fiereza en sus ojos pintados de negro. Quizás hubiera sido un amor pasajero como el de una adolescente enamorada en tiempos anteriores.
–Lleva a Liu Kang al acceso al portal, Li Mei –ordenó el hombre–. No es bienvenido en el Mundo Exterior… ni a sus acompañantes.
–Que falta de modales –susurró Laziness.
Delay soltó un sonido en señal de afirmación y avanzó junto a su hermana a la salida del carruaje.
–No apoyaré al general, Reiko. Ni su plan para usurpar el trono –vociferó Li Mei.
–En ese caso, no vivirás para ver el nuevo régimen –terminó Reiko cruzándose de brazos.
Delay le esbozó una coqueta sonrisa, el hombre hizo una mueca de desprecio, ella formó con las manos el corazón roto y puso una triste cara. Laziness se quejó soltando un gran cúmulo de maldiciones. En ese instante, el centauro tomó los brazos de uno de los hombres de Li Mei y se los arrancó como si fueran palillos de madera y con los cascos delanteros, lo aplastó. Los gritos de batalla no tardaron en inundar cada rincón de las calles. Reiko desenvainó su cuchillo, se agachó apuñalando a dos hombres y, en una voltereta, se la incrustó debajo del mentón de otro emergiendo la sangre a borbotones.
–Que encantador –sonrió Delay.
–Inspirador –espetó Laziness.
–Nos rodearon –soltó Li Mei cerrando la puerta.
–Soy el protector de la Tierra, Li Mei –dijo Liu Kang–. El combate no me es ajeno.
–Te mostraremos que las historias que te contaron sobre nosotras, son mucho más oscuras de lo que piensas –añadió Delay.
Laziness gruñó, la pereza de sus ojos se esfumó y solo quedó una ira chispeante en sus ojos azules amenazando con consumir todo.
–¡Hijos de puta! ¡No me quería mover! –vociferó sacando un muñeco vudú–. ¡Quería calma y dormir!
Li Mei abrió las puertas asestándole una patada a dos hombres mientras Delay y su hermana tomaban la delantera. La joven se torció el brazo escuchando el hueso crujir, el aire helado recorrió cada nervio expuesto, el centauro se acercó a ellas elevando sus patas y las hermanas lo esquivaron dando un salto. El dolor y la adrenalina la trajeron a la vida, Delay soltó una risotada y extrajo el hueso roto formándose una espada. La extremidad se acomodó por si sola abandonando esas bellas y agonizantes sensaciones y movió el brazo con total naturalidad.
Mientras tanto, su hermana se encargaba de algunos soldados de Reiko, les arrancó mechones de cabello permitiendo que los muñecos tomaran las apariencias de los hombres y el poder bordo de Laziness se desató. Les incrustó varias agujas a los cuerpos al mismo tiempo que le arrancaba las gargantas, luego desmembró las extremidades de los muñecos y los soldados gorgotearon viendo cómo sus brazos se separaban entre las maldiciones de Laziness.
Delay esquivó otro par de pisotones del centauro y se alzó encima de su lomo, le clavó la espada sobre sus defensas. El centauro vociferó, se movió de un lado al otro como un caballo salvaje intentando sacarse de encima a Delay y se equilibró hasta llegar a la espalda.
–Movimientos inútiles, centauro, y tu dolor no logra darme ánimos para darte pelea.
La criatura gruñó y Delay le incrustó en el hombro la espada y luego en el otro. Colocó las manos en las heridas haciendo presión, hizo una voltereta y, con los tacones, le asestó un brutal golpe en el pecho. El centauro arremetió chocando con varias cestas de mimbre, las filosas uñas del centauro rasguñaron parte del rostro de Delay, dejaron suelto parte de su cabello blanco y los mechones rojos y ella volvió a esquivar las patas de la criatura. Se puso de pie un salto, tomó su espada y la mujer se la clavó en la piel descubierta de las patas. En la agonía, Delay estiró su pierna y la bajó asestándole en la cabeza del centauro cayendo inconsciente.
La espada de hueso de Delay se desintegró y sonrió satisfecha mientras se arreglaba el cabello. El grito de guerra de su hermana y Li Mei la trajo a la realidad, la antigua Umbgadi con una patada y su habilidad púrpura, creó una pequeña cabeza de león dejando inconsciente a Reiko y un montón de chispas púrpuras se desplegaron en el suelo.
Un par de soldados se aproximaron, Laziness se acercó a uno rasguñándole el brazo, el muñeco no tardó en formarse y lo partió a la mitad seguido del hombre entre gritos. Delay se encargó del otro, su mano se adentró entre sus costillas extrayendo una y partió el hueso formándose en dos dagas. La piel y el hueso no tardó en reconstruirse. Los ojos del soldado se abrieron aterrados, Delay se adelantó clavándole una de las dagas en la mano y la empujó hasta dividir el brazo a la mitad dejando que la sangre tiñera el suelo. El hombre gritó, la mujer le incrustó ambas dagas en el cuello, las sacó extendiendo sus brazos a los costados y la cabeza salió disparada.
–¡Las fuerzas de Hela han regresado , habitantes del Mundo Exterior! –gritó Delay y soltó una risotada.
Las dagas se desvanecieron y el lugar quedó en silencio absoluto. Los pocos soldados vivos temblaron ante las sonrisas de Delay y Laziness, los hombres de Li Mei aprovecharon para desarmarlos y apresarlos llevándolos en filas. Un par de ciudadanos mantuvieron la distancia mientras las hermanas se acercaban a Li Mei y Liu Kang.
–Estamos con falta de practica –dijo Delay juguetona.
–Debemos irnos –intervino Li Mei subiendo al carruaje–. Los refuerzos deben estar en camino.
–No quiero verlos –soltó Laziness entrando a toda prisa–. Déjame descansar.
Delay susurró una maldición subiendo al carruaje, el dios cerró las puertas y avanzaron. Entre la madera, la bulliciosa Sun Do desapareció hasta convertirse en columnas decoradas con telas púrpuras y banderines de la casa real del Mundo Exterior, algunos nobles rieron disfrutando los exquisitos banquetes y varios soldados del General Shao patrullaron cerca.
Se escondieron en los establos, un par de Umbgadi hicieron ademanes y los cuatro las siguieron adentrándose al interior del palacio. Delay le sorprendió ver cada rincón igual que cómo la recordaba siglos atrás. Impoluto, imponente y elegante. Las flores inundaron cada rincón desplegando sus bellos aromas, el musgo decoró varios arcos de los jardines y solo hubo silencio… Silencio.
–Odio la calma –dijo Delay–. Me desespera.
–Pues a mí me gusta –argumentó Laziness cruzándose de brazos.
Los cuatro llegaron a un enorme jardín donde se escuchaba el delicado sonido del agua emanar de la fuente, los peculiares árboles con coloridas hojas y las flores más exquisitas. Varios banderines púrpuras y telas del mismo color se movieron a donde soplaba el viento y pisadas interrumpieron el momento. De las tantas escaleras del jardín, dos Umbgadi se aproximaron desplegando sus armas y, de los árboles, salieron un par más apuntando sus lanzas a Delay y Laziness.
–La noticia de su llegada te precede –dijo la mujer de tes oscura y señaló con su arma a Liu Kang–. Si quieres salir indemne de esta situación, ríndete. También, va para ustedes, sirvientas y mensajeras de Hela.
Li Mei se interpuso manteniendo una postura firme.
–Déjanos pasar, Tanya –dijo alzando las manos y dio un paso–. La emperatriz y su familia están en peligro –señaló al dios mientras se acercaba a la Umbgadi–. Él nos informó de la conspiración de Shang Tsung y Shao en su contra.
–Y contra el Infierno –agregó Laziness.
–¿¡El general!? –gritó Tanya–. ¿Así de fácil te dejas engañar por mentiras? De nuevo demostraste ser incapaz de proteger la casa real.
Las sacerdotisas embistieron con las lanzas, Delay le arrebató el arma y se la partió a la mitad. Le agarró el cuero cabelludo, le asestó un rodillazo al rostro y le dio una patada en todo el pecho. La sangre se escurrió manchando sus ropas negras y amarillas, escupió el líquido carmesí y se abalanzó hacia Delay levantando el puño. La sirvienta de Hela detuvo el golpe y se preparó para torcerle el brazo. La sacerdotisa comenzó a gritar y Li Mei vociferó:
–¡No las lastimen, por favor! ¡Se los pido!
Delay revoleó los ojos y atisbó a Laziness hacer una mueca mientras dejaba de tirar los brazos del muñeco de la otra sacerdotisa. Su hermana tomó la unión entre la cabeza y el cuerpo del muñeco, la sacerdotisa dirigió sus manos al cuello respirando entrecortadamente y tosiendo y se sentó en la hierba observando con somnolencia las flores. Delay le asestó una patada giratoria a la sacerdotisa y cayó inconsciente.
Ayudó a su hermana a ponerse de pie, le agradeció y ambas se decidieron acomodarse el cabello despeinado mientras observaban a Li Mei arrasar contra la líder de las Umbgadi.
–Lamento que me obligaras a esto –dijo en voz baja.
En pocos segundos, varias sacerdotisas salieron de todas las direcciones rodeando a los cuatro, las hermanas alzaron las manos y Delay esbozó una pequeña sonrisa.
–Parece que la amabilidad también se fue en el palacio –susurró Delay entre dientes–. Es indignante.
–Penoso –soltó Laziness en un bostezo.
Las Umbgadi se acercaron más y Delay sintió la punta de una de las lanzas en su abdomen.
–Sacerdotisas –llamó Li Mei–. Ustedes saben quién soy y cómo actué cuando era una de ustedes. Quizás ya no sea bienvenida, pero en mi corazón todavía soy una de las Umbgadi. Siempre honraré mis juramentos. Él y las sirvientas de Hela vinieron a eliminar la amenaza contra la emperatriz. Si nos impiden continuar, perderá el trono… pero si nos apoyan, salvaremos el imperio.
Por varios tortuosos minutos, las Umbgadi se quedaron inmóviles y en silencio. Solo las observaron. Bajaron las armas, ataron a Tanya y a sus compañeras que intentaban reincorporarse dando manotazos y gruñidos y las obligaron a avanzar entre los relucientes pasillos.
–Creo que las historias que las preceden, sirvientas de Hela, no les queda ni a los talones –dijo Tanya entre dientes.
–Ah, Umbgadi, lo que viste de nosotras es compasión –dijo Delay acercando la cabeza. La respiración se le cortaba a la líder Umbgadi–. Deberías considerarte una enemiga de nuestra diosa y señora… Para ver que las historias que te contaban eran solo un telón barato y mugroso.
–Agradece que Li Mei y Lord Liu Kang te respaldaron –agregó Laziness–. Además de... tus sacerdotisas.
Se quedaron callados escuchando el repiqueteo de los tacones de las mujeres. Delay convenció a su hermana de hacerse un par de retoques a su maquillaje antes de ver a la emperatriz y se acomodaron la sombra de los ojos y el lápiz labial en uno de los tantos espejos del pasillo.
–¿Por qué no me mataste? –cuestionó Tanya a Li Mei.
–Porque no queremos lastimarte –respondió la antigua Umbgadi.
–Que estés con vida servirá de prueba ante la emperatriz –agregó Liu Kang.
Ingresaron al salón del trono, todo estaba igual que como Delay lo recordaba. El retrato del emperador Jerrod y la emperatriz Sindel decorada con velas, los delicados candelabros con joyas de incalculable valor, los pisos blancos reflejando al grupo, varias lianas uniéndose a las entradas. Delay abrió los ojos al reconocer a las princesas del Mundo Exterior, Mileena y Kitana. La última vez que las vio estaban a la misma estatura que el hijo de Hela, Kolbein.
La emperatriz Sindel apretó la mandíbula, sus ojos reflejaron ira, sus uñas estrujaron sus rodillas y las princesas no ocultaron su enojo. Li Mei se acercó a la familia real con Tanya detrás mientras Delay y Laziness se quedaban al margen y las sacerdotisas se colocaron en postura firme.
–La buena educación quedó deteriorada, Su Majestad –vociferó Delay.
La mirada de Sindel se endureció y se dirigió a la antigua Umbgadi.
–¿¡Cómo te atreves, Li Mei!? –exclamó–. ¿No te bastó con permitir que asesinaran a Jerrod? ¿Dejarías que Liu Kang destruyera el resto de mi familia? Tampoco pensé que Hela estaría involucrada. Todos estos años encerrada en el Infierno solo para enviar a sus mensajeras y no presentarse en persona.
–La muerte de tu esposo me destrozó –dijo Li Mei–. No solo perdí a mi emperador, sino a ti, mi mejor amiga. Quizás nunca me perdones, pero no dejes que te cieguen el enojo y el dolor. Vinimos a ayudarte.
La mirada de la emperatriz se suavizó y los ojos se le cristalizaron. En un abrir y cerrar de ojos, Tanya estranguló a Li Mei y las sacerdotisas se pusieron a la defensiva. Li Mei le asestó un codazo, Tanya le bloqueó varios golpes, logró darle un empujón y contratacó con una serie de patadas haciendo que la Umbgadi cayera. Una de las princesas encaró a Li Mei y Tanya intentó levantarse, pero Delay la tiró del cuero cabelludo y gruñó. Trató de asestarle un codazo, se escapó del agarre pisándole los pies y le dio una patada voladora. El dolor hizo que Delay sonriera, se aproximó a Tanya y le bloqueó otro codazo. De una voltereta, ella cayó al suelo, Delay le colocó el pie en el pecho y presionó.
–Le aconsejo, emperatriz, que mejore la hospitalidad y la del Mundo Exterior –dijo Delay apretando con más fuerza el pecho de Tanya mientras le rasguñaba la pierna.
Li Mei le lanzó a la princesa Kitana una esfera que explotó dejando caer miles de chispas del mismo color, generó la cabeza de una criatura con sus pies mientras le asestaba una patada a la princesa y de un puñetazo terminó el combate.
Mileena se zafó del agarre de su madre y atacó a Li Mei. Intentó hacerla razonar, pero se abalanzó nuevamente y Li Mei la hizo retroceder. Trató de acercarse, Delay notó que Tanya quería sacar de sus ropas una daga y Laziness le pisó la mano.
–¡Cálmate, maldita sea! –ordenó–. Estoy haciendo mucho esfuerzo por esto. No tenía ganas de venir ni de pelear, así que por favor deja de moverte y hazme la vida más fácil.
Tanya gruñó y continuó revolviéndose en el suelo.
–Por favor, princesa, escúchame ¡No debemos pelear! –pidió Li Mei.
Mileena se giró. Lo que antes era su boca se convirtió en un montón de colmillos desplegando una fina lengua como el de una serpiente, los ojos se tiñeron de amarillo y se preparó para atacar. La emperatriz Sindel la llamó, la princesa se abalanzó sobre ella intentando atacarla y Li Mei la confrontó.
–Delay –llamó Laziness–. ¿Te acuerdas de una enfermedad parecida en el registro de nuestra diosa y señora?
–La verdad es que no –respondió–. Tendríamos que verlo cuando ella esté devuelta o empezar a investigar qué tipo de virus es.
–Por favor… –pidió Tanya dando manotazos–. Yo puedo hacer que la princesa recobre la conciencia.
–Sorpréndeme, Umbgadi –dijo Delay.
–Tengo el medicamento que Shang Tsung le preparó –sacó una jeringa con líquido amarillo.
Laziness se lo arrebató de la mano y se lo mostró a su hermana. Luego, sus miradas fueron a Tanya.
–Está bien. Ya deja de pisarle la mano, hermana.
Li Mei venció a la princesa Mileena, Delay quitó su pie del pecho de la Umbgadi y corrió hacia la emperatriz que sostenía a su hija. Le inyectó la medicina, los colmillos se desvanecieron en un parpadeo, los ojos amarillentos volvieron a su color natural y Tanya posó su mano en el hombro de la princesa. Se dedicaron una pequeña sonrisa, apenas perceptible. Delay recordó las miradas compartidas con Nyagust cuando estaba merodeando en el palacio de Hela, pero eran miradas cargadas de fogosos sentimientos y una venenosa pasión llevándolos a la locura en la medianoche entre los gritos llenos de placer... Eran buenos tiempos.
–Bendito Argus –susurró Tanya
–Gracias –pronunció Sindel a Li Mei poniéndose de pie–. Estoy en deuda contigo.
–No, Majestad –contradijo–. No puede haber deuda entre amigas.
Se dedicaron una pequeña sonrisa mientras Liu Kang se acercaba.
–Me alegró de que estés a salvo y que nuestro conflicto terminara.
–Está en pausa, pero no terminó –espetó la emperatriz con seriedad–. Li Mei se ganó mi benevolencia. Queda por ver si tú también lo haces y va para ustedes dos.
–Solo quiero la paz, Majestad –dijo Liu Kang juntando sus manos–. Al igual que Ganglate y Gangleura.
–Es Delay y Laziness, Lord Liu Kang –aclaró Delay.
–¿Por eso les asignaste a tus secuaces misiones secretas a en mi imperio? ¿Hela también lo hizo? –cuestionó Sindel–. Demostraste ser el enemigo del que me advirtieron hace mucho tiempo. Y Hela también lo hizo.
–Nuestra diosa y señora no haría eso ni nosotras actuaríamos por cuenta propia –manifestó Laziness–. Además, no estábamos despiertas al momento de los hechos.
Sindel las miró extrañadas ante esas palabras.
–Entiendo tu ira, pero tenía motivos para pensar que Shang Tsung constituía una amenaza para ambos –replicó Liu Kang–. No quería abrumarte con mis sospechas hasta confirmarlas.
–¿Y ahora? –recriminó Sindel.
–Resultaron ser verdad. Shang Tsung, Quan Chi y el general conspiran para conquistar nuestros reinos.
–No solo eso –soltó Laziness–. Han cooperado con enemigos de nuestra diosa y señora.
–Es una acusación muy seria –argumentó la emperatriz–. ¿Y las pruebas?
–En el laboratorio de Shang Tsung –contestó Liu Kang sin titubear–. Si lo que ves allí no te convence, la Tierra se rendirá sin luchar.
Delay se quedó boquiabierta al ver a la deforme criatura colgada de sus extremidades mientras emitía quejidos. El líquido carmesí emanó escurriéndose por el suelo entre líquidos verdosos hasta las rejillas, los ojos inyectados de sangre los se desplazaron de un lado al otro, parte de sus órganos visibles latieron y la criatura trató de moverse. Delay hizo una mueca asqueada por el olor metálico de la sangre y carne descompuesta de todas las direcciones. Varios muertos tirados en los calabozos, jaulas bañadas de sangre y restos de olvidadas víctimas. Las Umbgadi y hombres de Li Mei inspeccionaron cada rincón buscando sobrevivientes mientras Liu Kang, la emperatriz, sus hijas y las sirvientas de Hela observaron los restos de los experimentos de Shang Tsung.
–Qué lindo –soltó Delay.
–Deberías hacerlo para cuando alguna alma o demonio quiera pasarse de la raya –aconsejó Laziness.
–La manipulación de ese aspecto es tu área, hermana –argumentó su hermana tocando a la criatura y apartó el dedo antes de que intentara morderla–. Tus muñecos vudú te lo permiten. Me contento con arrancar extremidades y ver la agonía. Las manualidades son tu talento oculto por más que no te guste el proceso, pero te quedan mejor que a mí.
–¿Cómo pude haberlos juzgado tan mal? –se cuestionó Sindel–. Que Shang Tsung se entregue a tal depravación… y que el General Shao lo apruebe… –Sindel guardó el silencio por unos segundos conteniendo la aflicción en sus palabras–. No son los hombres que creía que eran.
–Comprendo y empatizo con los sentimientos, emperatriz –dijo Delay sonriéndole–. Le di mi locura al demonio equivocado y ahora todo el Infierno está de cabeza.
–A pesar de todo mi esfuerzo, ninguno de los dos, ni Quan Chi, son quienes deberían ser –argumentó el dios.
–No son tu responsabilidad. Son del Mundo Exterior –espetó Sindel.
–Sin embargo, fui yo quien forjó sus destinos… junto con los del resto de los seres, en los albores de la historia –aclaró Liu Kang.
–¿Tu creaste los reinos? –cuestionó la princesa Kitana–. ¿Tienes la mente nublada, semidios?
–Ahora soy un simple semidios, pero varios eones atrás, era más poderoso que todos los Dioses Antiguos juntos –argumentó Liu Kang–. Era un titán y el Guardián del Tiempo.
Las arenas seguido de un destello blancuzco hicieron que aparecieran Geras, se inclinó ante la familia real y Liu Kang les explicó todo. Sus manos crearon una pequeña réplica del Reloj de Arena, el dios describió el poder de este y los mismos hechos que a los habitantes de la Tierra y del Infierno. Mostró las versiones antiguas de cada uno, los enfrentamientos entre Kitana y Mileena, la unión entre el General Shao y la emperatriz, los diferentes acontecimientos de diferentes razas y reinos.
Ante cada palabra, Sindel y sus hijas abrieron más los ojos y quedó el silencio.
–¿Por dónde empezar? –se cuestionó la emperatriz–. ¿Debo arrodillarme ante mi creador? ¿Esperas que te adore?
–No, Majestad –respondió Liu Kang acercándose–. Mi rol fue una imposición de las circunstancias. No soy ninguna divinidad.
–Tenías poder sobre toda la creación, pero renunciaste a él –señaló Sindel.
–Porque vi cómo enloqueció a Kronika –argumentó el dios–. Sabía que, si lo conservaba, mi destino sería muy parecido.
–¿Y ustedes? –preguntó la princesa Mileena–. ¿Lo sabía Hela?
–No, Su Alteza –respondió Laziness–. Nosotras lo desconocíamos de esto y nuestra diosa y señora, hasta el día de hoy no lo sabe.
–¿Cómo que no lo sabe? –interrogó Sindel–. ¿No vienen del Infierno?
–Hela está desaparecida –informó Delay–. Desde la revuelta, ella y nosotras caímos en un sueño eterno… Mi hermana y yo somos las únicas despiertas, Hela se encuentra dormida en un lugar desconocido.
Miles de preguntas invadieron el rostro de Sindel.
–Entonces…
Un estruendo alertó a todos, el General Shao avanzó dando un portazo junto a un hechicero de agua, un shokan y varios vaeternianos. Delay estiró los brazos, se crujió el cuello poniéndose a la defensiva y Laziness sacó uno de sus muñecos vudú tiñéndolo de un aura bordo. Sindel apretó los puños y avanzó a grandes zancadas hasta quedar frente al general.
–Tú ¿Cómo osas conspirar contra el Mundo Exterior? –gruñó.
–No contra el Mundo Exterior, sino contra tu gobierno descarriado. Tu deferencia hacia él nos convierte a todos en vasallos.
–Entonces, ¿apruebas estos horrores indescriptibles? –interrogó la emperatriz señalando cada rincón del lugar–. ¿Y me mientes sobre las amenazas que enfrentamos? Gracias a ti, tengo sangre de la Tierra en mis manos ¡Sangre derramada sin causa ni provocación!
Sindel intentó atacarlo, pero el general sacó un medallón con una gema verde. Destiló colores rojos y anaranjados.
–No… te muevas –amenazó el General Shao.
–Emperatriz y los demás, ¡atrás! –ordenó Liu Kang.
–¿Qué es eso? –preguntó Sindel.
–El amuleto de Shinnok, un arma de un terrible poder –respondió el dios.
–No debería existir –afirmó Geras poniéndose a la defensiva–. Su creador no tiene poder, según el diseño de Liu Kang.
–Más pruebas de interferencias externas –agregó Liu Kang.
–¡Basta de parloteo! –gritó el General Shao–. Se arrodillarán ante el nuevo emperador del Mundo Exterior.
–Suelta el amuleto –ordenó Liu Kang–. ¡No podrás controlar tanto mal!
El general soltó una risotada.
–¿Crees que lucharía si no hubiera practicado con mis armas? ¡Estoy más que preparado!
El poder del amuleto absorbió a las hijas de la emperatriz y Tanya y las Umbgadi atacaron. El shokan demolió a golpes a las oleadas de contrincantes, una vaeterniana embistió a Sindel y los otros dos arremetieron hacia Delay y su hermana. Laziness retrocedió en varias volteretas mientras el otro vaeterniano se preparaba para atacar contra Delay.
Desplegó sus filosas uñas y se lanzó rugiendo y dando manotazos. La hermana de rojo le dio una patada, estiró la pierna lo más alto que podía y la tela de su traje se deslizó exponiendo su piel. Delay metió la mano en la parte interior del muslo, la sangre cayó como una cascada entre sus piernas, los dedos llegaron al fémur y se lo quebró. La sensación la hizo sonreír y extrajo el hueso. Era una pena no compartir esos pequeños placeres con Nyagust… o alguien más que no sea un maldito traidor. Delay partió el fémur en dos convirtiéndolos en guadañas, se pintó parte de las mejillas con la sangre y el vaeterniano mostró los colmillos.
–Ven aquí –dijo poniéndose a la defensiva–. Si te gusta la sangre, te dejaré probar la mía si logras que suframos juntos.
El vaeterniano volvió a abalanzarse, a su alrededor surgieron varias esferas carmesíes y se dirigieron hacia Delay. Logró esquivar varias, pero tres le estallaron cerca y chocó contra la pared. El dolor se incrustó en su abdomen, algunos fragmentos de metal y vidrios se quedaron incrustados y un tirón en su cabello la incorporó seguido de un pisotón. Delay le asestó cuchilladas con las guadañas y se alejó del vaeterniano. Volvió a dar rasguños al aire tratando de aproximarse, la sirvienta le rebanó los dedos en una maniobra y cayeron por los alrededores en un ruido sordo. La criatura chilló y Delay soltó una risotada.
–¿No me digas que solo tenías tus uñas para pelear, vaeterniano? –cuestionó con sorna y una sonrisa se posó en sus labios.–. Hiciste que mi diversión y placer fueran ilusorios. Pensé que tu especie tenía más que ofrecer.
El vaeterniano la tomó por los brazos y la chocó contra las paredes. Delay pataleó en el aire mientras la criatura la llevaba a los barrotes oxidados, perfecto para empalar a una persona. Ella logró ingeniarse para presionar las heridas del vaeterniano, se agarró a las puertas de púas elevada y tomó impulso. En una acrobacia, la sirvienta quedó a espaldas de la criatura, emitió gritos y quejidos mientras Delay tomaba una de las cadenas colgadas ahorcando al vaeterniano y de un tirón le arrancó las alas. La mujer se dejó caer, tomó las guadañas y terminó de amputar las extremidades del vaeterniano. Los brazos y piernas cayeron derramando sangre, Delay los alejó con la punta de los zapatos y se acercó a él.
–Me decepciona tu raza –susurró y lo rebanó a la mitad.
Delay fue hacia su hermana que molía golpes el muñeco vudú de la otra vaeterniana y lo aplastó con varias rocas. Laziness decapitó al muñeco, lo disolvió y se acercó a Delay.
–Fue fácil –dijo.
–Pensé que iban a dar más pelea –soltó Delay triste–. Parece que nadie puede pelear bien en estos días.
Laziness encogió los hombros e hizo una mueca de duda. Las hermanas se acercaron a Liu Kang y Sindel.
–Tanya y tus hijas no están muertas, sino atrapadas en el amuleto –dijo el dios–. Aún podemos salvarlas.
Al intentar volver al enfrentamiento, el General Shao los detuvo elevando el amuleto y los cuatro retrocedieron. Un aura roja envolvió al al objeto, Delay preparó sus guadañas y Laziness sacó un muñeco vudú. Li Mei le dio una patada al general, el amuleto cayó y la emperatriz lo tomó mientras los enemigos se aproximaban. Los soldados de la emperatriz los siguieron a la salida, Delay y Laziness ayudaron a los últimos a escapar. Liu Kang empleó sus llamas haciendo a los hombres del general retroceder y Sindel usó su grito derrumbando el techo.
–Fue divertido –dijo Delay corriendo a la par de Laziness–. ¿Qué piensas, hermana?
–A pesar de los inconvenientes, sí lo fue. Espero que ya no haya problemas
Las velas y candelabros iluminaron los pasillos atestados de huesos, armas desperdigadas y cuadros de antiguos tiranos del Mundo Exterior. Llegaron a la parte superior de los laboratorios donde más soldados del General Shao los esperaban, entre ellos un shokan y el centauro que Delay no pudo rematar. Las Umbgadi y los hombres de Li Mei intentaron enfrentarse a ellos en enormes grupos, pero los arrasaron en un abrir y cerrar de ojos. Reiko apareció detrás de ellos venciendo a los pocos guerreros de pie y Sindel tomó la delantera junto a Liu Kang.
–Mi error hablar demás –dijo Laziness–. Que porquería.
–Quizás esta vez sí pueda encontrar a alguien que me de las cosas que quiero –soltó Delay aplaudiendo.
El centauro pateó a Laziness hacia los brazos del shokan, Delay se rompió el brazo y la adrenalina burbujeó en cada vena de su cuerpo. Se quitó el hueso formando un hacha y se puso a la defensiva.
–Ven aquí, centauro –dijo Delay–. Si tienes resistencia significa que tu dolor me hará feliz.
Los ojos de la criatura centellaron de ira. Gruñó y la embistió asestándole un puñetazo en el pecho. La tomó por los hombros, le dio un fuerte cabezazo y el dolor le transfirió sensaciones que no había experimentado hacía tiempo desde que estaba con Nyagust. Una risa salió de lo profundo su garganta mientras la sangre caía por su rostro generándole cosquilleos por la sensación.
El centauro lanzó a Delay por los aires, pero antes de que chocara contra la pared se sujetó de los huesos de una criatura y se incorporó con el hacha en mano. Se crujió el cuello y estiró los brazos. Se abalanzó hacia el centauro evitando sus patas, le incrustó una y otra vez el arma en el lomo y la hundió en los cuartos traseros. Cayó, Delay le quebró las patas dejando expuesto el hueso roto y se acercó al rostro del centauro.
–Diste una buena pelea –la mujer de rojo hizo un gesto pensativo–. Pero no el suficiente para entretenerme. Lo único apremiante es el golpe en la cabeza.
Delay le asestó una patada, luego otra y otra… y otra. La sangre cubrió su visión, solo era una máquina repitiendo la acción. Los zapatos de Delay quedaron bañados de rojo. Imaginó que era Nyagust a quien se lo hacía (no solo para ver si lo disfrutaba), a los demonios que las traicionaron, a los hechiceros del Mundo Exterior. Se perdió en el sonido de los golpes reiterados e hipnóticos. Ignoró el dolor de su garganta y se alejó del centauro. Soltó varias exhalaciones observándolo apenas moverse.
Por su parte, Laziness estuvo en el suelo asfixiando al shokan hasta dejarlo inconsciente. Empujó su cuerpo a un costado, se levantó arrancando la tela de su vestido y soltó un bostezo mientras se acomodaba los mechones bordo detrás de la oreja. Se arregló el cinturón con sus muñecos vudú y se acercó a su hermana.
–No quiero pelear con otro shokan –dijo Laziness–. Son problemáticos.
–Hay cosas peores, hermana –argumentó Delay y Laziness asintió con una mueca.
Una enorme esfera de agua las encerró y las estrelló contra la pared. El aire volvió a sus pulmones, Delay se puso de pie trastrabillando, la ropa se le pegó al cuerpo y ayudó a su hermana. Un charco se formó debajo ellas, el peinado que tenía se desarmó y el cabello blanco mojó más el suelo. Delay se observó en un fragmento de espejo. El maquillaje corrido, los colores rojos dispersos por sus mejillas y las sombras de sus ojos desordenados. Laziness gruñó:
–¡Me costó una enorme cantidad de voluntad hacerme el maquillaje!
–¡A mí, tiempo! –gritó Delay–. Brujo de porquería.
Delay se enfocó en una figura tirada, era Li Mei. También, debió recibir un ataque. Fue a ayudarla a reincorporarse mientras Reiko se ponía de pie.
–No quiero pelear con ese –dijo Laziness–. Te lo dejo, pero porque parece que te tiene obsesionada en los pocos minutos que lo viste.
Delay le sonrió, corrió hacia Reiko con el puño en alto y le tomó la muñeca.
–Necesitas más que eso para dejarme fuera de esta guerra, sirvienta de Hela –gruñó hacuiendo presión.
–No quiero hacer eso –espetó Delay sonriente–. Quiero darte parte de mí… Más que eso… Emociones al filo y el caos más placentero.
–No lo necesito –Reikó le asestó un cabezazo.
La sangre emanó por la nariz de Delay, lamió el líquido carmesí saboreando la textura metálica y sonrió. Era un verdadero flechazo. Las emociones más carnales y ardientes burbujearon en su interior, la carcomieron, era lo que buscaba desde que despertó. Cada fibra de sus huesos gritó dichoso, su corazón bombeó con intensidad y la mente se le nubló de tantas imágenes indecorosas que harían que Laziness la golpeara para traerla a su triste realidad. Delay se puso a la defensiva al igual que Reiko.
–Hubieras sido mi amor escondido –soltó Delay–. Si te hubiera conocido antes que a Nyagust o solo para darle celos a él.
Reiko intentó asestarle una patada, pero la esquivó y un aura roja envolvió al soldado mientras tomaba una lanza de los muertos. Arremetió contra Delay, la hoja afilada lastimó su abdomen y la joven se alejó viendo la sangre teñir sus ropas. La hermana de rojo ensanchó más su sonrisa, se rompió los antebrazos dejando que los huesos se deslizaran, la carne empezó a regenerarse y Delay unió los huesos formando una lanza.
Reiko volvió arremeter y las armas chocaron. Las miradas se cruzaron, los ojos de Reiko se bañaron en demencia y le asestó un rodillazo en las costillas a Delay. La lanza se tiñó de roja del hombre, su habilidad se extendió y la golpeó. Se abalanzó contra ella en un combo de golpes y le asestó varias estocadas. Delay contratacó ignorando las hermosas sensaciones moviéndose como una bailarina y de una maniobra se la quitó. Reiko intentó tomar la de Delay, pero ella desintegró. Lo pateó con el tacón y le propició un puñetazo.
Antes de cayera, Delay lo tomó por los hombros elevándose y le asestó un golpe en la espalda con todas las fuerzas. En un forcejeo, el guerrero la tomó por el cabello, ella no pudo evitar soltar un gemido y Reiko le dio un puñetazo en el rostro. Le dio un pisotón, Delay le hizo una traba y se incorporó. Lo golpeó una y otra vez hasta dejarle el rostro bañado de rojo y lo pateó abandonándolo en el mugriento suelo.
Cuando la emperatriz Sindel venció al brujo púrpura, el General Shao avanzó dando zancadas. Cada Umbgadi que intentaba enfrentarse a él caía muerta. Una sin un brazo, otra sin cabeza emanando sangre a borbotones, un par con la cabeza desfigurada por los cabezazos del general. Sindel se enfrentó a él soltando un grito.
Mientras los pocos soldados que quedaban del general, se lanzaban contra las hermanas. Delay solo los miró fijamente, terminó de escurrirse el cabello y su mirada se endureció. Las piernas de los hombres temblaron, pero se abalanzaron contra ellas. Delay tomó a uno por la garganta, le arrancó la yugular hasta extraer parte de los huesos y la sangre se derramó. El guerrero gorgoteó salpicando de carmesí la ropa de Delay, sus manos hicieron movimientos en el aire y cayó al suelo.
Por su parte, Laziness agarró un escudo y comenzó a demolerle el cráneo a un soldado. El golpe constante se mezcló con los gritos de frustración de su hermana, parte del cerebro del hombre quedó hecho puré y lo que quedaba de la cabeza separada del resto del cuerpo. Laziness se sentó soltando una exhalación y tiró el escudo con un estruendoso ruido.
–No voy a volver a levantarme más –afirmó–. No me importa cuantos enemigos surjan, que se vayan al carajo. Quiero estar en la cama y dormir hasta que llegue el día en que nuestra diosa y señora aparezca.
–Falta para eso, Laziness –argumentó Delay–. Falta… y mucho.
Delay notó que los dientes de la víctima de su hermana seguían intactos. Una idea centelló en su cerebro armándose como un telar. Tomó todos los dientes, algunas costillas y varias falanges. Después vería cómo darle retoques, pero serían algo hermoso. Ayudó a Laziness a ponerse de pie y se acercaron a Liu Kang y Sindel.
–El amuleto, Majestad –pidió el dios.
Las hijas de la emperatriz y Tanya volvieron a aparecer. Observaron el alrededor, Sindel se abalanzó hacia sus hijas y Delay sonrió. Debía ser un poco más cariñosa con su hermana… No era muy vaga y además se pelearía por ese pequeño gesto.
–Lamento interrumpir, pero debemos actuar con rapidez para salvar a la Tierra –cortó Liu Kang.
–¿Esa es la orden de mi creador? –cuestionó Sindel con severidad.
–No, Majestad. Es la petición de un amigo.
La emperatriz esbozó una pequeña sonrisa. Delay tiró a un par de huesos más y los guardó en su saco. Pasó por encima del cuerpo inconsciente del brujo y del centauro, se peinó con los dedos el cabello mientras Laziness ocultaba su rostro entre los mechones bordo. Hacía tiempo que no peleaban tanto, tantas emociones recorriendo su mente y cuerpo. Alegría, tristeza, deseo. Delay tuvo que extender más las peleas, ralentizarlas y disfrutar de cada golpe y sufrimiento a los enemigos. Dejarlos que se sucumban en el dolor y la desesperanza, llevarse por la excitación y el dolor de sus enemigos.
–Lamento la pérdida de Hela, Delay y Laziness –dijo Sindel cortando cualquier pensamiento de Delay–. Si necesitan ayudan para manejar los rebeldes de Infierno contarán con mis hombres.
–No se preocupe, Su Majestad –consoló Delay–. Ya encontramos a la heredera del Infierno.
La respuesta tomó por sorpresa a la emperatriz y las princesas se acercaron confundidas.
–¿Hela tuvo una hija? ¿Sobrevivió por tanto tiempo? –preguntó Mileena.
–Hace años, tuvo un hijo, Kolbein –contestó Lazinees–. Y generó descendencia que hasta el día de hoy y lucha por sobrevivir.
–¿Cuál es su nombre? –cuestionó Sindel.
–Adelina Acosta –respondió Liu Kang–. Fue una de las representantes de la Tierra en el torneo.
–Sí, la recuerdo por sus peculiares regalos junto a sus amigos –dijo Sindel.
–Quizás la pueda conocer mejor –ofreció Delay con una sonrisa–. Esa es la razón de estar aquí, anunciamos el regreso del linaje de nuestra diosa y señora.
Adelina terminó los entrenamientos con Ravinder y voló mientras los lobos se acercaban a ella. Se sentó contra el tronco del árbol sintiéndose pegoteada, el sudor corrió por su frente y recostó la cabeza. Los lobos se pusieron encima de ella buscando cariño y Adelina solo cerró los ojos disfrutando de los últimos momentos del atardecer. Una brisa fresca acarició su cuerpo, una calma se instaló en su pecho y los dedos de la joven amasaron el pelaje de los lobos.
Una rama crujió y abrió los ojos. Tomas estaba frente suyo con sus pantalones de Lin Kuei y una camisa arrugada. Le sonrió y Adelina lo invitó a sentarse disfrutando de la calidez de su brazo sobre los hombros acercándola más a su cuerpo. Los latidos de Tomas inundaron el oído de la chica, se sumergió en un mar infinito de calma, cada palpitar le quitaba todos los pesos de los hombros.
Esperaba que Tomas sintiera algo similar a lo que ella experimentaba cuando estaban juntos. Esa hermosa calma que desearía que se quedara en cada momento ajeno a este. Quería expresárselo no solo en las palabras, sino en cada caricia y beso. Quería darle mucho más y esperaba que Tomas compartiera los sentimientos.
–Quiero que esto dure más –susurró Tomas acariciando el hombro pecoso de Adelina.
Depositó un beso en la coronilla de ella y se sumergió más en el calor del chico.
–Necesitamos vacaciones –murmuró Adelina–. Unas largas y bien merecidas vacaciones.
–No sabría que hacer con tanto tiempo libre –dijo Tomas uniendo su mano con la de la joven–. Sería…
–Algo que mereces –interrumpió la chica–. Porque hiciste mucho… Necesitas un respiro y disfrutar.
–Pero… siento que me volvería un inútil.
–Si lo haces constantemente, sí –aclaró Adelina–. Pero cada tanto, descansar te hará bien, te ayudará.
Solo hubo silencio. Tomas recorrió con sus dedos el dorso de la mano de Adelina, los cosquilleos no tardaron en aparecer y una electricidad recorrió cada fibra de su ser. Solo se quedaron observando los últimos atisbos del atardecer. Los colores rosados y anaranjados se fueron desvaneciendo y las estrellas inundaron el cielo. Las nubes taparon parte la luna llena y su brillo inundó cada sitio.
El momento fue interrumpido por las campanadas y los monjes gritaron a la lejanía la llegada del dios. Tomas y Adelina se miraron con los ojos abiertos como platos, se levantaron a trompicones dirigiéndose al portal con el resto del grupo y se apelotonaron en la entrada entre monjes que iban de un lado al otro con los rostros llenos de pánico. Era un pánico casi igual al que Adelina, Mariano y Daniela tenían cuando se distraían por cualquier cosa con tal de evitar las tareas del colegio.
Adelina tomó la delantera entre los cuerpos pegados y entendió el por qué del espanto de los monjes. La emperatriz Sindel y sus hijas estaban en la Academia Wu Shi. Los susurros se extendieron hasta llegar a sus amigos y se inclinaron ante ellas mientras Liu Kang se adelantaba hacia los monjes susurrándose entre ellos.
Del portal, aparecieron Delay y Laziness, pero totalmente cambiadas. Lo que antes eran miradas de locura y pereza, fueron reemplazadas por ira al rojo vivo en los ojos azules de las hermanas. Las ropas desgarradas, despeinadas, maquillaje desprolijo y empapadas. Pero sus rostros se iluminaron al localizar a Adelina y se arrodillaron ante ella. Toda emoción negativa que cargaban se esfumó en un parpadeo.
–Majestad y Altezas –empezó Delay enderezándose–. Les presento a Adelina Acosta, heredera al trono del Infierno.
Sindel, Mileena y Kitana se dirigieron a Adelina. Ella se mantuvo cerca de Tomas buscando el calor de su mano, su tacto la trajo a la calma y sintió las mejillas mucho más calientes. La mente quedó en blanco, solo pudo acomodarse lo mejor que pudo el cabello negro y se inclinó.
–Ponte de pie, descendiente de Hela –Adelina obedeció y quedó bajo la mirada inquisitiva de Sindel. No se atrevió hacer un movimiento en falso y bajó la mirada–. Eres una viva imagen de tu antepasada.
–Eh, gracias, Majestad –soltó Adelina con un hilo de voz.
–Por favor, dime Sindel y va también para cuando te dirijas a mis hijas –aclaró–. Tenemos mucho de qué hablar.
















