Su reacción ante el comentario vulgar es inmediata y los ojos ruedan sobre sus cuencas, como si ya estuviera acostumbrada a tal despliegue de vulgaridad. Aun cuando adora sentirse deseada, no es ella quien suele desear muy a menudo. Altos estándares entran en juego al momento de decidir, su orgullo mezclándose con esa autoestima que escala hasta los cielos; por supuesto, no se acostaría con una persona cualquiera por mero impulso, es demasiada cosa para el disfrute de tantos. Entonces, ¿qué diablos está haciendo ahora mismo? "Acostarse conmigo requiere méritos. No has añadido ninguno a tu lista". Sentencia cae tajante, palabras desdeñosas capaces de disuadir. Sin embargo, es imposible evitar que la mente se plantee la inverosímil posibilidad de tal acto carnal ocurriendo y, molesta, decide arremeter contra la vampiresa con ímpetu.
Odia que la vulnerabilidad de su anhelo se presente frente a aquella que la ha insultado. No importan los elogios con los que la baña de tanto en tanto, pues suenan falsos y envenenados mientras más lo piensa. Tal vez es por eso que se encapricha, que necesita ser deseada por la castaña; no le interesa si es un amor retorcido que ella misma ha generado o un sentimiento real creciendo en el fondo del pecho, solo quiere su atención. Que la mirada oscura recaiga en nadie más que ella, que el sabor férreo de esa boca se mezcle con la sal en sus labios, que las frías manos recorran su cintura haciéndola estremecer. Y, tal vez, esa sea la razón por la que la besa con ahínco, párpados apretados y las puntas de sus dedos jugueteando con el largo cabello. Ha pasado tiempo desde la última vez que besó a otra persona con necesidad y, aunque no lo admitirá, decide que está bien dejarse llevar. Porque es cierto, nunca está contenta con nada ni nadie, el alma siempre a la espera de obtener más y más. Ego o naturaleza, es inevitable tras un par de siglos de existir de esta manera, acostumbrada ya a utilizar sus artimañas para obtenerlo todo sin arrepentirse. Justo como ahora. Rostro ruborizado se ladea con sutileza, el atisbo de una sonrisa nace conforme relame sus labios. Con el índice, comienza a delinear despacio la quijada ajena, tacto superficial y repentino mientras parece analizarla detenidamente. "¿La más preciosa?" Juguetea desvergonzada, sabiendo que esos vocablos comienzan a brotar a causa de sus trucos. Sigo sin lamentarlo, eso es seguro.
Primero, llega un impacto; segundo, la realización. A pesar de la brevedad, casi podría haber jadeado en medio del último beso, pero decide mantener la compostura. Al fin y al cabo, saberse vencedora es un placer mucho más grande que el contacto. "¿Te abrazaría hasta que te cansases de mí?" Repite, y la risa emana de inmediato en voz alta, sin poder contener una carcajada. ¡Qué ridículo suena! Todos y cada uno convirtiéndose en románticos empedernidos en el instante en que Coralia activa su poder. "¿Eres así de cursi?" La curiosidad que siente no es más grande que su tono de reproche, burlándose sin dudar del desliz de palabras, aunque se llevará un gracioso recuerdo de todo esto. Decidida a no ofrecerle más de lo ya dio, el pulgar se desliza bajo sus propios labios, limpiando algún rastro de lápiz labial que la delate. Le toma apenas un par de segundos impulsarse del barandal y sentarse sobre el metal, con la mirada deslizándose maliciosamente entre la herida y el rostro. "No me tientes. La próxima vez, podría conseguirlo. Bastarían un par de palabras mágicas". Advierte, acompañado de una risa sospechosa, a pesar de que su intención nunca fue lastimarla. "Un escarmiento viene muy bien. Después de todo, no existe impunidad cuando te metes con una sirena".