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Candice Accola - Junkiie
Observó la barra de chocolate en las manos de su novia y la tomo suavemente, dejándola sobre su regazo una vez que la tuvo en su posesión. No sabía que decirle, Ian era… bueno, un total caos sentimental en los últimos días que las palabras se abultaban dentro de su garganta, queriendo salir aunque sin encontrar la forma de hacerlo. Se lo quedó mirando, como en un intento de hacerle entender que no comprendía que era lo que pasaba pero entonces las palabras de Emmy llegaron a sus oídos, provocando que su mandíbula se tensara y los dientes le rechinaran un poco. Él no se consideraba a si mismo una persona muy expresiva, solo lo era con quienes eran cercanos a él como su hermana o en este caso la bella rubia frente a él, sin embargo, algo lo estaba bloqueando. Algo que ni siquiera él sabía de que se trataba. Abrió los labios para decirle algo, aunque escucharla decirle aquella última frase apagó todas sus intenciones. Frunció el ceño y la miró, como si se tratase de una completa extraña por que vamos, Ian no había hecho nada para hacerle sentir de esa forma, ¿o si? Es decir, había estado distante pero eso no significaba nada, solo… quería estar solo. O eso quería creer. “Emmy, no se de que hablas.” Murmuró, llevándose una mano a la frente en un intento de despejarse. Retiró sus cabellos castaños hacia un lado, seguido de frotarse el rostro un poco frustrado. “¿Qué te hace pensar que deberías estar celosa de algo, o alguien?” Cuestionó, ladeando la cabeza confundido. “No lo entiendo.”
Una marea de sensaciones estaba creando olas en su estómago, como fénix revivían entre cenizas, entre tormentos. La rubia sintió aquel encogimiento en sus entrañas, ese que parecía achicar su corazón, sin saber por qué. Quiso reprimir sus propias lagrimas, pero no supo cómo, pues a pesar de que el castaño había desmentido sus sospechas... No lo sentía suyo, no sentía que fuese real. “Entonces... ¿Por qué ya no me miras como antes?” Preguntó con la inocencia resaltando sus orbes, con las manos anudadas por su sentir, por su inseguridad... Sin saber qué hacer, pues sentía que lo estaba perdiendo irremediablemente. “Ian, lentamente te has adueñado de mi corazón, has puesto tu sabor en mis labios, y has dejado tu perfume en mi piel. Con cálidos abrazos conquistaste mi ternura, llenándome de sentires y emociones que pensaba inexistentes, pero justo ahora... Me haces sentir que mi hambre de afecto no tiene cura, ni fin”. Suplicó con sus manos sobre las del otro por una respuesta, por algo que pudiera aferrarse a su relación que ahora veía tan lejana. “He caído ante la dulzura de tu mirada que me susurra halagos, ante los besos que no saben de tranquilidad y las caricias que me hacen creer que tu amor es de verdad. En las noches deseo tu abrazo, tu fuego... Pero no has venido ni una sola vez. Yo... Yo creí que el problema era que Elle ya no estaba, pero tus acciones me hacen pensar que el problema en realidad soy yo”. Fue entonces que sus lagrimas empezaron y no cesaron hasta que se levantó, incapaz de verle, incapaz de susurrar palabras de aliento. Y ésta era la otra parte de su ser, la parte que no era divertida, sino susceptible, que podía romperse con tanta facilidad. “Y si ya no me quieres, si ya no produzco sensaciones en ti... No me culpes por lo que haga, ni por lo que soy porque ya no sé quien soy. Por entera estoy convertida en una angustia por su rechazo. Parece que no te conmueves con mi amor, que no escuchas mi grito desesperado. No me culpes porque me sumiste en un túnel profundo y oscuro y no me has dicho donde está la salida. Devuélveme tus besos, dime que de nuevo eres mío. Dame la paz.”
Soltó el aire, enjugándose rápidamente las lágrimas que le habían caído por las mejillas y asintiendo a lo que su cuñada decía una y otra vez. Una pequeña sonrisa se plantó sobre sus labios al ver lo protectora que estaba siendo con ella, como siempre había pasado. Emmy era una de sus mejores amigas y le dolía en el alma que se pusiera así por ella porque, en la mente de Elle, ella no lo valía. Era mala y dejaba a las personas sin ninguna explicación para luego volver y dar razones que no eran suficientes “Estoy bien, Emmy” Afirmó en voz baja, ampliando esa sonrisa “¿Cómo estás tú? ¿Ha pasado algo? ¿Ian no ha sido un idiota contigo? Porque si lo ha sido, lo mato. A él y a quién sea que te haya echo daño ¿Estás bien?”
“Elle... Déjame escucharte, y comprenderte. Por favor, si quieres hacerme sentir mejor, hazme sentir útil para ti, me siento horrible por no haber podido impedir que te fueras, por no haber sido un apoyo... Por no haber sido una hermana”. Concluyó enjuagándose las lagrimas, y manteniendo una mirada consciente, llena de ansiedad, y a la vez alivio. Le acarició el hombro y al reflexionar sobre sus últimas preguntas, no estuvo muy convencida sobre lo que debía contestar. “No lo sé, hermosa. Estamos distantes, lo siento... Ajeno a mí. Por alguna razón, me siento traicionada, pero... No sé si mis sospechas son ciertas. Yo no... Me aterra pensar que tengo razón. Él... Él no lo haría... ¿O si?” La española llevó sus manos hasta su cabello, queriendo arrancar aquellos pensamientos que la torturaban, repitiendo una escena una y otra vez.
Ian no sabía como sentirse en los últimos días. La distancia de su novia, el regreso de su hermana e incluso los problemas que tenía consigo y sus poco lúcidos sueños estaban convirtiéndose en una bola de nieve, una que pronto si no paraba terminaría convirtiéndose en una avalancha. Siempre había sido un hombre de iniciativa, el tipo que no dejaba que los problemas se hicieran grandes pero siendo sincero no tenía ganas de nada, no más que de quedarse en su habitación, leer y dormir. Así que ese día era como cualquiera de los anteriores, se encontraba solo con sus pensamientos o eso hasta que la puerta se abrió, dejando a sus ojos la imagen de su novia. Parpadeó y frunció el ceño un poco, ligeramente sorprendido pero al mismo tiempo extrañado. “Aquí estoy….” Murmuró, incorporándose hasta quedar sentado en la cama. “Pasa amor, no tienes que pedir permiso.”
Al escuchar las palabras del castaño asintió, más no estaba preparada para la imagen que se revelaría ante sus propios ojos, y mucho menos para el sentimiento contradictorio que conllevaría el ceño fruncido de la rubia. Respiró hondo y se sentó a su lado, dejando entrever un chocolate en su palma, el cual extendió hasta él con un poco de timidez. ¿Qué pasaba? Que no se hallaba con naturalidad a un lado del chico que la alegraba con una sola mirada. “No estamos bien... “ Susurró vagamente, mientras una de sus palmas se elevaba hasta tocar la mejilla del susodicho, buscando una mirada de calma, una que por supuesto no encontró, sino más bien confusión y atosigamiento. “Ian... Yo, quiero saber qué te pasa, y cómo... Te sientes con todo”. Asimiló directamente, pues no hallaba otras palabras para acercarse a él, se sentía ajena, distante, como si el tacto mismo quemara. “Y también... Quiero saber si debo de tener razones para estar celosa”. Aquellas estrepitosas palabras salieron como si se tratara de una maldición, una forma en la que Emma rechinaba los dientes de una forma detestable a su manera de ser. Ya no irradiaba luz o calor, sino más bien aquella llama de ira e incertidumbre lastimaba su seguridad, y sus ganas por saber por qué sus sentimientos titubeaban hacia él, justo cuando... Justo cuando pensaba que estaba enamorada de él, por fin.
Los perritos se movían inquietos en sus manos, pero a Elle no le interesaba. Los había extrañado y, además, cualquier distractor de las emociones que le traerían los encuentros con las personas que amaba era bienvenido. Dexter comenzó a ladrar y ella le restó importancia, porque sabía lo inquieto que él podía llegar a ser. Le acarició con suavidad la cabecita para que se calmara, pero no lo hizo. Ladraba a un punto específico, delante de ellos. Entonces, Elle supo que se trataba de algo o de alguien que hacía presencia dentro de la cabaña, lo cual la obligó a alzar su mirada de sus distractores a aquello a lo que Dexter ladraba y se paralizó. La sonrisa se borró de su rostro y aferró a los perritos más hacía ella, en busca de confortación que no tendría por parte de los peludos “Emmy…” Soltó al verla acercarse y, antes de que pudiera hacer algo más, ya tenía los brazos de la rubia alrededor de ella. Los perros se le escaparon de los brazos y entonces ella pudo apretujar a la rubia entre los suyos. Soltó un suspiro, con lágrimas acumulándose en sus ojos “Yo también te quiero demasiado, Emms, y-yo… Lo siento por irme sin decir nada”
La rubia negó al escuchar su disculpa, ya no quería acordarse de aquellos momentos en los que pensó que no la vería de nuevo, y no iba a opacar los nuevos por eso. Colocó sus manos sobre el cabello de la rubia y le acaricio tan tiernamente, como sólo podría decirse en un gesto el cariño y el anhelo que se sentían. “Me alegra que estés bien, es lo único que me preocupaba”. Contestó cayendo en cuenta de las lagrimas que se extendían a través de sus mejillas sin inhibición. “Porque, nadie te hizo daño... ¿Verdad?” Se adelantó a revisarle brazos y piernas, hasta su rostro, donde quiso descubrir aquellos sentimientos que la habían obligado a irse.
Emmy había pasado varias días tratando de encontrar la lucidez en sus sentimientos sin triunfo alguno, parecía como si su pensamiento se disolviera con la misma facilidad con la que la niebla abandonaba la montaña en un amanecer. Por días había evitado aparecerse en el cuarto de su novio, pues aún no sabía lo que pasaba, y después de una pelea interna, decidió que la necesitaba, aún no sabía como se sentía con el regreso de Elle... Tantas cosas que parecían insólitas justo ahora, que no tenía la certeza de como empezar. Respiró tres veces antes de poder llevar su mano a la perilla de la puerta, y abrirla de una vez por todas. “¿Cariño, estás aquí?” @bxnntixn
Las manos de Giselle estaban temblando, pero estaban bien aferradas a su mochila y la otra a su maleta de ruedas: Volvía estar allí. Y, aunque el corazón le latía con emoción, estaba nerviosa. Se había ido sin dejar explicaciones, pero había otra cosa que le tenía rondando con la cabeza: Aquel sueño que juraba que había tenido, aunque no sabía cuándo, si en el avión ni había dormido. La maleta de ruedas cayó al ver a dos peludos frente a ella “Oh Dios mío, a ustedes fue a los que más extrañé” Dijo ella, corriendo hacía los dos cachorros: Dexter y Conchobar, que jugaban sin sus padres entre ellos. Ya no eran tan cachorros, se dijo ella, pero así los seguía viendo y los vería toda la vida. Ellos serían buena distracción, porque quería apartar el ir a buscar a su hermano y explicarle… Bueno, a él y a todas las personas a las que no les dijo adiós.
Emmy quedó boquiabierta ante la visión que se presenciaba a tan sólo unos cuántos metros de lo que parecía demasiado bueno para ser cierto de nuevo. Aquella rubia a la que consideraba su nueva hermanita, estaba justo en la entrada, por unos segundos anhelo secretamente que diera un paso más hacia las cabañas, donde podría estrecharla, sólo que temía que en vez de eso, diera un paso hacia atrás, y saliera corriendo a donde fuera que había decidido volver. En un principio no pudo mentirse a sí misma, hubo enfado, hubo desilusión, por los días de incertidumbre en los que se sometió a sí misma y a Ian, a la resignación. Sobretodo, porque no había dudado en que Ian iría detrás de su pequeña hermanita, pero ella lo habría acompañado también, pues ya no habría podido quedar fuera de su vida. Ya no lo permitiría, ya había perdido a un hermano y no podría perder a otro sin que peleara por ello. Sus pensamientos se vieron alejados cuando se percató de la curva que se extendía por la comisura de los labios de Giselle, iluminando como siempre el mundo a su alrededor, y entonces un carmín se extendió sobre sus propias mejillas, descubriendo de nuevo el calor que infundía el cariño que le tenía. Y como si fuera un recordatorio, su nueva mascota, más bien conocido como el Presidente Zanahorias, de un salto alcanzó primero el bolsillo de la rubia, y al siguiente su hombro, en donde rozó su nariz con la mejilla de su dueña. Entonces parpadeó y no hubo más que cariño, el cuál dio paso al alivio de tenerla cerca de nuevo, de protegerla, instinto que era natural estando cerca de Giselle, era algo que consideraba que inspiraba en todas las personas sin que se diera cuenta de ello. No dijo nada, no hubo reclamos, no hubo resentimientos, simplemente corrió y la estrechó, con todo y los cachorros que sostenía en los brazos. “Te quiero Elle”. Susurró sonriendo de sentirla de nuevo tan cerca. “No quiero que te vayas otra vez y no lo sepas. Te quiero, y mucho”. Comentó sin esperar una respuesta aún, simplemente dejando que el momento la absorbiera.
Se giró al escuchar las palabras del contrario, encantándose a simple vista ante el paraíso que de pronto sus orbes azules encontraban frente a ellos. “Tienes toda la razón.” Una sonrisa coqueta se extendió desde una comisura labial hacia la otra y simplemente se limitó a presenciar la escena. Alzó las cejas al momento en que el más alto comenzó a hablar con el auto, obligándola a reír por lo bajo y asomar la cabeza al motor, sintiéndose curiosa por lo que el masculino estaba por hacer. Ante la cuestión planteada, volvió a girarse hacia el rubio y no fue hasta entonces cuando se percató de la cercanía a la que habían llegado. “Uh, yo…”Murmuró ante la carencia de distancia entre ambos. Relamió sus labios e hizo lo posible por recuperar la compostura y no dejarse embriagar ante el aroma que empapaba su nariz o caer por ese par de esferas azules que la observaban con total atención. Fue en ese momento cuando una idea bastante traviesa atravesó su cerebro, provocando el dibujo de una sonrisa leve sobre sus carmín. “Surgió un cambio de planes.” Sentenció en un tono suave. “Iré a donde tú me digas que vaya, en realidad.”
“Al cielo o al infierno... ¿No importa?” Bromeó a la rubia, mientras sentía todo su mirar encima. Hizo falta un milímetro o dos, y entonces habría probado la dulce esencia de sus labios, que según sus instintos, podría ser glorioso. No dudó en seguir sonriendo hacia ella, bajo la sombra del capo, en donde el espacio se volvía tan íntimo como si estuvieran completamente a solas. Y no sólo por el lugar, sino porque la rubia había logrado que todos los instintos de Evan quedaran centrados en ella. Relamió sus labios y entonces supo que ella era muy buena en el juego, dejándolo a expensas de lo que podría pasar. “Literalmente, hay un sitio aquí cerca con el nombre de al cielo o al infierno. Donde sirven bebidas más o menos decentes. Yo supongo que podríamos ir por una, a menos que prefieras que te deje en tu casa, como niña buena”.
Aquel beso había sido increíble. Ivanna había besado a varios hombre durante su vida y ciertamente algunos cuantos se podían considerar los mejores, pero el que acababa de compartir con el rubio iba más allá de ser un simple beso pues de cierto modo lo sintió como una conexión con él, un lazo que parecía haber estado ahí todo el tiempo aunque jamás habían estado el uno frente al otro. Era curioso por que bueno, ella no creía en el destino ni cosas por el estilo, pero después de ese beso lo único que le pasaba por la cabeza era que estaban destinados a ser. Que estaba escrito en piedra que se conocieran. “Pues en ese caso estás perdonado…” Murmuró, deslizando con suavidad sus dedos entorno a la nuca de Evan hasta que este la hubo soltado y se vio en la necesidad de dejar caer sus brazos para encontrar el equilibrio que el roce de sus labios le había robado. “Yo… no lo sé. Solo… solo lo supe de repente.” Confesó, ladeando su cabeza un poco con el ceño fruncido a causa de lo confundida que estaba aunque no se podía quejar. El momento era perfecto. “¿Tú como sabes el mío?”
“Nos enamoramos en otra vida, por eso sé tu nombre... Tu esencia. Por eso conozco cada detalle de tu piel”. Respondió naturalmente, al tiempo en que rodeaba la cintura de la ojiazul con facilidad con ambas manos, apretándola un poco contra sí, con toda confianza y libertad. Pues Evan, al haber nacido en un pueblo pequeño, siempre había creído en esas cosas; y ahora que había visto la claridad en las esferas de la pelinegra, no quedaba duda. Estaba consciente de que probablemente cualquier persona lo consideraría algo anticipado, incluso podría calificarse como una locura, pues hoy, en siglo XXI no existían cosas tales como el romanticismo, menospreciando el cortejo, y por supuesto las creencias más antiguas. “Y te conozco tanto, conozco los lugares exactos en tu cuerpo que hacen que te de sueño, o los que provocan cosquillas, o la forma en la que mis brazos encajan perfectamente alrededor de tu cintura y los tuyos aprietan mi cuello, la curva del mismo y la suavidad de tu mejilla al abrazarnos.” Murmuró con voz grave, aludiendo a sus recuerdos, a sus inmensas ganas de pertenecerle de nuevo, al tiempo en que acariciaba a la morena con adoración. “Conozco esa sonrisa que sé que sólo yo puedo causar cuando algo te da timidez, y conozco esa sonrisa devastadora para mí cuando decía “Te quiero” con toda la fuerza que era capaz.”
“¡Maldición! Sabía que no tenía que comprar este inútil pedazo de chatarra.” Un chasqueo con la lengua, acompañado de un fuerte golpe al capó, fueron sus primeras reacciones al percatarse de que, en efecto, no sabía nada de carros ni había sido mecánica en su vida pasada como para poder ahora reparar ese auto inservible. Se giró con desesperación, tratando de idear la manera de poder arreglar el problema. Bastó divisar una silueta no muy lejos de ella, para que se viese en la necesidad de dramatizar un poco más la situación y tratar de salirse con la suya. Se colocó en una pose bastante llamativa sobre el motor y suspiró. “Si tan solo hubiera alguien que pudiera ayudarme.”
“Si yo fuera tú... No lo ofendería justo en este instante”. Concretó al escuchar a la enfadada rubia, a quien a metros de distancia se podía apreciar que necesitaba ayuda. El rubio bajó de su convertible y le saludó con una sonrisa que desbordó encanto natural, sin necesidad de aludir demasiado a sus trucos. Se acercó al capo junto con la chica, como evaluando la situación, pero quedando bastante cerca. Sólo bastaba con que la rubia bajara con él para observar el motor, para que pudieran observarse a milímetros. “Vamos a ver... ¿Qué te hicieron? Cuéntamelo todo”. Le habló al coche, como si fuera una persona y pudiera decirle en una escala cuánto era su dolor. “¿A dónde te diriges?” Preguntó ésta vez a la chica, pues no estaba seguro de que el coche volvería a arrancar en aquel momento, y estaba dispuesto a ofrecerse a llevarla, si fuera una emergencia, claro.
La cercanía la estaba matando. Ivanna sentía entro de ella que no podía soportar mucho tiempo más guardando aquellos escasos de su piel con la de aquel hombre cuyo nombre no sabía pero que parte de ella creía conocer. No era algo que le sucediera seguido, en realidad eran pocas las personas a quienes reconocía después de pasar la noche de fiesta con ellos o bebiendo en un bar, por lo que definitivamente esto era diferente. Se lo quedó mirando en silencio, deslizando sus dedos por la extensión de su mejilla y de sus hombros anchos. “¿Y como planeas hacer….?” Las palabras quedaron suspendidas en el aire cuando sus labios de forma inesperada -o muy esperada- fueron tomados por los labios de su contrario. Automáticamente cerró los ojos, sintiéndose transportar a un lugar diferente, uno en el que sentía que había estado antes aunque la imagen en su mente era borrosa, casi inexistente pero curiosamente tangible como el tacto de sus manos al hundirse en la cabellera rubia del hombre. Se dejó llevar, perdiéndose en ese lugar conocido pero desconocido al tiempo hasta que sintió que sus pulmones necesitaban algo de aire, llevándola a abrir algo de distancia entre ellos a regañadientes. “Evan…” Susurró, sin saber por qué, ni como era que sabía su nombre.
Sentía que podía pegarse a la morena sin ningún tipo de inhibición, pues claramente se atraían como dos imanes, destinados a ser. Aquella imagen que tal vez, ellos compartían, y sino lo hacían Evan se sentiría un maniático, se hacía más nítida a cada caricia, a cada beso, a cada acercamiento... “I... Ivanna”. Susurró sin estar muy consciente al respecto, naturalmente que el beso no podía durar para siempre, así que cuando ella se apartó lentamente, él la imitó, buscando aquella conexión que sentía en su alma fluir en las pupilas de la contraria. “Espero que eso pase por disculpa”. Bromeó elevando las comisuras de sus labios con melancolía, aunque... De nuevo, no sabía por qué. ¿Qué era todo esto que esta desconocida-conocida le hacía sentir? Comenzaron a rondar de nuevo las preguntas, hasta que le escuchó pronunciar su nombre con tanta familiaridad... Que se sintió cercano a ella otra vez. “¿Cómo sabes mi nombre?” Preguntó hallando sus manos en las caderas de la morena, sin saber exactamente en qué momento las había deslizado hasta ahí, para su vergüenza. Al saber que no podía confiar en sus manos, rápidamente elevó una hasta su nuca, tratando de encontrar un poco de sentido en aquella situación.
“Tal vez deberían…” Murmuró, arrastrando un poco las silabas de sus palabras de una forma que envolvía todo lo seductor que el rubio lograba sacar de ella. Era extraño, por que aunque normalmente se portaba así con todo mundo, él le parecía diferente de una manera que realmente no sabía como explicar. Alzó sus ojos hacia él entonces, encontrándose con un perfecto rostro frente a ella adornado por una barba rubia de pocos días y un par de ojos que resultaban casi tan profundos como los de ella. “¿Enserio? Pues algo me dice que no hiciste buen trabajo.” Mantuvo el tono bajo de su voz, atreviéndose a estirar una de sus manos para acariciar la rasposa mejilla del apuesto hombre. “Me vendría bien un recordatorio, quizás así nos recordemos por que estoy segura de que nos hemos visto antes en alguna parte o en un sueño.” Y es que soñar con un hombre como él debía ser la gloria, seguramente. “¿No crees?”
Quizo titubear al instante en que su piel fue tocada por la contraria, dejándolo a expectante de una nueva caricia, más dejó que sus orbes cerraran en los segundos en que la chica lo hechizaba con su voz. Al abrirlos nuevamente, estuvo completamente satisfecho al encontrar la imagen que cada vez lo convencía más de que la había mantenido en su pensamiento por un largo tiempo, los labios gruesos, la nariz discreta y los ojos llamativos y tan azules como el cielo, lo llenaban de recuerdos, unos en donde no estaba en la misma piel. Aspiró lentamente, sintiendo como el aliento de la morena le llenaba la boca, enloqueciendo sus sentidos. “Tendré que enmendarlo”. Concluyó eliminando la distancia que se interponía ante ambos, mientras unía su boca con la suya. Acontecimiento que había querido desde el primer segundo que la vio. Sus labios buscaron su propio camino, casi como si poseyeran los labios de la chica y los declarara como propios, a pesar de que para Evan, ese era un pensamiento egoísta, no le importó en lo más mínimo.
Arqueó una de sus delgadas cejas, sin mover su cuerpo de la misma posición en la que se encontraba y no tanto por querer provocar al rubio, sino por que realmente estaba cómoda recostada contra su moto. “No te puedo culpar, la verdad es que hoy creo que casi dos personas chocan por mi culpa.” Frunció los labios en un puchero fingido, antes de encogerse de hombros y comenzar a mover uno de sus dedos por la superficie metálica en la que se encontraba apoyaba. Ivanna era el tipo de mujer que no temía ser seductora o coqueta, pues además de estar en su personalidad y naturaleza, siempre disfrutaba poner de los nervios a los hombros, especialmente del tipo como el que estaba justo frente a ella. “Pues en ese caso espero que hayas disfrutado la vista.” Alzó su mirada azulada y se enfocó en el extraño, estudiando lentamente y con verdadera atención sus facciones, su porte y la forma en que la miraba, ¿es que acaso se habían visto antes? La pelinegra no podía asegurar, había hablado con tantos hombres en noches de bar y en sus paseos por la ciudad que realmente no podía decir si le ya le conocía, a pesar de que todo de él le indicaba que así era. “¿Te conozco?”Cuestionó, deslizando finamente su cuerpo fuera de la motocicleta con verdadera lentitud, en ese tipo de movimientos que resultaban tanto como provocativos como graciales. “Me pareces conocido.”
“¿De verdad? Deberían de arrestarte, entonces”. Bromeó examinando aquella pose que la chica había decidido por no cambiar. Decidió que no se conformaría con simplemente observar del modo común, pues necesitaba acercamientos que le permitieran saber qué se escondía detrás de la mirada segura y las caderas esculturales, así que se posicionó con ambos brazos sobre el parabrisas de la motocicleta, sin romperlo por supuesto, pero si lo suficientemente cerca como para el momento en que la morena alzara su vista hacia él, pudieran encontrarse a milímetros, pues sólo a esa distancia podría alcanzar aquel matiz tan peculiar en la ojiazul. “Lo dudo mucho”. Argumentó casi sintiendo cómo su rostro podría acariciar al contrario, mientras enmarcaba cada palabra. “Yo no te olvidaría, y por supuesto, tampoco te dejaría olvidarme”.
Después de un largo paseo en su motocicleta la pelinegra se encontraba descansando sobre la misma, picoteando animadamente la pantalla de su teléfono en buscar de alguien que quisiera hacer algo divertido lo que quedaba de la tarde con ella ya que el día se antojaba agradable y la noche bastante prometedora con el calor que hacía y las ganas que tenía de ir a por unos tragos, bailar y quizás enrollarse con alguien que le agradase para culminar la noche con broche de oro. Claro que, no era como si fuese por ahí cada viernes a buscar alguien para dormir en su cama, pero tenía que admitir que disfrutaba de aquel juego de coqueteos que no siempre terminaba exactamente como todo mundo pensaba y eso era, ciertamente, la parte más entretenida de todo. Nunca sabía que sorpresas podía llevarse, uno de los factores que hacía de esas noches las más interesantes. Suspiró después de enviar un par de mensajes de texto, quedándose donde estaba hasta que sintió una mirada sobre ella y es que bueno, ¿quien no voltearía a mirarla? Si incluso ella misma sabía lo guapa que era. Giró el rostro ligeramente, encontrándose así con un hombre bastante llamativo a un par de pasos de ella. “Espero que estés viendo mi motocicleta y no mi trasero.” Dijo, dejando escapar una risa ligera entre dientes. @imjustemmy
El rubio merodeaba por los alrededores con su viejo pero bien querido convertible. A pesar de que los demás autos que lo rodeaban eran mucho más novedosos, el suyo no podía desentonar tanto, pues como él siempre lo defendía, era un “clásico”. Y es que, a decir verdad, podría haberse comprado hace mucho un modelo mucho más reciente, pero tenía un apego existencial por el mismo. Solía pasear por ahí sencillamente por diversión, las personas que hacían una parada le parecían bastante interesantes, como buen observador que era, se divertía sencillamente inventando historias sobre desconocidos de acuerdo a las facciones, clase, estereotipos, o ademanes de cada una. Más la visión trasera de una bien formada motocicleta, y la chica, por poco y le hacen desviarse del camino y chocar contra un árbol. Y no era sólo porque la pelinegra tenía un cuerpo de escándalo, el cuál entornaba sus curvas gloriosamente, sin ningún tipo de inhibición. Evan no podía salir de su asombro pues no sólo estaba deslumbrado por aquella belleza salvaje, sino porque ante sus ojos se hacía realidad una de las apariciones que tantas veces había buscado a lo largo de su vida. Lo recordaba muy bien, pues cuando era niño, la describió a su mejor amigo como “la mujer ideal”, después de habérsela imaginado en otro de sus sueños locos. No tenía ni la más remota idea de porque, pero se conocían. Pero, ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Fueron las preguntas que se extendieron como miel en su pensamiento. Tuvo que respirar antes de apagar el motor, que se quejó estrepitosamente. Y acercarse a ella, sin saber cómo sus piernas se movían, más cerca de ella no habría de notarse inseguro, aunque, era más que claro para él, que no se sentía inseguro, sino más bien intrigado. Si con sólo una mirada así había sido... Entonces... “Digamos que un poco de ambos”. Contestó con una sonrisa y un guiño, dejando que sus ojos se deleitaran con la visión de arriba hacia abajo de la morena. “Pero no me dejaste otra opción”. Alegó mordiendo su labio inferior, mientras trataba de hundirse solamente en sus ojos.
Evan Blackthorne.
: ¡Hola preciosa! Soy Andy, y deseo que estés pasando un increíble cumpleaños, princesa. Espero verte lo más pronto, porqué debemos festejar ¿vale?. Estoy ahora con Max y él también quiere unirse al festejo. Te queremos mucho, Emmy. Te mandamos un beso y un abrazo demasiado acogedores para ti. Mua Mua♡♡♡. -Andy & Max.
: ¡ANDY, HERMOSA! Yo también quiero que me escribas en mi zapato tu nombre. Muchas gracias por tus buenos deseos, ¡Los adoro a ambos! Cuídense mucho y pronto armaré una fiesta donde podamos festejar. Muaaaaaaaaack <3.